domingo, 3 de agosto de 2014

Interiores (Fragmento Cuarto).


VI.


La dilatada época que viví sin pareja fue como comer un pastel a pequeñas raciones, no me llenaba, pero tampoco moría de hambre. Intentando ser sincero, no ingerí ni un solo dulce en la época posCelia y no fue hasta el éxito comercial de mi obra magna que el apetito resucitó en mi cuerpo. Tenía tanto dinero que me permitía el lujo de ir regularmente a la pastelería, la pastelera me presentaba o enseñaba productos, algunos eran de crema y otros dulces, alternaba todos los alimentos, es más, devoraba manjares nacionales y extranjeros: me sedujo la textura deliciosa del bizcocho o pastel dominicano, me interesé una época por el zongzi aunque era demasiado pegajoso y en otro período sucumbí a la melosidad del blighat.
Muchas veces, después de saborear el manjar, me gobernaba el arrepentimiento ¿por qué no cocinaba yo? ¿No sería mejor para mí comer un único pastel y por tanto entero? No obstante, el recuero de Celia me convencía de que caminaba por la dirección correcta. Estuve años con este estilo de vida acerba, cambiaba de pastelería como quien cambia de vestuario. Tuve más de una ocasión para romper mi costumbre y enrolarme en una gastronomía, no cedí porque el miedo era mi sentimiento y la vergüenza mi conciencia. He explicado anteriormente que el miedo era por Celia, en cambio, la vergüenza era causada por unas frustraciones latentes en mí desde que tengo conciencia, vergüenza que es hermana del miedo, ambos van juntos conmigo por el camino. Vergüenza y miedo de lo que piensen los demás, vergüenza a mí mismo y miedo se sentirme otra vez inferior como me ocurrió con Celia. Tal vez la vergüenza sea un sentimiento híbrido ya que hay algo de orgullo y ego, en otras palabras, sufro de ambivalencias. Voy a escribir un ejemplo práctico: estuve dos años sin ver a Pedro por las amenazas de Celia por el envite, ella pensaba que la publicación del escándalo afectaría a las ventas de mis libros, mi editor, le dio la razón. Mis sensaciones fueron otras, no me hubiese atrevido a mirar a ninguna persona, me hubiese atormentado creer que mis más cercanos tendrían pensamientos malvados sobre mi persona. Elegí o preferí no ver a mi hijo a luchar en la trinchera, hecho del cual me arrepiento y hace que me odie a mí mismo, luchar hubiese sido doloroso, pero no hubiese perdido a mi hijo. Preferí que me hijo pensase que era un egoísta, al cual únicamente le importaba el dinero, a que supiese la verdad.
Estoy perdiendo el hilo de la historia, vuelvo a los pasteles. Me encapriché con un manjar antes de casarme con María. No sé si era amor, tengo claro que estaba totalmente obsesionado por engullir cada día una ración. Hay una cuestión que es importante anotar: comer un pequeño trozo significa que otro hombre probará o ha probado antes otra ración, suceso que nunca me había importado hasta disfrutar del aroma dulce de aquel manjar. Me volví una persona posesiva y celosa, era consciente de que no podía exigir nada y este pensamiento me torturaba aún más. Mil veces pensé que no tendría que volver a desmenuzar el pastel, jamás cumplí mi propósito. Los días corrieron para caminar otro año. Una tarde me paró un hombre cuando me dirigía a la pastelería, era un señor bien vestido, creía conocerlo o haberle visto en alguna ocasión anterior. El hombre hablaba desabridamente, atropellando las palabras, y parecía estar nervioso. Me invitaba a tomar café para hablar de un asunto importante para mí y mi pastel. Acepté, estaba aturdido y preocupado, pensé que aquel hombre estaba relacionado laboralmente con el manjar. Hablamos de mis libros una vez dentro de la cafetería. Sin embargo, estaba inquieto y le pedí que fuese directamente al grano. El hombre se llamaba Julián, trabajaba en un programa del corazón y conocía mi gusto por el dulce, decía que me entendía, «yo también lo he probado, excelente», dijo riendo hipócritamente. Me amenazó con explicar mi vida privada sino le hacía un favor.
—Conozco toda su vida. Ha hablado demasiado y me he enterado de todo porque compartimos gustos. Ya ve, no se puede confiar en nadie.
—¿Se lo ha contado todo?
—Sí, todo. Le cae bien, pero piensa que así puede ganar mucho dinero. Voy a evitar que hable en la tele a cambio de algo.
—¿De qué?
—Verá. —Aquí habló lentamente y cruzó sus brazos para que le tomara en serio—. Tengo una hija, ya sé que usted no ve la prensa rosa. Mi hija es joven, viuda de un torero famoso, el murió hace dos años y la pobre está destrozada. No quiere conocer a nadie, no puede tener hijos y cree que nadie va querer estar con ella por su problema. Usted tiene un hijo, ¿quiere tener más?
—Es algo que no me he planteado.
—Eso significa que no. Solo le pido que conozca a mi hija. —Sacó una fotografía de su cartera y me la enseñó—. Es muy guapa, no tiene su cultura y no le gusta leer, aunque es buena persona y joven, tiene veinticinco años.
Le devolví la fotografía, lo miré mareado a causa del embate, no podía creer estar hablando con ese deshollinador. Recordé en ese momento haber visto a ese hombre en la televisión hablando de su vida privada con una frialdad efervescente.
—Ahora lo recuerdo. —Sonrió de nuevo y nació en mí un odio profundo hacia ese ser—. Si le digo que voy a denunciarlo se va a reír, mejor para usted, más protagonismo y dinero.
—Exactamente. Piense una cosa. —Volvió a cruzar los brazos y alzó la cabeza—. Pedro ya tiene una edad y una exclusiva tan fuerte haría romper la relación con su padre, usted tiene muchos problemas con su hijo y Celia. Mi María sería una buena madre, el chico es grande, sí, aunque no importa. Mi hija es tan buena que se ganará el corazón de Pedro y el suyo.
—Pongamos por un caso que nos conocemos, ¿qué pasaría si no sale bien?
—Nada, se lo prometo. Ahora bien, estoy seguro de que cuando la conozca se va a enamorar de mi María. —Julián calló un momento, movió su mano para coger el asa de la taza y terminar su café. Estaba esperando que yo hablase, abrió la boca cuando entendió que no iba a suceder—. Mañana voy al entierro de mi mujer, hablaré con mi hija y les arregló una cita.
—¿Una cita tan solo?
—Ya le he dicho que una cita.
Acepté conocer a María, total, sería únicamente un encuentro. Además, era consciente del poder del merodeador, tampoco había pedido mi alma porque le interesaba mi dinero. Ese día me fui a casa, se me había quitado el apetito, no imaginaba que nunca más pisaría una pastelería, no veía que se iniciaba una nueva etapa en mi vida. Me horrorizaba recordar cómo Julián hablaba de mi hijo con una familiaridad natural, sufrí otra decepción a causa de la indigestión del pastel, aprendí que las pequeñas raciones también provocan dolor.
Creo que nunca más he vuelto a confiar en alguien, en hablar de mi vida privada con una persona, ni siquiera con María. Recuerdo todavía la primera vez que la vi, era la personificación de la beldad y la timidez, no teníamos gustos comunes y sudamos para iniciar una conversación coherente. La construimos cuando ella preguntó por Pedro y me sorprendió su infinita curiosidad por mi vida paternal. Pedro fue la semilla para plantar nuestro jardín en nuestros primeros años de relación. ¿Por qué no volver a verla? Pensé que con el tiempo podría enamorarme de su bondad, sin olvidar que su belleza me excitaba, su físico quizá era la razón de que era tan educado y amable con ella. María respondía con la misma moneda, pero yo sentía que nuestra relación era forzada.
Pedro conoció a María a causa de la insistencia de esta. Mi hijo estaba padeciendo los primeros ataques de su madre, nunca pensé que Celia actuaría vilmente contra Pedro, era su vida cuando nació. No obstante, no educamos bien a nuestro hijo y no explotamos sus virtudes, hecho que me oprime el pecho, secreto que nunca he confesado a nadie, ya que por despecho responsabilizo a Celia de lo sucedido.
Me he perdido otra vez, no estoy tamizando correctamente este relato, tal vez porque es una confesión demasiada sincera y yo, aunque he escrito novelas autobiográficas, no he sido sincero con la obra ni conmigo mismo. ¿Puede un hombre escribir sinceramente? ¿Puede un hombre escribir las ideas y los sentimientos más enterrados de su inconsciencia? ¿Puede un hombre aceptarse hasta la última consecuencia de su ser? Yo lo estoy intentando, como han hecho tantos escritores anteriores a mí, como el hombre del subsuelo que reconoció su bajeza, ahora es mi turno.
María ha sido en estos dos últimos años un alivio, un desahogo para Pedro. Mi hijo siempre que puede viene a vernos, no, viene realmente a hablar con María, que es la única inocente dispuesta a ayudarlo. Pedro no confía en mí, algo que entiendo y no me atrevo a discutir porque perdería la batalla dialéctica. El amor que tiene Pedro por María ha hecho que no me aleje de ella. Sé que es duro lo que voy a escribir, pero es la verda: nunca he estado enamorado de María, le tengo cariño y respeto, su físico me fascina, aunque si estoy con ella es porque me une más a Pedro. Si me he casado con ella es porque a Pedro le hacía mucha ilusión la ceremonia. María es la única madrastra que no ha tenido problemas de comunicación con su hijastro.
El matrimonio se celebró por la influencia de Julián, pero no lo tuve claro hasta que Pedro se alegró de la noticia. Julián era un auriga y yo uno de los jamelgos de su carruaje, María era el otro caballo. Ella ya no salía en el mundo del cotilleo desde que inició su relación conmigo, Julián y Ana se encargaron de desterrar a María de la televisión. Ana es una joven periodista que ha entrado en la televisión porque se ha acostado con Julián. Este ha introducido a la periodista en el programa en el que colabora a cambio de que defendiese a María. Ana interpretó tan bien su personaje que María quiso conocerla, para agradecerle su apoyo desinteresado. Desde entonces nació una amistad sólida, a pesar de que María no tiene constancia de la relación entre Julián y Ana. Julián me contó su secreto cenando una noche, estaba beodo y reía mucho. «Eso, sí, Ana ahora aprecia a mi hija un montón, te lo aseguro, sino yo no hubiese dejado amistarse a mi María con esa mujer. Ana dice que no hay persona más buena que mi María. ¡Qué razón tiene! »
Ana es una mujer extraña, no simpatizamos nada, sabe que no amo a María y que no sé dónde voy. Es una persona sin principios, ha llegado lejos por su cuerpo y traicionando a muchos compañeros. Ahora bien, jamás haría daño a María. Adora, admira y aprecia la personalidad de María, le gustaría tener algo de ella, pero su realismo le hace olvidar el propósito de ser mejor persona. No se arrepiente de su pasado oneroso y de su relación con Julián, lo cual no quiere decir que cuando este murió hace dos meses no respirase tranquila, al menos percibí esa calma interior en el entierro de Julián. Por mi parte puedo asegurar que me alegré, era la única persona que podía esgrimir a María, ahora ella puede conseguir que mi hijo me quiera sin la molestia de su padre. María me ha reconocido no estar muy afectada por el accidente de Julián, le ha dolido no haber tenido mejor padre, como a Pedro.
He sido el filón de Julián, este consiguió que el pastel no fuese conocido a cambio de una dosis económica. Él se hizo cargo de la inversión, escribo inversión porque con el tiempo repuntó su dinero. Fue astutamente ardido, esperó unos meses a que se formalizase mi relación con su hija y entonces reprochó mi «candidez comercial, no es normal que no quieras que hagan películas sobre tus libros», me comentó en una cena como si hablase por mi bien. «Sí, sí, sí, lo sé, te niegas porque crees que no se tienen que hacer pelis sobre libros, según tú, matan la imaginación de los lectores. ¿Y los que no somos lectores no tenemos derecho a disfrutar de tu rico mundo? Piénsalo, lo digo por tu bien». Coceé mil veces, hasta que un día me envió un correo electrónico en que escribió: «Antonio, he hablado con un productor, está dispuesto a pagarte mucho dinero por hacer una película de las dos primeras novelas, me ha dicho que será una peli larga, seguro que durará más de tres horas. Por cierto, Antonio, hay otra cosa importante que quiero hablar contigo, me tendría que quedar con el 25 % del dinero que te den, no es por mí, ha vuelto amenazarme quien ya sabes, quiere más dinero, es la razón por la que creo que tenemos que aceptar esta oferta». Sabía que este correo era una argucia de Julián, sabía que el pastel no quería más ingredientes, sabía que iría a la televisión a declarar mi crimen. Ya conocía a Julián, no estaba dispuesto a perder su inversión, había demostrado un control absoluto en las vidas de María y la mía, su plan lo ejecutó perfectamente. Tuve que aceptar la oferta cinematográfica, la película fue un desastre, aunque ganamos algo de dinero. Julián desterró a María de la televisión porque yo era su nueva gallina de los huevos de oro. Ana ayudó a mi suegro ya que quería a María, la amante no participó en hurtarme.
Me imagino la cara de satisfacción de Julián cuando le explicó todos mis secretos más íntimos, calculó hasta cuándo podía utilizar el pastel y luego tenerme atado a su vida por estar casado con María. ¿Cómo volver a confiar en alguien después de estas experiencias? Después de haber conocido a Celia, a mi pastel y a Julián. ¿Qué ideas tendría Julián después de la boda? La muerte de Julián no fue únicamente un descanso para Ana y María.

María acabó de leer la confesión que acababa súbitamente, como si el autor tuviese miedo de continuar escribiendo. Dejó el dosier en el bolso, ubicó sus ojos en el cuerpo de Antonio y quedó sumergida en una ardua tarea reflexiva. 

sábado, 5 de julio de 2014

Interiores (Fragmento Tercero).

V.

María estaba sentada, miraba a su marido tumbado en la camilla, ella estaba preocupada y no cesaba de llorar. Antonio había sufrido un ictus cerebral la mañana de ese mismo día. Había estado todo el día con él. Por la tarde llegó la primera visita, era Ana.
—María, ¿cómo estás?
—¿Cómo voy a estar?
—Ha salido por todos los medios. Todo el mundo está con Antonio.
—Todo el mundo está con el escritor, pero nadie ha venido a ver a Antonio. Su editor está en el extranjero de vacaciones, le he llamado y me ha dicho que vendrá mañana —María calló. ya que no quería hablar de la otra persona.
—¿Y su hijo?
—Su hijo no puede salir de donde está. Es parte de la rehabilitación.
—Sí, lo sé, pobre chico.
—¿Pobre chico? —rio cínicamente. Ana cambió de tema.
—Solo hace tres meses del Nobel. Se le veía tan feliz en la televisión y ahora ha estado a punto…
—El médico me ha dicho que ha sido un ataque leve, saldrá adelante —María cortó la interpretación melodramática de su amiga.
—Me alegro muchísimo.
—Yo también. —Miró a Ana, la vio preocupada y agradeció su visita—. Sabía que tú vendrías. Siempre has sido una amiga fiel.
—Y tú. Me apoyaste muchísimo con el divorcio. Dejemos eso, hoy tienes un problema muy desagradable, espero que no se convierta en una desgracia.
—Otra más, no sé cómo aguanto —María miraba a su marido mientras hablaba.
—Eres una mujer fortísima, aunque te creas todo lo contrario.
—No sé si soy fuerte, Antonio me dice que soy tonta —María al responder dejó de mirar a su marido para observar a su amiga.
—Os conocisteis por fuerzas mayores, tu padre se aprovechó de ti una vez más.
—Sí, nos reencontramos en el entierro de mi madre, la pobre sufrió con ese cáncer. Mi padre solo vino para decirme que no podía seguir estando sola, Pepe llevaba ya dos años muerto y yo no había estado con nadie. Entonces me habló de Antonio, yo no sabía quién era, ya sabes que no leo. Me dijo que era un amigo, un escritor muy bueno, había publicado su cuarta novela en aquella época. Era listo, educado, bla, bla… Resumiendo: me haría feliz.
»Me negué porque no era mi tipo, no quise ni ver la foto, entonces mi padre… —Calló, estaba furiosa y miró de reojo a Antonio para entender el pasado. Luego encajó sus ojos enfrente de los de Ana y habló de nuevo—. Entonces él me dijo: «hija, no puedes tener hijos, ¿dónde vas a ir? Antonio tiene un hijo y no quiere más, no hay otro hombre como él». Nunca olvidaré estas palabras.
—Normal, María, eh, quizá no es bueno hablar ahora de algo tan delicado —Ana estaba preocupada porque María rio de nuevo histéricamente cuando acabó de hablar. Nunca antes había visto así a su amiga.
—¿Por qué no? «No hay otro hombre como él» significaba en el idioma de mi padre que no había otro hombre rico y dispuesto a quererme. Acepté finalmente, pensé que me iría bien cambiar de aires, una persona totalmente diferente en mi vida podría colorearla. —Esta frase le provocó una carcajada sañuda.
—María, María…
—¿Sí?
—Perdona que te pregunte, Dios, ¿has bebido?
—Sí, un poco, estoy destrozada por lo sucedido.
—Entiendo. ¿Dónde está el alcohol?
—Se ha acabado.
—Mejor, no compres más.
—No sé.
—Estaré a tu lado para que no bebas.
—Gracias, eres una buena amiga. —Volvió a mirar a Antonio y sintió la necesidad de vomitar su impotencia—. Nunca lo quise como a Pepe, le tenía cariño, no era mala persona, su problema era que no sabía disfrutar de la vida. Su ex le ha atormentado durante toda su vida, sé que nunca me ha querido como a ella, me da igual. Estuvimos juntos porque mi padre nos comió la mollera. Sé la causa de que Antonio aceptase conocerme, ya lo sabes, me da mucho asco contar esta parte de nuestra historia.
—No hace falta.
—Gracias a ti estos secretos no salieron en la tele y las revistas. Siempre me has defendido. —Cogió las manos de Ana y temblaba.
—Duerme un poquito, te sentará muy bien.
—No estoy cansada. —Cedió sus manos y abrió los ojos como muestra de su fuerza—. —Necesito hablar, por favor te lo pido, por favor, si estoy callada pienso que puedo perderlo… —Suavizó su mirada—. Así me distraigo, conoces la historia, lo sé. Entiéndeme, así me distraigo de esta tragedia.
—Está bien, sigue hablando.
—Vivíamos juntos al año de conocernos y nos casamos a los dos años. Estuviste en la boda, no fue como la de Pepe. Mi padre esa tarde bebió mucho y por la noche murió en su coche que se había pagado con las exclusivas. Quizá fue la señal de mi patético matrimonio con Antonio.
—Nunca has tenido suerte en la vida. Tendrías que haber dejado a Antonio, te lo llevo diciendo muchísimos años.
—¡Sí! Ya sé tu respuesta, irme con mi hermana. Si no lo he hecho es porque me gustaba y me gusta vivir cómodamente. Ella es ama de casa, a veces hablamos por teléfono, parece aburrida aunque no ha sufrido como yo. Ella fue lista, se fue lejos de mi vida pública.
—Tu padre me comentó que Sofía era como tu madre, que poseía la misma humildad.
—¿Y yo?
—Tú eres una buena persona como tu madre y materialista como tu padre.
—Sí, por eso estuve con Antonio, era el único que me podía querer pero no surgió la chispa. Los dos primeros años fue educado, todo cambió con el matrimonio. En realidad, Antonio no quería casarse. —Volvió a mirar a su marido y entristeció todavía más su rostro.
—María, estás preocupadísima. Los médicos han dicho que ha sido un ataque leve, ¿no? Saldrá adelante.
—¿Tú crees?
—Segurísima.
—Él no era mala persona. El problema era que no nos hemos querido y una vez muerto mi padre no teníamos ningún motivo para estar juntos, aunque seguimos. Ni él ni yo teníamos motivos para estar juntos, él no volvió a escribir un buen libro y me echó la culpa a mí.
—Eso es cruelísimo, nunca lo he entendido.
—Tampoco yo. Decía que tenía una vida aburrida conmigo y no tenía buenas historias.
—¡¿Y qué hace contigo?! —María había conseguido alterar a Ana.
—Ni él mismo lo sabía. También yo me pregunto por qué he aguantado tanto.
—Eres una persona buenísima. Escucha, hace tiempo que pienso en proponerte algo. Ahora las circunstancias son más complicadas, no importa, cuando estés bien dejas a Antonio y te vienes conmigo.
—No puedo dejarlo solo, es un niño, se haría daño.
—No es tu problema.
—Es mi marido. Quiera o no, es mi problema.
—Te mereces ser feliz.
—Él también, Celia le destrozó la vida.
—Y él la tuya.
—No, no fue él. Fue mi padre. Te confieso que odio a mi padre. ¡Odio a mi padre!
—Era una persona cruel, solo ha hecho una cosa bien.
—¿Qué?
—Tú.
Ana sonrió suavemente pensando que aliviaría a María, deseo que no sucedió. Ana habló de su trabajo para distraer a su amiga. El miasma contaminó el ambiente, cuando María al fin se despejaba, porque Celia entró en la habitación. Sin duda, era la última persona que María esperaba ver. No obstante, pensó que una persona gélida como Celia era capaz de cualquier acto salvaje. Tenía setenta y cinco años, sus ojos expresaban cansancio, cansancio que no enterró su orgullo y altivez.
—Buenas tardes ¿cómo está Antonio? —Celia hablaba con un tono estentóreo.
—Ha tenido suerte dentro de lo que cabe. No esperaba verte.
—Sí, ha pasado mucho tiempo, Pedro era un adolescente. Antonio es el padre de mi hijo, él no puede venir y me ha pedido que venga yo.
—¿Cómo está Pedro? —Ana preguntó sin pensar.
—Lo está pasando mal. Espero que no lo publiques en tu revista.
—No publico nada relacionado con la vida de mi amiga.
—Está bien, tienes principios —Celia ironizó.
—¿Entonces has hablado con Pedro?
—Sí, María. No puede salir del centro… —Celia calló, le costaba hablar de un tema tan delicado—. María, por favor, me gustaría hablar contigo a solas.
—Ana, si no te importa.
—Claro que no. ¿Estarás bien?
—Sí, tranquila.
Ana se fue de la habitación. Celia esperó unos segundos cuando la periodista cerró la puerta. Entonces la anciana la abrió otra vez para asegurarse de que Ana se había ido, no la vio, volvió a cerrar la puerta y miró a María como un objeto más de aquella habitación inerte.
—Antonio se va alegrar mucho cuando salga del hospital y vea cómo han subido aún más las ventas de sus libros. —Celia inició la plática que había preparado horas antes.
—Es así por tu culpa.
—Yo le enseñé a escribir por amor al arte. Es así porque es débil, como su hijo, es igual que él.
—¿Cómo puedes hablar así de tu propio hijo?
—Yo lo he querido más que a mi vida, has visto cómo se ha autodestruido. Yo creía que él podía ser algo grande, sin embargo, a los catorce años no mostraba ninguna aptitud, nunca ha sabido hacer nada, es lógico que me desilusionase.
—Por Dios, es tu hijo, no puedes hablar así, quizás tienes parte de culpa.
—Sí, es cierto. Nunca tuve que haber conocido a su padre.
—Fuiste tú quien le destrozó la vida.
—¿Por qué lo defiendes tanto?  Pedro me ha comentado cómo te tratan. Son injustos, tú eres una buena mujer. Has ayudado a Pedro cuando yo fui severa con él, creí que así mejoraría, no pudo ser porque cayó en tus brazos y tus mimos lo debilitaron. Con los años él ha crecido y mira cómo te ha devuelto tu cariño.
—Está perdido por vuestra culpa.
—A mí me respeta…
—Pero no te quiere. —María cortó bruscamente a Celia. Se sentía incómoda con ella.
—No, no me quiere.
—¿Y tú lo quieres ahora?
—A mi manera. María, yo sé que tú lo has querido mucho, fue el hijo que tu cuerpo no parió, querías que te viese como madre. Te odiaba en aquella época, mientras yo era dura con él, tú le dabas comprensión y bondad. Él estaba más por ti que por mí, algo que me dolió mucho.
—No fue mi cariño, sino tu maldad la que hizo a Pedro buscarme. Una vez, tenía dieciséis años, vino casi llorando porque tú le habías llamado «inútil de mierda» por sacar un 6 en un examen de castellano. No me extraña que haya acabado así. –María observó brevemente a Antonio tras decir la última frase, fue el único momento en que se atrevió a mirar a su marido delante de Celia.
—¿Qué? —Celia se indignó y no creía que María comentase tal atrevimiento—. Yo creo que la culpa es de Antonio y tuya.
—Dime el motivo.
—Antonio no educó en ningún momento al niño…
—No lo dejaste.
—No me cortes, por favor, intento ser educada. Digo que Antonio no supo educar a su hijo y tú… tú le hiciste creer que no era malo no ser grande. Mi sueño era que fuese un gran escritor y tú lo destrozaste.
—Era tu sueño, él es una persona normal, una buena persona, y le has hecho mal, como a Antonio.
—Antonio es un gran escritor gracias a mí.
—Le has dado una historia rara y él escribió un buen libro.
—¿Tú qué sabes? —Celia rio vehemente—. Nunca has leído un libro. Desde que Antonio está contigo no ha escrito ni una página decente. Si al menos le hubieses hecho feliz.
—Fallamos los dos.
—Sí, los dos seguís amando a vuestras antiguas parejas.
—¿Y tú?
—¿Yo? Yo lo he querido, como he querido a Pedro… —Celia no pudo responder, cambió el tema—. Respóndeme una pregunta por favor, me gustaría saber cuándo Pedro se hostilizó contigo.
—A partir de los veinte años, cuando vi por accidente a Pedro esnifando. Lo comenté con su padre, Pedro lo desmintió y su padre creyó a su hijo. Nunca más confió en mí. Desde entonces únicamente nos ha robado el dinero.
—Yo sabía que decías la verdad.
—¿Y por qué no hiciste nada??
—Hablé con él, y sabes cómo soy, me enfadé… —Celia calló, no podía seguir con la conversación, interpretó que miraba el reloj y gesticuló una cara de sorpresa—. Excúsame, es tarde y tengo que irme. Además, tu amiga está esperando a fuera.
—¿Volverás?
—No.

Celia se despidió con un gesto casi femenil. María se tranquilizó cuando se fue, Ana volvió a entrar y notó a su amiga extraña. No hablaron mucho, el ambiente estaba tenso, poco a poco el miasma de Celia se desinundó. La periodista no cumplió su promesa y se marchó una hora después de la salida de Celia. María se quedó sola y aprovechó para abrir su bolso, cogió un pequeño dosier, era una confesión de Antonio sobre su matrimonio. María lo había descubierto años atrás, era el único texto que había leído en su vida, desconocía si tenía talento, le importaba únicamente su valor personal. Antonio no tenía conocimiento de que su confesión había sido leída. María volvió a esconder el dosier en su refugio. Sin embargo, había sentido la necesidad de llevarse la confesión con ella tras el ictus cerebral. Quizá fuese una tortura o simplemente era la necesidad de desatar el bramante y por eso mismo inició la lectura. 

domingo, 8 de junio de 2014

Interiores (Segundo Fragmento).


III.

María estaba sola y beoda, Antonio estaba a punto de recibir el premio en Suecia. Había viajado con su hijo, aunque no con su mujer zafia. Lógicamente, era una situación humillante para María. En ese momento, ella estaba conversando para sí misma, recordando o escribiendo mentalmente su biografía. «Solo he sido feliz con Pepe, él sí que era un hombre en todos los sentidos, no el cobarde cínico de Antonio, este nunca ha tenido el cuerpo atlético de mi Pepe, pero claro, él era un torero y el otro es un escritor que se cree el más listo del mundo…». María cedió sus pensamientos a causa del vacío ginebrino, fue lentamente a la cocina y exprimió de nuevo la botella. Volvió al comedor a mirar la televisión, Antonio era el protagonista de las noticias. «Se le ve contento. Mi felicidad acabó hace tiempo. Recuerdo aún el día de mi boda con Pepe… Pepe, él sí que era un hombre… Mi primer marido, y aunque luego me casé con Antonio, Pepe sigue siendo el amor de mi vida. ¿Por qué te mató el toro? ¿Por qué no lo esquivaste? ¿Por qué me dejaste? Haber vuelto, te hubiese perdonado todo: las infidelidades y la única vez que me pegaste. Aún recuerdo perfectamente nuestra última noche, te chillé porque estaba harta de tu vida nocturna, de tus juergas. Recuerdo que te grité «hijo de puta». A ti no te gustó que insultase a tu madre y me pegaste una bofetada, solo una, que me ha marcado para siempre. Al día siguiente tenías que torear en la plaza de nuestra ciudad. Te fuiste temprano porque tenías miedo de la reacción de mi madre, ella en aquella época vivía con nosotros. Te pedí perdón antes de marcharte y lo aceptaste, te fuiste y nunca más te volví a ver».
María paró de pensar en esa época de su vida, normalmente recordaba a Pepe por los momentos felices que pasaron y recordó su historia desde el principio. La joven de diecinueve años acompañaba a su padre a las corridas de toros. Una tarde en la cual José toreaba, María fue invitada por un caballero, que decía trabajar para Pepe, a una fiesta privada del torero. Ella se negó porque su padre estaba al lado, pero él animó a su hija hasta que ella aceptó finalmente. El padre de María no era un cándido, era consciente de que el señor no había propuesto a su hija ir a una exposición pictórica. Sin embargo, el hombre pensó que si alguien tenía un deseo por su hija no era ningún problema, sobre todo si ese alguien era el gran torero. La joven fue a la fiesta sin su padre, acompañada de ese misterioso hombre. Fueron en coche a una discoteca famosa de la ciudad, «la fiesta es privada y no puede entrar cualquier persona», comentó el caballero a María para tranquilizarla y suavizar su timidez, ya que no habló durante el trayecto. Ella no hablaba no por la inquietud de conocer al torero, sino porque intentaba aclarar el comportamiento de su padre, qué motivo o qué le había pasado por la cabeza para dejar sola a su hija. El acompañante de María se fue y ella estuvo sola una vez dentro del local. Analizó el ambiente en que había entrado y veía curiosamente a aquellos individuos. Sus pensamientos se quebraron cuando escuchó una voz masculina que la saludaba, ella se sonrojó cuando vio a José.
—Hola, guapa. ¿Cómo va la fiesta?
—Muy bien, gracias por invitarme.
—Es un placer tenerte aquí con nosotros. Estás en tu casa.
—Gracias.
—¿Solo sabes decir gracias?
María rio, estaba cohibida, su mirada era una abeja que libaba al torero y él era consciente. La joven escuchaba atentamente aquel tono de voz que perfilaba una seguridad en sí mismo arrasadora. Pepe era la personificación del casanova rico, era famoso en la prensa sensacionalista a causa del toreo y de sus trabajos puntuales en la moda.
—Estoy contento de haber toreado en mi ciudad.
—¿Por qué?
—Así te he conocido.
—Yo también me alegro de conocerte. Mi padre es fan tuyo. Él estaría contento de estar hablando contigo.
—Haberlo traído.
—No ha querido venir. Dice que la noche es para los jóvenes.
—Tiene razón, es para nosotros.
María había desterrado su vergüenza en la conversación, era consciente de su belleza y que José tenía la intención de estar con ella toda la noche. La charla transcurrió durante horas. María analizó a Pepe, descubrió que la inteligencia no era una de sus virtudes, no obstante, era una persona extrovertida, alegre y cariñosa. Puede que José tuviese muchas virtudes, pero para alguien como él no hay mayor pureza que no abrir el amor a un desconocido. Su deseo se ensanchó más cuando María no quiso ni siquiera regalarle un beso. Pasó un mes y María estaba galopada por los deseos de su cuerpo. ¿Para qué esperar más? Pepe también se había enamorado de María, nunca había conocido a una chica con unos principios tan rígidos e inflexibles. Ella tenía un orgullo y una honradez que no vendería al primer hombre que encontrase, por muy famoso y atractivo que pudiese ser.
Se casaron un año después. Durante este tiempo se convirtió en una mujer conocida y su padre se aprovechó económicamente de la situación. La pareja y los padres de ella ganaron dinero gracias a las entrevistas en la televisión. María ganaba menos dinero porque cedía un porcentaje a su padre. «Yo no trabajo, hija, necesito el dinero para que tu madre esté bien», decía el hombre y su hija ante estas súplicas no podía negarse. Además, la joven estaba volando en las nubes y únicamente recuperó los sentidos cuando se estrelló. Ahora bien, la hermana mayor, que se llama Sofía, nunca entró en los espectáculos familiares, se había enamorado de un guardia civil y se casaron seis meses antes que María y José. Sofía intentó hablar con su hermana sobre su nueva vida, sobre los lujos sin sentido y el estrés televisivo, aunque María nunca creyó que su mundo fuese un relumbrón como denunciaba su hermana. La relación de las hermanas se distanció y más cuando el marido de Sofía fue destinado a una ciudad ubicada al otro extremo del país.
El primer año de matrimonio de María y Pepe fue paradisíaco, hasta que hubo un contragolpe que la joven no barruntó. El padre se había gastado el dinero en una amante avariciosa y haragana. El escándalo se publicó en los medios de comunicación y María no podía creer lo sucedido. Habló con su madre y reconoció que lo sabía todo, no se lo había confesado porque no quería contaminar el mundo feliz de su hija con su marido. Las relaciones familiares se rompieron y los padres se divorciaron, María ayudó a su madre y perdonó a su padre. La joven intentó que aquella desgracia no afectase su vida matrimonial. Consiguió tal hazaña manteniendo unas distancias no excesivas con su familia, ella creyó que de esta forma nada rompería su felicidad, sin embargo, nada dura para siempre. María vivía como una estrella de Hollywood, su vida era cómoda y lujosa, la vida matrimonial era un camino ascendente y sin baches. Llegó a ser archiconocida y querida por la gente, porque veían a una chica bella y cándida, una cenicienta que había cumplido su sueño. José y María salían en ocasiones en la televisión, se mostraban felices, tanta era la felicidad que parecía imposible haber teatralidad en sus actos públicos.
El matrimonio quiso ampliar la familia cuando celebraron el segundo aniversario, no cabe duda de que lo intentaron diez mil veces, no obstante, María no quedaba preñada. Un año después supieron la terrible noticia de que María era estéril. Pepe, que tenía una naturaleza viril y ruda, no pudo aceptar la realidad, él no quiso adoptar, quería un ser de sus carnes. Gota a gota, al ver que María no podía darle un hijo, su relación con su esposa sufrió una crisis. Espetaba a María su «cuerpo de poco mujer». Ella imploraba perdón, nunca lo obtuvo, e intentó hacer feliz a su marido de todas las maneras posibles, incluso cuando se debatían infidelidades de este fue perdonado por su mujer. Los secretos más íntimos del matrimonio eran temas que se hablaban en tertulias televisivas, conversaciones en los bares o trabajos, el sueño de la cenicienta se había despedazado.
María rechazó grandes ofertas económicas para ser entrevistada en un canal de televisión, Las ofertas fueron buscadas por su padre, pero María, influida por su madre, se negó. El padre, que no quería perder una oportunidad tan seductora, fue finalmente el entrevistado para hablar o aclarar cualquier detalle íntimo. Hubo varios temas que no conocía al pie de la letra, por suerte suya era un hábil mentiroso y no tuvo ningún reparo en inventar una biografía para María. «Mi hija ha perdonado varias veces a Pepe porque lo ama mucho. Es mentira que ella no puede tener hijos, el problema es de él». Este hecho y concretamente esta invención fueron la causa de la ruptura temporal entre padre e hija. Fue el propio José quien ordenó el sacrificio, el tema de la infidelidad le dolió poco, sin embargo, poner en duda su hombría fue como cornear a su persona y orgullo, un acto intolerable para alguien como Pepe, imposible de perdonar. Nunca tuvo dudas que la responsabilidad caía solo para su suegro, María era demasiado noble para cometer un delito moral de tal calibre, una traición, una puñalada al corazón de su marido. La madre se afincó en casa de su hija para poder cuidar a su hija, creía que estando al lado de ella todo iría un poco mejor, José no se atrevería a cometer ninguna bajeza. La vida transcurrió al mismo ritmo y Pepe con ella, no le importaba lo más mínimo que su suegra se fuese a vivir con su esposa. Una noche, le recriminó su actitud cuando el torero salía solo a cenar en un restaurante, este contestó vehemente a su suegra, dijo que «es mi casa y mando yo, no eres mi madre aunque yo soy el que te ha pagado tu buena vida después de tu divorcio, así que a callar». La suegra no respondió, porque no estaba acostumbrada a que se le hablara de forma tan grosera. Se fue a hablar con su hija para contar la historia. María buscó a José acto seguido.
«Maldita noche aquella, fue nuestra última noche y no cenamos juntos», María pensaba tras concluir sus pensamientos. «Sofía y mamá me apoyaron, en cambio papá volvió a la televisión y dijo otras mentiras absurdas, aún recuerdo cómo contó que Pepe y yo habíamos hecho las paces, que fuimos muy felices esa última noche y que yo estaba destrozada, pero contenta por haber tenido una despedida feliz… ¡Mentiroso! A partir de aquella entrevista…».
María no recordaba fielmente los sucesos, aunque continuó de todas formas. «Creo que a partir de entonces entró como tertuliano en aquel programucho del corazón. Yo nunca hablé para los periodistas y fui criticada por ellos, tenía que dar la cara o algo así, decían, comentaban que tal vez estaba contenta por la muerte de Pepe, me gustaría haber visto en mi situación a esa gentuza. Mi padre me apoyaba en televisión con un cheque en el bolsillo, aun sabiendo que yo no quería verlo. La única periodista que me defendió fue Ana, estaba tan agradecida con ella que la conocí para darle las gracias por su defensa. Desde entonces somos amigas, una amistad con un principio que no me gusta nada…».

María quedó enmarañada en sus pensamientos, no pudo recuperar el capítulo de su novela. Así fue interrumpida por la televisión, vio a su segundo marido reinando en su mundo, todo el mundo reconocía su trabajo, nadie valoraba la persona. María era la única que conocía realmente al hombre y, por tanto, la única que podía expresar una opinión de la vida personal del autor. 

viernes, 23 de mayo de 2014

Interiores (Fragmento Primero).


Interiores.


“Conocer es perdonar, dicen. No, perdonar es conocer”.


Miguel de Unamuno. Niebla


I

La zozobra ahogaba a María mientras que su esposo era entrevistado. No sentía felicidad por su marido. Era consciente de que la otorgación del Premio Nobel de Literatura era la máxima aspiración para alguien como Antonio, sin embargo, para ella era otro motivo de inferioridad. No es que María tuviese envidia, más bien sentía impotencia ante su cónyuge, impotencia provocada por el cinismo de este y sus palabras salpicadas de desprecio intelectual hacia María.
—Señora —la periodista interrumpió los pensamientos de María.
—¿Sí? —dijo María como una actriz cómica que interpreta un personaje trágico.
—¿Se siente orgullosa de su marido?
—¡Oh! Sí… claro que sí, por fin se reconoce su gran trabajo.
—Gracias, cariño. —Antonio besó la mejilla de María y continuó hablando él-. No hay premio literario más importante que el Nobel, ahora bien, si lo he conseguido es gracias al apoyo de María.
«No me deja ni hablar», pensaba María. «–Hoy es su día y cree que se lo puedo estropear. ¡Qué pregunta más estúpida me ha hecho esta mujer! Tendría que haber respondido la verdad. Sí, mi esposo es muy simpático con usted, pero a mí me desprecia, dice que no hablo bien y que hago el ridículo delante de sus amigos». Ordenó sus pensamientos, estaban desajustándose por la exaltación sentimental. «Sé por qué está tan amable. Gracias al Premio Nobel sus libros van a vender mucho, seguro que no gastará ni un céntimo, se lo dará a su hijo, eso lo entiendo, pero yo soy su mujer y únicamente voy a recibir humillación. Él es un gran escritor y yo no soy nada». La entrevista concluyó. Antonio miró gélidamente a María cuando la periodista abandonó la vivienda del matrimonio, María temía enfrentarse otra vez a su soberbia, no se equivocó.
—María, creo que tú no tendrías que venir a Suecia a la entrega de mi premio.
—¿En Suecia dan eso?
Antonio rio suavemente al escuchar la respuesta de su mujer. María no tenía fuerza ni coraje para contraatacar. No le sorprendía la orden, quizás Antonio habló en forma condicional, se expresó como si fuese un deseo. Era la forma de hablar del escritor, ella había aprendido su retórica en el curso natural de la vida matrimonial.
—Espero que lo entiendas… —Antonio cambió su rostro serio por otro más relajado—. Mi hijo vendrá esta noche a cenar para celebrar el Nobel, podrías hacer una paella para nosotros, sería una bonita reunión familiar.
—Me parece una buena idea.
Fue directamente a la cocina. «¿Por qué obedezco?», reflexionaba María. «Años atrás tenía energía para discutir aunque es tan listo que ha podido conmigo. Tengo cincuenta años, ¿dónde puedo ir? No tengo hijos que puedan ayudarme, mi cuerpo ya no puede enamorar a ningún hombre. Si al menos el suicido fuese un arma para hacerle sentir culpable. Da igual, no sentiría ningún tipo de arrepentimiento, en todo caso buscaría otra cocinera».
Llegó Pedro, el hijo de Antonio. María escuchó las felicitaciones, las encontró exageradas. «Es natural, sabe que su padre va ganar mucho dinero y él va a pillar cacho». Escuchó la conversación, no intencionadamente, padre e hijo tenían un tono de voz alto. «Pedro ya está hablando de él mismo otra vez, qué pesado, siempre tiene que chulear de todo lo que sabe, siempre buscando la aprobación de los demás. Este chico no tiene autoestima, parece un niño y tiene treinta y ocho años».
—¡María! ¡María! Pedro ha llegado.
—¡Ahora voy! Ya me enterado, ya…
Susurró la última frase y fue a la sala. Encontró a los dos abrazados, embriagados de alegría. Para María, Pedro estaba contento de ser el único hijo del Premio Nobel.
—Perdona, María. Le decía a mi padre que por fin ha llegado a la cúspide de la literatura.
—Hijo, habla bien.
—Perdón, quiero decir que ya es el más grande, el número uno.
—Y me alegro por él.
María respondió mecánicamente, era la consecuencia de interpretar el mismo papel durante tanto tiempo, en su interior no existía actuación alguna. «¡Qué falta de respeto! Ni un saludo ni una pregunta cordial. Tiene que hablar conmigo como si fuese una ignorante. Tal vez no tenga la cultura de ellos, pero tampoco soy tonta. Tendría que estar dos o tres días sin cocinar, verían qué es más importante, si su cultura o la cocina, aunque con el estómago lleno es fácil decir chorradas». Dejó de pensar en venganzas, se disculpó y se fue a la cocina. Estaban cenando veinte minutos más tarde, María escuchaba la plática entre padre e hijo.
—Dime papá, ¿vas a poder acabar la nueva novela con tantas emociones?
—No lo sé, en los próximos días me van hacer varias entrevistas, va ser bueno para las ventas de mis libros. Ya sabes que mis novelas habían vendido pocos ejemplares en estos últimos años, ahora todo va a cambiar.
—¡Qué bien papá! Ojala que algún día mi música sea tan reconocida como tu obra literaria.
—Hijo, eres un gran artista. Yo no entiendo de música moderna, ahora bien, me han dicho que los mejores van a las discotecas de Ibiza.
—Sí, pero mi música está mal vista.
—¿Y qué? Los artistas somos rompedores sociales. Tendrías que animarte a publicar tu poesía. Publica unos pocos ejemplares, con la poesía no ganarás dinero, no importa, te llenará de orgullo ver publicada tu obra.
—El orgullo es haber escrito algo, sea bueno o malo. El verso es un arte tan complicado, requiere tanta disciplina, orden, exactitud, originalidad, sinceridad… que escribir un poema decente, coherente y musical me llena de orgullo.
—Hijo, ven conmigo a la entrega de mi premio. Allá te puedo presentar gente interesante.
—Iré contigo a Suecia, aunque no me pidas hablar con editores, recuerda lo que pasó la última vez —Pedro miró entonces a María, abrió un poco los ojos y sonrió forzadamente —. ¿Vas a venir conmigo y papá?
—María no vendrá, no es su lugar ni su gente. Además, ese día hay gala de Gran Hermano y paseos por tierras báquicas.
Ambos rieron y continuaron hablando. María siguió cenando con sus pensamientos. «Se creen que son dos dioses. Es cierto que Antonio ha triunfado, pero su hijo únicamente es un músico farlopero que pincha en un club de mala muerte, se piensa que por haber leído dos libros ya es un poeta. Ni el amigo y editor de Antonio quiso publicar los poemas porque eran malísimos. Para ellos esa respuesta fue provocada por la envidia ¡ciegos! Sobre todo el padre, que no quiere ver cómo su hijo le roba el dinero para la droga. Tan listo que se cree y yo lo veo todo antes que él. Lo avisé una vez, aunque no me hizo caso, no voy a recordárselo, él sabrá, es su hijo, no el mío. Antonio solo ve que yo bebo, sí, es cierto, últimamente me alivio con el alcohol, tampoco bebo cada día, por eso prefiere llevar a su hijo a Suecia. Encima Pedro tiene el morro de preguntar cuándo va terminar el nuevo libro. ¡Y lleva todo nuestro matrimonio intentando escribir su nueva novela!». Largos pensamientos tenía María, podría pasarse horas abrazada a la amargura, así no se dio cuenta que Pedro ya se marchaba. Se despidió de ella educadamente, demasiado para ser un familiar, con su padre fue más exaltado.
—¡Adiós, papá! Mañana veré a mamá, seguro que estará contenta.
—No lo creo, hijo.
—Bueno, ya te contaré. Tenemos que hablar para organizar el viaje. Voy a comprarme un traje para un día tan importante para nosotros. ¡Quiero estar impecable! Voy a ser el más atractivo de la sala.
—¡Desde luego! —Pedro se fue, María estaba en la sala, sentada en el sofá viendo la televisión—. ¿Cuándo vas a recoger la mesa?
—Déjame descansar un poco, Antonio.
—Está bien, mira tu caja tonta un rato.
—¿Al menos te ha gustado la cena? —preguntó María.
—Mucho, la cena ha sido estupenda. —Antonio cambió el tono de voz, era dulce y cariñoso.
—Gracias. —Se levantó para irse. Su marido siguió hablando a su esposa mientras ella se dirigía a la cocina.
—María, no seas así. Soy duro contigo, compréndeme, a veces me desespera tu incultura. No quiero hacer nada, hace tiempo que me rechazas y no puedo obligarte, ¿verdad? Además, tengo sesenta años y no he comprado el Viagra —intentó bromear, enseguida comprendió que había fracasado—. Me voy a leer en la cama.
María estaba en la cocina unos minutos después. «Aquí estoy, limpiando platos ¿por qué aguanto? Nunca nos hemos querido, a veces siento lástima y otras lo odio, en cambio, no me veo viviendo sin él, porque soy una cobarde. Tampoco es por la cama, él no es un genio y lo sabe. En el fondo es como un niño caprichoso que se moriría si está dos días solo. ¿Por qué siento compasión por alguien tan egoísta? Me casé con él por su fama, pensaba que tendría una vida tranquila al lado de un escritor, eso me dijo papá. Me equivoqué. ¿Es tarde para empezar una nueva vida? Una vida sola, papá y mamá están muertos, mi hermana está a mil kilómetros. Está Ana, ella es mi amiga, pero a veces es cansina. Dicen que es mejor estar sola que mal acompañada, yo he estado sola y duele mucho. Creí que la fama se desharía del dolor, ha pasado todo lo contrario, lo ha hecho más fuerte. Cometí un error y no sé si es tarde o hay arreglo. Todo esto ha pasado porque no está Pepe».


domingo, 20 de abril de 2014

Mi álter ego.


Mi álter ego.

 

Soy un gran escritor, o al menos soy de los pocos afortunados que viven de la literatura. ¿El secreto? Tener mucha suerte para conocer la persona adecuada para el gran enchufe en el mercado. Para ganar aún más dinero vendí los derechos de mi libro a un productor de cine importante a nivel comercial. Mi libro habla de mi persona, creé un personaje que era mi álter ego. Yo me llamo Víctor Iniesta Hernández y mi álter ego Santiago Jara Fernández. Los dos fuimos funcionarios de una biblioteca que probaron suerte con la literatura y triunfaron, cinéfilos y grandes creyentes de Baco y Venus. He utilizado mi álter ego en mis tres novelas publicadas hasta la fecha, actualmente estoy escribiendo el cuarto libro y es el mismo personaje. Me encuentro muy cómodo escribiendo sobre mi álter ego, todo rueda sobre ruedas y encima me gano bien la vida. Mi problema es el vicio, me encanta gastar mi dinero en alcohol, puros, ropa, regalos para mujeres o simplemente en mujeres, soy un derrochador nato. Una vez en una noche me gasté cinco mil euros en un casino y luego con mi chica de aquella época nos gastamos mil más en alcohol y sus amigas, eso sí, vaya orgía. Tanto exceso ha tenido sus duras consecuencias, he tenido problemas financieros de no sé que rollo, es lo que me ha contado mi contable. Sin embargo, la vida sopla a favor de los cabrones y parece ser que yo soy uno de ellos, vino el productor de cine ofreciéndome la idea de llevar mi primera novela al cine, yo hasta aquel día siempre me había negado, él sabía que era duro en las negociaciones y pujó fuerte desde principio, no conocía mis problemas económicos, sino seguro que no habría comprado tan alto sabiendo mi desesperación. Nunca ninguna productora me había ofrecido tanto dinero, esa gente tenía mucha esperanza en el éxito de la película. Me dijeron su idea, no era muy buena, pero podía colar. Cogí el dinero y me callé, me avisaron de que me llamarían para ir a un programa de televisión para hablar de la película y todo eso, lo que me faltaba, jamás había mentido al gran público, siempre había sido sincero, no me veía muy capaz, aunque por el dinero más de un católico se ha hecho judío y más de un marxista ha sido nombrado empresario del año. Tenía un poco mal de conciencia por vender mi obra a un productor famoso por sus películas de esnobs, gilipollas y otros así, pero qué otra cosa podía hacer ¿estar sin vicios? Antes vender a mi álter ego. No obstante a él no lo hizo mucha gracia, una noche, que volvía de estar con mi actual pareja de su casa me llamó, estaba sentado en el sofá esperándome con un Cardhu con hielo, desde luego, tonto no era.

-        Víctor…

-        ¿Quién eres? ¿Cómo has entrado?

-        No me conoces.

-        ¡No!

-        Soy yo, Santiago, tu álter ego.

-        Eso es imposible, eres pura imaginación.

-        Recuerda cómo me describiste, soy igual – tenía razón, acepté esa locura.

-        ¿Qué quieres? – pregunté.

-        Me has vendido.

-        ¿Cómo?

-        Me has vendido al primer capullo con dinero que ha pasado por tu casa.

-        El primero no, además voy muy mal de dinero.

-        No bebas tanto, no salgas tanto, deja las joyas y las mujeres.

-        Me gustan demasiado.

-        Tienes un problema.

-        Ninguno, querido Santiago.

-        ¡Víctor! Sabes que van hacer un desastre de nuestra obra.

-        ¿Nuestra obra? Perdona, soy tu padre.

-        No, Víctor. Yo he existido siempre contigo, otra cosa que no me hayas conocido y expulsado hasta hace pocos años, siempre he formado parte de tu yo.

-        ¡Eso es mentira! Te creé en parte de un yo real y otro fantástico. Tienes lo bueno de mí y lo que me gustaría tener para mí y nunca tendré.

-        Déjalo, Víctor, la cuestión es esa película. No van a respetar el mensaje del libro, seguro que me harán el típico enamorado gilipollas de alguna dama virgen.

-        Yo eso no puedo evitarlo, Santiago.

-        Cancélalo.

-        ¡No puedo devolver el dinero! Además ya he gastado parte del dinero.

-        ¡Nunca vas a cambiar!

-        Lo siento, Santiago, no puedo evitarlo.

-        ¿Qué voy hacer? Tendría que matarte.

-        ¿Y tú? No podrías hacer nada.

-        Si me has creado es para cuando el día que mueras, yo siga tu vida.

-        Sí, pero recuerda que aún no he terminado mi obra, todavía no estás construido totalmente tu yo y si sigues así nunca lo va a estar, así que deja hacer esa película.

-        ¡Eres un cabrón!

-        Lo siento, no tengo otro remedio.

-        Yo soy un tipo duro en tu obra, un poco borracho si, un poco golfo, pero sin ser muy hijo puta, caigo bien a la gente, espero que esa obra del celuloide no me destruya.

-        No, Santiago, tranquilo.

La conversación con mi álter ego no me dejo muy tranquilo, de echo tenía razón. Sin embargo, a esas alturas yo ya no podía hacer nada, realmente tenía miedo de ese fracaso. Pero ya sabe el dicho: “de un buen libro sale una mala película, de un mal libro sale una buena película”. Yo siempre he creído que mi libro era bueno. Pasaron los meses, empezó el rodaje de la película y fui invitado. Estuve unos días rondando por ahí, leí un poco el guión, habían matado el espíritu del libro con tan estupidez humana y compresión, cuando mi obra siempre se ha reído de esa calaña. Los actores no eran malos, pero no sentían verdaderamente pasión por sus personajes, el director tenía una idea de los ángulos bastante ridícula en mi opinión, en fin, no volví más al rodaje. Llegó el día de la entrevista, me vendí como Judas, Figo o los políticos. Al principio no me sentía muy bien, no obstante, la película tuvo una buena recaudación de taquilla y gané un poco más de dinero (estaba firmado en el contrato mi diez por cierto de porcentaje de las ganancias), con ese callé un poco mi alma, hasta que volvió Santiago.

 

-        ¡Cabrón! ¡Víctor! Eres un hijo de puta.

-        No me insultes.

-        He visto la película

-        ¿Y qué tal?

-        ¡Horrible! Yo llorando por que una mujer no me querría, eso lo habrás hecho tú que eres débil ¡pero jamás yo! Soy fuerte.

-        Por eso eres de ficción, la gente de verdad se enamora – contraataqué yo.

-        No te digo que no, pero no de esa manera tan estúpida.

-        ¿Por qué dices eso?

-        ¡No me jodas! Crees normal que yo mantenga a toda su familia, en el libro sale bien claro que es por que busco aprovecharme de la familia – era un pesado mi álter ego.

-        Mira – dije para intentar acabar con el tema – tienes razón, pero el error ya está echo, no podemos hacer nada, sigues vivo, Santiago, eso es lo importante.

-        Me has humillado ¿dónde queda mi orgullo?

-        En mi cuenta corriente.

-        Mejor dicho en el coño de alguna tía.

-        Mejor así, Santiago, mejor así, entonces.

-        No, quiero venganza.

Mi álter ego sacó una navaja, no me lo podía creer ¡quería matarme! Le intenté hacer entender que muerto yo, su personalidad no estaría acabada ya que no había terminado nuestra obra, dijo que no le importaba, yo tenía que pagar por mi avaricia. Saltó encima de mí, no pude esquivarlo por culpa del alcohol, intenté sacarlo encima de mí, fue imposible, el resto no lo recuerdo muy bien: un pinchazo, dolor, sangre, desmayo. Me desperté en el hospital, no me remató (es lógico, sino nunca hubiese escrito estas líneas), no sé por qué, quizás se arrepintió. Yo me enfadé mucho, quería venganza, no contra mi álter ego, sino contra mi autor, mi creador. Al fin y al cabo yo era el álter ego del escritor Luis Fernando Ojeda Jara, que había triunfado con su segunda novela: su personaje era su álter ego que a la vez éste creó su propio álter ego en su literatura para triunfar. Se iba a enterar ese cabrón de Luis Fernando, el muy hijo puta, era hombre muerto, nadie me hace daño, ni mis creaciones ni mis creadores.

 

domingo, 13 de abril de 2014

Un mal ejemplo para los niños


Un mal ejemplo para los niños.


Un mal ejemplo para los niños.

Los hombres deben afrontar las consecuencias de sus actos. El castigo es el más perfecto consuelo para la culpa y su único posible remedio y corolario. Gracias al castigo el equilibrio se restablecería en este mundo poco comprensible donde él había estado dando saltos de títere con la cabeza llena de humo mentiroso.

Luis Martín-Santos. Tiempo de silencio.

La rambla hospitalense era una duna de hilaridad. Era lunes y ni la luna señoreaba a los jóvenes. Además, los bares estaban cerrados a pesar de ser la una de la madrugada. Era un mes de diciembre que empobrecía el ambiente caluroso. Juanjo esperaba en estas circunstancias a Ángel. «Maldita sea», pensaba Juanjo, «hace un frío de mil demonios y este tío no llega, encima he venido para vender solo quince euros». Ángel apareció como una esperanza perdida cinco minutos más tarde, ni siquiera se disculpó.
—La próxima vez, si no eres puntual, me largo. Es la última vez que me puteas así —Juanjo hablaba ariscamente mientras pasaba una bolsa pequeña.
—¡Tranquilo Juanjo! El cajero al que voy habitualmente no funcionaba, he tenido que caminar mucho para encontrar una sucursal de mi banco, ¡compréndeme macho! Este cuarto de pollo me va ir de puta madre para acabar este fin de semana, te he pillado mucho.
—No tendría que haberte pasado más… —Cogió el dinero que le daba lo más rápido posible-. Por cierto, que sea la última vez que quedamos tan cerca de la comisaría.
—¡Los picoletos! ¡No me jodas, tío! Esos no hacen nada, son pocos.
—Pues los mossos.
—Los mozos pasan poco un domingo por la madrugada, yo sé a qué horas quedar. Bueno, me voy, voy acabar la fiesta, gracias por todo tío. Te llamo el viernes que viene.
Juanjo volvió a su casa tiritando y reflexionando. «Tendría que haberme abrigado mejor, pero con las prisas…Joder, no valgo para esta mierda, lo sé. Montse tiene razón, no soy así, aunque necesitamos el dinero. ¿Cómo podríamos sino pagar la hipoteca, las facturas y la comida? Ángel, ese chico, se ha gastado en tres noches casi tres cientos euros, casi tres cientos euros para nosotros en tres días. ¿En qué otro trabajo puedo ganar tanto? Bueno, podría ser un gigolo, aunque Montse me dejaría… Estoy pensando en tonterías».
Su esposa estaba despierta cuando volvió al hogar.
—Ya era hora, Juanjo. ¿Por qué has tardado tanto? —Montse hablaba quedamente para no despertar a los chicos.
—El idiota de Ángel ha llegado tarde. ¡Maldito chico! ¡Y solo para quince euros! Había comprado mucho ya este fin de semana, de repente decide comprar esta mierda para acabar su fiesta. Antes se vendía treinta como mínimo, pero con esta crisis…
—No grites, que están los niños. Anda, cámbiate de ropa, que estás muerto de frío, y vamos a la cama. —Montse no volvió hablar hasta que se tumbaron—. Amor, he estado muy nerviosa, estaba alterada y el bárbaro silencio aún me hacía preocupar más. Espera, sé lo que me vas a decir, lo sé, amor, el idiota de Ángel, es necesario, muy bien. Ahora escúchame a mí, este negocio cada día te cerca más, estás más reducido, dependiente de él. Me aseguraste que sería temporal, sin excesos pomposos, y sin embargo, cada día esquilas más el miedo, te sientes cómodo en este negocio, no me digas que no porque lo siento, lo percibo. Nunca habías vendido tanto como este fin de semana, nunca habías comerciado durante tantas horas, no vendes fruta, sino…
—Cariño, lo hemos discutido un millón de veces, pero parece que no recuerdas que tenemos dos hijos, la mayor tiene diez años y el pequeño seis. Se llevan cuatro años, el mismo tiempo que llevo yo sin trabajar. Sí, es cierto, no tengo estudios, fui un cretino en trabajar desde los quince años, recuerda que no había parado hasta el 2008, cuando me despidieron de la obra. Me reciclé, estudié lampistería y no he encontrado nada de nada. Tú ganas cuatrocientos euros limpiando portales en esa empresa de mierda, más otros cuatrocientos de ayuda social. Sabes que no nos llega para pagar la hipoteca, las facturas y la comida. Gracias a lo que hago no nos están desahuciando como a otra gente.
—Nos calzamos con una hipoteca desmesurada, te lo advertí. Gastamos nuestros ahorros en este lujoso piso y en el coche, el cual tuvimos que vender hace dos años para seguir deshojados por la hipoteca. ¿Cómo seguiremos? Ambos tenemos cuarenta años, nos quedan veinticinco para pagar este palacio, no hay manera de trabajar en este país de tramposos…
—Para el carro, Montse, no me comas la cabeza para vender este piso. Sabes que tendríamos que venderlo por un treinta por ciento menos de lo que nos costó, cargaríamos con esta losa sí o sí.
—Sería menos pesante. Tu hermano Quique lleva un año en Alemania. Él no se informó dónde iba. Tiene únicamente para pagar el alquiler de una habitación porque únicamente ha encontrado un miniempleo de camarero. No puede ahorrar ni para volver, maldita suerte por ser soltero. Tus padres no nos pueden ayudar, peinan más que cortar las pérdidas del bar de tu hermana. Su marido se fue lanzado como un venablo de la traición, la pobre Carmen tiene que cuidar de sus dos hijas adolescentes y no es fácil.
—¡Por ahí no pasó! Al menos mi cuñado no se folló a una yonqui y enfermó de sida para luego contagiar a su mujer. Hace diecinueve años precisamente no existían los medicamentos de hoy en día. Estabas sola, mi familia nunca objetó a recogerte a pesar de que llevábamos menos de un año saliendo. Tus padres vivían de alquiler, nunca compraron nada…
—¡Juanjo! Me abrasas con las cenizas del pasado. No te das cuenta de que ahora eres tú el que huesas la vida de los demás, pensaba que podría razonar contigo, ya veo que no. Reflexiona lo que vas hacer a partir de mañana, se acabó trapichear. Madura niño, algún día la policía te detendrá, si me quieres a mí y a los niños no nos harás algo así, no pienso quedarme aquí para sufrir otra pérdida como la de mis padres. Dime por qué no cuentas a los tuyos en qué andas metido cuando les das dinero, engañas a tu familia excusándote con trabajillos que haces por el barrio. ¡No respondas! Al final vamos a despertar los niños.
El despertador cacareó estridentemente a las ocho de la mañana. Juanjo se despertó para llevar a sus hijos al colegio. Montse se había levantado antes para ir a trabajar, ya que iniciaba la jornada a tal hora y concluía al mediodía. A Juanjo le dolía la cabeza, no estaba de humor para aguantar a los niños, así que deleitó a sus hijos con una bronca matinal para temblar la euforia infantil. Dejó a los retoños a las nueve en punto en el colegio, el arrepentimiento le chapoteó cuando vio que los niños entraban como dos obreros en una fábrica. «Me he pasado con ellos, ¡soy imbécil! », pensaba Juanjo mientras caminaba sin saber a dónde se dirigía, «me he pasado con Montse y con nuestros hijos, aunque ella tampoco se quedó corta. No tuve que recordar su historia tan trágica, bastante tiene que perdió a su familia por la mala cabeza del padre. Cree que estoy seguro en este negocio, no es así, estoy más desesperado por ganar dinero y poder dejarlo cuanto antes mejor. No hago bien, es un mal enorme el que provoco a esos chavales, pero su mal es mi supervivencia… Voy al bar de Fidel a hablar con él sobre este tema».
Juanjo cambió de dirección. Cuando caminó dos calles observó unos hechos habituales. «Ya he visto a una vieja y un negro mirando en la basura buscando comida, quizá chatarra para vender. Antes de la crisis podía ver a alguien mirando en los escombros, aunque esperaban por la noche ya que tenían vergüenza. Ahora, en cambio, todo da igual. ¡Joder! Y Montse quiere vivir con su orgullo intacto». Sus opiniones se imbricaban, pensaba en abandonar el negocio por vergüenza de sí mismo y de su familia, luego creía que era mejor quejarse de inmoralidad que de hambre, esta opinión pupilaba hasta la desesperación, no veía nada claro. Llegó al bar, Fidel estaba solo, limpiando el local después de haber dormido poco tras trabajar hasta altas horas de la madrugada. Se saludaron, el camarero preguntó por qué tenía mala cara, Juanjo respondió sinceramente.
—Por una parte te entiendo, amigo, pero por otra creo que no has pulido tu opinión. El miedo de tu mujer te ha dirigido a un viaje frustrante que tú llevabas controlado o eso comentabas hace dos semanas. Fuiste tú quien viniste a mí a pedir auxilio, yo fui el faro que te iluminó para no estrellarte contra un peñasco.
»Me aseguraste que podrías aguantar más de un año, yo no te pedí más. Llevas únicamente cinco meses, reflexiona, ¿cuánto dinero has ganado? Y eso que has trabajado poco comparado con otros del barrio. Yo nunca te he presionado, es más, te he conseguido calidad, has navegado a tu ritmo y yo he sido una brisa suave que nunca te ha soplado fuerte para que fueses más rápido.
—Te agradezco todo lo que has hecho por mí, Fidel. No es solo por mi mujer. Escucha, este fin de semana he estado atacado de los nervios, mirando a todas las personas porque creía que eran secretas que me perseguían. Es cierto que a mí me pasaste las primeras cantidades casi regaladas porque no tenía dinero, te lo agradezco con el corazón, ahora me vendes como a un camello más, lo cual me hace pensar que me he metido más de lo que creía en este mundo. Es cierto que me creí más fuerte, me he dado cuenta de que no estoy por encima del bien y del mal por muy desesperado que esté.
—Yo tampoco me considero estar por encima de nada ni de nadie, simplemente recuerdo a un amigo que conozco desde el instituto, que fumamos los primeros porros juntos, que dejamos de estudiar y nos fuimos a trabajar con nuestros viejos, tú en la construcción y yo en el bar, que hemos mantenido contacto aunque nos hayamos visto poco.
»Sabes que llevo toda la vida en este bar, llevo años pasando y nunca me ha pasado nada, me he ganado bien la vida, sabes que hay noches que cierro la persiana y aquí viene lo mejor de cada casa a gastarse su dinero, te aseguro que no ha habido ningún accidente con la policía. No me preguntes otra vez si tengo un compinche en la comisaría porque no te voy a responder.
»Una tarde, viniste perlado de quejas; tu hermano está en Alemania sin un puto duro, no puede ni volver; tu hermana está sola con dos hijas, se gastó todo el dinero del paro para montar un bar, un negocio más explotado en este barrio que las minas de Potosí, encima la mujer tiene un Titanic de hipoteca que arrastra al aval de tus padres. Yo viné tu situación, te sugerí el tema y no dudaste, ni consultaste a tu mujer. Al día siguiente no viniste tan seguro…
—¡Pero lo hice! —Juanjo respondió cansado de escuchar al camarero—. Te lo afirmé sin consultar a Montse antes, estuvo mal, al final tuvo que aceptar, no le quedaba otra. Le hablé de mis sobrinas, lo poco que gana Carmen es para pagar la hipoteca del piso. Mi padre cobra una pensión de mierda que llega justo para las facturas de los dos pisos y la comida de las dos familias. Quique a veces también le pide dinero para poder pasar decentemente a finales de mes.
»Montse lo comprendió, lo que gano es para nuestros gastos, si sobra un poco se lo doy a mis padres, así podríamos ayudar a las personas que tanto habían hecho por ella. Nunca le gustó la idea y en estos últimos días está insoportable, comenta que piensa en las personas que me compran, la manera en que malgastan sus vidas, ya te he dicho anteriormente que le reproché lo de su padre. Ya no se acuerda que lo hacemos para ayudar a quienes la ayudaron.
—Es una mujer, son así, egoístas. Tú lo has dicho, ella nunca ha cuajado en este estilo de vida, pero tus padres no se opusieron a que se fuese a vivir a su casa. ¿Dónde estaban sus abuelos? Los cuatro vivían en aquella época, pasaron de ella porque cada matrimonio echaba la culpa al otro de la desgracia y nunca más supo de ellos.
»¿Y sus tíos? Dijeron que ya tenían demasiados hijos y que no podían cuidar de nadie más. Se tiene que acordar de la grandeza y bondad de tu familia, amigo, en fin… Si quieres descansa esta semana, piensa qué hacer con tu vida, cómo protagonizar los siguientes meses sin un puto euro en el bolsillo o poder ayudar a tu familia.
—¡No me hagas chantaje emocional! Estoy jodido. Montse, por una parte tiene razón, sé que hago mal, pero, por otra, nadie me da trabajo.

—Amigo, tienes muchas dudas, pero en el fondo te comprendo. La semana que viene ven a verme y volveremos hablar, espero que tengas una decisión tomada. Comprende que algo así lo hago por nuestra amistad, con otro jamás actuaría así, entiende que si se lo haces a otro la historia no acabaría de rositas. Tienes que tener una respuesta, sino ambos perderemos dinero. Descansa y tranquilízate.