jueves, 11 de enero de 2018

El sacrificio (tercer fragmento)

5

Los siguientes meses fueron buitres que devoraron al cadavérico matrimonio. Las discusiones, primero, y el distanciamiento, después, fueron gusanos que pudrieron la manzana. Patricia cedió en su vehemencia contra Nico, que no compraba libros, pero sí seguía escribiendo y leyendo a su ritmo. Cada día hablaban menos, cada día se miraban menos, ni de reojo. Llegó un momento en que solo se saludaban al despertar.
El niño todavía era muy pequeño para ser consciente de asistir a un entierro. Los esposos despidieron para siempre a sus alianzas, que cavaron a una profundidad considerable. Quien dio el primer paso en reconocer que ya habían cavado suficiente fue Patricia.
No lo expresó con la saturación emocional de tiempos anteriores. Llevaba tiempo reflexionado, era consciente de que hacía lo mejor para ella y para el niño. Sabía perfectamente que Nico la veía como un obstáculo en su maratón, y todo el mundo sabe que en las maratones no hay vallas para saltar. No expresó todos sus pensamientos, no valía ya la pena.
El abuelo no protestó ni reanimó al muerto, pensaba que así sería mejor para él. Aceptó la custodia compartida, alabó la madurez de Patricia por no intentar robarle a su hijo. Ahorrarse una guerra era liberar al niño de una tensión emocional inmerecida. Por dentro creía que, con esa fórmula, tendría una semana para escribir y otra para estar con mi padre en exclusiva. Se prometió a sí mismo que estaría con Dani en todo momento cuando viviera con él.
Incluso en el tema del piso no hubo discusión, era una propiedad compartida. Los dos se irían a vivir con sus padres, porque necesitaban de su ayuda. La vivienda la alquilarían y dividirían las ganancias a partes iguales. Fue una separación racional, excesivamente racional después de las discusiones. A ambos los tranquilizó no haber estallado en una pelea de reproches, pero también algo les disgustó: ver que su matrimonio importaba tan poco a la otra parte.
En los siguientes días, visitaron por separado a un abogado para iniciar los trámites del divorcio. No tuvieron que tragar más con la manzana podrida. Al estar de acuerdo en todo, fue un proceso rápido. No tuvieron que vivir juntos hasta el divorcio, como hacían muchas parejas por miedo a ser denunciadas por abandono del hogar. Incluso se separaron antes de firmar ningún papel y respetaron los turnos para estar con el niño.
Cuando el abuelo se fue a vivir con sus padres, Daniel tenía tres años y medio. Aun con los trámites del divorcio, Nico no perdió la devoción por escribir y pudo volver a comprar libros. Tuvo unas duras discusiones con los bisabuelos, ellos no querían tanta literatura o lo que fuera, parecía que nadie entendía al escritor.
Al final encontró la solución: arrendó un local cerca de la casa de sus padres, se lo podía permitir con la mitad del alquiler de su piso, y lo convirtió en su despacho. Así, cuando no estuviera con Daniel, estaría escribiendo o leyendo en el local. Dejó algún libro en casa de los bisabuelos para leer cuando Dani viviera con él, para dar ejemplo se decía a sí mismo.
Su padre lo ayudó a pintar y organizar el despacho, era una persona habilidosa con las manualidades. Nico solo miraba o lo ayudaba a llevar alguna herramienta, a pesar de tener veinticinco años menos. Esa semana, el niño estaría con su madre. Trabajaron hasta las ocho de la tarde. Al volver a casa, Nico vio a su antiguo amigo Álex. Se saludaron:
—Cuánto tiempo —dijo Álex sin expresar ninguna alegría por ver a mi abuelo.
—Sí.
—Ya me he enterado de que te has separado.
—¿Cómo lo sabes?
—Vi a Patricia con el niño hace un par de días y me lo explicó. Lo siento.
—Es lo mejor para todos.
—Ya me contó que os lo habéis tomado bien, dentro de lo que cabe.
—Sí. —El abuelo no sabía de qué hablar después de tanto tiempo sin ver a Álex. Tras un silencio incómodo pensó en Toni —. Por cierto, ¿te ha contado Toni que hace un par de semanas lo vi y no me saludó?
—Lo sé.
—Iba con su novia.
—Su prometida.
—Vaya, dale la enhorabuena de mi parte.
—Lo haré.
—¿Y a ti cómo te va con esa chica?
—Bien, vivimos juntos, pero ella no es de casarse. Tenemos claro que vamos a buscar un bebé a partir de ya.
—Muy bien, me alegro mucho por ti.
—Gracias.
—Pues bueno, Álex…
—Sí. —Le cortó rápidamente, porque también quería irse, como Nico—. Nos veremos por el barrio, cuídate.
—Igualmente.
El abuelo, por dentro, agradeció el detalle de Álex al saludarlo, el cual no tuvo Toni, aunque, en el fondo, entendía al segundo. Álex tenía un carácter más bondadoso que el de Toni. Habló con él sin echarle en cara que se había comportado como un mal nacido con sus dos mejores amigos. No entendían que no se comunicara con ellos por el hecho de no compartir la pasión por la lectura. El comentario ficticio siguió. El Álex del magín de Nico le decía que habían pasado juntos buenos momentos. Él podría entender que buscara otros amigos para charlar sobre literatura, ahora bien, sus dos mejores amigos lo habrían ayudado sin tener en cuenta gustos o ideologías. No había entendido que la bondad era el fondo común de las relaciones humanas para que prosperara una amistad o un matrimonio.
Al llegar a su nuevo hogar escribió cómo conoció a sus dos antiguos amigos. Podría decirse que eran sus dos primeras amistades. Nico los vio por primera vez en una academia de inglés, cuando los tres tenían diecisiete años. Mi abuelo no era una persona echada para delante, pero tuvo buena química con Toni y Álex. El primero, sobre todo, era una persona muy alegre y extrovertida, Álex era tranquilo y con un sentido del humor muy fino. Nico entró en el grupo de los amigos de ellos dos, todos conectaron muy bien.
Los dos chicos eran perros rabiosos que ladraban excitados a la noche estrellada de alcohol. Descubrieron un mundo nuevo a Nico, un mundo distorsionado en que se sintió actuar como nunca jamás creyó que lo haría. Sus dos amigos serían dos perros rabiosos, pero él era un caballo silvestre totalmente desbocado en el caos nocturno.
Protagonizó escenas, que incluso a alguien como a Toni, le parecían locuras sin límite. Nico se sentía inmortal por su juventud; bebía ríos de whisky, ron, ginebra, cerveza… o lo que fuera que tuviera su elixir. Ya no era aquel chico del que se reían por sus andares, era todo un bohemio como los modernistas, un artista que descubría nuevos mundos.
Llevaba una pequeña libreta con un bolígrafo, como los malditos, por si tenía una idea que no pudiera esperar al día siguiente para ser escrita, ya que se la podría olvidar. Cuando escribía su reflexión en medio de la pista de una discoteca provocaba centenares de carcajadas, aunque también, en varias ocasiones, fue un buen anzuelo para que alguna bohemia se dirigiera para iniciar una conversación. Como fue un episodio que se repitió en varias ocasiones, Álex y Toni empezaron a imitarlo en diferentes puntos de la discoteca, sino rompían la magia. A ellos no les fue tan bien, no eran auténticos como Nico en ese sentido.
La abuela fue la última chica que fue a hablar así al escritor. Este ya estaba un poco harto de tanta locura nocturna, después de nueve años ya hasta el propio cuerpo pedía una tregua. Los dos se enamoraron, poco a poco dejaron las locuras por una vida tranquila en pareja, la cual llenó muchísimo a Nico. Aunque después se derramó el recipiente del matrimonio, como el de la amistad.
No obstante, esa noche el abuelo recordaba que Patricia tuvo una buena relación con sus dos amigos. Ellos siguieron unos años más con su vida alocada, pero no por eso dejaron de verse, los tres creían que su amistad era muy fuerte.
Primero Nico dejó de ver las amistades menos intensas. Antes de que naciera mi padre tenía tiempo para ver a sus amigos, no mucho, pero cada vez que los veía parecía que no había pasado el tiempo. Todo cambió con la responsabilidad paternal. Desde luego, Nico no echaba la culpa a su hijo, no era cuestión de culpas, sino de varias causas.
Patricia, como sabemos, cambió su sensibilidad por la persistencia del abuelo en publicar su obra. Tampoco podemos olvidar que el escritor perdía muchas horas en conocer a profesionales literarios. Esta etapa empezó con el embarazo de la abuela. Nico creía que ya estaba preparado para profesionalizarse. Sus relatos, antes, como mucho los publicaba en su blog o en revistas digitales desconocidas. Así esperaba los comentarios de lectores anónimos que lo ayudaran a crecer artísticamente. Y a los treinta años consideró que había llegado el momento de publicar, se acabó el juego festivo del veinteañero que ya no era.
Volviendo al tema de la inversión de horas, utilizó todo el tiempo en componer y leer para seguir aprendiendo. Y claro, lógicamente a su hijo también había que dedicarle un cierto tiempo, el suficiente para que lo llamara papá. Nico durante el período de descomposición de sus amistades y su matrimonio, era consciente de que estaba prefiriendo correr la maratón de la literatura a disfrutar con sus relaciones íntimas. Le dolía, le dolía un poco por eso, fue su elección, siempre fue consecuente. Pero realmente quería estar con su hijo, así lo escribió. Ese texto lo guardó toda la vida, nos lo enseñó a mi hermano Agustín y a mí. Mi padre nunca quiso verlo hasta ese momento.
¿Qué sucedió durante ese año con su relación amistosa con Sergio? Este volvió a su antiguo trabajo y abandonó la maratón. Era buena persona, nadie sabe el motivo, pero ayudó al abuelo. Quizás le caía bien, quizás era lástima, quizás creía en su obra, o quizás era una persona sin personalidad, fácil de manipular. Le presentó a un escritor profesional, al que conocía porque habían publicado con la misma editorial.
Para el abuelo fue una alegría que solo podía compararse con el nacimiento de tener un hijo. En ese período, tan complicado para él, estaba escribiendo una nueva novela. Su padre y su madre lo veían sonreír igual que a un beodo cuando cenaban en la mesa. Cuando le preguntaban por qué sonreía solo, sin motivo ni comentario alguno, respondía que era por los cambios positivos que tendría en su carrera como escritor. Iba a adelantar a un grupo importante de corredores. La bisabuela lo desanimaba expresando su duda, pero a su hijo ya no le dolía su nula fe en él. Se había fabricado unas ilusiones perennes.
Aunque, algunas veces, el escritor volvía frustrado del local. Parecía consciente de que no había corrido con todas sus energías. Cuando su madre lo veía llegar con la cara tan larga, no le decía nada. Él se encerraba en su cuarto, entonces ella se acercaba y escuchaba como hablaba solo:
—¡Ya lo sé! Ya lo sé, hoy he escrito fragmentos incoherentes con el resto de la historia. Soy consciente de ello. Pero tú, Preocupación, no te aproveches de ello. Vete de aquí, solo necesito dormir, mañana me levantaré y escribiré mejor al estar descansado. Es sábado, el día de hoy no he avanzado nada, pero no es el fin. No significa que no sea un buen escritor como tú quieres hacerme creer. ¡Te lo demostraré! Y ahora, fuera.
La bisabuela le comentaba a su marido lo que había escuchado. Este le decía que le diera tiempo, quizás estaba estresado por el divorcio. Era delicado sacar un tema como ese a un hombre como Nico. En el futuro conocería  a otra mujer y todo se arreglaría. El bisabuelo no sabía que su hijo, antes del divorcio, ya hablaba con alguien en voz alta, que la separación no era la causa, sino la consecuencia. Lo que pasaba realmente era que al padre del artista no le apetecía afrontar ese problema, nunca se molestó de hablar en mi abuelo.
Sergio presentó a ese escritor a mi abuelo en una cafetería. Hablaron de sus autores favoritos, de la prosa de cada uno. Nico intentó convencer a Sergio para que no abandonara la maratón, aunque el profesional le dio la razón a su amigo. Correr era un deporte de desgaste y lo saludable era caminar.
—Sí, pero corriendo se notan más cambios en el físico —opinó Nico.
—Sí, aunque por fuera, por dentro estás mejor cuando caminas —se defendió el profesional.
—¿De qué habláis? —preguntó Sergio.
Fue el primer choque entre trenes, no el último. El profesional era de escribir con un bolígrafo de color azul, el abuelo con el de color negro. El primero no bebía café, Nico era un cafetero empedernido. El que publicó estaba a favor de un estado literario, el abuelo en ese sentido era un libertario. El primero quería tener razón en todo, en eso ambos coincidían.
—¿Cuál es tu escritor vivo favorito? —preguntó el profesional esperando escuchar un tontería—. ¡Bah! Ese no vale mucho, yo lo conozco, depende excesivamente de la opinión de los demás para atreverse a publicar sus escritos.
—Eso no lo convierte en un mal escritor.
—Un escritor sin personalidad no puede escribir nada decente, es su caso.
—No creo que no tenga personalidad.
—Tú no lo conoces, Nico.
—¿Y tú sí?
—No es amigo íntimo, pero algo sí.
—¿Cuál es tu escritor vivo favorito? —preguntó Nico—. Ahora lo entiendo todo, si te gusta ese inútil no puedes interpretar correctamente al otro —concluyó el abuelo.
—¿Por qué es un inútil?
—Porque exagera su forma de escribir, de tanto embellecer su prosa se convierte en excesiva y gratuita.
—Es una de mis grandes influencias.
—Vaya.
—Así que para ti, Nico, también yo soy excesivo y gratuito.
—No he leído tu obra.
—Ya te digo que escribo parecido a mi maestro, al cual tú has despreciado.
—Despreciado no sería la palabra adecuada —dijo Nico, pensando en que había cometido un gran error al criticar a ese literato.
—¿Cuál es?
—Equivocación.
—Sí, ¿por qué?
—Me he confundido con otro escritor.
—No lo creo.
—Es la verdad.
—Entonces no tienes calidad para publicar en mi editorial. Prueba con una de autopublicación, los propios autores pagan una pequeña edición de dos cientos ejemplares u otra cantidad. También cabe la posibilidad bajo el formato Kindle o Taugus.
—Jamás, yo estoy preparado para ser un profesional.
—Pues nada, Nico. Nunca vivirás de tus escritos.
Fue un jarro de agua fría para el abuelo. No esperaba recibir un golpe tan duro. Tuvo que dejar el sueño de publicar en ese momento, aunque luego recordó que él era el hombre destinado a ser uno de los mejores escritores de todos los tiempos, a que la gente le llamara la atención por la calle para agradecerle los servicios prestados con su literatura. Su amistad con Sergio sobrevivió a la crisis explicada, pero no a la siguiente, que se podrá leer en el próximo capítulo.

6

Nico insistió a Sergio en que aquel escritor que le presentó era un idiota. Seguro que conocía a otro tipo más amable y elegante en su escritura. Su amigo le dijo que tendría que ser más frío y calculador en la conversación. No podía ser tan infantil y soltar lo primero que se le pasaba por la cabeza. El abuelo le dio la razón.
Pasaron varias semanas hasta que Sergio le presentó a otro literato profesional. Nico lo conocía por sus artículos periodísticos en un diario. A decir verdad, lo de escribir solo era un sueldo extra para el periodista, algo que no le gustó al abuelo. Sergio lo convenció para quedar con él porque era un hombre con muchos contactos.
La conversación fue más animada que la anterior, Nico aprendió de los errores de la primera. Hubo una química especial.
—Nico, te recomiendo que entres en la prensa —dijo el hombre.
—¿Cómo? No lo entiendo.
—Sí, escribir en un periódico. Te abrirá muchas puertas, sobre todo si estás en la sección literaria.
—Nunca lo había pensado.
—Pues hazlo. ¿No te has dado cuenta de que muchos escritores son periodistas?
—Sí.
—O al revés —dijo Sergio.
—Tienes que aguantar así unos años, hasta poder ganarte la confianza de autores, editores, etc. Luego presentas tu novela a un concurso en que el sepas que están tus compinches. Les dices que vas a presentarte a tal concurso, por supuesto, son personas de las que tú siempre has escrito bien. No hace falte que les digas nada a la cara, ellos sabrán devolverte el favor. —Acabó la frase guiñando el ojo.
—Vaya… —El abuelo no esperaba que la conversación tomara esa dirección y no sabía qué decir.
—Así es este mundo —dijo Sergio a Nico en un tono con el que le advertía de que no era divertido correr la maratón.
—Así es en todos los mundos de este mundo, Nico. Todo funciona igual, dime a quién conoces y te diré cuántos libros podrás vender, o cuántos CD, o en qué teatros o películas podrás actuar.
—Entiendo.
—Te veo en estado de shock.
—No, no, no te preocupes, estoy bien. Sabía que había que tener contactos, aunque no tantos.
—Si te interesa, primero tendrás que pasarme una crítica literaria de una publicación reciente, de la obra que te dé la gana. Quizás tenga que corregirte algún vicio poético que en un artículo no encaje, espero que no te ofenda.
—Para nada, todo lo contrario, te lo agradezco —dijo reaccionando por fin el abuelo.
—Está bien, yo me tengo que ir, ahora voy a un programa de radio. Si te va bien, también podrás ser colaborador en programas radiofónicos o televisivos. No se cobra mucho, pero algo es algo.
El abuelo se despidió efusivamente de su nuevo amigo, le sonreía como si fuera un verdadero estúpido. Sergio y Nico se quedaron en la cafetería charlando un rato más.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Sergio al abuelo.
—No esperaba para nada ese ofrecimiento. Es raro, siempre he visto a escritores que han empezado de periodistas, nunca había pensado que yo podría hacer lo mismo.
—Te aseguro que también es muy duro.
—Siempre pesimista. —Rio Nico.
—Bueno, soy realista.
—Supongo que son muchas horas.
—Claro, vas a dejar tu puesto de funcionario para ser autónomo y trabajar para varios tacaños.
—No había caído en que…
—Es complicado que seas de una plantilla, a las malas un contrato precario. No sé qué es peor. Te llevaría más horas que tu actual trabajo, ya lo has escuchado, si te va bien irías a la radio o a la televisión. Como puedes imaginarte, entre el desplazamiento y la colaboración es más del tiempo que uno cree en principio. Tendrás poco tiempo para ti, y para los tuyos ni te digo.
—Lo complicas todo mucho, Sergio.
—Es mi opinión, te aseguro que yo soy más feliz ahora. Escribo en mis ratos libres, estoy con mi familia, no necesito nada más.
—No seas tan modesto, ahora publicas tus novelas por Internet y vendes un buen número de libros. Mucha gente te conoce gracias a haber publicado.
—No tanta como crees. Es verdad que va bien la venta de los libros electrónicos, los vendo a cuatro euros y quedan para mí más de tres euros. En la editorial no ganaba tanto por libro.
—Sergio, un editor invirtió su dinero para publicar tu obra, la obra de un desconocido. La librería también se queda un porcentaje importante y, como sea una cadena, quiere aún más. La distribuidora también cobra su porcentaje. Eso no lo ves, es lógico que quiera cubrirse las espaldas. Si hubieras seguido con un ritmo de ventas decente te habría subido tu ganancia.
—No te puedo discutir que un editor arriesga mucho. Es el riesgo de un empresario. Lo que tú hoy has visto aquí es, cómo funciona este mundo, no dejan de ser empresas que contratan a sus trabajadores. La típica política entre personas para subir en la empresa, que si yo me voy con Pascual y el otro con Fulano.
—Así también funciona el mundo público, te lo aseguro. Yo no lo critico, porque así he conseguido vivir bien. Si tuve suerte con el trabajo, puedo construir unas nuevas relaciones entre toda esa gente.
—Lo tienes muy claro.
—Sí.
—Pues adelante, Nico, sigue. Yo no te frenaré ni te molestaré más con mis opiniones. Espero que te vaya bien y para cualquier consejo llámame.
—Gracias.
Los dos amigos se fueron del local. Mi abuelo se fue bastante más tranquilo de lo que había estado durante la conversación con el periodista. La Preocupación del abuelo quedó arrinconada en esa cafetería, la dejó allí y le dijo claramente que no fuera a buscarlo. Esa noche escribió un artículo sobre una novela que había leído recientemente. Tuvo suerte, porque esa semana no le tocaba estar con Dani. Al día siguiente envió el escrito a su nuevo amigo, el abuelo nunca me dijo cómo se llamaba.
El hombre le respondió pidiéndole que también le enviara su última composición. Nico se excitó al leer la petición, sus ojos fueron dos focos intensos de luz de la felicidad que irradiaba. Estaba convencido de la actitud pusilánime de Sergio y le demostraría que se equivocaba.
Quedaron diez días después en la misma cafetería, en aquella ocasión los dos solos. El nuevo amigo fue directo al grano.
—Voy a ser sincero contigo.
—Perfecto. —El abuelo estaba ensayando dentro sí mismo una humildad lo más espontánea posible tras escuchar el elogio
—He leído tu crítica literaria y me ha gustado mucho…
—Gracias. —Sonreía demasiado.
—En cambio, tu prosa no es muy literaria.
—¿Cómo?
—Sí, primero leí la crítica, me dije que eras un tipo que sabía diferenciar claramente un trabajo periodístico de uno artístico. Cuando leí fragmentos de tu novela cambié de opinión, tu don está en criticar obras literarias. Tienes conocimientos, conoces la teoría técnica e incluso has estudiado la historia de la literatura. Conoces a los clásicos y a los grandes de nuestros días. Has trabajado mucho para tener dicha técnica, pero, Nico, el arte es más que técnica.
—Lo sé, y sé que soy una artista de los pies a la cabeza —dijo el abuelo molesto.
—Es normal que uno mismo no juzgue su propia obra con la misma lucidez que lo hace con la de los demás. Nos pasa a todos.
—Supongo…
—De verdad, es impresionante cuántos conocimientos tienes, ni yo he estudiado tanto la literatura. Pero no tienes el genio artístico. Tengo un amigo que es la hostia tocando el piano; interpreta perfectamente a Mozart, Beethoven, Verdi, Bach, incluso a mí también me entras ganas de conquistar Polonia al escuchar las composiciones de Wagner tocadas por él. Pero te aseguro que ese crack no compone ninguna pieza hermosa, nunca lo ha hecho y nunca lo hará.
—Yo no soy ese amigo tuyo, lo que pasa es que se ha autoconvencido de esa mentira —respondió el abuelo enojado.
—No te enfades, Nico. Voy a hablar bien de ti a varios periódicos y revistas. No te faltará trabajo, incluso alguien como tú podría dar conferencias o ser jurado de concursos importantes.
—¡Yo no quiero eso! —Se levantó totalmente fuera de sí.
—Perdón.
—Yo no he nacido para ser un crítico frustrado que no sabe escribir…
—Nico, no es nada malo, eres bueno en algo.
—Yo no quiero ser bueno en algo, quiero ser un gran escritor.
—Solo hay unos pocos en cada siglo.
—Algún día, mi obra será reconocida, algún día seré reconocido como uno de los más grandes.
—Nico, estás desvariando. No eres un veinteañero, espabila.
—¡Ya sé lo que pasa! Has leído mi novela y tienes envidia, no puedes aceptar que haya alguien tan bueno, y eso te da mil patadas.
—¡Estás loco! Olvídate de mí. ¡Conspiraciones contra tu mierda de novela! Ja, ja, ja, un chiste muy bueno. —No dijo nada más, se levantó y se fue.
—¡Vete, vete, vete! No te necesito a ti ni a ninguno de tus amigos, el que vale llegará tarde o temprano a la cima del Parnaso.
Los clientes de la cafetería callaron al unísono y miraron estupefactos la excentricidad del abuelo. Este se dio cuenta de que la Preocupación se había sentado enfrente de él y se reía. Pagó la cuenta y se fueron del local.
En el camino hacia el metro, Nico estaba sudando, no se quitaba de encima a esa pesada. Normalmente ella lo seguía unos minutos, pero luego se cansaba, porque el abuelo tenía una personalidad muy fuerte, o al menos eso pensaba él. Para seguir corriendo en la maratón, o para escalar Parnaso, había que tener mucho carácter, según se decía a sí mismo en ese momento.
La Preocupación le estuvo pisando los talones, tanto que podía oler su hedor. Antes de llegar a casa de sus padres se dio media vuelta, la golpeó y se fue corriendo, escuchando la promesa de ella de que volvería.
Sergio llamó a los quince minutos de que el escritor empezara a leer en su habitación para tranquilizarse.
—¡Cómo te atreves! Nico, no puedes tratar así a la gente. Todo el que es sincero contigo crees que va contra tu obra.
—Es cierto, Sergio. Tú nunca me has dicho eso, entonces tiene que ser porque ves posibilidades en mí.
—Lo que veo es un loco de remate sin solución.
—Me ha enfadado mucho que un periodista vaya de gran conocedor de las letras.
—Ese hombre escribe mucho mejor que nosotros y se ha ofrecido a ayudarte cuando podría haber pasado de ti. ¿No lo ves?
—Quería ayudarme hasta que ha visto que podía eclipsarle con mi novela.
—¡Es increíble! Te dejo por imposible. Nico, no me llames más, ¿me has escuchado? No me molestes más, te faltan varias neuronas. No quiero saber nada de ti.

El abuelo tuvo suficiente esa noche. Se fue a la cama y hasta se le quitaron las ganas de leer. No durmió mal, a pesar del disgusto. 

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miércoles, 6 de diciembre de 2017

El sacrificio (segundo fragmento)

3

Mi padre tenía dos años en la historia de este capítulo. Él era un jardín en que todos disfrutaban caminar entre los aromas de sus flores. Cierto era que algunos se cansaban antes que otros, evidentemente me refiero a parientes lejanos o a los amigos de los padres de mi padre. Lo que no era lógico era la actitud de Nico, que podía dejar al niño solo jugando en el comedor mientras él escribía.
Sucedió que, de haber paseado esa tarde por el jardín, se habría percatado de que había un fango de excrementos. Estaba tan concentrado construyendo su choza literaria que ni olía la peste. Daniel se tocaba, el escritor lo miraba, sonreía y seguía con lo suyo. El niño empezó a chillar «caca», pero ni de esa forma llamó la atención de su progenitor. Al final se distrajo con una revista que había en el sofá.
La revista fue víctima del abordaje infantil, sus hojas fueron destripadas. Mi abuelo estaba relajado, en ocasiones los que sufrían esos asaltos eran sus libros. Alguno acabó moribundo, condenado al reciclaje con la promesa de que las hojas sí que se reencarnaban.
Mi abuela llegó una hora y media después. Nada más entrar en el jardín olió la zona contaminada. Se tomó con buen humor el nuevo despiste del escritor:
—¡Eres un capullo de mierda! Tu hijo está cagado y tú ni te has enterado.
—¿Cómo?
—¡Encima lo dices sorprendido!
—Bueno, lo siento…
—No tienes excusa.
—No…
Patricia cambió al niño, que reía a pesar de la sequedad del excremento.
—Papá es tonto —le decía al niño, el cual no paraba de reír.
—No le digas eso, luego me dirá que soy tonto cuando sea mayor.
—Pues no seas tonto… Vaya.
—¿Qué? —preguntó en un tono serio para hacer ver que era responsable.
—Ve a por toallitas, se han acabado.
—Ahora mismo.
En el momento en que se fue, la abuela vio su revista rota en mil pedazos, no era un asunto sin importancia para ella. Era una revista del laboratorio. Hacía una semana que había vuelto a trabajar.
—¡Nico! ¡Nico!
—¿Qué pasa? —Vino con las toallitas.
—El niño ha roto la revista, sabes que era importante para mí. Era para actualizarme en el trabajo.
—Seguro que hay más. Coge otra.
—Hay pocas, era la última que quedaba. ¡Es increíble! Solo piensas en ti. ¡Qué coja uno de tus libros!
—Ya ha roto unos cuantos.
—Sí, pero tú has comprado más.
—Bueno…
—¿Qué?
—Patricia, ahora empezarás con que hay demasiados libros en el piso.
—Parece una biblioteca en vez de un hogar. Tienes libros en tu despacho, en el comedor, en nuestra habitación, en la cocina e incluso en el lavabo.
—Sí, son nuestros tesoros.
—No puede ser, tienes que dejar de comprar libros.
—No es justo, no es bueno para Dani, qué ejemplo más malo le damos.
—Yo soy aficionada a leer…
—Lo mío no es una afición, es una pasión.
—Déjame acabar, Nico. —Él estuvo a punto de abrir la boca, pero desistió al ver la mirada iracunda de Patricia y la dejó hablar—. Yo estoy a favor de la lectura, no cabe duda. Pero tenemos que deshacernos de unos cuantos, porque hoy en día no nos hacen falta. Podemos donarlos a la biblioteca, tú puedes seguir leyendo. Allí están todos los grandes autores, sean clásicos o actuales.
—¿Y Dani?
—Dani tendrá sus libros, pero los tuyos no son para un niño. Cuando los pueda leer quizá ya estén tan amarillos que le resulte imposibe.
—Yo los cuido bien, Patricia.
—Déjame terminar. Además, para todos es mejor ir a la biblioteca: para el niño porque allí hacen talleres de lectura y para nosotros porque podemos pasear sin la tentación peligrosa que tú tienes en una librería.
—¿A qué te refieres?
—A comprarlos todos, Nico.
—Todos los que me gustan.
—Piénsalo, te dejo unos días.
Estuvo varios días dándole vueltas como le pidió la abuela. Tuvo la genial idea de demostrarle que sí podían tener esos libros y más. Visitó varias tiendas de muebles buscando la librería ideal, que ocupara poco espacio y almacenara centenares de libros. Encontró productos de alta calidad, pero por un alto precio, pensó que a Patricia no le haría mucha gracia. Incluso el propio Nico entendió que el piso ya estaba saturado de libros. Quizás una alternativa sería alicatar el suelo con ellos. Pero descartó esa idea de inmediato.
Fue a la guardería a buscar al niño. Llevaba tres meses y medio apuntado para que se adaptara a su nueva vida antes de que Patricia trabajara de nuevo. Volvieron a casa. En honor a la verdad, o a los recuerdos, mi abuelo estaba animado con su hijo, jugaron en el piso e incluso le dejó tocar sus libros. Mi padre los cogía y los tiraba, cuando los iba a romper era frenado por el hombre que los había leído con tanto cariño.
Entonces, tuvo un despropósito. Organizó la librería, sacó los libros. Los apiló en el escritorio, en la silla, en el suelo y casi en el mundo de las ideas. Su intención era reubicarlos para ganar espacio, incluso tal vez alguno acabaría desterrado. Algunos no superaron las pruebas del abuelo, aunque fueron muy pocos.
Tuvo que parar con la gestión, Daniel estuvo a punto de romper una de sus novelas favoritas. Se fueron al comedor para que el niño jugara con sus juguetes, pero a él le apetecía destruir más páginas de literatura. Insistía en volver al despacho, pero lo engañó con el mando de la televisión, cambiar de canal era un vicio, aunque más vicio era tirarlo. Al segundo lanzamiento, el abuelo le quitó el aparato y lo dejó en su despacho, en el escritorio.
Patricia regresó a casa, se alegró de ver a padre e hijo jugando. Las últimas semanas reconocía para sí misma que Nico había espabilado algo. Él tenía todas las tardes libres, recogía a Dani a las cuatro de la tarde, le daba de merendar fruta, que la trituraba lo mejor que podía. Luego, lo habitual era ir al parque hasta las seis de la tarde, era invierno y hacía frío. El día del que escribo no fueron al parque porque Daniel tenía congestionada la nariz.
En casa el escritor ya intentaba escribir. Alguna vez lo había conseguido dando a Dani el teléfono móvil como entretenimiento gracias al YouTube. Ya le había sorprendido alguna vez cuando llegaba a casa sobre las seis y media de la tarde. A partir de ese momento, ella se encargaba de bañar al bebé y darle de cenar. Aparte de cocinar para ella y el artista, este sí que fregaba los platos. Todavía tenía margen para mejorar.
Se duchó, se sentó en el sofá, estaba cansada y no le apetecía pensar mucho, perfecto para ver la televisión mientras los niños de la casa jugaban. No vio por el comedor el mando de la televisión. Le preguntó a su marido dónde estaba y se fue al despacho cuando escuchó que estaba allí. No encendió la luz, no sabía del desorden de la habitación, colisionó con una fila de libros más dura que una columna de cualquier orden.
—¡Ah!
—¿Qué pasa? —Nico se fue corriendo al despacho consciente de la causa del grito.
—Has sacado todos los libros.
—Sí —le explicó su idea mientras ella seguía tumbada quejándose. Daniel chocaba contra las filas como un autochoque—. Tendrías que haber encendido la luz.
—Tendrías que habérmelo dicho.
—Sí. Perdón, Patricia.
—Siempre pides perdón y luego no lo arreglas. Tienes que cambiar y dejar de pedir tanto perdón, porque las disculpas se vuelven estériles.
—Qué poética te has vuelto. —Intentó desviar el tema con esta nota de humor.
—¡Una mierda, Nico! Ayúdame a levantarme y enciende la luz. —Así lo hizo, una vez de pie y con la luz encendida, miró el despacho—. Querías demostrarme que me equivocaba, mira, no puedes ganar más espacio, es imposible.
—Sí, tienes razón. Lo he intentado, pero no he podido.
—¿Vas a hacerme caso?
—He elegido unos libros para tirar.
—Dime cuáles son. —Patricia, al ver que solo eran seis, se echó las manos a la cabeza—. Es increíble, con seis libros no arreglamos nada.
—No puedo deshacerme de los demás.
—No quieres.
—No puedo.
—Ya está bien, estoy harta.
Patricia se fue al comedor con su hijo. El abuelo, al ver la seriedad del asunto, intentó hablar con ella, pero no le hizo caso, parece ser que estaba enojada. Ya hacía tiempo que no tenía la paciencia de tiempos anteriores, Nico era consciente de ello.
—No compraré más libros —dijo Nico hablando rápido, porque ni él mismo se creía lo que decía.
—¿Qué?
—Acepto tu propuesta.
—¿No vas a tirar algunos?
—Bueno, haré algo que no soporto, Patricia.
—Habla, toda la rapidez con que has iniciado la conversación se ha evaporado.
—Me trago el orgullo. ¿Puedes esperar un momento? —Calló unos segundos, ya que iba a expresar una herejía. Lo dijo con un tono cargado de victimismo—. Compraré un libro electrónico.
—¡Sí! —gritó de alegría. Se lo había propuesto varias veces y él siempre se negaba, porque le gustaba escribir encima de los libros, reescribirlos—. Ya verás como también puedes anotar encima de un libro digital, es como escribir en el móvil.
—Sí, la misma sensación.
—Capto tu ironía, Nico, aunque bien que escribes notas o frases en la aplicación del móvil. Sé lo que dices por tu mirada triste, no es lo mismo escribir una buena frase que todo un párrafo de reflexiones. Te lo agradezco, de verdad. Cuando duerma al niño vamos a descartar a tus autores menos queridos.
—Sobra el cachondeo.
—No lo he dicho con intención de burla, perdona si te he ofendido.
—No pasa nada.
El abuelo tuvo que condenar a treinta escritores y escritoras bajo la atenta mirada inquisitoria de su esposa. Al día siguiente, ella los llevó a una librería de segunda mano, que pagaba ni más ni menos que veinte céntimos por libro. No exagero si escribo que solucionaron esa tarde la vida de sus tres generaciones siguientes. No los llevó a la biblioteca porque eran demasiadas novelas, o poesías, o lo que fueran. Hay que reconocer que bastante peso llevó la mujer, fue cargada con dos cajas enormes, que la arrastraba con un carrito de carga. El abuelo se quedó en casa con mi padre, no quiso presenciar el crimen.
Mi abuelo nos contó lo mal que lo pasó a mi hermano pequeño y a mí unas mil veces. Pobre hombre, suerte que también conozco la versión de la abuela, aunque ella solo la contó unas cien veces. Mi padre, cuando el suyo nos contaba la historia, se iba, no quería saber nada de ese episodio.
Recuerdo una tarde en la que el abuelo nos cuidaba. Nos trajo chocolate para comer y nos leyó unos cuentos infantiles. En la mitad de uno de ellos se paró, era un recuerdo que le picó como un alacrán. El dolor le desenfocó de la realidad, parecía que se estaba mareando. Yo era el mayor y era consciente de que no se encontraba bien, mi hermano reía pensado que era una broma del yayo.
Asustado, lo cogí del brazo, estaba a punto de llorar. Le pregunté si se encontraba bien, tardó unos segundos en responder, pero dijo que sí. Simplemente era que esa historia le recordaba a un episodio de su vida.
Nos estaba leyendo una versión infantil de El Quijote, cuando el cura y el barbero están quemando los libros de caballerías de nuestro gran protagonista, el capítulo seis en la versión adulta. El anciano se sintió identificado. Yo le pregunté si sus libros descartados eran tan malos como los de caballerías y mi pregunta le arrancó una sonrisa.
Mi hermano Agustín, inocentemente, preguntó si se deshizo de El Quijote. El yayo se indignó ante tal pregunta. Tirar la novela de novelas era como dejar de respirar, como dejar de comer, como dejar de beber agua, como dejar de caminar y estar siempre sentado, era un sinsentido total. Agustín pidió disculpas al ver la seriedad de su yayo, este se arrepintió de la respuesta y consoló a su nieto más pequeño.
A partir de ese momento, nos contaría la historia en un millón de ocasiones, aunque cueste de creer antes me he quedado corto. A Agustín y a mí, de tanto escuchar la historia, nos picó la curiosidad y, cosa de niños, le preguntamos a la abuela sobre lo sucedido. Ella nos explicó que sí, pero no, que sí, pero falta la segunda parte, la cual se leerá en el siguiente capítulo.

4

Habían volado otros seis meses. Nico estaba en el metro con su amigo Sergio, escritor que empezaba a ganarse la vida con su prosa. Sin duda, era una amistad interesada por parte de Nico, para que Sergio hablara bien de él a su editor. En los últimos dos años, Nico había conocido a muchos colegas, como se ha comentado en el primer capítulo, sobre todo aficionados como él, aficionados en el sentido de que no se ganaban la vida escribiendo para que no se retuerza el abuelo en su tumba.
Tuvo buen ojo para conocer a la gente adecuada. La parte negativa fue que ellos, en cuanto vieron lo pesado que era, le daban largas. Nico era ligero en su sociabilidad literaria. No se andaba con rodeos y al segundo día de conocer a alguien le pedía el favor: enseñar su prosa a su agente literario. Obviamente se negaba, todavía no lo conocían. Dicha experiencia le hizo entender que no podía acelerar tanto sus relaciones amistosas.
Así, en los últimos meses, consiguió su propósito, maduró las amistades. Iba a las presentaciones de sus novelas o los acompañaba adonde fueran. Consiguió que dos personas enviaran su última novela escrita a sus editores y a sus agentes, y ambos rechazaron el trabajo del abuelo. Estas dos amistades le explicaron que todavía no estaba preparado para publicar, y no le hizo gracia escuchar sus opiniones. No rompió la amistad, pero tampoco las trabajó con la misma intensidad de tiempos anteriores.
Sergio era uno de los pocos artistas aficionados que le cayó bien, escribían con un mismo estilo y leían los mismos autores. Era el único escritor que le había aguantado tanto tiempo, o viceversa. En ese momento en que por fin publicaba su novela renació la esperanza del abuelo. Ahí estaba él, criticando a sus antiguos colegas y alabando a Sergio:
—Yo no creo que a los editores no les gustara mi obra, Sergio. Lo que pasa es que leyeron mi novela y no soportaron la idea de entregar algo que daba mil vueltas a las suyas. Yo no entiendo cómo ellos han podido publicar, no entiendo cómo publican tantos que no se lo merecen.
—No puedo imaginarme que ellos hicieran eso, Nico. Los conozco, son buena gente. Estás dolido, es lógico, tenías muchas esperanzas.
—Sí, pensaba que hacía lo correcto. Hubo una época en que Patricia me animaba para que enviara una novela anterior a concursos y todo tipo de profesionales. Yo sabía que perdía el tiempo, pero bueno, la mujer estaba confiada en mis posibilidades y no quería desilusionarla.
—Suponía que estaba cansada de que estuvieras tanto tiempo dedicado a la escritura.
—Por una parte, sí, pero por otra, ¿por qué me animó a promocionar mi obra? Yo tengo la sensación de que quería verme triunfar, aunque ha visto la dura realidad, que no siempre triunfa el que tiene talento. En muchas ocasiones, es más un golpe de suerte. Está desilusionada y solo quiere que pensemos en Dani. Te aseguro que ese travieso es mi primer pensamiento, menos mal que ahora duerme. —Mi padre estaba en el carro echando la siesta—. Ahora bien, también tengo la necesidad de expresarme y de crear.
—Te entiendo, Nico.
—Gracias, pero tú eres uno de esos buenos escritores, de los que se lo merecen —dijo guiñándole un ojo lo más cariñosamente que pudo.
—Gracias.
—De nada, dime, no paro de hablar. ¿Cómo te va la vida?
—La verdad es que estoy muy agobiado. Por cuatro duros estoy en una librería de mierda presentando la novela, luego que si una radio local que no conoce nadie. Para aquí y para allá, sin olvidar escribir en las redes sociales para no perder la comunicación con los cuatro lectores que nos siguen. Bueno, trabajo jornadas intensivas de diez horas, llego a casa casi a las nueve de la noche. Estoy tan cansado que no puedo ni escribir, ceno y a la cama.
—Vaya, lo siento, Sergio. Pero hoy estás conmigo.
—Hoy es lunes, sí, tengo fiesta. —Rio cínicamente.
—No durará siempre.
—No, pero tampoco ganaré mucho. O escribo deprisa otro libro o no sé de qué voy a vivir. Suerte que pedí una excedencia en el trabajo y podré volver. Un dos por ciento cobro por libro vendido, la editorial tarda un año en pagar. Tengo ahorros, pero no van a durar toda la vida.
—Es normal que al principio sea duro.
—Sí, ¿pero para llegar a dónde? No sé si me interesa tanta pelea. No dejaré de escribir nunca, aunque, para serte sincero, me planteo dejarlo como un trabajo, es muy estresante. Yo estaba muy bien en mi oficina, tenía un buen horario, a las cinco ya estaba en casa. Ahora no tengo tiempo para mí ni para mi familia, mi mujer está harta, y con razón.
»No pienso perder a mi familia por cuatro duros. Hemos sido unos idealistas, Nico, ahora lo veo. Tú tienes un buen trabajo, cobras tan bien como yo. No seas tonto, pasa más tiempo con los tuyos, no dejes tu pasión, pero lo primero es lo primero. Te aseguro que, con el tiempo, serás feliz si eliges a los tuyos.
—Ya…
La historia de Sergio no embozó las esperanzas de mi abuelo. Más fácil habría sido empujar el agua. Estaba preocupado, Sergio era su única posibilidad de entrar en la profesionalidad literaria, si abandonaba la carrera nunca podría federarse. Nico creía que su amigo había demostrado debilidad ante el primer resbalón en la maratón. Él sería más fuerte, más testarudo y más feliz de disfrutar de dicha oportunidad. No tenía miedo, era un titán de la palabra que esperaba esas alabanzas que tanto se merecía. Su imaginación seguía trabajando a todo gas. Todavía recuerdo como nos contaba a mi hermano y a mí sus ansias de ser reconocido como un gran artista. A pesar de ser ya una persona de la tercera edad, se le enrojecían los ojos por la multitud tumultuosa de sus ideales, los cuales todavía estaban azotándolo, aunque con bastante menos fuerza.
Bajaron en la parada de Universitat, iban a una librería de la zona. Sergio quería comprar la nueva novela de su autor favorito, mi abuelo solo iba a mirar, recordad que prometió a su mujer no comprar más libros. En la calle mi padre se despertó, el abuelo lo sacó del carro y fue caminando. Ya en la librería, el niño fue un huracán que hacía temblar a todos los libros. Acostumbrado a su casa, pensaba que tenía el mismo derecho en la librería. Nico dejó mirar a Sergio lo que buscaba, él estaba ocupado comportándose como un héroe, salvando la inocente vida de muchas obras de la tiranía de un divertido niño.
Entonces vio que uno de los libros que había rescatado era el nuevo poemario de su poeta favorita. Ya había leído en una revista que había publicado el libro, durante semanas se autoconvenció de que no lo compraría. En ese momento él estaba ahí, tocando esa bendita obra. Temblaba igual que el alcohólico en frente de un vaso de cerveza, sudaba como un torturado, se golpeaba igual que un masoquista. La cuestión era comprarlo o no comprarlo, romper la promesa o no romperla, perder esa gran lectura o no perderla. ¿Estaría ya en la biblioteca? Seguro que no.
Tenía que cumplir la promesa. Colocó el libro en su sitio original, le entró un calambre a la milésima de soltarlo. Se quedó mirándolo y sonrió como un enamorado. No, no, no, no, para luego pensar sí, sí, sí. Cogió de nuevo el libro, la mano no le dolía, aunque sentía el miedo de la bronca con Patricia. Volvió a dejar el libro, unos picores mordían su mano en aquella ocasión. ¡Qué guerra tan cruel contra sí mismo! ¡Qué prueba de superación personal!
Finalmente, llegó un mensaje de la naturaleza o de algún dios cansado de ver la zozobra del abuelo. Mi padre cogió el libro y se lo dio. Estaba claro, lo entendió todo, ya no tenía dudas, captó el mensaje y compró el libro.
Cuando Sergio vio que compraba un libro no comentó nada, esperó en el metro para sacar el tema. Él sabía de la promesa del abuelo. Este respondió que el libro era pequeño y que intentaría ubicarlo en la estantería baja de la librería para que Patricia no se enterara.
Llegó al piso y todavía no había vuelto la abuela. No pudo leerlo, Daniel descartó esa posibilidad. Colocó el libro tal como le dijo a Sergio. Patricia llegó cansada de trabajar, pero no por eso deshizo la típica rutina diaria: ducharse, comer un poco de fruta e ir al despacho a revisar la librería de su marido. A él le decía que quería leer unos diez minutos, porque él tenía razón en que no podía dejar dicha actividad. Así tenía excusa para revisar si había comprado una nueva pieza literaria. Y ese día detectó que el puzle no encajaba.
—¡Nico!
—¿Sí? —dijo sorprendido de haber sido descubierto el mismo día de la compra.
—¡Has comprado un libro! —Salió del despacho con el poemario.
—Es nuevo, no está en la biblioteca.
—Pero seguramente sí en e-book.
—No lo sé.
—¿A que no lo has mirado?
—No, no creo que un libro de poesía se venda por Internet.
—¡Ni lo has mirado!
—No, Patricia, lo…
—¡No lo digas! ¡No sirve de nada!
—¡No te pongas tan histérica!
—Pareces un yonqui.
—Qué comparación tan fea.
—Es la verdad.
—Es tu verdad, Patricia.
—Serás capullo.
—No me insultes, por favor.
—Y tú no me mientas.
—¡Lo siento! No he podido evitarlo, es lo que hay. ¿Me entiendes? ¡Es lo que hay!
La abuela se sorprendió por la respuesta. Nico solía callar a regañadientes, porque era consciente, en parte, de que ella tenía razón. Esa tarde comprendió que él ya estaba harto de la situación que ella quería imponer, sentía que vivía bajo una dictadura. La discusión no cesó, Nico le explicó el discurso que le soltó Sergio horas antes.
—Estoy seguro de que tú has hablado con él para que me convenza de que abandone mi sueño.
—¡Claro que no! Casi no hablo con él, no he hablado con ninguno de los amigos que has hecho en estos dos últimos años. Además solo vas con ellos por interés. ¿Cuánto hace que no quedas con Toni o Álex? No has conocido ni a sus novias, Toni lleva con ella seis meses y Álex diez. Eres un interesado.
—En este mundo. por desgracia, hay que tener contactos, padrino, llámalo como quieras.
—Has renunciado a tus amigos.
—No tengo tiempo para todos, Patricia.
—Claro, entre leer y escribir, ir a presentaciones de amigos que pasan de ti, presentaciones a las que no puedes ir con tu hijo.
—Solo voy a las presentaciones que hacen los sábados o los domingos. Dejo al niño con mis padres o los tuyos, así tú aprovechas y quedas con tus amigas, ¿acaso miento?
—No —dijo retrocediendo Patricia.
—Sé que puedo llegar a ser muy pesado, que soy cansino con el tema, pero te aseguro que mi hijo es mi felicidad. Tú eres mi felicidad.
—Son palabras, quiero hechos, Nico.
—Te entiendo. Soy un hombre con un sueño, con una pasión que me hace feliz.
—¿Y nosotros?
—Por supuesto, no lo dudes, sois aún más importantes.
—Nico, has intentado mil maneras de publicar tu obra, nunca lo has conseguido. Debe ser por algo, no por envidia ni por conspiraciones.
—Los grandes sufren hasta alcanzar el reconocimiento.
—¿Quieres ser un Cervantes que no ganó dinero ni consiguió la fama en vivo?
—Otros sí lo lograron.
—Ya sé, Nico, que tú no quieres ser rico, quieres el reconocimiento de tu inteligencia.
—No lo niego, tú me conoces mejor que la madre que me parió. Quiero vivir bien de la literatura, como ahora puedo vivir, no pido más.
—Ya has escuchado a Sergio, ya tendrías que saber que es complicado.
—Solo sé que hay un tren dentro de mí y que en su recorrido no hay última parada.
—No tienes solución. Si tanto te importamos sí habría una última parada.
—Yo te quiero, no lo dudes, Patricia.
—He aguantado mucho, no sé cuánto más podré aguantar.
—Queda poco para que todo vaya bien, te lo aseguro. Te entiendo.
—No, no me entiendes.

La discusión cesó al llorar mi padre porque acabó su serie favorita de dibujos animados. Se encargaron del niño y se acercaron los tres a pesar del distanciamiento de los progenitores. No volvieron hablar del tema ese día. Era como si les hubiera descubierto la vergüenza, como si el estado etílico hubiera cesado y fueran conscientes de su locura. El futuro era estrecho para mi abuela, muy estrecho, tan estrecho que solo cabían ella y su hijo, lo que le causaba un dolor profundo.

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