Trotalibros va publicar l'any passat «Pregoneu–ho
als quatre vents» (1953) de James Baldwin. L'edició és bona, i al final del
llibre hi ha unes notes pel lector perquè escrigui les seves impressions. Mai
ho havia vist això. És un gran idea.
¡Bienvenidos! Mi nombre es Lluís Llurba Torre, soy un escritor de L`Hospitalet de Llobregat. He escrito Las curvas no señalizadas. ACEN Editorial publicó mi novela.
Trotalibros va publicar l'any passat «Pregoneu–ho
als quatre vents» (1953) de James Baldwin. L'edició és bona, i al final del
llibre hi ha unes notes pel lector perquè escrigui les seves impressions. Mai
ho havia vist això. És un gran idea.
Ayer
vi el último episodio de «Los Soprano». La he visto dos veces. Las
otras dos series que las he vuelto a ver son «Breaking Bad» y «Juego de Tronos».
Con «Los Soprano» es la única que me ha
gustado más que la primera vez. A nivel narrativo es superior, los giros de las
otras dos son magistrales, sin embargo, no tienen la profundidad psicológica de
la primera, y eso que Walter White es un personaje interesantísimo. El último
episodio de «Los Soprano» decepcionó a
mucha gente, a mí la primera vez me dejó frío hasta que ayer hubo detalles que me
hicieron apreciarla, incluso durante toda la serie encontramos pequeñas pistas
sobre el significado de la pantalla negra. Estoy convencido de que es la única
serie que tendrá una tercera oportunidad para encontrar más secretos que no he
captado en las anteriores ocasiones.
He
intentado leer «Fundamentación para una metafísica de las
costumbres» (1785. Gredos, 2023) de Kant. No he sido capaz de leerlo sin ayuda
externa. A parte de la introducción de este libro, me han ayudado «Kant: El
giro copernicano en la filosofía» de Joan Solé (EMSE EDAPP, 2016. Edición
Kindle) y un vídeo en https://youtu.be/CJoVGkWU5Yc?si=_VZhOCmQlMH-sxVo
«Fundamentación para una metafísica de las
costumbres» es un libro corto, pero denso. Para seguir delante, en cada página,
he actuado por deber. No me ha divertido, entonces, ¿por qué he seguido? He
continuado por un deber que no buscaba ningún interés o conseguir un objetivo
personal. Para Kant si yo hubiera leído y publicado este texto para demostrar
al mundo lo inteligente que soy estaría actuando bajo un imperativo hipotético,
es decir, leer no es obligatorio por sí mismo, lo hago porque quiero presumir
de que no he entendido al alemán. He actuado con el deber por un interés sin
ninguna pretensión en sacar beneficios personales, en otras palabras, si he
actuado sin buscar el interés personal estoy ante el imperativo categórico, que
debo hacer desde el punto de vista de la moral, independientemente de lo que yo
quiera hacer.
Mi ejemplo de la lectura no es preciso, pero
se puede trasladar a un hecho práctico: una persona ayuda a otra necesitada
para que sus vecinos lo miren con buenos ojos (imperativo hipotético), en
cambio, otra lo hace por deber, porque ha razonado que es lo correcto. No hace
falta que tenga compasión, es más, quizás la segunda persona ha tenido un mal
día y está enfadada, tan cabreada que no le apetece ayudar al necesitado, pero
igualmente lo hace porque sabe que tiene que hacerlo. No actúa movido por la
compasión (Kant llama a estas emociones «inclinación». Por otra parte, hay una
foto del glosario del libro en la que sale la definición kantiana de la
«voluntad». Concepto muy importante para leer este libro). Para el filósofo la
segunda opción es la correcta y no la primera. Puede parecer que Kant defiende
una moral fría, pero no crítica los buenos sentimientos de las personas siempre
que reconozca su deber.
En la página 20 escribe que «yo nunca debo
proceder de otro modo salvo que pueda querer también ver convertida en ley
universal a mi máxima», es decir, actúo según leyes que sean universalmente
buenas. Un ejemplo sencillo: voy a pedir dinero a un amigo sabiendo que no se
lo puedo devolver, pero voy a mentir asegurando que lo haré cuando sé que
miento. Si traslado esta acción para todos es evidente que no habría confianza
entre las personas.
En las páginas 47 y 48 escribe que «el
imperativo práctico será por lo tanto este: obra de tal modo que uses a la
humanidad, tanto en su persona como en la persona de cualquier otro, siempre al
mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio». La moral no puede
basarse solo en lo que a mí me gustaría que me hicieran, sino que tiene que
apoyarse en un principio racional que pueda valer para todos. Kant va más allá
del tópico «lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas tú a los demás».
No defiende que nunca podamos utilizar a otra persona como medio (si pago a un
fisioterapeuta para curar cualquier dolor del cuerpo lo estoy utilizando como
medio), porque es imposible. Lo incorrecto es olvidar que toda persona tiene su
propio fin, su capacidad de decidir. No se debe instrumentalizar a esa persona
machacando su autonomía. No puedo pagar al fisio para la rehabilitación de los
tendones de mi hombro y luego aprovecharme de él para que escriba este texto.
Lo he intentado, pero me ha dicho que tengo que respetar nuestro trato y que no
le engañe, porque, entonces, no respeto la dignidad humana. Y tengo que
respetar la dignidad de todo el mundo, incluido la mía, así que, sería un golpe
a mi dignidad si yo voy a una entrevista del trabajo y el responsable de
Recursos Humanos me contrata para hacer un trabajo que, luego, resulta que me
responsabilizo de otras tareas que no se me dijo en la entrevista, o me obligan
a hacer horas extras sin cobrarlas bajo amenaza de despido si no lo hago. Me
parece que casi nadie ha leído a Kant. Yo tengo derecho a defenderme, sin
embargo, según Kant, tengo que hacerlo sin negar la dignidad del responsable
que me ha engañado.
Un poco más adelante sigue «un reino de los
fines» (buen título para una novela) en el que se práctica «la idea de la
voluntad de cualquier ser racional como una voluntad que legisla universalmente».
Cada individuo actúa como miembro de una comunidad de seres racionales que se
dan una ley moral universal. Cada persona tiene la capacidad de razonar que
leyes pueden ser universales o no, morales o no. No se limita a obedecer leyes
morales externas como un borrego, sino que es capaz de reconocerlas mediante su
propia razón. Que se actúa con moralidad no significa que obedezca una norma
externa ni se inventa una regla en la que sale beneficiado, sino llegaría el
caos. Cada persona se reconoce como autora y destinataria de una ley moral que
debe ser válida para todos los otros seres racionales. Kant llama a este
concepto «autonomía». Luego está la «heteronomía», que es cuando la voluntad
recibe un principio externo que le beneficia personalmente, regresamos al
imperativo hipotético.
Las últimas páginas del libro el alemán
reflexiona sobre la libertad y su relación con la obligación moral. La libertad
no consiste en satisfacer los deseos de uno mismo, sino en poder orientar la
voluntad mediante la autonomía de la razón. Sin embargo, el filósofo reconoce
que la libertad no se puede demostrar que exista. Tenemos que suponer que
existe desde el punto de vista práctico para comprendernos como agentes
morales.
Hay otros conceptos de los que no escribo
para no alargar el tema, el tema de la voluntad es importante, pero aquí está
la base de «Fundamentación para una metafísica de las costumbres», que lo he
leído por la escritura de mi última novela. Si ha sido útil eso es algo que el
tiempo y vosotros diréis.
Hace
casi un año que Alfaguara publicó «A
la sombra de las muchachas en flor» de Marcel Proust, es decir, el segundo tomo
de «En busca del tiempo perdido». Mercedes López–Ballesteros es la traductora.
Tanto la edición como la traducción son trabajos impecables.
Es la segunda vez que leo «A la sombra de las
muchachas en flor», y sigue pareciéndome una lectura compleja, sin embargo, si
uno aprovecha su tiempo libre y se centra con mucha atención —en muchas
ocasiones he ido a la biblioteca para no distraerme, y leía con un lápiz para
analizar página por página o hacer dibujos— puede seguir las ideas proustianas
y sus complicada prosa en la que, como todos sabemos, casi no hay oraciones
subordinadas, porque la novela es una oración en sí misma. El libro «Siete
conferencias sobre Marcel Proust» de Bernard de Fallois (Ediciones Subsuelo,
2022) ha sido mi Cicerón para no perderme en el bosque proustiano.
Proust escribe con ironía. Por ejemplo: M. de
Norpois crítica con dureza al escritor favorito del narrador, Bergotte, y
expresa sus opiniones literarias, ahora bien, estas chocan con la estructura de
«En busca del tiempo perdido», en otras palabras, Proust está escribiendo una
prosa diferente a las ideas de M. de Norpois, que confunde el juicio social con
el artístico. Nos saltamos unas cuantas páginas para ir al momento en el que el
narrador, en casa de Swann, conoce a Bergotte. En un principio, al conocerlo
queda decepcionado, ahora lo ve como una persona normal. Se pregunta cómo ha
podido ese hombre escribir unas obras que le emocionan tanto, entonces,
comprende que su interpretación de dichas obras son un producto de su
imaginación, pero no le quita el mérito que, un hombre corriente que dice
tonterías en la mesa como nosotros, haya escrito una obra maestra. El narrador
concluye que las grandes obras no son escritas por genios, sino por la
dedicación del escritor o su método de trabajo. Hay más reflexiones
interesantes, pero, entonces, escribiría otro libro.
El amor es otro de los grandes temas de «A la
sombra de las muchachas en flor». El narrador ama a Gilberte, hija de los
Swann. Son amigos, durante un año el protagonista acude a su casa para merendar
o pasear con toda la familia. Cuando nuestro joven amigo tiene claro que es un
pagafantas decide no ver más a Gilberte. Aquí entramos en su caos mental, yo
tuve que retroceder y leer varias veces sus reflexiones para entender qué le
pasa a este chico, en fin, el narrador al principio está convencido de que
Gilberte, tras sufrir mucho por no verlo, se enamorará de él. Entonces,
entiende que mientras ella cambia él también puede cambiar, es decir, podría
suceder que cuando Gilberte se enamore nuestro amigo ya no sienta nada por ella.
«Gilberte finalmente vuelve hacia nosotros justo cuando nosotros ya somos
indiferentes», escribe el narrador, que llega a la conclusión de que el corazón
no quiere esperar el tiempo necesario para que una persona cambie sus
sentimientos. El deseo es impaciente, voluble, y siempre quiere más, nunca
queda satisfecho del todo. Y tiene más reflexiones: tras mucho pensar es
consciente de que cuando ya no ame a Gilberte tendrá otra lectura,
interpretación, de su pasado, es decir, su yo de ese hipotético futuro
recordará al yo enamorado de Gilberte de una forma que no lo era realmente. El
yo que recuerda no es el mismo que el yo que vivió la experiencia, por eso, el
narrador indiferente cree que hubiera quedado satisfecho con una relación con
Gilberte, pero no es así, porque, entonces, recuerda que el deseo tiene una
querencia que dura más que la lectura de «En busca del tiempo perdido», y no se
habría sentido del todo satisfecho por mucho cariño que hubiera recibido de
Gilberte. Vamos, lo tiene todo clarísimo. Y para que veáis que no soy un pesado
no voy a escribir sobre Odette, que es una de las protagonista de la primera
parte del libro, «En torno a Mme. Swann», aunque, sinceramente, las páginas en
las que el narrador describe la vida social de Odette o cómo vestía son los
momentos que menos me han llamado la atención de este libro.
La segunda parte es «Nombres de lugares: el
lugar». El narrador va a veranear con su abuela al pueblo costero ficticio
Balbec —basado en Cabourg— en el que conoce a varios personajes interesantes,
como a la marquesa de Villeparisis, que es la tía abuela de Robert de Sant–Loup
y tía del barón de Charlus. Este último se llama Palamède de Guermantes y es hermano
de la madre de Robert, María, la condesa de Marsantes. El tío y el sobrino son
dos personajes excepcionales de «En busca del tiempo perdido». Todavía es
pronto para hablar del barón de Charlus, porque es un personaje que explota en
los siguientes volúmenes, pero Sant–Loup destaca pronto. Él es un joven
apuesto, inteligente y está enamorado de una actriz que se aprovecha de él.
Nadie de la familia Guermantes aprueba esta relación, pero él sigue. Sant–Loup
lee a Proudhon y critica a sus familiares aristocráticos, sin embargo, tiene
una necesidad por el reconocimiento y las convenciones sociales. El narrador de
la novela quiere a Robert (páginas 380 y 381), pero descubre que su manera de
vivir la amistad está condicionada por el amor propio, la necesidad de sentirse
importante para el otro. Según el narrador, la presencia de un amigo al que
admiramos puede convertirse en una exigencia que nos impide disfrutar de su
compañía. En cambio, cuando el narrador está solo puede dejar que sus
pensamientos sigan su curso sin preocuparse para agradar. Más adelante (páginas
388 y 389) nuestro protagonista llega a la conclusión de que cuando
justificamos los defectos de un amigo lo hacemos solo para seguir apreciándolo.
Si repetimos con este vicio corremos el riesgo de no ver cómo es realmente el
amigo. Sin embargo, hay más, el narrador recibe un critica dura hacia su
persona de Bloch, un amigo bastante cabroncete durante toda la obra, y esto le
hace reflexionar que duele descubrir que una persona no te aprecie tanto como
creíamos, por otra parte, lo que más hiere es comprender que no somos para los
demás el tío guay que creíamos ser. El narrador no niega la amistad, pero duda de
nuestros sentimientos, de lo que sienten los demás y de la imagen que
proyectamos.
El protagonista regresa a hablar del amor
cuando ve a unas muchachas misteriosas haciendo gamberradas por Balbec. Él
queda fascinado por todas ellas, en su magín el deseo es fuerte y reflexiona
que este sentimiento insaciable no es por las chicas en sí mismas, sino de su propia
imaginación, es más, el deseo puede morir una vez las conozca, aunque reconoce
que no siempre es así. En las páginas 455 y 456 leemos la preciosa metáfora de
las flores, en la que el narrador dice que las muchachas son como unas flores
que aparecen en la naturaleza; algo bello, raro, espontáneo y difícil de
alcanzar. Creo que el título de este volumen tiene algo que ver con este
fragmento. Estas reflexiones las encontramos a lo largo de la lectura, un poco
más adelante (página 477) se dice a sí mismo que el amor no es falso, sino una
verdad de la experiencia subjetiva.
En un restaurante conoce a un gran pintor,
Elstir, que más adelante, casualmente, es amigo de las muchachas. Cuando el
narrador está en la galería de Elstir conoce a una de las muchachas, Albertine,
y luego está le presenta a Andrée, Rosemonde y Gisèle. Nuestro amigo es un
nuevo miembro del grupo y se van juntos de excursión. El narrador se siente
atraído físicamente por todas ellas, aunque este interés está mezclado con una
curiosidad por saber cómo son y el proceso de conocerlas es una placer, es el
placer proustiano. Observar a las muchachas le provoca un placer estético,
contrario a sus rutinas que le provocan placer intelectual. Aquí el narrador reflexiona
con sinceridad y expone sus contradicciones. Poco a poco descubre que las
relaciones personales satisfacen distintas necesidades y que, en ocasiones,
admira la conversación inteligente con su amigo Robert, y, otras, prefiere la
compañía con un marcado carácter superficial, pero placentero a un nivel
sensible. Y, como tercera opción, el narrador defiende la soledad creadora del
escritor para conocerse a sí mismo, sin embargo, necesita la aprobación de un
amigo. El narrador está descubriendo, aunque, todavía, no lo formule de manera
explícita, que la vida intelectual, la amistad y el deseo obedecen a lógicas
diferentes; y que el ser humano no consigue armonizarlas fácilmente. Poco a poco
se irá centrando en Albertine hasta que cree que se enamora de ella, pero no
inician ninguna relación amorosa. En invierno las muchachas se van de Balbec,
en cambio, nuestro protagonista aguanta un poco más.
Proust escribe una obra maestra. Es
impresionante la forma que tiene de mostrarnos las contradicciones del narrador
y sus inseguridades. ¿Qué escritor no se ha preguntado, en muchas ocasiones, si
vale la pena todo el esfuerzo de escribir y leer? ¿Qué persona no ha tenido
dudas de amar igual que las del narrador? El miedo a descubrirse, de decepcionar
a los demás, del orgullo propio, etc. Y el tiempo como telón de fondo durante
este libro y toda la obra. El tiempo es el canal en el que cambia nuestra conciencia
de los recuerdos.
Quedan muchos detalles que analizar, pero la
mejor manera de hacerlo es leyendo a Proust.
«La mort a Venècia» (1913) és el primer
llibre que llegeixo de Thomas Mann. És una novel.la amb un ritme lent, plena de
reflexions, la trama és secundaria. No és un llibre que agradarà al lector
aficionat a una literatura més moguda. L'altre polèmica es la denúncia de
pederàstia, no obstant això, no estem davant un llibre com «Lolita», perquè el
personatge principal —Gustav von Aschenbach, escriptor que té cinquanta anys—,
s'enamora de Tadzio, un adolescent polonès que té catorze. Però, millor,
començar pel principi.
Aschenbach és vidu i té una filla. És un
escriptor amb certa fama, tota la seva vida s'ha reprimit, ha sacrificat els
seus sentiments venent la imatge d'un home seriós i disciplinat. Quan decideix
viatjar a Venècia està esgotat física i psicològicament. Pateix una crisis
artística, durant moltes pàgines el narrador en tercera persona descriu els
seus pensaments sobre l'art i l'estètica. Venècia és un personatge més de la
novel.la que influeix, com el clima, a l'ànim del protagonista. Quan coneix
Tadzio queda abstret, al principi intenta convèncer–se que l'atreu estàticament,
fins que, segons passen els dies, s'obsessiona pel polonès. Poc a poc sabem com
l'alemany, interiorment, trenca la reprensió que ell mateix s'havia impost. Pels
carrers venecians persegueix d'amagat a Tadzio i als seus germans, o va a la
platja només per veure com el jove juga a l`aigua. I, poc a poc, la ciutat
queda cercada pel còlera. Un treballador de l'agència adverteix a Aschenbach i li
aconsella que marxi de Venècia, però ell no pot deixar a Tadzio, encara que no hagin
parlat mai.
L'escriptor ha traspassat el seu tarannà apol·lini,
i ara es una persona dionisíaca. Aquests conceptes de Nietzsche són importants
per entendre «La mort a Venècia». Altres autors que influeixen en Thomas Mann
són Plató i Freud. Del psicòleg destaca la lluita de les emociones reprimides
que, finalment, en el personatge exploten. I del filòsof hi ha una imitació del
diàleg de «Fedre» en què Aschenbach es qüestiona si l'artista només pot viure
de la bellesa per executar la seva obra, si una persona només pot viure de la
voluptuositat que provoca el sentiment dionisíac. Al final del llibre no hi ha
resposta, aquesta responsabilitat recau en nosaltres, els lectors. No obstant
això, el narrador ens fa entendre que l'error que comet Aschenbach és viure
radicalment cohibint el seus impulsos, i després viure oposadament. El terme
mitjà és la resposta, encara que és una meta difícil d'assolir.
Alfaguara
publicó hace una semana «Aquí me
paro» de Javier Marías. Es una recopilación de artículos que, todavía, no se
habían publicado, por varias razones, en ningún libro. Algunos de ellos solo
habían sido editados en el extranjero. El libro está dividido en diferentes
secciones. Cada sección es un tema, así, en «La emoción desinteresada» leemos
los textos futbolísticos, y, en «Los que iluminan el mundo» escribe sobre otros
literatos.
«Aquí me paro» es un libro para los lectores
de Javier Marías. Los artículos son sagaces, divertidos e iluminadores. La
pasión con la que aborda el fútbol y la literatura se transmite al lector y
contribuye a generar una lectura cercana. En cambio, en otros pasajes, nos
encontramos con la figura controvertida de Javier Marías.
Siempre es una buena noticia leer un texto
inédito de uno de los mejores escritores españoles. Muchos lectores te añoramos.
«En «En la orilla» (2013, Anagrama) es la última novela de Rafael Chirbes. Al más puro estilo de Chirbes: reflexiva, cambio de narrador, diálogos entrelazados en el mismo párrafo, monólogo interior cargado de recuerdos, el protagonista recuerda su infancia, la participación de su padre en la Guerra Civil, su relación amorosa con Leonor, las familias corruptas del pueblo y los cambios paisajísticos del pueblo. El paisaje es muy importante, influye en los personajes, y los personajes, a su vez, modifican el paisaje por la construcción masiva de edificios. El principio de la novela, en el pantano Ahmed encuentra accidentalmente un cadáver, es una metáfora de cuánto está podrida la comarca por el capitalismo salvaje que tanto crítica el autor.
Esteban es su protagonista. Él es un
carpintero con su propio negocio heredado de su padre. En los negocios inmobiliarios
invierte su capital y el patrimonio, pero con la crisis del 2008 lo pierde todo,
y se ve obligado a cerrar la carpintería. Su socio, Tomás Pedrós —símbolo de la
especulación—, huye de la comarca y queda implicado en las irregularidades y
deudas relacionadas con la especulación inmobiliaria. Cuando la burbuja explota
intenta escapar de las consecuencias. Su huida es importante porque deja a
Esteban en una situación delicada, después de haber confiado en los negocios en
los que estaba implicado Tomás. Así, la huida de Tomás representa también la
irresponsabilidad de quienes se enriquecieron durante el boom inmobiliario y
dejaron las consecuencias a otros cuando llegó la crisis. Esteban se convierte
en verdugo, porque despide a sus trabajadores que también tienen cabida en la
novela, y víctima.
Esteban es un personaje muy interesante.
Cuida de su padre, pero reconoce que no lo quiere. Es una persona amargada con
una visión pesimista de la vida, lógico en alguien que lo ha perdido todo. A
partir de sus pensamientos conocemos sus relaciones con sus hermanos, casi
inexistente, y sus amistades. Pero su relación con Liliana es la más interesante.
Ella es la asistente de su padre, pero tiene una relación ambigua con Esteban,
que se siente atraído por ella, aunque la cuida como a una hija. Liliana se
aprovecha de esto sin que Esteban sea consciente del todo. Con la crisis la
tiene que despedir porque no tiene dinero para pagarla, pero no se lo explica a
sus amigos ni el despido ni su situación económica. En
conclusión, «En la orilla» es
otro gran libro que merece la pena leer.
«Crematorio» (2007), publicada por Anagrama,
es la primera novela que leo de Rafael Chirbes. Es una novela compleja que nos
pide mucha concentración. Está divida en unos capítulos en los que no
encontramos puntos aparte, solo leemos un largo párrafo que combina las frase
cortas con otras largas marcando un ritmo reflexivo. Los diálogos están mezclados
con las reflexiones del personaje que protagoniza el capítulo, así, Chirbes
consigue que el lector entre en las reflexiones de dicho personaje de una forma
caótica, como son realmente los pensamientos. La trama es secundaria. El autor
utiliza diferentes narradores, desde la primera persona —Rubén— a tercera, pero
este último siempre describe el pensamiento del personaje que trata el
capítulo, por ejemplo: vemos cómo Ramón Collado cae en las manos de Irina o las
reflexiones de Silvia sobre su relación con el arte. Ella es una restauradora.
«Crematorio» es una denuncia social contra la
especulación inmobiliaria. En Misent, un pueblo ficticio del mediterráneo
valenciano, se centra la historia. Rubén Bertomeu es el protagonista, un constructor
que se ha enriquecido con sus negocios inmobiliarios. La novela empieza con la
muerte de Matías, su hermano pequeño, un antiguo comunista que había pasado los
últimos años trabajando en sus campos, denunciado a su hermano por las
consecuencias paisajísticas de sus construcciones. Matías era adorado por la
madre de ambos, incluso por Silvia, la hija de Rubén. Cuando Rubén nos habla
podemos leer entre líneas la envidia que siente por su hermano.
Otros personajes interesantes son Juan —marido de Silvia. Ambos representan la hipocresía de los intelectuales, ambos critican los negocios de Rubén, pero no dan ascos a su dinero. Aquí Chirbes escribe magistralmente la hipocresía de ambos, sus estériles justificaciones y el vacío que sienten y no son capaces de rellenar—, Federico Brouard —amigo de los dos hermanos, escritor, alcohólico. Juan escribe una biografía
La
cremación de Matías es la metáfora de una sociedad que tiene su propia
cremación. Cuando estalló la crisis de 2008 muchos críticos dijeron de «Crematorio» que fue una obra
profética. Para su autor no fue así, porque solo relató lo que él veía y los
demás se negaban a aceptar, como los personajes de este libro. «Crematorio» es
una gran novela, pero excesivamente pesimista, no deja títere con cabeza y nos
deja un mal sabor de boca.
«Vísperas, festividad y octava de San Camilo
del año 1936 en Madrid» (1969) es una de las novelas más ambiciosas de Camilo
José Cela. En «San Camilo, 1936» se explican los días previos al fatídico golpe
de Estado del 18 de julio. Una lectura compleja debido a que la estructura de
la novela parece un caos, diálogos mezclados con la narración del narrador,
saltos de temas sin avisar, no existe separación de párrafos ni puntos ni
oraciones subordinadas, porque Cela quiere transmitirnos el caos social de esos
días. El fujo de pensamientos también es errante, así, el protagonista piensa
en los sucesos violentos de los revolucionarios, y, en la frase siguiente,
leemos sus pensamientos voluptuosos sobre su novia.
No es un libro para estudiar la historia
propiamente dicha, sino para conocer parte de la locura colectiva que vivió el
pueblo madrileño durante esos días. A partir de la intrahistoria de Unamuno
captamos la inconsciencia colectiva de Jung. Con este clima Cela escribe, en un
mismo párrafo, el sincronismo de lo personal y lo colectivo, la vida cotidiana
y la social. Como a don Tomás, que el día en que muere su esposa escucha, en la
radio, que el ejército se ha sublevado en Marruecos. O los funerales de
Castillo y Calvo Sotelo están intercalados con la visita, en los burdeles, de
algunos protagonistas. La repetividad es otra de las claves de esta novela,
para algunos críticos entorpece la trama, y para otros encaja con la
desfragmentación de la novela y la histeria colectiva.
La prima página es muy importante. El
protagonista se mira en el espejo, entonces, se desdobla en el narrador y se
habla a sí mismo en segunda persona. El reflejo muestra a un hombre con miedo,
un reflejo que simboliza la desintegración ética de Madrid. El tío Jerónimo es
otro protagonista importante. Tiene unas ideas alejadas de los dos bandos
extremistas que combatieron en la guerra, es un republicano liberal que
defiende el placer y crítica a sus coetáneos porque se han dejado esclavizar
por las ideologías. En el epílogo hay un excelente monólogo de Jerónimo que
explica con detalle todas sus ideas.