domingo, 1 de noviembre de 2026

Fundamentación para una metafísica de las costumbres de Kant.

 

He intentado leer  «Fundamentación para una metafísica de las costumbres» (1785. Gredos, 2023) de Kant. No he sido capaz de leerlo sin ayuda externa. A parte de la introducción de este libro, me han ayudado «Kant: El giro copernicano en la filosofía» de Joan Solé (EMSE EDAPP, 2016. Edición Kindle) y un vídeo en https://youtu.be/CJoVGkWU5Yc?si=_VZhOCmQlMH-sxVo

«Fundamentación para una metafísica de las costumbres» es un libro corto, pero denso. Para seguir delante, en cada página, he actuado por deber. No me ha divertido, entonces, ¿por qué he seguido? He continuado por un deber que no buscaba ningún interés o conseguir un objetivo personal. Para Kant si yo hubiera leído y publicado este texto para demostrar al mundo lo inteligente que soy estaría actuando bajo un imperativo hipotético, es decir, leer no es obligatorio por sí mismo, lo hago porque quiero presumir de que no he entendido al alemán. He actuado con el deber por un interés sin ninguna pretensión en sacar beneficios personales, en otras palabras, si he actuado sin buscar el interés personal estoy ante el imperativo categórico, que debo hacer desde el punto de vista de la moral, independientemente de lo que yo quiera hacer.

Mi ejemplo de la lectura no es preciso, pero se puede trasladar a un hecho práctico: una persona ayuda a otra necesitada para que sus vecinos lo miren con buenos ojos (imperativo hipotético), en cambio, otra lo hace por deber, porque ha razonado que es lo correcto. No hace falta que tenga compasión, es más, quizás la segunda persona ha tenido un mal día y está enfadada, tan cabreada que no le apetece ayudar al necesitado, pero igualmente lo hace porque sabe que tiene que hacerlo. No actúa movido por la compasión (Kant llama a estas emociones «inclinación». Por otra parte, hay una foto del glosario del libro en la que sale la definición kantiana de la «voluntad». Concepto muy importante para leer este libro). Para el filósofo la segunda opción es la correcta y no la primera. Puede parecer que Kant defiende una moral fría, pero no crítica los buenos sentimientos de las personas siempre que reconozca su deber.

En la página 20 escribe que «yo nunca debo proceder de otro modo salvo que pueda querer también ver convertida en ley universal a mi máxima», es decir, actúo según leyes que sean universalmente buenas. Un ejemplo sencillo: voy a pedir dinero a un amigo sabiendo que no se lo puedo devolver, pero voy a mentir asegurando que lo haré cuando sé que miento. Si traslado esta acción para todos es evidente que no habría confianza entre las personas.

En las páginas 47 y 48 escribe que «el imperativo práctico será por lo tanto este: obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en su persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio». La moral no puede basarse solo en lo que a mí me gustaría que me hicieran, sino que tiene que apoyarse en un principio racional que pueda valer para todos. Kant va más allá del tópico «lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas tú a los demás». No defiende que nunca podamos utilizar a otra persona como medio (si pago a un fisioterapeuta para curar cualquier dolor del cuerpo lo estoy utilizando como medio), porque es imposible. Lo incorrecto es olvidar que toda persona tiene su propio fin, su capacidad de decidir. No se debe instrumentalizar a esa persona machacando su autonomía. No puedo pagar al fisio para la rehabilitación de los tendones de mi hombro y luego aprovecharme de él para que escriba este texto. Lo he intentado, pero me ha dicho que tengo que respetar nuestro trato y que no le engañe, porque, entonces, no respeto la dignidad humana. Y tengo que respetar la dignidad de todo el mundo, incluido la mía, así que, sería un golpe a mi dignidad si yo voy a una entrevista del trabajo y el responsable de Recursos Humanos me contrata para hacer un trabajo que, luego, resulta que me responsabilizo de otras tareas que no se me dijo en la entrevista, o me obligan a hacer horas extras sin cobrarlas bajo amenaza de despido si no lo hago. Me parece que casi nadie ha leído a Kant. Yo tengo derecho a defenderme, sin embargo, según Kant, tengo que hacerlo sin negar la dignidad del responsable que me ha engañado.


Un poco más adelante sigue «un reino de los fines» (buen título para una novela) en el que se práctica «la idea de la voluntad de cualquier ser racional como una voluntad que legisla universalmente». Cada individuo actúa como miembro de una comunidad de seres racionales que se dan una ley moral universal. Cada persona tiene la capacidad de razonar que leyes pueden ser universales o no, morales o no. No se limita a obedecer leyes morales externas como un borrego, sino que es capaz de reconocerlas mediante su propia razón. Que se actúa con moralidad no significa que obedezca una norma externa ni se inventa una regla en la que sale beneficiado, sino llegaría el caos. Cada persona se reconoce como autora y destinataria de una ley moral que debe ser válida para todos los otros seres racionales. Kant llama a este concepto «autonomía». Luego está la «heteronomía», que es cuando la voluntad recibe un principio externo que le beneficia personalmente, regresamos al imperativo hipotético.

Las últimas páginas del libro el alemán reflexiona sobre la libertad y su relación con la obligación moral. La libertad no consiste en satisfacer los deseos de uno mismo, sino en poder orientar la voluntad mediante la autonomía de la razón. Sin embargo, el filósofo reconoce que la libertad no se puede demostrar que exista. Tenemos que suponer que existe desde el punto de vista práctico para comprendernos como agentes morales.

Hay otros conceptos de los que no escribo para no alargar el tema, el tema de la voluntad es importante, pero aquí está la base de «Fundamentación para una metafísica de las costumbres», que lo he leído por la escritura de mi última novela. Si ha sido útil eso es algo que el tiempo y vosotros diréis.










viernes, 23 de octubre de 2026

A la sombra de las muchachas en flor de Marcel Proust

 


Hace casi un año que Alfaguara publicó «A la sombra de las muchachas en flor» de Marcel Proust, es decir, el segundo tomo de «En busca del tiempo perdido». Mercedes López–Ballesteros es la traductora. Tanto la edición como la traducción son trabajos impecables.

Es la segunda vez que leo «A la sombra de las muchachas en flor», y sigue pareciéndome una lectura compleja, sin embargo, si uno aprovecha su tiempo libre y se centra con mucha atención —en muchas ocasiones he ido a la biblioteca para no distraerme, y leía con un lápiz para analizar página por página o hacer dibujos— puede seguir las ideas proustianas y sus complicada prosa en la que, como todos sabemos, casi no hay oraciones subordinadas, porque la novela es una oración en sí misma. El libro «Siete conferencias sobre Marcel Proust» de Bernard de Fallois (Ediciones Subsuelo, 2022) ha sido mi Cicerón para no perderme en el bosque proustiano.

Proust escribe con ironía. Por ejemplo: M. de Norpois crítica con dureza al escritor favorito del narrador, Bergotte, y expresa sus opiniones literarias, ahora bien, estas chocan con la estructura de «En busca del tiempo perdido», en otras palabras, Proust está escribiendo una prosa diferente a las ideas de M. de Norpois, que confunde el juicio social con el artístico. Nos saltamos unas cuantas páginas para ir al momento en el que el narrador, en casa de Swann, conoce a Bergotte. En un principio, al conocerlo queda decepcionado, ahora lo ve como una persona normal. Se pregunta cómo ha podido ese hombre escribir unas obras que le emocionan tanto, entonces, comprende que su interpretación de dichas obras son un producto de su imaginación, pero no le quita el mérito que, un hombre corriente que dice tonterías en la mesa como nosotros, haya escrito una obra maestra. El narrador concluye que las grandes obras no son escritas por genios, sino por la dedicación del escritor o su método de trabajo. Hay más reflexiones interesantes, pero, entonces, escribiría otro libro.



El amor es otro de los grandes temas de «A la sombra de las muchachas en flor». El narrador ama a Gilberte, hija de los Swann. Son amigos, durante un año el protagonista acude a su casa para merendar o pasear con toda la familia. Cuando nuestro joven amigo tiene claro que es un pagafantas decide no ver más a Gilberte. Aquí entramos en su caos mental, yo tuve que retroceder y leer varias veces sus reflexiones para entender qué le pasa a este chico, en fin, el narrador al principio está convencido de que Gilberte, tras sufrir mucho por no verlo, se enamorará de él. Entonces, entiende que mientras ella cambia él también puede cambiar, es decir, podría suceder que cuando Gilberte se enamore nuestro amigo ya no sienta nada por ella. «Gilberte finalmente vuelve hacia nosotros justo cuando nosotros ya somos indiferentes», escribe el narrador, que llega a la conclusión de que el corazón no quiere esperar el tiempo necesario para que una persona cambie sus sentimientos. El deseo es impaciente, voluble, y siempre quiere más, nunca queda satisfecho del todo. Y tiene más reflexiones: tras mucho pensar es consciente de que cuando ya no ame a Gilberte tendrá otra lectura, interpretación, de su pasado, es decir, su yo de ese hipotético futuro recordará al yo enamorado de Gilberte de una forma que no lo era realmente. El yo que recuerda no es el mismo que el yo que vivió la experiencia, por eso, el narrador indiferente cree que hubiera quedado satisfecho con una relación con Gilberte, pero no es así, porque, entonces, recuerda que el deseo tiene una querencia que dura más que la lectura de «En busca del tiempo perdido», y no se habría sentido del todo satisfecho por mucho cariño que hubiera recibido de Gilberte. Vamos, lo tiene todo clarísimo. Y para que veáis que no soy un pesado no voy a escribir sobre Odette, que es una de las protagonista de la primera parte del libro, «En torno a Mme. Swann», aunque, sinceramente, las páginas en las que el narrador describe la vida social de Odette o cómo vestía son los momentos que menos me han llamado la atención de este libro.

La segunda parte es «Nombres de lugares: el lugar». El narrador va a veranear con su abuela al pueblo costero ficticio Balbec —basado en Cabourg— en el que conoce a varios personajes interesantes, como a la marquesa de Villeparisis, que es la tía abuela de Robert de Sant–Loup y tía del barón de Charlus. Este último se llama Palamède de Guermantes y es hermano de la madre de Robert, María, la condesa de Marsantes. El tío y el sobrino son dos personajes excepcionales de «En busca del tiempo perdido». Todavía es pronto para hablar del barón de Charlus, porque es un personaje que explota en los siguientes volúmenes, pero Sant–Loup destaca pronto. Él es un joven apuesto, inteligente y está enamorado de una actriz que se aprovecha de él. Nadie de la familia Guermantes aprueba esta relación, pero él sigue. Sant–Loup lee a Proudhon y critica a sus familiares aristocráticos, sin embargo, tiene una necesidad por el reconocimiento y las convenciones sociales. El narrador de la novela quiere a Robert (páginas 380 y 381), pero descubre que su manera de vivir la amistad está condicionada por el amor propio, la necesidad de sentirse importante para el otro. Según el narrador, la presencia de un amigo al que admiramos puede convertirse en una exigencia que nos impide disfrutar de su compañía. En cambio, cuando el narrador está solo puede dejar que sus pensamientos sigan su curso sin preocuparse para agradar. Más adelante (páginas 388 y 389) nuestro protagonista llega a la conclusión de que cuando justificamos los defectos de un amigo lo hacemos solo para seguir apreciándolo. Si repetimos con este vicio corremos el riesgo de no ver cómo es realmente el amigo. Sin embargo, hay más, el narrador recibe un critica dura hacia su persona de Bloch, un amigo bastante cabroncete durante toda la obra, y esto le hace reflexionar que duele descubrir que una persona no te aprecie tanto como creíamos, por otra parte, lo que más hiere es comprender que no somos para los demás el tío guay que creíamos ser. El narrador no niega la amistad, pero duda de nuestros sentimientos, de lo que sienten los demás y de la imagen que proyectamos.

El protagonista regresa a hablar del amor cuando ve a unas muchachas misteriosas haciendo gamberradas por Balbec. Él queda fascinado por todas ellas, en su magín el deseo es fuerte y reflexiona que este sentimiento insaciable no es por las chicas en sí mismas, sino de su propia imaginación, es más, el deseo puede morir una vez las conozca, aunque reconoce que no siempre es así. En las páginas 455 y 456 leemos la preciosa metáfora de las flores, en la que el narrador dice que las muchachas son como unas flores que aparecen en la naturaleza; algo bello, raro, espontáneo y difícil de alcanzar. Creo que el título de este volumen tiene algo que ver con este fragmento. Estas reflexiones las encontramos a lo largo de la lectura, un poco más adelante (página 477) se dice a sí mismo que el amor no es falso, sino una verdad de la experiencia subjetiva.

En un restaurante conoce a un gran pintor, Elstir, que más adelante, casualmente, es amigo de las muchachas. Cuando el narrador está en la galería de Elstir conoce a una de las muchachas, Albertine, y luego está le presenta a Andrée, Rosemonde y Gisèle. Nuestro amigo es un nuevo miembro del grupo y se van juntos de excursión. El narrador se siente atraído físicamente por todas ellas, aunque este interés está mezclado con una curiosidad por saber cómo son y el proceso de conocerlas es una placer, es el placer proustiano. Observar a las muchachas le provoca un placer estético, contrario a sus rutinas que le provocan placer intelectual. Aquí el narrador reflexiona con sinceridad y expone sus contradicciones. Poco a poco descubre que las relaciones personales satisfacen distintas necesidades y que, en ocasiones, admira la conversación inteligente con su amigo Robert, y, otras, prefiere la compañía con un marcado carácter superficial, pero placentero a un nivel sensible. Y, como tercera opción, el narrador defiende la soledad creadora del escritor para conocerse a sí mismo, sin embargo, necesita la aprobación de un amigo. El narrador está descubriendo, aunque, todavía, no lo formule de manera explícita, que la vida intelectual, la amistad y el deseo obedecen a lógicas diferentes; y que el ser humano no consigue armonizarlas fácilmente. Poco a poco se irá centrando en Albertine hasta que cree que se enamora de ella, pero no inician ninguna relación amorosa. En invierno las muchachas se van de Balbec, en cambio, nuestro protagonista aguanta un poco más.

Proust escribe una obra maestra. Es impresionante la forma que tiene de mostrarnos las contradicciones del narrador y sus inseguridades. ¿Qué escritor no se ha preguntado, en muchas ocasiones, si vale la pena todo el esfuerzo de escribir y leer? ¿Qué persona no ha tenido dudas de amar igual que las del narrador? El miedo a descubrirse, de decepcionar a los demás, del orgullo propio, etc. Y el tiempo como telón de fondo durante este libro y toda la obra. El tiempo es el canal en el que cambia nuestra conciencia de los recuerdos.

Quedan muchos detalles que analizar, pero la mejor manera de hacerlo es leyendo a Proust.





jueves, 24 de septiembre de 2026

La mort a Venècia de Thomas Mann

 

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«La mort a Venècia» (1913) és el primer llibre que llegeixo de Thomas Mann. És una novel.la amb un ritme lent, plena de reflexions, la trama és secundaria. No és un llibre que agradarà al lector aficionat a una literatura més moguda. L'altre polèmica es la denúncia de pederàstia, no obstant això, no estem davant un llibre com «Lolita», perquè el personatge principal —Gustav von Aschenbach, escriptor que té cinquanta anys—, s'enamora de Tadzio, un adolescent polonès que té catorze. Però, millor, començar pel principi.

Aschenbach és vidu i té una filla. És un escriptor amb certa fama, tota la seva vida s'ha reprimit, ha sacrificat els seus sentiments venent la imatge d'un home seriós i disciplinat. Quan decideix viatjar a Venècia està esgotat física i psicològicament. Pateix una crisis artística, durant moltes pàgines el narrador en tercera persona descriu els seus pensaments sobre l'art i l'estètica. Venècia és un personatge més de la novel.la que influeix, com el clima, a l'ànim del protagonista. Quan coneix Tadzio queda abstret, al principi intenta convèncer–se que l'atreu estàticament, fins que, segons passen els dies, s'obsessiona pel polonès. Poc a poc sabem com l'alemany, interiorment, trenca la reprensió que ell mateix s'havia impost. Pels carrers venecians persegueix d'amagat a Tadzio i als seus germans, o va a la platja només per veure com el jove juga a l`aigua. I, poc a poc, la ciutat queda cercada pel còlera. Un treballador de l'agència adverteix a Aschenbach i li aconsella que marxi de Venècia, però ell no pot deixar a Tadzio, encara que no hagin parlat mai.

L'escriptor ha traspassat el seu tarannà apol·lini, i ara es una persona dionisíaca. Aquests conceptes de Nietzsche són importants per entendre «La mort a Venècia». Altres autors que influeixen en Thomas Mann són Plató i Freud. Del psicòleg destaca la lluita de les emociones reprimides que, finalment, en el personatge exploten. I del filòsof hi ha una imitació del diàleg de «Fedre» en què Aschenbach es qüestiona si l'artista només pot viure de la bellesa per executar la seva obra, si una persona només pot viure de la voluptuositat que provoca el sentiment dionisíac. Al final del llibre no hi ha resposta, aquesta responsabilitat recau en nosaltres, els lectors. No obstant això, el narrador ens fa entendre que l'error que comet Aschenbach és viure radicalment cohibint el seus impulsos, i després viure oposadament. El terme mitjà és la resposta, encara que és una meta difícil d'assolir.









viernes, 18 de septiembre de 2026

Aquí me paro de Javier Marías.

 



Alfaguara publicó hace una semana «Aquí me paro» de Javier Marías. Es una recopilación de artículos que, todavía, no se habían publicado, por varias razones, en ningún libro. Algunos de ellos solo habían sido editados en el extranjero. El libro está dividido en diferentes secciones. Cada sección es un tema, así, en «La emoción desinteresada» leemos los textos futbolísticos, y, en «Los que iluminan el mundo» escribe sobre otros literatos.

«Aquí me paro» es un libro para los lectores de Javier Marías. Los artículos son sagaces, divertidos e iluminadores. La pasión con la que aborda el fútbol y la literatura se transmite al lector y contribuye a generar una lectura cercana. En cambio, en otros pasajes, nos encontramos con la figura controvertida de Javier Marías.

Siempre es una buena noticia leer un texto inédito de uno de los mejores escritores españoles. Muchos lectores te añoramos.










lunes, 14 de septiembre de 2026

En la orilla de Rafael Chirbes

 

«En «En la orilla» (2013, Anagrama) es la última novela de Rafael Chirbes. Al más puro estilo de Chirbes: reflexiva, cambio de narrador, diálogos entrelazados en el mismo párrafo, monólogo interior cargado de recuerdos, el protagonista recuerda su infancia, la participación de su padre en la Guerra Civil, su relación amorosa con Leonor, las familias corruptas del pueblo y los cambios paisajísticos del pueblo. El paisaje es muy importante, influye en los personajes, y los personajes, a su vez, modifican el paisaje por la construcción masiva de edificios. El principio de la novela, en el pantano Ahmed encuentra accidentalmente un cadáver, es una metáfora de cuánto está podrida la comarca por el capitalismo salvaje que tanto crítica el autor.


Esteban es su protagonista. Él es un carpintero con su propio negocio heredado de su padre. En los negocios inmobiliarios invierte su capital y el patrimonio, pero con la crisis del 2008 lo pierde todo, y se ve obligado a cerrar la carpintería. Su socio, Tomás Pedrós —símbolo de la especulación—, huye de la comarca y queda implicado en las irregularidades y deudas relacionadas con la especulación inmobiliaria. Cuando la burbuja explota intenta escapar de las consecuencias. Su huida es importante porque deja a Esteban en una situación delicada, después de haber confiado en los negocios en los que estaba implicado Tomás. Así, la huida de Tomás representa también la irresponsabilidad de quienes se enriquecieron durante el boom inmobiliario y dejaron las consecuencias a otros cuando llegó la crisis. Esteban se convierte en verdugo, porque despide a sus trabajadores que también tienen cabida en la novela, y víctima.

Esteban es un personaje muy interesante. Cuida de su padre, pero reconoce que no lo quiere. Es una persona amargada con una visión pesimista de la vida, lógico en alguien que lo ha perdido todo. A partir de sus pensamientos conocemos sus relaciones con sus hermanos, casi inexistente, y sus amistades. Pero su relación con Liliana es la más interesante. Ella es la asistente de su padre, pero tiene una relación ambigua con Esteban, que se siente atraído por ella, aunque la cuida como a una hija. Liliana se aprovecha de esto sin que Esteban sea consciente del todo. Con la crisis la tiene que despedir porque no tiene dinero para pagarla, pero no se lo explica a sus amigos ni el despido ni su situación económica. En conclusión, «En la orilla» es otro gran libro que merece la pena leer.






domingo, 30 de agosto de 2026

Crematorio de Rafael Chirbes

 


«Crematorio» (2007), publicada por Anagrama, es la primera novela que leo de Rafael Chirbes. Es una novela compleja que nos pide mucha concentración. Está divida en unos capítulos en los que no encontramos puntos aparte, solo leemos un largo párrafo que combina las frase cortas con otras largas marcando un ritmo reflexivo. Los diálogos están mezclados con las reflexiones del personaje que protagoniza el capítulo, así, Chirbes consigue que el lector entre en las reflexiones de dicho personaje de una forma caótica, como son realmente los pensamientos. La trama es secundaria. El autor utiliza diferentes narradores, desde la primera persona —Rubén— a tercera, pero este último siempre describe el pensamiento del personaje que trata el capítulo, por ejemplo: vemos cómo Ramón Collado cae en las manos de Irina o las reflexiones de Silvia sobre su relación con el arte. Ella es una restauradora.

«Crematorio» es una denuncia social contra la especulación inmobiliaria. En Misent, un pueblo ficticio del mediterráneo valenciano, se centra la historia. Rubén Bertomeu es el protagonista, un constructor que se ha enriquecido con sus negocios inmobiliarios. La novela empieza con la muerte de Matías, su hermano pequeño, un antiguo comunista que había pasado los últimos años trabajando en sus campos, denunciado a su hermano por las consecuencias paisajísticas de sus construcciones. Matías era adorado por la madre de ambos, incluso por Silvia, la hija de Rubén. Cuando Rubén nos habla podemos leer entre líneas la envidia que siente por su hermano.  

Otros personajes interesantes son Juan —marido de Silvia. Ambos representan la hipocresía de los intelectuales, ambos critican los negocios de Rubén, pero no dan ascos a su dinero. Aquí Chirbes escribe magistralmente la hipocresía de ambos, sus estériles justificaciones y el vacío que sienten y no son capaces de rellenar—, Federico Brouard —amigo de los dos hermanos, escritor, alcohólico. Juan escribe una biografía





de este personaje tan singular, que simboliza el fracaso de la izquierda, aunque, para mí, Chirbes solo trata de una izquierda intelectual y no de los movimientos sociales— o Mónica, que es la segunda esposa de Rubén, mucho más joven que él, atractiva, simboliza el rápido ascenso social sin ningún mérito. Un rasgo característico de nuestra sociedad corrupta. Ramón Collado es la mano derecha de Rubén. Es el encargado de realizar los trabajos sucios de los negocios, la muestra de cómo se construyó el capitalismo del levante y su especulación que corrompió a todos nuestros protagonistas y Misent.

La cremación de Matías es la metáfora de una sociedad que tiene su propia cremación. Cuando estalló la crisis de 2008 muchos críticos dijeron de «Crematorio» que fue una obra profética. Para su autor no fue así, porque solo relató lo que él veía y los demás se negaban a aceptar, como los personajes de este libro. «Crematorio» es una gran novela, pero excesivamente pesimista, no deja títere con cabeza y nos deja un mal sabor de boca.


domingo, 16 de agosto de 2026

San Camilo, 1936 de Camilo José Cela

 


«Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid» (1969) es una de las novelas más ambiciosas de Camilo José Cela. En «San Camilo, 1936» se explican los días previos al fatídico golpe de Estado del 18 de julio. Una lectura compleja debido a que la estructura de la novela parece un caos, diálogos mezclados con la narración del narrador, saltos de temas sin avisar, no existe separación de párrafos ni puntos ni oraciones subordinadas, porque Cela quiere transmitirnos el caos social de esos días. El fujo de pensamientos también es errante, así, el protagonista piensa en los sucesos violentos de los revolucionarios, y, en la frase siguiente, leemos sus pensamientos voluptuosos sobre su novia.

No es un libro para estudiar la historia propiamente dicha, sino para conocer parte de la locura colectiva que vivió el pueblo madrileño durante esos días. A partir de la intrahistoria de Unamuno captamos la inconsciencia colectiva de Jung. Con este clima Cela escribe, en un mismo párrafo, el sincronismo de lo personal y lo colectivo, la vida cotidiana y la social. Como a don Tomás, que el día en que muere su esposa escucha, en la radio, que el ejército se ha sublevado en Marruecos. O los funerales de Castillo y Calvo Sotelo están intercalados con la visita, en los burdeles, de algunos protagonistas. La repetividad es otra de las claves de esta novela, para algunos críticos entorpece la trama, y para otros encaja con la desfragmentación de la novela y la histeria colectiva.

La prima página es muy importante. El protagonista se mira en el espejo, entonces, se desdobla en el narrador y se habla a sí mismo en segunda persona. El reflejo muestra a un hombre con miedo, un reflejo que simboliza la desintegración ética de Madrid. El tío Jerónimo es otro protagonista importante. Tiene unas ideas alejadas de los dos bandos extremistas que combatieron en la guerra, es un republicano liberal que defiende el placer y crítica a sus coetáneos porque se han dejado esclavizar por las ideologías. En el epílogo hay un excelente monólogo de Jerónimo que explica con detalle todas sus ideas.







sábado, 8 de agosto de 2026

El Tugurio de Zola



«El tugurio» (1877) de Zola es la séptima entrega de la saga «Los Rougon-Macquart». He leído la edición de Trotalibros (2022). «El tugurio» es el tercer libro que leo de Zola, los dos anteriores fueron «Nana» y «Germinal».

La explicación de la novela podéis verla en este magistral vídeo de Jan Arimany:

 https://www.youtube.com/watch?v=ImHSjt1lL4A&list=PLbLrqQUP9dI0&index=13 

Yo añadiría que en «El tugurio» hay una descripción profunda de los barrios bajos de París, pero en «Germinal» relaciona con maestría la explotación del sistema capitalista y las consecuencias que tiene en la vida de la clase obrera. No es ninguna crítica, porque es la intención de Zola que sea así. En el «El tugurio» el autor nos muestra cómo el ambiente social condiciona a los personajes. El alcoholismo de los obreros, las penalidades económicas, la suciedad de las calles, las trampas entre ellos, las envidias y los gandules son descritos magistralmente. Coupeau y Gervaise son los ejemplos más claros. El primero es una persona abstemia, pero tiene un accidente laboral y todo cambia porque se vuelve un borracho. Gervaise intenta seguir trabajando, tira ella sola del carro, pero con los años lo pierde todo. La corrupción ética del ambiente la machaca y la influye. El único pero del estilo naturalista de Zola es la frialdad del narrador, escrito en tercera persona, buscando la total objetividad porque él defendía un método científico que analizaba a la sociedad. Sin embargo, las escenas son tan duras que hablan por sí solas.