sábado, 10 de enero de 2026

Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa

 En 1969 Mario Vargas Llosa publicó «Conversación en la Catedral». He leído la edición de Alfaguara (1999), libro prestado de la biblioteca de la Florida de L'Hospitalet de Llobregat.



Santiago Zavala —alter ego del escritor, joven periodista con una visión pesimista de Perú— se encuentra, después de muchos años sin saber de él, a Ambrosio, antiguo chofer de su padre. Ambos van a un bar de mala muerte llamado La Catedral, aquí conversan, a partir de los recuerdos de ambos reconstruyen sus respectivos pasados, entre cerveza y cerveza se liberan de sus secretos. La conversación se mezcla con el ambiente del bar, sin olvidar que la época de la que hablan es el período dictatorial del general Odría (1948–1956), y cómo influye la dictadura en sus vidas. Aquí entra otro personaje importante: Cayo Bermúdez o Cayo Mierda, un militar que es uno de los músculos fuertes de la dictadura, y aplasta toda pequeña rebelión que surge en Perú, como la del universitario Santiago que se ha amistado con varios comunistas. Es uno de los personajes malvados más logrados de la historia de la literatura. El símbolo de la corrupción política del Perú de aquella época.
En esta novela hay muchísimos personajes, todos son profundos y con una personalidad muy marcada. Bola de Oro o Fermín Zavala es el padre de Santiago, un empresario que tiene que negociar con la dictadura para seguir adinerándose, Santiago siempre reprocha a su padre, algo que rompe el corazón al empresario. Poco a poco conocemos el pasado oscuro de los protagonistas, la relación de Bola de Oro con Ambrosio, la vida extravagante de Cayo Bermúdez con Hortensia y Queta. Y otras vidas más simples como la de Amaia que no tienen un final feliz.
Sin embargo, la majestuosidad de «Conversación en la Catedral» son sus complicados diálogos en los que se alternan los tiempos y los espacios, de una conversación del presente entre Salvador y Ambrosio pasamos al pasado universitario entre Santiago y sus amigos o Santiago y su padre. Puede hacernos creer que estamos ante una novela desordenada, pero todo tiene sentido, porque los recuerdos aparecen en una conversación entre dos antiguos conocidos en un bar, por eso el cruce de los diálogos sin previo aviso, el cambio de tema que nos puede dejar bloqueados si no estamos acostumbrados a una literatura tan exigente. Pero este desorden desaparece y apreciamos un enorme mosaico. Así la novela empieza con la pregunta de cuándo se jodió el Perú, y Santiago cambia esa pregunta, durante la conversación, a cuándo se jodió su vida. Los entresijos de su vida privada y la política, la familiar y la política, parece ser que todo influye en él, es algo que le hace negar de la riqueza de su familia, y prefiere vivir humildemente con su mujer, Ana. En varias de las fotos colgadas se puede percibir esta técnica que dificulta la lectura. Este estilo exige la máxima concentración, pero sí se hace, disfrutamos de una obra maestra, una de las mejores novelas de la mitad del siglo XX.


miércoles, 7 de enero de 2026

El ser y la Nada de Sartre.

Llevo mucho tiempo sin escribir por aquí. He comprendido mi error, y vory a redirme con publicaciones de mis lecturas, y también de mis escritos. 

Empiezo con El ser y la Nada de Sartre. 


«El ser y la Nada» de Sartre fue publicada en 1943. Yo he leído la edición de 2017, publicado por Editorial Losada, que ha hecho un magnífico trabajo, y su cuidadosa edición facilita la lectura. Lo que es de agradecer porque «El ser y la Nada» es una lectura pesada, excesivamente compleja. En muchas ocasiones me he perdido, he tenido que retroceder, buscar otras fuentes —desde podcasts a artículos de otros filósofos con una escritura más convencional— para que me expliquen qué estaba leyendo. Sin olvidar que hay que conocer la filosofía de Descartes, Kant, Hegel, Kierkegaard, Husserl y Heidegger; sobre todo, estos dos últimos.

Si tuviéramos que esquematizar la filosofía sartriana habría cuatro puntos claves:
—El ser–en–sí.
—La nada.
—El ser–para–sí (la realidad humana).
—El para–otro.
El ser en sí son las cosas (objetos, animales, personas) que me rodean. «El ser es lo que es», no se puede ser nada más, por ejemplo: la mesa no puede dejar de ser mesa.
El ser–para–sí es el ser de la conciencia, que es consciente de algo distinto a ella misma. Este algo distinto es el ser–en–sí, a un sujeto, ser–para–sí. Este ser–para–sí niega la realidad, un vacío entre ambos, a partir de esa Nada mana el objeto. El ser–para–sí es lo que no es. Si yo puedo dejar de ser lo que soy es porque tengo la libertad, en otras palabras, soy libre para hacerlo, soy libre para dejar de ser escritor o jugador de baloncesto. En cambio, la mesa (en–sí) no puede, ella está encerrada en una esencia y yo no. A partir de la Nada flora la libertad, la negación es la que ha hecho que surja la Nada, entonces, las circunstancias de nuestras vidas no nos pueden determinar totalitariamente, podemos negarlas, tenemos la capacidad de negarlas gracias a la libertad, sin embargo, la libertad y no estar totalmente determinado provoca en nosotros una angustia existencial (Kierkegaard). Sartre pone un ejemplo cotidiano: un sujeto ha quedado con su amigo Pedro en una cafetería, pero Pedro no está. La conciencia del sujeto es la que niega. Pero esta filosofía también es una clara resistencia al poder establecido, la filosofía sartreana no es precisamente una consolación para regar con palabras estériles la resignación individual como hace el estoicismo.
Sartre crítica la definición filosófica de esencia de sus antecesores antes citados. Para él francés yo determino mi esencia existiendo, poco a poco entramos en la idea que tiene Sartre sobre la libertad, una libertad radical.
El ser-para-otro es la estructura de nuestra existencia cuando aparece «la mirada del otro». No existe un “ser-en-sí para otro” como categoría formal,
pero el ser-para-otro implica que yo aparezco como un en-sí para el otro. La mirada del otro me convierte en objeto, me da una esencia que yo no elegí. Este fenómeno es constitutivo de la coexistencia humana y fuente de conflictos (para este párrafo he consultado a chat GPT. Es la primera vez que lo utilizo, y ha sido una ayuda útil, pero su información no tiene la profundidad de las otras fuentes que he consultado).
La última parte del libro Sartre habla con profundidad de la libertad, su concepto de la realidad radical. En la página 599 aparece su famosa frase «estoy condenado a ser libre». La libertad para Sartre es «la autonomía de la elección» (657). Cuando decidimos seguir viviendo con ciertas características lo elegimos —aunque es cierto que cuando eres guapo e inteligente como yo se te abren las posibilidades de elección—, pero alguien podría decir que hay personas que si no fuera por su fe religiosa se suicidarían por vivir con estas características. ¿Quién elige estas creencias? ¿Su yo? Para el francés es decisión de esa persona, «decisión mía» el seguir viviendo. Nuestras vidas debemos construirlas, el problema es crear el camino. Para muchas personas la libertad no existe porque tienen una representación del mundo en la que las causas limitan completamente al ser humano; los hechos que están en nuestra vida y no podemos elegir, como el lugar en que nacimos o la clase social, es decir, la facticidad. Para Sartre el ser humano no está determinado por causas, Spinoza solo busca casusas, ni por los hechos, sino por un problema de sentido. ¿Cómo percibo yo un problema? ¿El sentido se puede buscar? Las cosas no tienen sentido, por ejemplo: cuando pasa un gato negro no da mala suerte, esto es solo superstición. No todos los sentidos están bien construidos, pero es la excusa perfecta para culpabilizar a los sentidos. Sartre, con este ejemplo, quiere decirnos que yo le doy sentido a las cosas. ¿Por qué lo hago? Para justificarme a mí mismo de mis acciones. Es mi libertad, es mi proyecto el que puede determinar cómo el mundo me parece. No es el mundo cómo aparece que me determina a mí a actuar de cierta manera. Por ejemplo: correr 10 km es difícil. Depende. ¿Lo quieres hacer? Poco a poco hay que entrenar. Las cosas no aparecen buenas o malas, sino como las proyecto yo con mi libertad (Sartre pone el ejemplo con un peñasco).
Hay otros conceptos que no he escrito aquí, como “la mala fe”, “la ék–stasis” de Heidegger, “la ipseidad” o “la mismidad”. Pero la base sartriana ha quedado bien clara. Es un concepto interesante la libertad sartriana, no obstante, su filosofía actualmente no tiene tanta influencia debido a su concepto radical de nuestras propias elecciones, Sartre tira con demasiada fuerza de la cuerda.


Fuentes:

jueves, 11 de noviembre de 2021

Aniversario de Dostoievski.

 Cuando era adolescente empecé a escribir, pero todos los intentos fueron proyectos estériles. Con veintipocos años sí que acababa lo que empezaba e inicié una etapa de literatura hedonista con el objetivo de evadirme de mis pesares personales. Buscar el placer por el placer para olvidar el dolor fue algo que funcionó a corto plazo, pero a largo se pudrió en un proceso autodestructivo.

Por ese mismo período empecé a leer a Dostoievski, no recuerdo cuál fue el primer libro, pero algo me atrajo de él porque fui comprando más hasta que en el 2008 sufrí otra desgracia de las que no te esperas y de aquí mi temática en mi novela Las curvas no señalizadas.

En fin, en 2008 Dostoievski me atrapó, sobre todo Crimen y Castigo y El idiota. Al año siguiente leí Los hermanos Karamazov y fue cuando cambié totalmente mi temática. Se acabó el ignorar el sufrimiento, hay dolores que te acompañan toda la vida o durante mucho tiempo y uno no puedo ignorarlos, hacer creer a uno mismo que no está sufriendo por algo. Mis cuentos hablaban de sucesos no tan superficiales y se centraron en los aspectos que no queremos ver o simplemente ignoramos. 

En un principio los personajes que más me cautivaron fueron Raskólnikov, el príncipe Myshkin, Nastasia Filíppovna y casi todos los que protagonizan su última novela, sobre todo Aliosha. Más tarde Stavroguin y otros personajes de Los demonios también me llamaron mucho la atención. No sé si existen muchos autores como él, también hay que contar con su adorado Shakespeare, que hayan construido almas tan contradictorias, bondadosas, malignas, nihilistas, conscientes de su maldad y a pesar de su arrepentimiento siguen con su vida y otros, como Raskólnikov, sufren un viaje interior infernal para reconocer su error y entregarse a las autoridades por su crimen, aunque sabe que eso provocará un disgusto terrible a su madre.

Podría estar escribiendo páginas y páginas sobre las novelas del hombre que cambió mi estilo literario y mi interpretación de mí mismo, pero hoy ya se han publicado muchos artículos. Leer a Dostoievski es enfrentarse a uno mismo, a luchar contra nuestros demonios y ser conscientes de que podemos elegir el bien porque en sus novelas siempre hay un rayo de esperanza, aunque se necesita de una lectura tranquila para verlo.

Solo puedo decir en tu aniversario gracias por tu trabajo literario y humano.


domingo, 23 de febrero de 2020

Sinopsis de Las curvas no señalizadas.


S
Sinopsis de Las curvas no señalizadas, mi nueva novela.

Fernando es una persona segura de sí misma e impulsivo. Pero es un hipócrita con su mujer, sus amigos y su familia. Nunca piensa en las consecuencias de sus actos hasta que una desgracia familiar le provoca una crisis que destruye toda su seguridad y sus ideas.
Doro es la prima política de Fernando. Es una joven poeta, reflexiva y con curiosidad cultural. Tras una crisis con Cardenio, su marido y primo de Fernando, comete un error del que se arrepentirá, porque no es consciente de las consecuencias que tendrán sus acciones.
Ambos teorizan sobre sus hazañas para aceptar o evadir su responsabilidad. ¿Son inocentes de sus errores porque la curva no estaba señalizada o son culpables por no conducir con calma para ver los peligros de la carretera?

viernes, 30 de agosto de 2019

Justicia amorosa


Justicia amorosa

Qué haces anegándote en anhelos que jamás serán colmados, confundiendo la justicia con la recompensa que crees merecer; la injusticia, con tu resentimiento; suplantado el dolor de vivir por el ansia de lo no posees, encerrándote en el rencor por lo que no consigues. Pretendes hacer coincidir lo que encuentras con lo que buscas.
Anna Rossetti. Sunt lacrimae rerum.

Lorenzo se duchó con una sonrisa, que era la promesa de una gran tarde. Se limpió a conciencia, el pene fue la parte más cuidada de todo su cuerpo.
Bajó a la calle. Lorenzo vivía en el barrio de Pubilla Cases de L`Hospitalet de Llobregat. Veía esas calles condenadas al caos de la urbanización. Edificios construidos unos sobre otros por la llegada de miles de inmigrantes andaluces, extremeños, gallegos, manchegos, castellanos, leoneses y aragoneses en el crecimiento económico exprés de la década de los sesenta del siglo anterior. Edificios que eran latas que conservaban a los hospitalenses babilónicos.
A Lorenzo le importaba este tema porque era un geógrafo urbano. Le apasionaba la historia geográfica de L`Hospitalet y de su vecina Barcelona. Era profesor de Geografía en un instituto. En fin, era una excusa para no pensar en su cita.
Cogió un autobús. Lorenzo era un enamorado de este transporte porque le permitía ver la geografía urbana. Este viaje no era por amor a su ciudad, sino para ver a Noelia.
Bajó en la Gran Vía, en frente del centro comercial Gran Vía 2. Miró el maná financiero que se había producido en el Gran Vía L`H. Ciudad proteica. Lo que fue un desierto productivo, cambió en el distrito financiero y hotelero de la ciudad, sin olvidar la Ciutat Judicial. Lorenzo pensaba que veinte años antes nadie había querido vivir allí. Era imposible pensar que muchas empresas alquilarían oficinas para tener su sede en L`Hospitalet y no en Barcelona, que habría varios hoteles de cuatro y cinco estrellas con altas ocupaciones turísticas, que en esa ciudad se organizaría un evento tan importante como el Congreso Mundial del Móvil. Edificios con viviendas de pladur se habían colado entre esos negocios; pisos que prometían a los propietarios o inquilinos vivir en la zona alta de la antigua ciudad sin ley; pisos truhanes que conquistaban corazones y meses después los rompían por aquella construcción de una calidad discutible.
Lorenzo comparaba esos edificios con su vida amorosa. Se preguntaba si él no era uno de esos pisos de pladur que tanto habían ilusionado y era cuestión de meses que Noelia viera el error de haber visitado a menudo la vivienda. Se consolaba pensando que, al menos, él no era tan caro porque su precio no había sido especulado por la economía inmobiliaria.
A él le gustaba estar con Noelia, le excitaba como nunca antes ninguna mujer lo había provocado. Tampoco se podía decir que Lorenzo hubiera sido un rompecorazones, pero ese no era el problema. La cuestión era que todas lo habían dejado por aburrido. Era un soso que solo hablaba de la geografía, de los cambios históricos en las ciudades de Barcelona y L`Hospitalet. Lorenzo era consciente de que eso era debido a su timidez. Los introvertidos saben que lo son, pero controlar la timidez es tan difícil como dejar de fumar. El aspecto positivo era que con Noelia no se sentía inseguro, con ella su vida sexual se había expandido a espacios desconocidos.
Noelia era una mujer de cuarenta años, cinco más que Lorenzo. Era la madre de Alba, una de las alumnas del geógrafo que, precisamente, era su tutor. Alba no era una buena estudiante. Había repetido cuarto de la ESO y no mostraba actitud para aprobar el curso.
Lorenzo estaba preocupado por ella y se había citado a menudo con Noelia. Lo que no había esperado era que la madre fuera una persona directa, tan directa que le pidiera salir. De eso hacía tres meses.
La primera cita concluyó en un hotel. Para alguien como Lorenzo, este hecho era un suceso extraordinario. Había conocido algunos aspectos del carácter de Noelia en estos tres meses. Una persona con una mínima autoestima habría cortado con Noelia porque tenía una personalidad fuerte. Lorenzo, poco a poco, iba entendiendo el carácter voluble de Alba: un padre perdido quién sabe dónde y una madre sin vocación ni motivación por cualquier actividad de la vida.
Todos estos antecedentes eran un sol que enseñaba claramente los peligros del camino. No para Lorenzo, que deseaba hacía muchos años emparejarse. Nunca había vivido con una mujer y sus pocos amigos tampoco eran donjuanes. No era que el sol lo cegara, sino que no había estudiado ingeniería de caminos.
Los dos protagonistas no eran atletas y no presumían de un cuerpo atlético. Ambos tenían una curva de excesos en vez de abdominales, las nalgas eran flácidas y no había musculatura en los cuerpos. La cara de Lorenzo era de piel fina, de esas a las que les cuesta envejecer; tenía el pelo rubio y rizado, y siempre lo llevaba corto por la pereza de peinarlo. A Noelia le pesaba la piel de su cara, no era que estuviera arrugada, era que todos sus poros suspiraban de aburrimiento. Era una morena teñida porque ya tenía canas.
Lorenzo inició una conversación sobre un tema importante para él:
—Llevamos tres meses quedando en hoteles.
—¿Y?
—Yo ya estoy cansado —dijo taciturno.
—Ya sabes lo que pienso. No es una buena idea. Mejor así.
—Es una tontería, no tiene sentido.
—¿Por qué? —preguntó Noelia con indiferencia.
—Estoy gastando mucho dinero.
—¡Solo te importa eso! Luego vas de romántico. —Se hizo la indignada.
—Perdona, no es por eso. Lo que pasa es que en nuestra anterior cita me pediste que no fuera tan pesado.
—Es que te lo dejé claro desde el primer día: quedamos para follar y nada más. Yo ya he estado conviviendo con un hombre y desgasta mucho. No me apetece. Sobre el dinero —Noelia frunció mucho la frente—, yo no trabajo y sabes que mis padres pagan el alquiler de mi piso.
—Yo no sé si puedo seguir así —dijo Lorenzo.
—¿Por qué?
—Porque me estoy enamorando de ti.
—No digas tonterías. Salir con un hombre es lo mismo que cuidar a un hijo. No quiero dos.
—Eres la Barcelona que dio la espalda a la playa durante mucho tiempo, pero gracias a los Juegos Olímpicos la ciudad abrazó al mar y se embelleció.
—Lorenzo, deja esas chorradas. No lo entiendo.
—Yo soy la…
—¡Déjalo!
—No te alteres, perdona.
—Es que lo complicas todo. Espero que no se lo hayas contado a nadie.
—Nadie lo sabe.
—¿Ni en el instituto?
—Nadie. —Lorenzo no mentía.
Unas horas después, Lorenzo veía solo una película en su piso. Pensaba en Noelia, ella decía que no era su novia, pero él no estaba cómodo con una relación carnal que no conducía a ningún lugar. Intentó convencerse de que ella aceptaría, algún día, que estaba enamorada de él. Por culpa del dolor de su antigua relación había construido una muralla de defensa como las antiguas ciudades, el muro que había ahogado el crecimiento barcelonés. Cuando tiraron la muralla en el siglo XIX, Barcelona se metamorfoseó de una ciudad provincial en la capital del Mediterráneo.
Este pensamiento positivo fue atacado por otro que ni el mismo Lorenzo sabía cómo había surgido en su cabeza. Lorenzo recordó el desastre de los primeros meses de Barcelona sin su muralla. Esta no solo defendía a sus ciudadanos de los ataques de ejércitos invasores, también de las intensas lluvias que bajaban como avalanchas por la actual Rambla y otras zonas. Sin la muralla, muchas personas fallecieron por el embate de las riadas.
Sobre la evolución de la ciudad, Lorenzo reconoció que fue un cambio más lento que la carrera de una tortuga. Un proyecto que no concluyó hasta 1992, con los Juegos Olímpicos. Lorenzo corrigió esta reflexión, el proyecto barcelonés no había finalizado, solo había que mirar las construcciones de la Torre Agbar o el Fòrum. Sin embargo, el período de 1986 a 1992 fue el reconocimiento internacional de un trabajo laborioso.
Las emociones de Lorenzo se agitaban por subir a la montaña rusa. Ora estaba alegre, ora estaba frustrado, ora disfrutaba gracias al onanismo. Las emociones volubles cedieron gracias a que pensó una idea para salir de los hoteles.
Al día siguiente llamó a Noelia y se lo explicó. El próximo sábado pasearían por el centro de Barcelona. No irían después a casa de ninguno de los dos ni a cenar. Paseo y hotel. A Noelia no le hizo gracia y protestó. Lorenzo la interrumpió, y le dijo que no tenía opción porque él siempre había respetado sus deseos. Ya era hora que lo hiciera ella. Esta respuesta fue una bala sin pólvora, Noelia lo ignoró y le colgó.
Noelia no barruntó que su hija la metería en un aprieto. Alba se peleó con un compañero en la hora del patio que le dijo que era «una tabla de surf: ni tetas ni culo», y ella respondió con una patada en el estómago.
—Suerte que no te he dado en los huevos, maricón de mierda —dijo Alba.
La madre fue al instituto a hablar con el director y Lorenzo. El director le explicó lo sucedido. Pegar era muy grave, pero por el insulto homofóbico expulsarían a Alba un mes. Noelia preguntó cómo sabían que su hija había dicho esas palabras; el director respondió que había varios testigos. Entonces Lorenzo pidió al director que lo dejara solo con la madre de Alba para hacerle entender que la situación era muy grave. Noelia habló cuando se quedaron solos:
—Lorenzo, por favor, la niña está insoportable. No la aguantaré un mes en casa. Antes me tiro por la ventana.
—Yo solo soy el tutor, la última palabra la tiene el director.
—Pero seguro que a ti te hará caso.
—Es posible, Noelia.
—¿Por qué sonríes?
—Porque eres muy egoísta.
—No entiendo.
—Lo digo porque ayer me colgaste.
—¿Solo por eso no vas a ayudarnos? —preguntó sorprendida.
—Por tu actitud tan egoísta. Así no aprenderéis la seriedad del asunto.
—No me puedo creer que seas tan cabrón. Nunca lo habría pensado de ti.
—No te entiendo. Yo solo pienso que la expulsión podría ser una forma de pasar tiempo juntas, de que hagáis las paces. Tu egoísmo no es solo conmigo, también con tu hija. ¿Por qué eres así? ¿Tu ex te maltrataba? Siempre has hablado mal de él.
—Nadie me ha puesto la mano encima nunca —respondió Noelia enojada—. Él decía que solo soy una niña muy mimada. Pero serás cabrón, me estás intentando liar.
—No te entiendo.
—Este rollo de psicología barata lo haces para que vaya a pasear contigo. Si lo hago, entonces convencerás al director para que no expulse a Alba.
—Yo no estaba pensando en eso —dijo Lorenzo molesto.
—¿En qué, si no?
—Pensaba en cortar contigo. Además, no sé si es buena idea que Alba se quede aquí. Las dos necesitáis pensar.
—Nosotras no somos de pensar. No somos como tú ni el director —dijo Noelia en tono altivo.
—Si tú no quieres, al menos, intenta que ella aprenda.
—Lorenzo —Noelia rebajó su agresividad a un tono más cariñoso—, no es bueno mezclar lo personal con el trabajo.
—No lo hago.
—Yo creo que sí. —Noelia lo abrazó.
—Lo haces tú —dijo Lorenzo excitado.
—Tienes razón. He sido demasiado dura con nuestra relación.
—¿Qué? —preguntó Lorenzo emocionado.
—Tengo que relajarme. Te pido paciencia.
—Sí, tampoco llevamos tanto.
—Exacto. Pero creo que te mereces ese paseo. Así aprovecharemos para hablar de Alba y luego de nosotros.
—Está bien.
Alba no fue expulsada gracias a Lorenzo. Le dijo al director que el mejor castigo era hacer los deberes y repasar las asignaturas hasta las siete de la tarde. Él se quedaría con ella de forma voluntaria. Como ha deducido el lector, no fue idea suya, sino de Noelia. La recompensa sería el paseo del sábado por la tarde. Lorenzo no había pensado en chantajearla, sí en dejar a Noelia. Pero su voluntad se derrumbó con un solo abrazo.
El sábado por la tarde estaba muy contento. Era una alegría mitómana. Lorenzo le explicaba la historia de esas calles y Noelia respondía con un «sí» mecánico. Llegaron a la calle Portaferrisa. Lorenzo le dijo que era una de las ocho entradas de la Barcelona medieval, de la segunda muralla edificada en el siglo XII. El nombre era… pero, entonces, Noelia lo cortó y, para no parecer grosera, le preguntó si conocía un sitio agradable para tomar algo. Lorenzo se emocionó al escucharla; por fin salían como una pareja. Respondió que había «bares interesantes en el Born». Se fueron directos. Así Noelia se ahorró la clase sobre la calle Petritxol, la Plaça del Pi, los calls, el templo dedicado a Augusto y otras divertidas explicaciones del profesor.
De camino al Born, Noelia redirigió la conversación. Agradeció a Lorenzo su dedicación a Alba. Él interpretaba en la mirada de Noelia un amor intenso. Había derribado su muralla.
El bar estaba en el passeig del Born. Lorenzo no tenía ni idea de adónde ir. Fueron al primero que vieron. Él sabía que esa zona era famosa, alguna vez había ido con sus amigos, aunque buscándolo a ciegas. Lo mismo que en este momento.
El bar era un local grande, todavía había pocos clientes. Tenía un estilo exótico: las mesas eran de bambú, sin tapete; y las sillas de Ionesco. En las paredes se veían unas láminas surrealistas, como un dibujo de unas moscas devorando el cadáver de un joven, y la foto de una mano con un cuchillo apuñalando a una sombra, no se veía al asesino. Lo más curioso era que en el fondo del bar había unas hamacas en las que cabían dos personas. Lorenzo llegó a la conclusión de que era su día, le salía todo bien. Había acertado con la elección del bar. Se merecía toda esa suerte, había trabajado mucho para que la cita fuera un éxito. Lorenzo llegó a la conclusión de que no era buena idea presionar a Noelia para tumbarse los dos en la hamaca porque acaban de llegar. Más adelante lo intentaría.
A Noelia le apetecía beber vino y pidieron dos copas de un tinto. Lorenzo hablaba emocionado, no era un diálogo, sino un monólogo. Noelia respondía de nuevo con un «sí» mecánico.
En el bar entró un hombre casi cincuentón, peinado para atrás y una barba bien cortada, canoso, con un cuerpo que reflejaba que vivía los últimos años de su apogeo. Escuchó a Lorenzo hablar de la calle más estrecha de Barcelona, que estaba cerca del bar, y vio la cara de aburrimiento de Noelia.
Intervino en la conversación con alegría. Bromeó con Lorenzo, le dijo que cuándo iba a hablar de algún tema divertido. Noelia respondió que, quizás, era él el encargado de divertir el ambiente.
—No quiero molestar, cariño.
—No me molestas —dijo Noelia—. ¿Cómo te llamas?
—Pedro.
—Yo soy Noelia. —Se levantó y le dio dos besos en cada mejilla—. Siéntate, no me molestas.
—Bueno —dijo Pedro mirando a Lorenzo. Noelia se dio cuenta en este momento de su existencia—. Tampoco a él, ¿verdad? —preguntó de forma retórica.
Sin saber exactamente qué había sucedido, Lorenzo estaba escuchando las aventuras de Pedro. Era un camionero que trabajaba en mercancías internacionales. Conocía toda Europa. Estaba divorciado y tenía una hija de veinte años. Noelia le preguntó dónde vivía, el respondió que en la plaza Europa de L`Hospitalet. Solía ir a beber al Born con un amigo, pero se había resfriado y le había dejado solo. Pero eso no era motivo para quedarse en casa, porque era una persona extrovertida que enseguida se amistaba con cualquier persona.
—¿Y tú dónde vives? —preguntó Pedro a Noelia.
—Yo también soy de Hospi, en el barrio de la Torrassa.
—¿Y tú? —preguntó Pedro a Lorenzo por pura cortesía.
—Yo en Pubilla Cases y trabajo en un instituto de Collblanc. Allí doy clases a la hija de Noelia —respondió Lorenzo. Era la primera vez que hablaba desde la aparición de Pedro.
Su miopía emocional no le hizo ver que había dado mucha información a Pedro. Gracias a este comentario, Pedro interpretó con acierto que Lorenzo era un panoli, la marioneta de Noelia. Ahora entendía por qué Noelia se había citado con una persona sin sangre.
Lorenzo estaba incómodo, se fue al lavabo a orinar. Otro error catastrófico, no se podía actuar peor. Al lavarse las manos, se miró en el espejo y vio a un imbécil. No sabía cómo redirigir la situación. Cuando volvió, vio a Pedro que hablaba en el oído de Noelia. Al verlo, fueron educados y se separaron. A Lorenzo no le gustó haber visto a Noelia reír tanto. Ella se levantó y cogió la mano de Lorenzo. Se separaron un poco de Pedro para hablar.
—Lorenzo, lo siento, pero me tengo que ir.
—No entiendo. ¿Me dejas solo con él?
—No.
—¿Te vas con él? —preguntó Lorenzo sorprendido.
—Sí. Me ha invitado a su casa.
—¿Qué? Pero si no lo conoces. Es increíble. Llevamos tres meses juntos y nunca hemos quedado fuera de un hotel. Ahora llega un desconocido y te vas con él después de haber hablado una hora de idioteces.
—No ha sido una charla estúpida, sino muy divertida. Es un cachondo.
—¿Y yo no?
—No.
—Eres cruel. Me has utilizado para que tu hija apruebe la ESO.
—Te aseguro que he intentado que nuestra relación funcionara. Quería estar contigo porque eres buena persona, pero eso no es suficiente.
—No te puedes ir con él.
—No me lo puedes prohibir. No soy tu novia.
—Porque tú no has hecho nada por nuestra relación. ¡Mientes! —gritó, por primera vez, Lorenzo en la discusión.
—Chico, tranquilo —intervino Pedro—. Sé que estás jodido. Pero te aseguro que es lo mejor. Aunque ahora no me creas. Vámonos, Noelia.
Pedro, como un caballero, pagó todas las consumiciones. Se fueron. Lorenzo se aguantaba las lágrimas. El camarero lo había escuchado todo y lo invitó a una copa de vino por lástima. Lorenzo se sentó en un taburete de la barra. Poco a poco fue entrando gente, hasta que se llenó el bar. Miró con envidia a las parejas abrazadas en las hamacas.
El camarero lo invitó a otra copa y se fue cuando la acabó. Caminó hasta la calle de las Moscas, la calle más estrecha de Barcelona, prácticamente no entraba una persona. Recordó el dibujo que había visto en el bar, él era ese joven.
Entonces tuvo claro que no debía soportar esa ignominia. Fue a plaza Europa en metro, un viaje largo, con dos trasbordos. Cuando llegó a plaza Europa se acordó de sus aventuras con Noelia en el hotel que estaba cerca de allí, pero lo olvidó rápido. Ahora lo importante era que sin una pistola o un arma blanca no podría vengarse. Él no era Bruce Lee. Por mucho que fuera el odio que lo consumía, no significaba que pudiera llevar a cabo con éxito su plan. Cambió de idea. La foto de la mano apuñalando a la sombra, esa era la opción más válida. Ese cuchillo era una tabla que le surfearía por el violento oleaje de su odio.
No había muchos bloques de viviendas en esa plaza, lo cual no significaba que fuera fácil encontrar a los criminales. Lorenzo quería justicia. No era venganza, sino una cuestión de dignidad para la buena gente que buscaba con honra la felicidad, que actuaba con bondad con las otras personas. No podía quedar impune la injusticia cometida contra la suerte por la que tanto había trabajado. Según Lorenzo, lo había hecho con raciocinio, no a ciegas.
Se fue al centro comercial. En el hipermercado compró un cuchillo jamonero. Salió con él en una bolsa del súper y volvió a la plaza Europa. «¿Y ahora qué?», se preguntó a sí mismo. Llamar piso a piso en los interfonos de todos los bloques era una opción estúpida. Gritar el nombre de Noelia solo provocaría que un vecino llamara a la Guardia Urbana. Tanta actitud justiciera para ni siquiera empezar el castigo ejemplar a Noelia y Pedro.
La ilusión volvió apoderarse de él cuando vio la silueta de un cuerpo femenino con el perfil de Noelia. La realidad fue amarga otra vez con él, no era ella. Parecía, que no existía la justicia.
Se sentó en un banco y se aguantó las lágrimas. Esperó una hora sin saber qué hacer, hasta que ocurrió el milagro.
—Lorenzo, ¿qué haces aquí? —preguntó Noelia con un tono cansado.
—Noelia, ¡joder! Estás horrible —Lorenzo se acercó a ella—. Estás despeinada. No…
—Cuidado —dijo Noelia cuando él la abrazó.
—¿Te duele?
—Sí.
—Maldito. Se va a enterar. ¿Dónde vive? —Fernando se alejó de ella y oteó la plaza.
—Déjalo, por favor.
—No.
—Llévame a mi casa. Estoy cansada.
—¿Qué?
—Por favor.
—Claro.
Nunca había escuchado dos frases seguidas de Noelia con tanta educación. Quizás la deslealtad de la tarde había sido para que valora más su relación con Noelia y, sobre todo, que ella entendiera quién era su novio ideal.
Llegaron al barrio de Noelia. Iban cogidos de la mano, ella había insistido en ver lo que tenía en la bolsa, pero Lorenzo se había negado a enseñarle el cuchillo. Al salir de la parada de metro, Noelia le pidió a Lorenzo ir al parque de al lado. Lorenzo se decepcionó de nuevo. Noelia le explicó que era porque Alba estaba en casa y no sabía que salían juntos.
—Te prometo que mañana te presentaré como mi novio.
Lorenzo se puso más eufórico que el bando vencedor de una guerra. No dudó de que había recogido su siembra. Se sentaron en un banco desde donde se veían los hoteles del distrito financiero. Lorenzo no se dio cuenta por la excitación que le enloquecía. Intentó besar a Noelia. Cuando ella lo rechazó, se extrañó.
—¿Qué pasa? —preguntó Lorenzo.
—Pienso en Pedro.
—Ya ha pasado —dijo con un tono empalagoso.
—Es que te habría matado si lo hubieras encontrado.
—No me habría asustado.
—¿Por qué? —preguntó Noelia con sorna.
—Porque tengo esto. —Lorenzo enseñó el cuchillo jamonero.
—Te habría bloqueado.
—¿Cómo lo sabes?
—Tú no has matado ni a una mosca —respondió Noelia con desdén.
—¿Y él sí?
—La verdad es que es un cabrón.
—Y eso te gusta —afirmó Lorenzo deprimido.
—Sí.
—Y lo dices tan tranquila. ¿Por qué me has traído aquí? ¿Por qué me has prometido salir conmigo?
—Para que no te mate. Yo no soy una asesina.
—Eres egoísta —dijo Lorenzo enojado.
—Ya te dije que soy una mimada.
—Recuerda que te ha golpeado.
—Estaba a cuatro patas y sus azotes han pasado a puñetazos. Cuando hemos terminado, me he ido y él me ha dicho que volvería porque he disfrutado mucho. Y lo peor de todo es que tiene razón.
—Es un criminal y te gusta. No, la culpa no es de que seas una mimada, tiene que haber algo más.
—Ni yo lo sé.
—Yo lo que sé es que me has traído aquí con mentiras, y todo para dejarme.
—Para salvarte. He sido mala contigo, pero no soy una asesina.
—Ahora te lo tengo que agradecer. —Lorenzo se levantó, se giró un momento y vio un hotel desde la lejanía—. Mira ese hotel rojo. Hace años era imposible que hubiera un edificio así en nuestra ciudad. Pero gracias al mamoneo especulativo tenemos algunas zonas bien cuidadas y el resto de Hospi está olvidado.
»Así me siento yo, como un trabajador honrado que no consigue nada; Pedro es el inversor que especula inmoralmente con su dinero y se aprovecha del trabajo de los demás.
—No lo veo así.
—Pues bien, estoy harto de ser el tonto, el bonachón pagafantas —Lorenzo levantó el cuchillo.
—¿Qué vas a hacer?
—Ahora te asusto, seguro que vas a correr.
—Lorenzo, piensa, por favor, tú no eres así.
El cuchillo corrió en dirección al pecho de Noelia, que le agarró la muñeca porque era un ataque con poca fuerza. Lorenzo lloró y soltó el cuchillo.
—Qué injusto es todo —dijo Lorenzo.
—Ya te dije que no quiero criar a dos hijos —dijo Noelia con mucha rabia.
—Y, claro, Pedro no lo es.
—Él sabe estar solo. —Noelia se había dado la vuelta para irse y se giró para hablar de nuevo—: Hazte un favor y mátate con este cuchillo. —Tiró el cuchillo al suelo.
Lorenzo reflexionó un buen rato en el banco. Se levantó, cogió el cuchillo y lo guardó en la bolsa. Quería llegar rápido a su piso y cogió un taxi. Cuando ya estaba en su casa, miró la ciudad por la ventana.
«L`Hospitalet, como cualquier ciudad, como la vida, es una hormigonera que nos remueve hasta endurecernos. Nosotros somos la masa para asfaltar las calles. Hay materiales que resisten mucho, otros menos. Hay calzadas que están castigadas por el paso de los vehículos; hay algunas que no. Sin justicia para todos por mucho que trabajen», pensó Lorenzo.
Lorenzo abrió la ventana, tiró el cuchillo y habló en voz alta para convencerse a sí mismo:
—Soy como Hospi y Barcelona, ciudades que tardaron en confiar en sí mismas para mostrar su belleza al mundo. Insultadas, cercadas, atacadas y humilladas. Hemos aprendido de nuestros errores y hemos seguido creciendo. Algún día, alguien sabrá valorar mis monumentos: mi bondad, mi cariño, mi inteligencia y mi curiosidad.
«Es cierto que tengo que ser menos cansino con el tema de la seriedad en una relación y, sobre todo, no fijarme en la primera chiflada que se cruza en mi camino. Algún día, veré este episodio no como una ignominia, sino una lección de la vida. Es importante la autocrítica, que me ha faltado hasta ahora, para cuando crezca mi ciudad no olvidar la inversión en otros barrios como la bondad o la curiosidad.
Lorenzo cerró la ventana y se fue a dormir.

L`Hospitalet de Llobregat. Sábado 24 de febrero de 2018.

martes, 9 de abril de 2019

El pervertido


Título de la obra: El pervertido
Autor de la obra: Lluís Llurba Torre.

«Porque solo son sinceros los salvajes y los animales».

Antón Chejov. La desgracia.

Llevaba años sin tener noticias de Ramón. Fuimos compañeros en la EGB. Yo había conservado alguna amistad de esa etapa de mi vida, pero no había vuelto a ver a casi a ninguno de ellos. Ramón y yo tuvimos una buena relación, pero no íntima. Él perdió a todas sus amistades porque su familia se trasladó a Wolfsburgo; el padre era ingeniero industrial y aceptó una suculenta oferta para trabajar en el grupo Volkswagen. Justo ese año tendría que haber empezado el instituto en Barcelona.
Ramón volvió a la Ciudad Condal seis años después con su madre tras el divorcio de los progenitores. El padre se quedó en Alemania y, a partir de ese momento, la relación con su hijo perdió la fluidez de los tiempos anteriores. Ramón estudió, una vez instalado de nuevo en Barcelona, la Formación Profesional de Prevención de Riesgos Laborales; al finalizarla, empezó a trabajar en Ergasia, una empresa de servicios de prevenciones, formada por técnicos y médicos. Allí conoció a Maribel, la que sería su esposa y madre de sus dos hijos.
Mi excompañero, como la mayoría de la humanidad, se abrió una cuenta en Facebook. Le divertía buscar a personas a las que hacía años que no veía. Encontrar a una era encontrar a cinco. Al principio solo lo hacía para curiosear en sus muros y saber cómo los había tratado la vida. Pero un día, Alfredo, uno de los alumnos de nuestra clase, le escribió por el Messenger de Facebook. Se contaron por encima sus vidas y no perdieron el contacto, aunque tampoco se atrevieron con los temas personales.
En pocos días habló atropelladamente con cuatro más y a la semana siguiente crearon un grupo del curso en la red social. Fui invitado a entrar en el grupo por África, que es una de las pocas amistades que no murieron después de la escuela. Yo también había vuelto a retomar el contacto con ciertos compañeros, pero con Ramón, no sé por qué, no me había escrito.
Fue la misma África quien propuso organizar una cena para vernos las caras. Casi todos aceptaron, aunque costó encontrar una fecha para coincidir. Quedamos en abril de 2009, cuando la cena se había ideado a finales del año anterior.
Y la tan ansiada noche llegó. Todo fueron abrazos fraternales, besos cariñosos y mucha alegría. Los caballeros piropeamos a todas las damas por conservar su belleza y las damas alabaron nuestra defensa exitosa contra el desgaste del tiempo. No obstante, entre hombres hubo alguna burla inocente como la violencia. A mí, por ejemplo, uno me dijo que mi alopecia era la evolución de la humanidad; según él, los hombres como yo estábamos un peldaño por encima de los melenudos como él.
Con quien más disfruté de las conversaciones fue con Ramón, África, José Manuel, Pepe y Jessica. Estos expresaban un humor inteligente parecido al mío, charlábamos con mucha ironía, pero sin ataques personales. Quizás a África fuera la que más le costaba nadar por ese caudal, la que menos controlaba la fuerza de un río tan peligroso como es la ironía.
De camino al restaurante organizamos pequeños grupos en aquella manada de treinta personas. Al que más le costaba integrarse en una divertida conversación era a Alfredo. Cuando alguien le había explicado lo bien que le había ido la vida —nadie quería hablar de sus desgracias personales—, su mirada se había arrugado hasta la vejez. No sé la causa, pero al entrar al restaurante y sentarnos en la mesa, Alfredo ocupó una silla al lado de Ramón; puede ser que le cayera mejor que todos los demás.
Como he escrito anteriormente, éramos muchos y, por lógica, era difícil entablar una única temática para que habláramos todos; en cada mesa había un tema diferente y, más o menos, nos íbamos entendiendo.
Explicamos nuestras vidas. Yo; que, por cierto, me llamo Toni, comenté que era un novelista y profesor de Literatura en un instituto, lo que llamó la atención de mis compañeros. Todos contamos nuestras vidas: las parejas, los hijos, los trabajos, los suegros; y también opinamos sobre la evolución del mundo durante estos años y el cambio de los profesores de nuestra escuela. En fin, tuvimos que eliminar ciertos capítulos de nuestras vidas porque si no nunca hubiéramos salido del restaurante.
Fueron las relaciones personales las que destacaron por encima de cualquier tema. Cada miembro vigilaba sus palabras, porque tampoco había una confianza soldada, pero sí que dijimos las típicas bromas. Todo empezó por un comentario mío:
—El secreto de mi matrimonio ha sido tener la última palabra. Ella decide algo y yo digo: «vale». —Todos los de la mesa rieron.
—En mi caso no era muy diferente —empezó a hablar Alfredo—, yo mandaba y ella decidía. Hasta fue ella quien inició el proceso de divorcio.
Este último comentario fue un arsénico que intoxicó la cena, aunque África endulzó la noche.
—Vamos, no os quejéis tanto. Mi marido tiene una amante, una puta barata que se llama cerveza. Si por él fuera, estaría más con ella que conmigo.
—Y no te olvides del fútbol. Fútbol en casa para ver al Barça y fútbol los sábados por la mañana para ver jugar a los niños. Eso sí, tengo que reconocer que mi marido friega y cocina: sabe freír los huevos. —Todos, excepto Alfredo, volvimos a reír tras el comentario de Jessica.

El resto del cuento se puede leer en la revista Almiar:
https://margencero.es/margencero/lluis-llurba-torre-relato-el-pervertido/