En 1969 Mario Vargas Llosa publicó «Conversación en la Catedral». He leído la edición de Alfaguara (1999), libro prestado de la biblioteca de la Florida de L'Hospitalet de Llobregat.
Santiago Zavala —alter ego del escritor, joven periodista con una visión pesimista de Perú— se encuentra, después de muchos años sin saber de él, a Ambrosio, antiguo chofer de su padre. Ambos van a un bar de mala muerte llamado La Catedral, aquí conversan, a partir de los recuerdos de ambos reconstruyen sus respectivos pasados, entre cerveza y cerveza se liberan de sus secretos. La conversación se mezcla con el ambiente del bar, sin olvidar que la época de la que hablan es el período dictatorial del general Odría (1948–1956), y cómo influye la dictadura en sus vidas. Aquí entra otro personaje importante: Cayo Bermúdez o Cayo Mierda, un militar que es uno de los músculos fuertes de la dictadura, y aplasta toda pequeña rebelión que surge en Perú, como la del universitario Santiago que se ha amistado con varios comunistas. Es uno de los personajes malvados más logrados de la historia de la literatura. El símbolo de la corrupción política del Perú de aquella época.
En esta novela hay muchísimos personajes, todos son profundos y con una personalidad muy marcada. Bola de Oro o Fermín Zavala es el padre de Santiago, un empresario que tiene que negociar con la dictadura para seguir adinerándose, Santiago siempre reprocha a su padre, algo que rompe el corazón al empresario. Poco a poco conocemos el pasado oscuro de los protagonistas, la relación de Bola de Oro con Ambrosio, la vida extravagante de Cayo Bermúdez con Hortensia y Queta. Y otras vidas más simples como la de Amaia que no tienen un final feliz.
Sin embargo, la majestuosidad de «Conversación en la Catedral» son sus complicados diálogos en los que se alternan los tiempos y los espacios, de una conversación del presente entre Salvador y Ambrosio pasamos al pasado universitario entre Santiago y sus amigos o Santiago y su padre. Puede hacernos creer que estamos ante una novela desordenada, pero todo tiene sentido, porque los recuerdos aparecen en una conversación entre dos antiguos conocidos en un bar, por eso el cruce de los diálogos sin previo aviso, el cambio de tema que nos puede dejar bloqueados si no estamos acostumbrados a una literatura tan exigente. Pero este desorden desaparece y apreciamos un enorme mosaico. Así la novela empieza con la pregunta de cuándo se jodió el Perú, y Santiago cambia esa pregunta, durante la conversación, a cuándo se jodió su vida. Los entresijos de su vida privada y la política, la familiar y la política, parece ser que todo influye en él, es algo que le hace negar de la riqueza de su familia, y prefiere vivir humildemente con su mujer, Ana. En varias de las fotos colgadas se puede percibir esta técnica que dificulta la lectura. Este estilo exige la máxima concentración, pero sí se hace, disfrutamos de una obra maestra, una de las mejores novelas de la mitad del siglo XX.


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