domingo, 17 de marzo de 2019

Esconde a la niña.


Esconde a la niña

Dedicado a Imade.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?

Charles Bukowski. El pájaro azul.

Idara estaba limpiando la habitación de un hotel. Era su tercer día de trabajo, el primero sola. Las dos jornadas anteriores había estado acompañada por Andrea, que era la compañera que le enseñó las labores.
El hotel era de cinco estrellas y estaba ubicado en Barcelona. Las habitaciones eran tan grandes como el piso de un trabajador de clase media. Sus funciones como camarera de piso eran varias: cambiar las sábanas de la cama, las toallas y los productos higiénicos del lavabo; reponer la nevera; limpiar la cafetera; aspirar la habitación y la terraza; además, tenía que avisar de cualquier anomalía a su gobernanta.
Ese día comenzaron muy tarde a trabajar, porque los clientes no salían de sus habitaciones y, lógicamente, no los podían molestar. La gobernanta aprovechó para hablarles de los errores de cada una, pero se alargó tanto que no empezaron hasta las diez y media de la mañana, cuando la jornada comenzaba a las nueve. Y eso que algunos turistas habían salido media hora antes, hecho que le habría ido bien a Idara porque, como era novata, tardaría más en acabar.
Juana, una de sus compañeras, fue a preguntarle cómo le iba sola.
—Bien, gracias por preguntar —respondió Idara.
—Me alegro. Es una pena que hoy tenga libre la supervisora. Ella es buena persona, te habría ayudado.
—Sí, la verdad es que me ha caído bien. Estos dos días ha estado pendiente de mí, aunque Andrea me enseñara. Me dijo que hoy haría seis habitaciones y que cuando fuera más rápida haría las siete.
—Depende. Recuerda que ella es la segunda jefa y que la gobernanta, que es la que manda realmente, puede decir otra cosa. —Juana miró hacia la puerta. A Idara le pareció que estaba nerviosa al hablar de la gobernanta—. Bueno, guapa, voy a seguir con lo mío, que no es poco. Que vaya bien.
Estaba de buen humor a pesar de todas las responsabilidades. Un nuevo trabajo siempre ilusiona, aunque Idara había tenido experiencias negativas en los anteriores hoteles en los que había trabajado como camarera de piso. Las sábanas eran ligeras como plumas; cuando las alzaba parecía que volaban y su caída era un aterrizaje suave. El lavabo había quedado tan brillante como en los anuncios de la televisión y el espejo reflejaría hermosura hasta de la persona más monstruosa del planeta. La aspiradora corría como una moto que la hacía sentir libre y cuando estaba en la terraza el aire le peinaba sus trenzas como si fuera una actriz en una película romántica. Y lo mejor de todo, el cliente había dejado diez euros de propina en la mesita.
Esa nueva habitación, la tercera de la jornada, había quedado perfecta. La gobernanta no podría gritar a Idara, como en la primera, porque habían quedado unas arrugas en la cama que había hecho. La trabajadora estaba en la segunda habitación y la superiora le pidió que la acompañara para ver los errores que había cometido, aunque solo fueran unas simples arrugas, aunque tuvieran que subir una planta y perder varios minutos. Idara no le contestó, porque sabía por experiencias anteriores que estaría indefensa ante la gobernanta.
Cuando limpiaba la cuarta, vio que su niña salía del escondite, y no le gustó. La miró mal, hecho que ignoró la pequeña. Habló a la niña en edo, el idioma de ambas, uno de los muchos idiomas que se hablan en Nigeria.
—Vuelve a esconderte. Te he dicho muchas veces que no salgas. Ya nos hemos metido en muchos problemas en los anteriores sitios. Hazme caso.
La niña no respondió porque estaba deprimida. Se aburría, sabía que no debía salir, pero no podía evitarlo. El aburrimiento era una carga más pesada que el miedo.
—Te entiendo, niña. Perdona por haberte hablado mal. Vuelve, por favor. Te prometo que jugaremos al salir del trabajo. Aquí solo conseguiremos meternos en un follón.
La niña obedeció y se escondió. Idara se tranquilizó, porque recordaba los episodios anteriores en los que la chiquilla había hecho las típicas travesuras de su edad.
Siguió con la faena. Cuando acabó de limpiar esa habitación se fue a comer en la meeting, el lugar donde lo hacían los trabajadores del hotel. En el centro de la meeting había cinco mesas cuadradas juntas, cubiertas por un tapete que parecía un trapo sucio. Las sillas eran desplegables, de esas que se utilizan para la barbacoa de un domingo por la mañana y luego no se sabe dónde meterlas cuando se vuelve a casa. En un lateral había una mesa rectangular con bandejas de comida.
Los operarios de mantenimiento bajaban a las dos de la tarde. Las camareras de piso llegaban las últimas, a las tres y media, y cuando cogían la comida se encontraban las bandejas medio vacías, o vacías completamente. Solían comer ellas solas. Ese día estaban Idara, Andrea, Juana, Fátima, Osayi, Amaya, Tatiana, Lorena y Martina. Eran de varias nacionalidades. Laura era la única española, lo cual no significara que no se entendieran en castellano.
—¿Cómo ha ido el primer día sola? —preguntó Andrea a Idara.
—Bien, pero estoy cansada.
—Siempre estarás cansada —dijo Laura.
—Para lo que pagan —protestó Juana.
—No solo es eso. La jornada es de seis horas, pero llevamos más de seis. Ahora bajamos a comer y tenemos que terminar en menos de veinte minutos…
—Y yo fumo, Amaya. Tengo que comer en menos de quince.
—Ya, Juana.
—Perdona que os interrumpa —dijo Idara—. ¿Cuándo tardasteis en firmar el contrato?
—Tres meses —respondió Andrea.
—Es mucho.
—Sí, Idara.
—No es justo que curremos sin firmar el contrato —dijo Lorena.
—No. Nos dan de alta en la Seguridad Social y el contrato no lo vemos en meses. En su momento me putearon porque yo vivía con mis padres y quería vivir con mi novio. Tardé un huevo en poder alquilar porque no tenía el puto contrato.
—¿Y el de tu novio? —preguntó Fátima a Amaya.
—También tiene una mierda de trabajo.
—A mi marido lo han despedido. Ahora cobra del paro. Si no consigue curro alquilaremos una habitación, la del niño, y él dormirá con nosotros.
—Fátima, te pasa como a mí. Los viejos están en nuestros países y aquí nadie nos puede echar una mano. Este sueldo no ayuda, pero algo es algo. Tengo que aguantarlo como sea, a pesar de que nos traten como a una mierda —habló, por primera vez, Tatiana.
—Cobramos seis cientos treinta euros, con las pagas dobles prorrateadas, y las horas extras no nos la pagan. Cobraríamos más si fuéramos contratadas directamente por la empresa, pero somos subcontratas y así hacen lo que quieren con nosotras —dijo Martina.
—Eso pasa en todos los hoteles. Yo soy nueva aquí, pero he estado en otros, aunque no de cinco estrellas como este. Uno era de cuatro y allí, para limpiar una habitación, tardaba diez minutos si no estaba muy sucia. Pero aquí son tan grandes que hoy he tardado una hora en cada una. Y eso que estaban muy decentes, poco había que hacer…
—Yo llevo un año y tardo cuarenta minutos, más de una hora si hay mucha mierda —interrumpió Andrea.
La conversación finalizó por la aparición de la gobernanta. Solía comer con las empleadas, era insólito que ese día no lo hiciera. Nadie lo comentó e Idara sabía el motivo: ninguna se atrevía a hablar de la gobernanta ni a sus espaldas.
—Escuchad chicas —empezó a hablar con suavidad—. Llego tarde para comer porque he estado reunida con la empresa. Los de arriba han decidido que, a partir de mañana, no nos entrará la comida. Me incluye hasta a mí. Si queremos comer, a partir de mañana, tendremos que traer de casa lo que sea. Yo no estoy de acuerdo con esta decisión, pero no podemos hacer nada. La empresa dice que no le salen las cuentas. Además, vuestro contrato es de seis horas y la ley no obliga a que os den de comer. Solo nos afecta a nosotras. El hotel no tiene nada que ver. La empresa de mantenimiento, por poner un ejemplo, no dejará a sus operarios sin comer, solo la nuestra.
Se hizo el silencio durante varios segundos, que para Idara fueron interminables. Pensaba que tenía mala suerte, al sufrir los recortes de la empresa en su segunda jornada. Sabía que nadie reivindicaría sus derechos delante de la gobernanta, ya lo había vivido en sus trabajos anteriores. Las palabras duras que había escuchado antes de que llegara la gobernanta, no iban a pronunciarse de nuevo.
Idara también estaba callada, pero habló la niña, como en las anteriores ocasiones que la joven había vivido episodios similares. La intentó amordazar, porque había tenido problemas, incluso la habían despedido, por las palabras de la niña, aunque al final desistió, como siempre.
—¡Es más que injusto! —dijo indignada—. Llevo dos días aquí y ya he hecho tres horas más cada día, cuando en la entrevista me aseguraron que haría seis horas y limpiaría siete habitaciones. Pero es imposible limpiar siete en seis horas porque son muy grandes. Para colmo, ahora nos quieren dejar sin comer, y así tardaremos más porque no tendremos fuerzas.
—No me has escuchado, niña, he dicho que podemos traer la comida de casa —respondió la gobernanta.
—¡Claro! Una llega reventada a casa y tiene que cocinar para la cena de esa noche y la comida del día siguiente. Si no nos dan la comida, lo que tenemos que hacer es largarnos a nuestra hora. Si son seis horas, son seis horas. Y la ley obliga a la empresa a que tengamos un pequeño descanso. La habitación vale seis cientos euros por noche, nos merecemos cobrar más. Seguro que el hotel seguirá pagando a la empresa y esta se quedará con la pasta.
—Eso no es así. Podrás comer lo tuyo, pero rápido, porque la empresa se queja de que sois lentas. Esa es otra razón de por qué os la quita. Y tú, Idara, eres de las más lentas.
—Voy muy rápida para ser nueva.
—Más que currar, hablas rápido, niña. Si abres tanto la boca irás a la calle. Hay muchas que entrarán encantadas y con los labios cosidos —dijo la gobernanta.
—Eso sí que tiene gracia. No he firmado ni el contrato y ya quieres enviarme al paro. ¿Cuándo firmaré mi contrato?
—¿Qué te dijo la que te hizo la entrevista?
—Que esta semana vendría alguien de la empresa al hotel para que firmara.
—Ya… —Rio la gobernanta.
—¿Y para qué quieres el contrato? —preguntó Amaya con la misma indignación que cuando hablaba de su caso.
—Escucha, niña, ya estoy harta de esta conversación. Que sea la última vez, Idara, que traes a la cría al curro. Mira a tus compañeras, ninguna la ha traído. Yo estoy más cabreada. En mi contrato está escrito que me entra la comida y ahora no sé de qué coño me sirve. No te lo volveré a repetir: la próxima vez que traigas a la niña, aunque no monte una escenita, vas a la puta calle.
La niña, por fin, obedeció y se resignó como un adulto. Idara no acabó de comer y se fue a trabajar. No quería estar más en la meeting con la gobernanta.
Cuando estaba limpiando la quinta habitación se dio cuenta de que Osayi, que era su paisana, no había hablado ni antes ni después de la llegada de la jefa. Daba la impresión de que su compañera había escuchado el pensamiento, porque entró segundos después. Hablaron en el idioma de ambas, el edo.
—Me ha dicho la jefa que hagamos juntas una habitación, porque el cliente tiene el cartel de «no molestar» en la que me toca a mí.
—Supongo que las dos tendremos que hacer esa luego.
—Sí, paisana.
Idara hacía la cama y se encargaba del dormitorio y Osayi limpiaba el lavabo. Después de tanto trabajo, las sábanas pesaban como un muerto y la aspiradora costaba tanto de empujar como un mueble lleno de ropa. Para colmo, no había propina. Idara acabó antes que su compañera y fue a hablar con ella.
Entonces vio a su paisana hablar con su niña. Osayi le decía que ya quedaba poco para irse de ahí y le agradecía que se hubiera escondido cuando la niña de Idara salió enfadada.
—A mí también me apetecía —respondió la niña.
—Sí, pero tú no eres una mimada como la niña de Idara. Se ve con claridad que mi paisana la permite cualquier capricho.
Osayi se extrañó cuando vio que se escondía de nuevo. Se giró y vio a su compañera con cara de pocos amigos. Le pidió disculpas. Idara, tras pensarlo unos segundos, las aceptó. Esta última pensaba que no valía la pena enojarse por cualquier acto hipócrita de quien fuera. Por esa misma lógica no dijo nada a Amaya, no valía la pena ni comentarlo.
—Así que te vas de aquí. ¿Lo sabe la gobernanta?
—No, paisana. Mañana lo sabrá.
—Pero mañana no vienes.
—No. Estoy harta de estar aquí. Tú deberías hacer lo mismo.
—¿Por qué? —preguntó Idara con curiosidad.
—Porque tú no necesitas estas cuatro perras como nosotras. Tú tienes más suerte. Lo constaste ayer. Eres una negra afortunada.
—Me enamoré del hombre adecuado.
—Sí, paisana, un español que trabaja en una fábrica y que cobra mucho más que nosotras. ¿Tanta falta os hacen estos seiscientos euros?
—Osayi, ¿acaso no recuerdas que te dije que tenemos dos hijos? Tú sabes que mantenerlos es muy caro. Queremos que vayan a buenos colegios y eso solo es posible pagando. Con el sueldo de mi marido no llega para todo. Podemos pagar los estudios y las actividades extraescolares con el dinero que yo gano.
—Ya, te entiendo. Yo no puedo hacer ni eso. Mi marido curra también en una empresa de limpieza. Él está bien porque limpia en una fábrica. Gana más que yo, pero no llega a los mil euros. No pasamos hambre, pero la vida es muy cara. Además, enviamos dinero a la familia que vive en Nigeria.
—Esa es otra razón por la que trabajo —dijo Idara—. He enviado currículums a empresas como las de tu marido, pero no me llaman.
—A mí tampoco y eso que él trabaja allí.
—Entonces, ¿no seguirás currando?
—Sí, he conseguido otro. Voy a limpiar la concejalía de mi barrio. El horario es de seis a diez de la mañana. Ganaré poco más de trescientos euros, más dos pagas dobles. Pero lo más importante es que hay mucha menos faena.
—Me alegro —dijo Idara.
—Gracias. Espero que tengas suerte y encuentres algo mejor. Si sigues en este mundo te abandonará la niña como a las demás. Ya has visto cómo están de amargadas.
—Sí. La verdad es que pensaba que a ti también te había pasado.
—Pues lo ha intentado más de una vez, pero yo la detengo. No quiero acabar como esas desgraciadas, aunque tampoco es bueno mimarla como tú haces, paisana.
—¿Por qué?
—Porque seguro que ya te ha metido en algún problema y lo seguirá haciendo. Aprende a controlarla. Ella tiene que aprender que no puede quejarse por mucha razón que tenga. Tiene que ser falsa como un adulto aquí dentro, para jugar como una niña afuera.
—Sí. Se lo he dicho muchas veces, Osayi, pero no me hace caso.
—No te impones, Idara. A veces hay que ser dura, aunque no te guste…
—¡Estáis aquí, dándole a la lengua, sin hacer nada! —gritó la gobernanta, que acababa de entrar al lavabo buscando a Idara —. Vamos, Idara, a ver qué coño has hecho. Osayi, acaba de una maldita vez.
Osayi no la miró y continuó limpiando. Idara siguió a la gobernanta, que miró con lupa la habitación.
—Ajá. Ven, Idara, mira esto.
Era la mininevera. Había una botella pequeña de whisky rellenada con agua. Había pasado el trapo al frigorífico, pero estaba tan cansada que no se había percatado del engaño del cliente.
—No te puedes fiar de los clientes por mucho dinero que tengan, aunque esto sea un hotel de cinco estrellas —gritó la gobernanta.
—Sí, lo siento.
—No me sirven tus excusas ni que hables ahora tan bajo. Lo has hecho muy mal, tienes que espabilar, pero, para que veas que soy buena persona, te voy a dar otra oportunidad. Eso sí, vas a la puta calle como vuelvas a no acabar tu faena y encima estés hablando con una compañera, ¿entiendes?
Idara no respondió y la niña tampoco. Al cabo de cinco minutos, Idara y Osayi estaban limpiando otra habitación. Al finalizar, la gobernanta supervisaba el trabajo, sobre todo el de Idara.
—¡Oye, tú! ¡Ven! —gritó la gobernanta a Idara.
—¿Qué pasa?
—Mira esto.
—No veo nada.
—¡No es que esté mal la habitación!
—No entiendo.
—Estás recogiendo el carro para irte.
—Sí. Ayer me dijo la supervisora que, al ser el primer día que estaba sola, haría seis habitaciones.
—Lo siento, pero tienes que hacer otra.
—¿Qué?
—Sí, la de un cliente que se acaba de ir. Aquí hay que limpiarlas todas, da igual la hora, los clientes pagan mucho. Tú tienes que hacer siete.
—Ya no puedo más…
—Lo siento.
—Son las cinco y media de la tarde, no terminaré hasta las seis y media por lo menos, y luego tengo que preparar el carro para mañana.
—Así aprenderás. Idara.
—Quiero ver a mis hijos.
—Es lo que hay.
Idara se quedó, se despidió de Osayi y se desearon suerte. Nunca había visto tan sucia una habitación. Había excrementos esparcidos por el suelo del lavabo, semen en la mesa, el suelo estaba pegajoso por el alcohol y la nevera olía fatal. Idara la abrió y casi vomita al ver, precisamente, un vómito del cliente.
Empezó, aunque ya no tenía fuerzas. Tardó una hora y media. Durante ese tiempo, vio que sus compañeras se despedían. Laura le comentó que esa pocilga era para Juana, pero se había quejado a la gobernanta, que al verla, le dijo que no la hiciera porque era para Idara.
El hedor del lavabo eran unas manos que la estrangulaban. El espejo limpio reflejaba a una joven con la cara de una anciana cansada. Tuvo que fregar el suelo dos veces y el agua del cubo tenía color de excremento. Aspiraba la terraza y el viento enfurecido la fustigaba como si fuera una esclava. No había propina, pero eso ya no importaba.
Cuando acabó, a las siete de la tarde, la gobernanta supervisó todo y reconoció que había hecho una buena labor con tanta basura como había. Y, lo más importante, no había ni rastro de la niña.
—A mí también me joden los cerdos como este último cliente. Yo me he quedado contigo.
—Sí —dijo Idara. Pero la niña pensaba por dentro que ella no trabajaba, solo mandaba.
—No he visto a la niña desde que hemos discutido, muy bien. He sido dura contigo para que no vuelvan a despedirte como en las empresas anteriores. A mí no me gusta, pero es lo que hay.
—Gracias. —Aunque la niña creía que todo era mentira. Su tono de voz era el de la satisfacción de un sádico tras humillar a su víctima.
—Aún eres lenta trabajando. Mañana trae un bocata, así comerás rápido y tendrás más tiempo.
—De acuerdo —afirmó, aunque la niña decía, en voz muy baja, que así la explotarían más.
—Muy bien, te puedes ir, para que veas que no soy tan hija de puta. Mañana ven antes y así puedes rellenar tu carro. Hasta mañana.
—Gracias, hasta mañana. —La niña no dijo nada, porque le parecía inútil.
A las ocho menos cuarto de la tarde, Idara estaba sentada con su niña en el andén de una estación de metro.
—Estoy muy orgullosa de ti, mi niña. Te has portado como una persona adulta.
—Estoy triste.
—Y yo cansada, pero no podemos hacer nada. Estamos solas ante el peligro.
—Nunca te voy a abandonar. Perdona si me he portado mal.
—No tengo nada que perdonarte, mi niña. Son ellas las que están equivocadas, pero son las que mandan. Yo solo espero que no me dejes. Ten paciencia, hay vida después del trabajo, aunque sea una hora, aunque solo sean cinco minutos para jugar contigo y mis hijos. No voy a separarme de ti y voy a cuidarte para que no te separes de mí.
Idara abrazó con una sonrisa a la niña, celebrando que seguir juntas era una victoria para ambas.

L`Hospitalet de Llobregat. Lunes 1 de mayo de 2017.

jueves, 11 de enero de 2018

El sacrificio (tercer fragmento)

5

Los siguientes meses fueron buitres que devoraron al cadavérico matrimonio. Las discusiones, primero, y el distanciamiento, después, fueron gusanos que pudrieron la manzana. Patricia cedió en su vehemencia contra Nico, que no compraba libros, pero sí seguía escribiendo y leyendo a su ritmo. Cada día hablaban menos, cada día se miraban menos, ni de reojo. Llegó un momento en que solo se saludaban al despertar.
El niño todavía era muy pequeño para ser consciente de asistir a un entierro. Los esposos despidieron para siempre a sus alianzas, que cavaron a una profundidad considerable. Quien dio el primer paso en reconocer que ya habían cavado suficiente fue Patricia.
No lo expresó con la saturación emocional de tiempos anteriores. Llevaba tiempo reflexionado, era consciente de que hacía lo mejor para ella y para el niño. Sabía perfectamente que Nico la veía como un obstáculo en su maratón, y todo el mundo sabe que en las maratones no hay vallas para saltar. No expresó todos sus pensamientos, no valía ya la pena.
El abuelo no protestó ni reanimó al muerto, pensaba que así sería mejor para él. Aceptó la custodia compartida, alabó la madurez de Patricia por no intentar robarle a su hijo. Ahorrarse una guerra era liberar al niño de una tensión emocional inmerecida. Por dentro creía que, con esa fórmula, tendría una semana para escribir y otra para estar con mi padre en exclusiva. Se prometió a sí mismo que estaría con Dani en todo momento cuando viviera con él.
Incluso en el tema del piso no hubo discusión, era una propiedad compartida. Los dos se irían a vivir con sus padres, porque necesitaban de su ayuda. La vivienda la alquilarían y dividirían las ganancias a partes iguales. Fue una separación racional, excesivamente racional después de las discusiones. A ambos los tranquilizó no haber estallado en una pelea de reproches, pero también algo les disgustó: ver que su matrimonio importaba tan poco a la otra parte.
En los siguientes días, visitaron por separado a un abogado para iniciar los trámites del divorcio. No tuvieron que tragar más con la manzana podrida. Al estar de acuerdo en todo, fue un proceso rápido. No tuvieron que vivir juntos hasta el divorcio, como hacían muchas parejas por miedo a ser denunciadas por abandono del hogar. Incluso se separaron antes de firmar ningún papel y respetaron los turnos para estar con el niño.
Cuando el abuelo se fue a vivir con sus padres, Daniel tenía tres años y medio. Aun con los trámites del divorcio, Nico no perdió la devoción por escribir y pudo volver a comprar libros. Tuvo unas duras discusiones con los bisabuelos, ellos no querían tanta literatura o lo que fuera, parecía que nadie entendía al escritor.
Al final encontró la solución: arrendó un local cerca de la casa de sus padres, se lo podía permitir con la mitad del alquiler de su piso, y lo convirtió en su despacho. Así, cuando no estuviera con Daniel, estaría escribiendo o leyendo en el local. Dejó algún libro en casa de los bisabuelos para leer cuando Dani viviera con él, para dar ejemplo se decía a sí mismo.
Su padre lo ayudó a pintar y organizar el despacho, era una persona habilidosa con las manualidades. Nico solo miraba o lo ayudaba a llevar alguna herramienta, a pesar de tener veinticinco años menos. Esa semana, el niño estaría con su madre. Trabajaron hasta las ocho de la tarde. Al volver a casa, Nico vio a su antiguo amigo Álex. Se saludaron:
—Cuánto tiempo —dijo Álex sin expresar ninguna alegría por ver a mi abuelo.
—Sí.
—Ya me he enterado de que te has separado.
—¿Cómo lo sabes?
—Vi a Patricia con el niño hace un par de días y me lo explicó. Lo siento.
—Es lo mejor para todos.
—Ya me contó que os lo habéis tomado bien, dentro de lo que cabe.
—Sí. —El abuelo no sabía de qué hablar después de tanto tiempo sin ver a Álex. Tras un silencio incómodo pensó en Toni —. Por cierto, ¿te ha contado Toni que hace un par de semanas lo vi y no me saludó?
—Lo sé.
—Iba con su novia.
—Su prometida.
—Vaya, dale la enhorabuena de mi parte.
—Lo haré.
—¿Y a ti cómo te va con esa chica?
—Bien, vivimos juntos, pero ella no es de casarse. Tenemos claro que vamos a buscar un bebé a partir de ya.
—Muy bien, me alegro mucho por ti.
—Gracias.
—Pues bueno, Álex…
—Sí. —Le cortó rápidamente, porque también quería irse, como Nico—. Nos veremos por el barrio, cuídate.
—Igualmente.
El abuelo, por dentro, agradeció el detalle de Álex al saludarlo, el cual no tuvo Toni, aunque, en el fondo, entendía al segundo. Álex tenía un carácter más bondadoso que el de Toni. Habló con él sin echarle en cara que se había comportado como un mal nacido con sus dos mejores amigos. No entendían que no se comunicara con ellos por el hecho de no compartir la pasión por la lectura. El comentario ficticio siguió. El Álex del magín de Nico le decía que habían pasado juntos buenos momentos. Él podría entender que buscara otros amigos para charlar sobre literatura, ahora bien, sus dos mejores amigos lo habrían ayudado sin tener en cuenta gustos o ideologías. No había entendido que la bondad era el fondo común de las relaciones humanas para que prosperara una amistad o un matrimonio.
Al llegar a su nuevo hogar escribió cómo conoció a sus dos antiguos amigos. Podría decirse que eran sus dos primeras amistades. Nico los vio por primera vez en una academia de inglés, cuando los tres tenían diecisiete años. Mi abuelo no era una persona echada para delante, pero tuvo buena química con Toni y Álex. El primero, sobre todo, era una persona muy alegre y extrovertida, Álex era tranquilo y con un sentido del humor muy fino. Nico entró en el grupo de los amigos de ellos dos, todos conectaron muy bien.
Los dos chicos eran perros rabiosos que ladraban excitados a la noche estrellada de alcohol. Descubrieron un mundo nuevo a Nico, un mundo distorsionado en que se sintió actuar como nunca jamás creyó que lo haría. Sus dos amigos serían dos perros rabiosos, pero él era un caballo silvestre totalmente desbocado en el caos nocturno.
Protagonizó escenas, que incluso a alguien como a Toni, le parecían locuras sin límite. Nico se sentía inmortal por su juventud; bebía ríos de whisky, ron, ginebra, cerveza… o lo que fuera que tuviera su elixir. Ya no era aquel chico del que se reían por sus andares, era todo un bohemio como los modernistas, un artista que descubría nuevos mundos.
Llevaba una pequeña libreta con un bolígrafo, como los malditos, por si tenía una idea que no pudiera esperar al día siguiente para ser escrita, ya que se la podría olvidar. Cuando escribía su reflexión en medio de la pista de una discoteca provocaba centenares de carcajadas, aunque también, en varias ocasiones, fue un buen anzuelo para que alguna bohemia se dirigiera para iniciar una conversación. Como fue un episodio que se repitió en varias ocasiones, Álex y Toni empezaron a imitarlo en diferentes puntos de la discoteca, sino rompían la magia. A ellos no les fue tan bien, no eran auténticos como Nico en ese sentido.
La abuela fue la última chica que fue a hablar así al escritor. Este ya estaba un poco harto de tanta locura nocturna, después de nueve años ya hasta el propio cuerpo pedía una tregua. Los dos se enamoraron, poco a poco dejaron las locuras por una vida tranquila en pareja, la cual llenó muchísimo a Nico. Aunque después se derramó el recipiente del matrimonio, como el de la amistad.
No obstante, esa noche el abuelo recordaba que Patricia tuvo una buena relación con sus dos amigos. Ellos siguieron unos años más con su vida alocada, pero no por eso dejaron de verse, los tres creían que su amistad era muy fuerte.
Primero Nico dejó de ver las amistades menos intensas. Antes de que naciera mi padre tenía tiempo para ver a sus amigos, no mucho, pero cada vez que los veía parecía que no había pasado el tiempo. Todo cambió con la responsabilidad paternal. Desde luego, Nico no echaba la culpa a su hijo, no era cuestión de culpas, sino de varias causas.
Patricia, como sabemos, cambió su sensibilidad por la persistencia del abuelo en publicar su obra. Tampoco podemos olvidar que el escritor perdía muchas horas en conocer a profesionales literarios. Esta etapa empezó con el embarazo de la abuela. Nico creía que ya estaba preparado para profesionalizarse. Sus relatos, antes, como mucho los publicaba en su blog o en revistas digitales desconocidas. Así esperaba los comentarios de lectores anónimos que lo ayudaran a crecer artísticamente. Y a los treinta años consideró que había llegado el momento de publicar, se acabó el juego festivo del veinteañero que ya no era.
Volviendo al tema de la inversión de horas, utilizó todo el tiempo en componer y leer para seguir aprendiendo. Y claro, lógicamente a su hijo también había que dedicarle un cierto tiempo, el suficiente para que lo llamara papá. Nico durante el período de descomposición de sus amistades y su matrimonio, era consciente de que estaba prefiriendo correr la maratón de la literatura a disfrutar con sus relaciones íntimas. Le dolía, le dolía un poco por eso, fue su elección, siempre fue consecuente. Pero realmente quería estar con su hijo, así lo escribió. Ese texto lo guardó toda la vida, nos lo enseñó a mi hermano Agustín y a mí. Mi padre nunca quiso verlo hasta ese momento.
¿Qué sucedió durante ese año con su relación amistosa con Sergio? Este volvió a su antiguo trabajo y abandonó la maratón. Era buena persona, nadie sabe el motivo, pero ayudó al abuelo. Quizás le caía bien, quizás era lástima, quizás creía en su obra, o quizás era una persona sin personalidad, fácil de manipular. Le presentó a un escritor profesional, al que conocía porque habían publicado con la misma editorial.
Para el abuelo fue una alegría que solo podía compararse con el nacimiento de tener un hijo. En ese período, tan complicado para él, estaba escribiendo una nueva novela. Su padre y su madre lo veían sonreír igual que a un beodo cuando cenaban en la mesa. Cuando le preguntaban por qué sonreía solo, sin motivo ni comentario alguno, respondía que era por los cambios positivos que tendría en su carrera como escritor. Iba a adelantar a un grupo importante de corredores. La bisabuela lo desanimaba expresando su duda, pero a su hijo ya no le dolía su nula fe en él. Se había fabricado unas ilusiones perennes.
Aunque, algunas veces, el escritor volvía frustrado del local. Parecía consciente de que no había corrido con todas sus energías. Cuando su madre lo veía llegar con la cara tan larga, no le decía nada. Él se encerraba en su cuarto, entonces ella se acercaba y escuchaba como hablaba solo:
—¡Ya lo sé! Ya lo sé, hoy he escrito fragmentos incoherentes con el resto de la historia. Soy consciente de ello. Pero tú, Preocupación, no te aproveches de ello. Vete de aquí, solo necesito dormir, mañana me levantaré y escribiré mejor al estar descansado. Es sábado, el día de hoy no he avanzado nada, pero no es el fin. No significa que no sea un buen escritor como tú quieres hacerme creer. ¡Te lo demostraré! Y ahora, fuera.
La bisabuela le comentaba a su marido lo que había escuchado. Este le decía que le diera tiempo, quizás estaba estresado por el divorcio. Era delicado sacar un tema como ese a un hombre como Nico. En el futuro conocería  a otra mujer y todo se arreglaría. El bisabuelo no sabía que su hijo, antes del divorcio, ya hablaba con alguien en voz alta, que la separación no era la causa, sino la consecuencia. Lo que pasaba realmente era que al padre del artista no le apetecía afrontar ese problema, nunca se molestó de hablar en mi abuelo.
Sergio presentó a ese escritor a mi abuelo en una cafetería. Hablaron de sus autores favoritos, de la prosa de cada uno. Nico intentó convencer a Sergio para que no abandonara la maratón, aunque el profesional le dio la razón a su amigo. Correr era un deporte de desgaste y lo saludable era caminar.
—Sí, pero corriendo se notan más cambios en el físico —opinó Nico.
—Sí, aunque por fuera, por dentro estás mejor cuando caminas —se defendió el profesional.
—¿De qué habláis? —preguntó Sergio.
Fue el primer choque entre trenes, no el último. El profesional era de escribir con un bolígrafo de color azul, el abuelo con el de color negro. El primero no bebía café, Nico era un cafetero empedernido. El que publicó estaba a favor de un estado literario, el abuelo en ese sentido era un libertario. El primero quería tener razón en todo, en eso ambos coincidían.
—¿Cuál es tu escritor vivo favorito? —preguntó el profesional esperando escuchar un tontería—. ¡Bah! Ese no vale mucho, yo lo conozco, depende excesivamente de la opinión de los demás para atreverse a publicar sus escritos.
—Eso no lo convierte en un mal escritor.
—Un escritor sin personalidad no puede escribir nada decente, es su caso.
—No creo que no tenga personalidad.
—Tú no lo conoces, Nico.
—¿Y tú sí?
—No es amigo íntimo, pero algo sí.
—¿Cuál es tu escritor vivo favorito? —preguntó Nico—. Ahora lo entiendo todo, si te gusta ese inútil no puedes interpretar correctamente al otro —concluyó el abuelo.
—¿Por qué es un inútil?
—Porque exagera su forma de escribir, de tanto embellecer su prosa se convierte en excesiva y gratuita.
—Es una de mis grandes influencias.
—Vaya.
—Así que para ti, Nico, también yo soy excesivo y gratuito.
—No he leído tu obra.
—Ya te digo que escribo parecido a mi maestro, al cual tú has despreciado.
—Despreciado no sería la palabra adecuada —dijo Nico, pensando en que había cometido un gran error al criticar a ese literato.
—¿Cuál es?
—Equivocación.
—Sí, ¿por qué?
—Me he confundido con otro escritor.
—No lo creo.
—Es la verdad.
—Entonces no tienes calidad para publicar en mi editorial. Prueba con una de autopublicación, los propios autores pagan una pequeña edición de dos cientos ejemplares u otra cantidad. También cabe la posibilidad bajo el formato Kindle o Taugus.
—Jamás, yo estoy preparado para ser un profesional.
—Pues nada, Nico. Nunca vivirás de tus escritos.
Fue un jarro de agua fría para el abuelo. No esperaba recibir un golpe tan duro. Tuvo que dejar el sueño de publicar en ese momento, aunque luego recordó que él era el hombre destinado a ser uno de los mejores escritores de todos los tiempos, a que la gente le llamara la atención por la calle para agradecerle los servicios prestados con su literatura. Su amistad con Sergio sobrevivió a la crisis explicada, pero no a la siguiente, que se podrá leer en el próximo capítulo.

6

Nico insistió a Sergio en que aquel escritor que le presentó era un idiota. Seguro que conocía a otro tipo más amable y elegante en su escritura. Su amigo le dijo que tendría que ser más frío y calculador en la conversación. No podía ser tan infantil y soltar lo primero que se le pasaba por la cabeza. El abuelo le dio la razón.
Pasaron varias semanas hasta que Sergio le presentó a otro literato profesional. Nico lo conocía por sus artículos periodísticos en un diario. A decir verdad, lo de escribir solo era un sueldo extra para el periodista, algo que no le gustó al abuelo. Sergio lo convenció para quedar con él porque era un hombre con muchos contactos.
La conversación fue más animada que la anterior, Nico aprendió de los errores de la primera. Hubo una química especial.
—Nico, te recomiendo que entres en la prensa —dijo el hombre.
—¿Cómo? No lo entiendo.
—Sí, escribir en un periódico. Te abrirá muchas puertas, sobre todo si estás en la sección literaria.
—Nunca lo había pensado.
—Pues hazlo. ¿No te has dado cuenta de que muchos escritores son periodistas?
—Sí.
—O al revés —dijo Sergio.
—Tienes que aguantar así unos años, hasta poder ganarte la confianza de autores, editores, etc. Luego presentas tu novela a un concurso en que el sepas que están tus compinches. Les dices que vas a presentarte a tal concurso, por supuesto, son personas de las que tú siempre has escrito bien. No hace falte que les digas nada a la cara, ellos sabrán devolverte el favor. —Acabó la frase guiñando el ojo.
—Vaya… —El abuelo no esperaba que la conversación tomara esa dirección y no sabía qué decir.
—Así es este mundo —dijo Sergio a Nico en un tono con el que le advertía de que no era divertido correr la maratón.
—Así es en todos los mundos de este mundo, Nico. Todo funciona igual, dime a quién conoces y te diré cuántos libros podrás vender, o cuántos CD, o en qué teatros o películas podrás actuar.
—Entiendo.
—Te veo en estado de shock.
—No, no, no te preocupes, estoy bien. Sabía que había que tener contactos, aunque no tantos.
—Si te interesa, primero tendrás que pasarme una crítica literaria de una publicación reciente, de la obra que te dé la gana. Quizás tenga que corregirte algún vicio poético que en un artículo no encaje, espero que no te ofenda.
—Para nada, todo lo contrario, te lo agradezco —dijo reaccionando por fin el abuelo.
—Está bien, yo me tengo que ir, ahora voy a un programa de radio. Si te va bien, también podrás ser colaborador en programas radiofónicos o televisivos. No se cobra mucho, pero algo es algo.
El abuelo se despidió efusivamente de su nuevo amigo, le sonreía como si fuera un verdadero estúpido. Sergio y Nico se quedaron en la cafetería charlando un rato más.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Sergio al abuelo.
—No esperaba para nada ese ofrecimiento. Es raro, siempre he visto a escritores que han empezado de periodistas, nunca había pensado que yo podría hacer lo mismo.
—Te aseguro que también es muy duro.
—Siempre pesimista. —Rio Nico.
—Bueno, soy realista.
—Supongo que son muchas horas.
—Claro, vas a dejar tu puesto de funcionario para ser autónomo y trabajar para varios tacaños.
—No había caído en que…
—Es complicado que seas de una plantilla, a las malas un contrato precario. No sé qué es peor. Te llevaría más horas que tu actual trabajo, ya lo has escuchado, si te va bien irías a la radio o a la televisión. Como puedes imaginarte, entre el desplazamiento y la colaboración es más del tiempo que uno cree en principio. Tendrás poco tiempo para ti, y para los tuyos ni te digo.
—Lo complicas todo mucho, Sergio.
—Es mi opinión, te aseguro que yo soy más feliz ahora. Escribo en mis ratos libres, estoy con mi familia, no necesito nada más.
—No seas tan modesto, ahora publicas tus novelas por Internet y vendes un buen número de libros. Mucha gente te conoce gracias a haber publicado.
—No tanta como crees. Es verdad que va bien la venta de los libros electrónicos, los vendo a cuatro euros y quedan para mí más de tres euros. En la editorial no ganaba tanto por libro.
—Sergio, un editor invirtió su dinero para publicar tu obra, la obra de un desconocido. La librería también se queda un porcentaje importante y, como sea una cadena, quiere aún más. La distribuidora también cobra su porcentaje. Eso no lo ves, es lógico que quiera cubrirse las espaldas. Si hubieras seguido con un ritmo de ventas decente te habría subido tu ganancia.
—No te puedo discutir que un editor arriesga mucho. Es el riesgo de un empresario. Lo que tú hoy has visto aquí es, cómo funciona este mundo, no dejan de ser empresas que contratan a sus trabajadores. La típica política entre personas para subir en la empresa, que si yo me voy con Pascual y el otro con Fulano.
—Así también funciona el mundo público, te lo aseguro. Yo no lo critico, porque así he conseguido vivir bien. Si tuve suerte con el trabajo, puedo construir unas nuevas relaciones entre toda esa gente.
—Lo tienes muy claro.
—Sí.
—Pues adelante, Nico, sigue. Yo no te frenaré ni te molestaré más con mis opiniones. Espero que te vaya bien y para cualquier consejo llámame.
—Gracias.
Los dos amigos se fueron del local. Mi abuelo se fue bastante más tranquilo de lo que había estado durante la conversación con el periodista. La Preocupación del abuelo quedó arrinconada en esa cafetería, la dejó allí y le dijo claramente que no fuera a buscarlo. Esa noche escribió un artículo sobre una novela que había leído recientemente. Tuvo suerte, porque esa semana no le tocaba estar con Dani. Al día siguiente envió el escrito a su nuevo amigo, el abuelo nunca me dijo cómo se llamaba.
El hombre le respondió pidiéndole que también le enviara su última composición. Nico se excitó al leer la petición, sus ojos fueron dos focos intensos de luz de la felicidad que irradiaba. Estaba convencido de la actitud pusilánime de Sergio y le demostraría que se equivocaba.
Quedaron diez días después en la misma cafetería, en aquella ocasión los dos solos. El nuevo amigo fue directo al grano.
—Voy a ser sincero contigo.
—Perfecto. —El abuelo estaba ensayando dentro sí mismo una humildad lo más espontánea posible tras escuchar el elogio
—He leído tu crítica literaria y me ha gustado mucho…
—Gracias. —Sonreía demasiado.
—En cambio, tu prosa no es muy literaria.
—¿Cómo?
—Sí, primero leí la crítica, me dije que eras un tipo que sabía diferenciar claramente un trabajo periodístico de uno artístico. Cuando leí fragmentos de tu novela cambié de opinión, tu don está en criticar obras literarias. Tienes conocimientos, conoces la teoría técnica e incluso has estudiado la historia de la literatura. Conoces a los clásicos y a los grandes de nuestros días. Has trabajado mucho para tener dicha técnica, pero, Nico, el arte es más que técnica.
—Lo sé, y sé que soy una artista de los pies a la cabeza —dijo el abuelo molesto.
—Es normal que uno mismo no juzgue su propia obra con la misma lucidez que lo hace con la de los demás. Nos pasa a todos.
—Supongo…
—De verdad, es impresionante cuántos conocimientos tienes, ni yo he estudiado tanto la literatura. Pero no tienes el genio artístico. Tengo un amigo que es la hostia tocando el piano; interpreta perfectamente a Mozart, Beethoven, Verdi, Bach, incluso a mí también me entras ganas de conquistar Polonia al escuchar las composiciones de Wagner tocadas por él. Pero te aseguro que ese crack no compone ninguna pieza hermosa, nunca lo ha hecho y nunca lo hará.
—Yo no soy ese amigo tuyo, lo que pasa es que se ha autoconvencido de esa mentira —respondió el abuelo enojado.
—No te enfades, Nico. Voy a hablar bien de ti a varios periódicos y revistas. No te faltará trabajo, incluso alguien como tú podría dar conferencias o ser jurado de concursos importantes.
—¡Yo no quiero eso! —Se levantó totalmente fuera de sí.
—Perdón.
—Yo no he nacido para ser un crítico frustrado que no sabe escribir…
—Nico, no es nada malo, eres bueno en algo.
—Yo no quiero ser bueno en algo, quiero ser un gran escritor.
—Solo hay unos pocos en cada siglo.
—Algún día, mi obra será reconocida, algún día seré reconocido como uno de los más grandes.
—Nico, estás desvariando. No eres un veinteañero, espabila.
—¡Ya sé lo que pasa! Has leído mi novela y tienes envidia, no puedes aceptar que haya alguien tan bueno, y eso te da mil patadas.
—¡Estás loco! Olvídate de mí. ¡Conspiraciones contra tu mierda de novela! Ja, ja, ja, un chiste muy bueno. —No dijo nada más, se levantó y se fue.
—¡Vete, vete, vete! No te necesito a ti ni a ninguno de tus amigos, el que vale llegará tarde o temprano a la cima del Parnaso.
Los clientes de la cafetería callaron al unísono y miraron estupefactos la excentricidad del abuelo. Este se dio cuenta de que la Preocupación se había sentado enfrente de él y se reía. Pagó la cuenta y se fueron del local.
En el camino hacia el metro, Nico estaba sudando, no se quitaba de encima a esa pesada. Normalmente ella lo seguía unos minutos, pero luego se cansaba, porque el abuelo tenía una personalidad muy fuerte, o al menos eso pensaba él. Para seguir corriendo en la maratón, o para escalar Parnaso, había que tener mucho carácter, según se decía a sí mismo en ese momento.
La Preocupación le estuvo pisando los talones, tanto que podía oler su hedor. Antes de llegar a casa de sus padres se dio media vuelta, la golpeó y se fue corriendo, escuchando la promesa de ella de que volvería.
Sergio llamó a los quince minutos de que el escritor empezara a leer en su habitación para tranquilizarse.
—¡Cómo te atreves! Nico, no puedes tratar así a la gente. Todo el que es sincero contigo crees que va contra tu obra.
—Es cierto, Sergio. Tú nunca me has dicho eso, entonces tiene que ser porque ves posibilidades en mí.
—Lo que veo es un loco de remate sin solución.
—Me ha enfadado mucho que un periodista vaya de gran conocedor de las letras.
—Ese hombre escribe mucho mejor que nosotros y se ha ofrecido a ayudarte cuando podría haber pasado de ti. ¿No lo ves?
—Quería ayudarme hasta que ha visto que podía eclipsarle con mi novela.
—¡Es increíble! Te dejo por imposible. Nico, no me llames más, ¿me has escuchado? No me molestes más, te faltan varias neuronas. No quiero saber nada de ti.

El abuelo tuvo suficiente esa noche. Se fue a la cama y hasta se le quitaron las ganas de leer. No durmió mal, a pesar del disgusto. 

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