viernes, 10 de noviembre de 2017

El sacrificio (primer fragmento)

El sacrificio

El Lunático, el Enamorado y el Poeta están todos llenos de imaginación.
William Shakespeare. Un sueño de la noche de San Juan.

1

Mis abuelos estaban tapeando en la terraza de un bar con dos amigos. Mi padre era un bebé de dieciocho meses que corría en vez de caminar, jugaba y reía alegrando el ambiente. Toni, uno de los amigos del abuelo, le dijo sorprendido:
—¡Quién te ha visto y quién te ve, Nico! —Así se llamaba mi abuelo.
—¿Por qué? —preguntó deseoso de escuchar por novena vez la respuesta.
—Tú que eras el más loco del grupo y ahora eres todo un padrazo. Cuando teníamos veinte años, o mejor veinticinco, fuiste de los pocos del grupo que nunca tuvo novia. Tú ibas a lo tuyo, no diré más detalles para que nadie se moleste. Y no sé cómo has sido uno de los primeros en ser padre.
—Bueno, Toni. Te recuerdo que a los veintiséis conocí a Patricia. Al año siguiente nos fuimos a vivir juntos, dos años más tarde nos casamos y a los treinta y uno vino al mundo Dani.
Mi padre interrumpió la conversación porque empujaba la mesa, a punto estuvo de tirar las cervezas. La abuela, como siempre atenta, evitó la tragedia. El abuelo rio, hecho que no agradó a su esposa. Sus ojos habrían golpeado a su marido pero, por suerte, no tenían manos.
Segundos después ya no estaba enojada. Ya nadie recordaba el tema de la charla. Álex, el otro amigo, inició un nuevo tema:
—Nico, a veces me pregunto cómo lo haces para poder escribir y cumplir tus responsabilidades paternales.
—No es fácil, Álex. Ahora mismo escribo mucho menos. Aprovecho cuando el niño echa la siesta. Por suerte, ya sabéis que puedo avanzar en el trabajo.
—¿Y es suficiente?
—Para escribir una trilogía, no, pero tampoco sufro por ello. Un hijo da una alegría inmensa, por supuesto que te altera y te enfada, pero son más los buenos momentos que los malos.
—Lo que yo te decía, Nico. ¡Quién te ha visto y quién te ve!
—Exagerado. —Rio el abuelo por el comentario repetitivo de Toni.
—Tienes que estar contenta con Nico, ¿no, Patricia?
La abuela no respondió a Toni. Ella estaba detrás de mi padre, el cual había quitado la pelota a un niño y se había ido corriendo por la calle como si fuera un jugador de rugby. Volvió con su hijo y le estaba riñendo, justo cuando le habló Toni. No entendía por qué dijo tal comentario. No le dio importancia y olvidó el piropo dirigido a su marido al segundo.
Intentó sentar a mi padre en el carro. Dani no paraba de gritar y mover el cuerpo con un nervio digno de un animal enfurecido. Al minuto, Patricia pidió ayuda a Nico, que estaba mirando la escena como si no fuera con él. Entre los dos consiguieron dominar a aquella personita. Fue una victoria pírrica, porque mi padre los golpeó con su arma más violenta: empezó a llorar y a gritar. Su madre quiso aguantar pero, al cabo de minuto y medio, toda la ciudad había escuchado la rabieta infantil. Derramó tantas lágrimas que podría haber subido el nivel del mar. Patricia, nerviosa, lo sacó del carro, y no le quedó otra que correr detrás del ya ruiseñor Daniel.
Sobre las cinco de la tarde, volvieron a casa. Mi abuelo iba a escribir aprovechando que el niño dormía, pero se despertó igual que una sorpresa inesperada. La abuela le pidió que cuidara de su hijo y estalló al ver su mala cara como respuesta.
—Nico, haz algo. Has estado todo el rato en el bar presumiendo de ser un buen padre. Ahora cumple con el ejemplo.
—No he dicho nada.
—Ibas a tu despacho a escribir, te conozco muy bien. Ve a por Dani, estás poco con el niño entre el trabajo y los libros.
—Ahora será mi culpa el trabajar —lo decía mientras agarraba a mi padre y se tranquilizaba.
—Trabajar hay que trabajar. Pero cuando eres padre tienes que hacer sacrificios, no de boca, sino con tus acciones.
—Está bien, está bien, ya estoy con él.
—Yo estoy reventada, me voy a la cama a echarme un rato. Estoy todo el día con el niño.
—Yo te dije que lleváramos a Dani a la guardería, pero tú no quisiste. Has cogido un año de excedencia en el trabajo, te cansas más en casa que en el laboratorio.
—Sí, creí que podría, me equivoqué. Sobre todo porque tú no cumples como muchos otros padres.
—Muchos otros padres están en el bar y yo no —chilló el abuelo. Mi padre se asustó y empezó  a llorar—. Perdona, perdona, Dani, ya está. Patricia, yo salgo poco, muy poco. Casi nunca vemos a mis amigos, tú ves más a menudo a tus amigas que yo a los míos.
—Sí, pero no es culpa mía. Tú te quedas en casa leyendo y escribiendo. Además, lo poco que sales últimamente, lo haces con otros escritores para darte a conocer. Yo salgo con el niño para despejarnos. No puedo estar todo el día metida aquí. Es bueno que vaya al parque.
—Yo voy siempre al parque con Dani.
—No aguantas tanto como yo. Además, anteayer te vio una vecina leyendo mientras columpiabas al niño. No tienes razón y se acabó la discusión. Despiértame de aquí una hora. Hasta luego, mi vida —dijo al niño.
Mi abuelo intentó dormir al niño cuando la abuela ya soñaba, no lo consiguió. El bebé pedía unos CD para abrir las cajas y estrellarlos contra el suelo. Nico en esos momentos recordaba lo fácil que era cuando era un recién nacido. Fácil, porque por la noche, era Patricia quien se levantaba para dar de mamar al bebé. Durante el día él estaba más encima de su hijo, lo cogía hasta que se dormía paseando por el piso como si fuera por la Rambla. Hablaba a mi padre para dormirlo, antes le comentaba el libro que había leído en ese momento o lo que estaba escribiendo. Incluso alguna vez, cuando estaba despierto, le recitaba algún poema de sus artistas favoritos.
Eso ya era agua pasada, pensaba el abuelo. Dani ya era un niño travieso, que dormía menos de dieciséis horas. Estaba en la edad en que el mundo era una ventana enorme con diferentes vistas. Suerte que, normalmente, a las diez de la noche dormía, o incluso antes, en su cuna. Así aprovechaba para escribir.
Pero ¿qué escribía el abuelo? Básicamente sobre las relaciones humanas, según él. Para el resto de la humanidad su prosa no era tragedia, ni drama, ni comedia, ni tragicomedia, ni ironía. A sus treinta dos años no era conocido en España, ni siquiera en su calle.
La abuela, cuando conoció a Nico, veía con buenos ojos que fuera tan pasional con la escritura, él odiaba decir que escribir era su hobby. Cuando nació mi padre, ella no entendía que esa pasión le quitara una milésima de segundo a su deber paternal. A Patricia le gustaba leer y con la ansiedad de la experiencia de madre primeriza lo dejó. Regresó al vicio cuando ya estuvo más relajada.
Tal hecho todavía no lo sabía el abuelo, ser adivino no era una de sus virtudes. En ese momento, que jugaba con Daniel, pensaba que era una lástima que una persona inteligente como Patricia no leyera, ¡ni siquiera leía sus composiciones!
Patricia trabajaba de responsable en un laboratorio de residuos, era química. Cuando mi padre cumplió un año pidió la excedencia, así que sí, seis meses le quedaban aún para volver a trabajar. Y lo echaba de menos, consideraba que fue un error por su parte, sentía haber perdido su vida. Creyó que le encantaría, pero no resultó así. Eso no significa que todos los momentos fueran experiencias negativas, ni mucho menos, era complejo de explicar, y su marido no lo entendía porque no estaba todo el día con el niño. Para Nico, el trabajo de su mujer era bueno, pero sin pasión.
Él, por el contrario, era funcionario, trabajaba en el Ayuntamiento de su ciudad, L`Hospitalet de Llobregat. No era el funcionario trabajador como el médico, profesor o policía, no, era el típico funcionario del que todo el mundo se quejaba que cobraba por no hacer nada. Él se justificaba para sí mismo de que su trabajo era un abanico para su tiempo artístico, ya que podía escribir en horario laboral. Aprobó las oposiciones por la promesa de un primo suyo de que lo colocaría en el Ayuntamiento, y así fue. No trabajaba de cara al público, sino en unas oficinas que producían a un ritmo más que lento.
No era suficiente, a pesar de su dedicación artística en el trabajo. Nico se llevaba sus escritos a casa. Cuando no podía escribir, se torturaba mentalmente cuando hablaba con Patricia o jugaba con Dani. Escribía en su cerebro caóticos párrafos y algunas bellas frases. En más de una ocasión, por miedo a perder una metáfora lúcida, la escribía en la aplicación de escritura del teléfono móvil.
Esa tarde Dani lloró cuando su padre lo ignoró porque estaba escribiendo. No lloraba a causa de que su padre estuviera en otro mundo, sino porque quería el móvil. A medida que pasaban los segundos, aumentaba el tono, tanto que despertó a la abuela.
—Nico, ¡ya estás escribiendo! —El abuelo calló, Patricia lo vio con el teléfono en las manos—. Eres muy egoísta, no piensas en mí.
—Lo siento, amor. Tenía una frase muy buena.
—¿Tanto como para joder a tu mujer?
—Lo siento.
—No me sirve que lo sientas, lo volverás hacer.
—Vete a la cama, no tocaré más el móvil, ni nada con lo que pueda escribir o leer.
—Ya me he despejado.
—Lo siento.
—¡Vete a la mierda!
La abuela se tranquilizó al cabo de unos cuantos minutos. Se sentía saturada, su marido no entendía que las musas estaban enamoradas de otro. Ella nunca lo desanimó para escribir, ahora bien, siempre fue sincera y le dijo que no tenía el don literario. Nico nunca la escuchaba, su esperanza era un vidrio que no quebraba.
Hay que saber que mi abuelo pretendía vivir de la literatura, pretendía publicar su literatura, pretendía hacer un favor a la humanidad vendiendo su prosa. Estaba convencido de que, algún día, sería entrevistado en la radio, en la televisión o en la prensa, que su persona sería tomada seriamente por los lectores.
Cuando mi padre era un preadolescente preguntó a su madre por qué Nico era tan testarudo. Mi abuela le respondió que el origen del mal era en la educación que recibió de pequeño. Mi bisabuela anuló la autoestima del chico, hiciera lo que hiciera lo desanimaban, lo llamaban tonto cuando se equivocaba y no lo animaban a superarse como persona. Además, era una mujer excesivamente protectora, lo cual no ayudó.
Nico tenía una vida social tan amplia que se quedaba estudiando los fines de semana en casa. Así descubrió la lectura, a pesar de que había tentaciones suculentas para un chico de su edad. Leer era como tener un diálogo con el autor, ambos hablaban y discutían sobre ese tema. Era el amigo que siempre le faltó.
Fue un adolescente que no estuvo tocado por la elegancia deportiva, la cual daba popularidad en el instituto, como todos sabemos. Fue víctima de burlas por parte de sus compañeros de clase o del centro. Su defensa era agilizar su inteligencia para humillar a esa gente. Desde aquella época, siempre tuvo que demostrar constantemente su virtud, demostrar que sabía mucho.
Con los años quiso expresar sus sentimientos y reflexiones, en el hogar familiar no podía, porque no lo tomaban en serio. Con los años la consecuencia fue que Nico tuvo grandes sueños en ser reconocido como un gran escritor. No era simplemente que pudiera vivir de sus escritos, no, tenía que ser recordado como uno de los más grandes. Por desgracia, su talento era un tiburón que no se movía.
Y ahí estaba Patricia, tranquilizándose poco a poco esa tarde, esperando ver el milagro de que el sueño de Nico se derramara. Pero ya no sabía qué hacer, lo había intentado todo.
Cuando mi padre tenía medio año, lo animó a presentar una novela a varios concursos literarios, no ganó ni uno. En ese período también le propuso enviar su obra a agentes literarios y a editoriales, estuvieron toda la tarde enviando centenares de correos electrónicos, nadie respondió. Incluso, al principio, lo acompañaba en la presentación de otros escritores amigos, aunque eso duró poco, ya que se aburría y él quería cada vez ir a más eventos literarios. Tuvo que frenarlo.

La intención de mi abuela no era que dejara de escribir, sino que no estuviera tanto tiempo regando en el desierto. No lo consiguió. La obsesión del abuelo era como una bruma que no le dejaba ver la realidad. Patricia ya estaba cansada aquella tarde. Por primera vez, pensó en una separación, dudaba si debía seguir con un hombre así, que se tomaba a la ligera la paternidad. Ya empezó a amortajar al amor que tenía hacia su marido.
2


Nico estaba escribiendo, vomitando su genialidad creativa, sin perder el tiempo ni en respirar. Se hablaba a sí mismo para animarse.
—Estoy más preparado que nunca para publicar. Repasando estas frases me doy cuenta de que he conseguido un gran nivel. ¡Qué emoción!
Dejó de hablar para seguir ese trabajo legendario. Palabra tras palabra enaltecía la literatura, no castellana, sino universal. Tuvo que parar de nuevo para volver a alabarse.
—¡Claro que sí! Algún día, los universitarios estudiarán mi obra. El profesor les explicará mi vida, mis ideas, mi personalidad y mis influencias para comprender mi prosa tan profunda, novela en que se mezcla la pasión irracional con una filosofía bien trabada.
—¡Nico! —Era la abuela, que le interrumpía en su momento de inspiración casi mística—. Deja de escribir y ayúdame a tender la ropa.
—Ya voy… —dijo con la desgana que diría un niño obligado a hacer las tareas de casa.
Fue al patio de luz, ellos vivían en un entresuelo. Intentó hacer rápidamente la faena, mientras cogía las pinzas repasaba mentalmente su composición. La abuela lo volvió a interrumpir.
—¿Aún no estás?
—A fuego lento se cocina mejor, cariño –dijo indignado porque él intentaba ir rápido.
—Ya. ¿Has escrito mucho?
—Bueno, para mí nunca es suficiente.
—Nico, llevas dos horas, suficiente. He dormido yo al niño hace más de una hora y estoy cocinando, tenemos que repartirnos las tareas de casa.
—Totalmente de acuerdo.
Los lloros de Dani llegaron hasta el patio de luz. Mi abuelo dejó lo que quedaba de ropa sin tender y se fue a buscar a mi padre. Parecía molesto, ya no podría escribir más, aunque se le pasó rápido con el tacto del bebé. Le hablaba de sus proyectos literarios:
—Dani, estarás muy orgulloso de tu padre cuando seas un jovenzuelo. Seré un referente mundial para todos los escritores, tú podrás decir que por tus venas corre la misma sangre. No creas que me emociono mucho, que peco de optimista o incluso idealista, no. Tu papá es realista, decir lo contrario sería practicar una falsa humildad.
—Nico, deja a Dani tranquilo con tus historias —la abuela había ido a ver cómo se encontraba el niño, escuchó el final del monólogo.
—Me comunico con mi hijo, no es nada malo.
—No, no lo es. Pero si ahora eres así, cuando vaya a primaria no quiero ni imaginar lo que le dirás.
—Ya seré famoso, él solo lo verá.
—No sé si reír o llorar.
Patricia volvió a la cocina. Mientras tanto, Nico siguió con su discurso triunfalista. Mi padre tenía mal despertar. Le pegó una bofetada por el sueño y porque su madre desapareció de su cuarto.
—Te entiendo, hijo —empezó a decir Nico—. Es como si el destino me dijera que no tengo que perder tiempo, ¡hay que trabajar!
Fue con el niño al despacho y lo dejó sentado en el suelo para seguir escribiendo, sin pensar en nada más. A los pocos segundos, el bebé lloraba, y Nico creyó haber encontrado la solución. Fue al comedor a coger la trona para Dani, pero cuando volvió él había subido el tono de sus gritos. Se calmó al sentarse en su asiento, su padre le puso unos juguetes encima de la bandeja para que jugara.
Lo que no imaginó el abuelo fue que uno de los juguetes sería impulsado por esas manitas hacia la pantalla de su portátil, que se partió tras la colisión y segundos después se apagó. El abuelo gritó un estruendoso: « ¡no! ¡No! ¡Nooo! ». Le pegó suavemente en la mano criminal. Empezó a llorar como si hubiera sufrido un golpe terrible, tanto que Patricia lo escuchó y vino corriendo. Preguntó qué había sucedido, el abuelo le explicó la verdad. Ella no reaccionó bien.
—Eso te pasa por tonto, no tendrías que haber escrito más.
—Perdona, Patricia. Pensaba que era una buena idea.
—Pues no lo es.
—Ya me he dado cuenta.
—Encima de cachondeo. Dame al niño, que no para de gritar.
—Toma —el abuelo volvió a hablar una vez libre del peso de Dani—. Escucha, cariño. No voy a escribir más hoy, ya he comprendido mi error.
—Pero mañana se te olvidará.
—No.
—No te creo. No me das motivos para creerte. ¿Qué te pasa? Antes no eras así.
—No te entiendo, cariño.
—Nico, siempre te ha gustado escribir, lo cual dice mucho de ti. Pero desde que somos padres, te has obsesionado con publicar y ser un gran escritor. Desde que no tenemos la vida social de antes te has encerrado en ti mismo. A causa de la familia vemos poco a nuestros amigos, pero tú con la escritura marginas a la humanidad.
—Ya hablamos de eso, de que tengo menos tiempo para todo. Estoy contento de ser padre, no me arrepiento de haber tenido a Dani. Y me gustaría que estuviera orgulloso de mí.
—Lo estará si crece a tu lado, si estás pendiente de él.
—Patricia, en eso tienes razón. Pero yo opino que aún estará más orgullo si soy responsable con él y un gran escritor.
—No se puede lograr algo así.
—No seas tan pesimista.
—Nico, no solo es por el niño. Quizás ya no me quieres y por eso te encierras en tu ficción —dijo la abuela para expulsar un miedo que hacía días la consumía.
—Cariño, para nada. Yo te quiero, te quiero mucho. También quiero que estés orgullosa de mí.
—Lo estaré si eres un buen padre y un buen marido.
—Te entiendo. Te pido un poco de tiempo, no mucho, ya verás cómo tengo la razón.
La conversación acabó ahí. En esos tiempos, Patricia sufría de ambivalencia. Si por una parte sentía que su amor por Nico se apagaba, por otra no quería aceptar que a él le sucedía exactamente lo mismo. Ella tenía razones para sufrir un desgaste emocional, él no.
El portátil sería arreglado en los próximos días en una tienda informática. Por suerte, solo sufrió la pantalla y no hubo ningún desperfecto grave que lamentar. Esos días, el abuelo escribió en una libreta. Solía escribir a mano, luego lo pasaba a limpio en el ordenador. Daba igual si estaba en el trabajo o en casa, su método no cambiaba.
Durante uno de esos días, el abuelo materno de Daniel fue operado de los juanetes. Patricia estuvo todo el día con él, Nico se quedó cuidando al bebé. La abuela lo llamaba cada dos horas para que su marido le diera un informe del estado del niño. Él respondía que todo iba bien, que no fuera tan mal pensada, que mi padre estaba bien cuidado.
Hasta ese momento, no la engañó. El problema vino cuando tuvo que bañarlo. No encontraba la toalla, la solía sacar la abuela. Miró en el armario del niño, no estaba. Abrió todos los cajones del piso, tampoco había rastro. El armario del matrimonio fue otro motivo de frustración. Estuvo a punto de llamar a Patricia, pero en ese preciso instante pensó que quizás estaría tendida en el patio de luz. ¡Chapó! Por fin la había encontrado.
El jabón, el champú, la crema, el pañal, el bodi, los calcetines y el pijama fueron hallados en el armario de Dani sin ningún contratiempo. Todo este proceso lo hacía vigilando los movimientos alegres de su hijo, pero peligrosos sin un control.
Lo peor de todo fue con la bañera. La dejó encima de la mesa una vez la llenó, la abuela siempre utilizaba ese método. Nico era la primera vez que bañaba a mi padre, siempre miraba como lo hacía la abuela, pero ella no le dejaba hacerlo porque no confiaba en él. Metió al niño en el agua, la temperatura era la correcta, Dani estaba a gusto. El acierto soldó la confianza que, segundos después, fue chapurreada por el niño; que movía los brazos y las piernas, mojando todo el suelo.
Nico se intranquilizó, gritaba a mi padre, aunque de nada servía. A duras penas pudo parar aquel tsunami, hasta que recordó que Patricia le daba un juguete para bañarlo sin tensión. Segundos después, la escena por fin era tranquila, ya que Dani estaba ahogando a una rana.
Nació otro problema. Se pasó con el champú, no había manera de limpiar la cabeza del niño, encharcada por aquel jugo blanco. Una y otra vez pasaba la mano como si fuera un hidroavión, que apaga un incendio. Quizás transcurrieron diez minutos hasta que, por fin, vio todo el color del cabello. ¡Y todavía quedaba limpiar el cuerpo! Manos a la obra. Frotó la piel del niño con la cantidad correcta de jabón y luego no tuvo problema para quitarlo. Había que ver el agua de la bañera, ya no era agua, no, era un pequeño lago de espuma blanca.
Dani pataleó cuando su padre lo sacó de la bañera, con lo cual mojó todavía más el suelo. El abuelo casi se resbaló de tanta agua como había en aquel pantano. Fue al sofá, allí estaba todo preparado. Lo puso encima del cambiador. Tardó veinte minutos en secar al niño y ponerle la crema hidratante. Hubo un momento en que Nico no pudo más y cogió al niño y lo movió de arriba abajo. No consiguió nada, porque se rio todavía más. El abuelo empezó a quejarse en voz alta.
—Pórtate bien, hijo. Así lo único que haces es que vayamos más lentos y no puedas jugar. Joder, menudo momento para operar a tu yayo. Tu madre siempre tiene mi ayuda, pero yo no tengo a nadie. Así que te pido, por favor, que cambies tu comportamiento, si no, lo escribiré y cuando seas mayor te avergonzarás porque todo el mundo sabrá lo mal que te portabas. Para entonces, yo ya seré reconocido como un gran escritor.
La terrible amenaza del abuelo no provocó el efecto deseado. Minutos después, que le parecieron un viaje en el universo infinito, Dani ya estaba vestido corriendo por el suelo. Nico fue un buen padre y evitó que fuera por la zona mojada, para que no resbalase. Lo fregó como pudo, así superó otra dura prueba a trancas y barrancas.
Llegó el momento de la cena, ¡y Patricia sin dar señales de vida! No obstante, ella ya le había dejado la comida preparada, solo tenía que calentarla en el microondas. En realidad, Nico nunca había preparado la comida del bebé, siempre lo hacía la madre, porque para eso gozaba de un año sabático. Al menos, así pensaba el abuelo.
Sentó al niño en su trona. Intentó darle de comer, pero él no quería. Nico se quejaba al niño de que siempre comía con su mamá y con él no. Que fuera la primera vez no era una excusa. Dejó el plato con la cuchara en la bandeja, ya que había perdido la esperanza en que comiera. Entonces sucedió el milagro: Dani agarró la cuchara y como pudo cogió aquella comida triturada. Abrió la boca y se metió el manjar exquisito. Su padre chilló de alegría, había dado un gran paso, realmente él no había enseñado nada a su hijo, pero no importaba. Sentía que era un padre y un escritor excepcional.
Al ser la primera vez, el niño se ensució, también manchó la trona y el suelo. En ese momento, llegó Patricia. Nico creyó que se enfadaría al ver ese caos, aunque sucedió todo lo contrario.
—¡Guau, Nico! Muy bien, Dani come solo. ¿Cómo lo has hecho?
—Yo no lo mimo tanto como tú —respondió altivo.
—Al ser la primera vez, lo ha ensuciado todo. Bueno, no pasa nada, ya lo limpio yo.
—Sí…
El abuelo se quedó tranquilo al ver que no se había enfadado por el desastre del comedor. Dani lloró hasta que no volvió a ver a su madre. Ya no quería comer solo, Patricia acabó dándole la cena. Al final le tocó a su marido barrer, le explicaba lo mal que lo había pasado, confiado en que ella estaba contenta y no se quejaría.
—Claro, yo estaba solo. Tú, en cambio, me tienes a mí.
—¿Cuántas veces me has visto dejar la toalla en el patio de luz? Yo creo que muchas, pero no te fijas porque estás pensando todo el día en tus escritos.
—Tú no me dejas hacerlo —se defendió, consciente de que había enojado a la abuela.
—Porque estás con el niño y a la vez escribiendo o leyendo.
—Hoy no.
—Y me lo echas en la cara, Nico.
—Para nada.
—Indirectamente, sí. ¡Ya has terminado, cariño! ¡Muy bien! —Sacó de la trona al niño, entonces se dio cuenta de que su marido había barrido poco—. Tanto hablar y no has hecho casi nada, el suelo aún está sucio.
—Ahora lo hago, cariño. Tendrías que estar contenta.
—¿Por qué?
—Porque me he entretenido en hablar y no en escribir o leer. Es un paso importante para mí.
—No seas tan irónico, que no te pega.
—La gente cambia.
—Ya, Nico. —Miró seriamente a mi abuelo. Dani ya estaba en el suelo e intentaba coger la escoba para jugar con ella. Nico intentaba evitarlo mientras la escuchaba—. De aquí a dos meses vuelvo a trabajar. Espero que la experiencia de hoy te haya ido bien para coger confianza en ti mismo. Si no te he dejado más responsabilidades con Dani es porque, realmente, sé que no te lo tomas tan en serio como la escritura. A partir de ahora eso se ha acabado, dentro de poco yo estaré poco tiempo en casa. No podré sola con la casa y el niño.
—Yo me lo tomo en serio.
—Te lo tomas en serio, pero más la escritura. Han sido muchas las ocasiones en que yo he echado una siesta con Dani. Tú te quedas escribiendo en tu despacho, pierdes el sentido del tiempo y nos despiertas tarde. Luego cuesta que el niño salga de la modorra, cuando lo hace, ya se duerme tarde.
—Pues si no puedes confiar en mí ponte la alarma del móvil.
—Es un poco, triste, ¿no crees?
—¡Patricia! Nadie es perfecto. Últimamente discutimos mucho —hablaba mientras daba vueltas para continuar barriendo y el niño le perseguía.
—Pórtate bien, Nico.
—Yo me porto como siempre, aunque tú no lo creas. Lo que pasa es que han cambiado tus expectativas. —Mi padre empezó a llorar, ya que no conseguía la escoba.
—Porque soy madre y tú, padre. Somos padres, es lógico que mis expectativas hayan cambiado. ¿Tanto cuesta de entender?
—Lo que a ti no te entra en la cabeza es que se puedan con las dos responsabilidades.
—Lo que a mí no me entra en la cabeza es que iguales la escritura con la responsabilidad paternal.
—No la igualo, Dani es más importante… ¡Para!
El abuelo no aguantaba más el juego de su hijo. Le pegó un cachete débil en las nalgas, algo que no le hizo nada de gracia a la abuela. Cogió al niño, se fue con él a su cuarto para tranquilizarlo y jugaron con sus juguetes.
El escritor dejó el suelo impecable. Sin decir nada se fue a su despacho para continuar con la construcción de su novela, creía que se lo merecía. Empezó a revisar lo escrito el día anterior y volvió a hablar en voz alta:
—No he estado tan inspirado como la semana pasada. Tengo que rehacer todos estos últimos párrafos. Soy consciente de que así no llegaré lejos en la maratón. ¿Qué dices tú? ¡Cállate! No me molesta mi familia para nada. ¡Vete de aquí! Menos mal que ya se ha ido, ¡qué pesada! Siempre molesta y viene cuando estoy con la moral baja, cuando mi prosa sufre una crisis. Venga, Nico, anímate, mejor retroceder que estropear el buen inicio de la historia. Lo conseguiré, lo haré muy bien.

domingo, 15 de octubre de 2017

Barbecho (segundo fragmento)

El resto de la velada no es interesante de escribir. Mi relación con Carol siguió viento en popa, no obstante, fue un chaparrón de agua fría conocer la verdad de Alberto. A las dos semanas, volví a verlo. Carol le comentó que lo sabía, puso mala cara, pero se recuperó a los pocos segundos. Estuvimos hablando del tema, le pregunté si no tenía miedo de que alguna chica hablara con la prensa, contestó que no, era imposible, no explicó el porqué.
Alberto cambió de tema. Le dijo a su hermana que había hablado con Bárbara y quería conocerme. Estaba molesta, porque todavía no nos habíamos visto. Carol contestó que no le apetecía, pero que la próxima semana iríamos a comer a su casa.
Por fin, conocí a la gran Bárbara, fundadora del Partido Republicano de los Pueblos de España en el año 2010. Un partido que propugnaba la República Federal de los pueblos españoles. Decía que el español como idioma no existía, el castellano se apropió de la palabra. Decía que España era una amalgama rica de culturas e idiomas, era un crimen romper esa ventaja, tal como sucedió en Francia.
Además, era un partido feminista, animalista, izquierdista y otros tópicos de los partidos progresistas. No estaban en contra del mercado libre, pero sí del capitalismo especulativo. Defendían una repartición más justa del dinero, mayor control estatal sobre los bancos y no sé cuántas ideas más de índole socialdemócrata, me explicó ese día Bárbara.
Yo pensaba que era una mentirosa, una hipócrita como los demás, aunque también quería creer en su mensaje, hacía falta personas con su discurso y su voluntad de cambio político. Su ansiedad por darse a conocer hizo que manipulara a su hijo, quizás por el poder también daría la espalda a sus ideas, o quizás lo hacía por las ideas, no lo sabía. Bárbara adivinó mi aburrimiento y cambió de tema, aunque, en realidad, metió el dedo en la llaga.
—Carol ya me ha hablado un poco de ti, dice que eres escritor, aunque ahora no escribes.
—Sí —contesté pensando que por fin podría hablar alguien más que ella—. La verdad es que no soy muy bueno, nunca he conseguido que me publiquen en ninguna revista.
—La cuestión es por qué escribes…
—Mamá… —Carol quiso cortar el comentario, sabía que algo de maldad había en la intención de Bárbara.
—Tranquila, déjala, cariño —le dije inocentemente a mi novia.
—Bien, como iba diciendo. —Bárbara sonrió y me miró por encima de los hombros—. Me pregunto si escribes para ser famoso o por amor a la literatura, no sé si estás triste por no alcanzar la gloria comercial o por otro motivo.
—¡Mamá! No puedes hablarle así a una persona que no conoces.
—No pasa nada, Carol —dije, porque realmente Bárbara había planteado una pregunta sincera y malvada, pero también necesaria—. No voy a negar que busco la gloria, aunque no la gloria comercial, como tú has dicho. Quizás es una tontería, o es el sueño de una persona con una autoestima baja lo que realmente siento. Lo que ansío es la gloria artística, ganarme la vida escribiendo, por supuesto. La riqueza me da igual, me conformo con pagar la hipoteca y los otros gastos básicos, quiero ser reconocido como un Cervantes, Dostoievski o Kafka.
—Todos grandes artistas, pero todos desgraciados en sus vidas.
—Tienes razón, Bárbara. Pero Molière vivió bien.
—Era amigo de Luis XIV.
—Amigo es una palabra muy íntima, digamos que era uno de los artistas favoritos del monarca.
—Sí, tienes razón. Yo he leído su obra, mis favoritas son Tartufo, Don Juan y El burgués gentilhombre.
—Tienes buen gusto. Es curioso que no hayamos cambiado tanto desde su época.
—Yo creo que estamos un poco mejor —empezó a opinar Bárbara—. Las personas no estamos esclavizadas bajo el yugo de la hipocresía de la religión.
—No, pero seguimos teniendo una doble moral.
—¿Por qué?
—Porque en nuestros tiempos en vez de religión, tenemos lo políticamente correcto. Parece ser que, en la Barcelona de 2014, cuanto más progresista es uno mejor le va en la vida pública. Ser un tipo que critica el cristianismo porque es laico, pero adora el islam al ser una religión extranjera o, de lo contrario, sería un xenófobo. Reivindicar la escuela pública y luego apuntar a los hijos en la privada. Simpatizar con algunos okupas y hacerles una visita con el coche oficial del Ayuntamiento.
—Entiendo, entiendo —me cortó una Bárbara algo molesta por mis comentarios.
—Perdón, me he excedido.
—Tu novio no se calla delante de nadie —dijo la madre a su hija, la cual mostraba una cara satisfactoria por mi sutiliza—. Eres una persona joven, no entiendes que en la vida hay que guardar ciertas formas para progresar, tiempo al tiempo.
—Bueno, tengo treinta tres años, ya no soy un crío.
—La edad de Carol.
—Sí.
—Es extraño cómo has reconducido la conversación —dijo Bárbara tras unos segundos de silencio incómodo—. Estábamos hablando de tu carrera literaria y nos hemos desviado mucho. Supongo que cuesta aceptar ser un mediocre en lo que te apasiona.
—¡Mamá, es intolerable!
—Hija, perdona, solo digo lo que pienso, como tu amigo. Ya es un logro tener cierta curiosidad cultural cuando se ha criado en una ciudad como Hospitalet.
—Y allí sigo viviendo —dije indignado.
—Me alegro. —Bárbara rio cínicamente—. Yo estoy a favor de la clase trabajadora y la inmigración, tu ciudad tiene esas dos virtudes, pero también tiene el defecto de vuestros pantanos de cerveza y vuestras desérticas librerías. Por eso es necesario que estéis dirigidos por alguien que os lleve por el buen camino, por profesionales, como diría Lenin, aunque yo no soy comunista, estar administrados por personas preparadas y éticas.
»Te hablo desde mi experiencia como asistente social en los barrios más desfavorecidos de Barcelona. Quería ayudar a esa gente, pero eran tozudos e ignorantes, costaba hacerles entender cuál era el camino correcto. Cuando por fin los encaminaba, todo les iba mucho mejor.
—Muy abstracto, pon un ejemplo.
—A un matrimonio le quitaron la custodia de su hijo y la recuperaron gracias a mí. Yo los animé a dejar la cocaína y a estudiar, yo les di fuerzas.
—Pero el mérito final es de ellos —contesté aguantando para no explotar.
—Cierto, aunque yo los empujé.
—Gracias por tu bondad sobre nosotros, los desgraciados que trabajábamos y vivimos en chabolas adobadas de eructos alcohólicos.
—Una imagen un poco ridícula, ¿no crees?
—Estoy aprendiendo.
—¿Cuánto tiempo llevas escribiendo?
—Diez años.
—Como no vivas como Matusalén, no aprenderás.
—¡Mamá! Ya está bien, no lo aguanto. Vámonos, cariño —gritó una Carol fuera de sí.
—Está bien —contesté sin querer echar más gasolina al fuego.
—Hija, espera, nos vemos poco.
—Claro, eres una persona insoportable, una política que está en la calle y quiere salvar el mundo. No podrás, porque ni a tu propia familia puedes salvar.
—Sabes que os he criado sola. Tu padre falleció de ese maldito cáncer cuando eráis pequeños. Creo que lo he hecho bastante bien.
—Sí, hasta que te metiste en política —respondió Carol.
—Ya eras mayorcita.
—Da igual, no soporto lo que haces con Alberto.
—Él aceptó. —Bárbara entonces me miró y siguió hablando a su hija—. ¿Se lo has contado a tu novio?
—Sí, confío en él.
—Muy mal, te he dicho en más de un millón de ocasiones que no confíes en nadie.
—En ti ya no confío.
—Eso me duele, Carol.
—A mí me duele como has tratado a mi novio, mamá.
—Lo siento, quizás son mis prejuicios. Lo he espiado, he leído los cuentos de su blog, son malos, realmente malos, dice tonterías como el arcoíris es la juventud y las nubes que lo tapan son el paso del tiempo. Se me quedó grabada esta frase empalagosa.
—¡Es una buena persona y eso es lo único que me importa!
—¡Perfecto! Si tú eres feliz, no pienso romper esta relación. Quizás me he precipitado juzgándolo por sus escritos, he opinado sobre el artista y no de la persona.
—Con permiso —interrumpí la discusión, ya que Bárbara se estaba rindiendo—. Opino que te jode que un joven de barrio escriba. Eres una elitista, Bárbara.
—Es cierto. No soportas que esté con un mal escritor, pero no va por ahí la causa de tanto enojo. —Carol me hablaba a mí en ese momento—. La razón es que mi madre me había buscado un novio, un joven marroquí, para quedar ella como la matriarca de una familia moderna: el hijo homosexual y la hija con un magrebí. Qué casualidad que tú has hablado del islam y has dado en el clavo. Y a ti, mamá, no te ha gustado nada escuchar tal crítica.
—No, chicos, es la presión, no de mi vida pública, sino de los ataques que me haces, Carol. Por eso he querido atacar a tu novio, para que veas lo que duele.
—Es una tontería.
—Ahora lo veo. Idos, otro día quedamos y la segunda cita será mejor.
No entendí nada. ¿Qué sucedió? ¿Qué pretendía Bárbara manipulando la vida de sus hijos? ¿Tanto ansiaba el  poder? Carol me explicó que la historia del joven marroquí fue antes de conocerme, lo vio en un par de citas, era guapo, pero no le gustó, su madre la intentó que se sintiera mal consigo misma insultándola de racista, pero no consiguió su propósito y Carol siguió con su vida.
Tardé meses en volver a ver a mi cuñado y a mi suegra. Mientras, Carol disfrutaba de una sana relación con mi familia, seguramente, era de las pocas que halagaba de corazón a su suegra. Por otro lado, no quería ni mencionar a Bárbara y Alberto.
A mí me extrañaba, pocas veces hablábamos de su rencor, porque no accedía a abrirse en ese tema, lo cual me sorprendía, ya que era una mujer transparente. Yo tenía la percepción de que no era solo por el tema del novio que quería imponerle la madre.
Una tarde le pregunté por qué me propuso de quedar con su hermano. Me contestó que con él albergaba alguna esperanza de disparar a los pájaros que tenía en la cabeza. Le hice una nueva pregunta: según mi interpretación ella quería más a su hermano que a su madre. Carol me lo reprochó, era su hermano pequeño y lo veía como tal.
Llegó el año 2015, un año muy movido. Hubo elecciones municipales, autonómicas en Cataluña y generales en España. Un orgasmo político para Bárbara y Alberto. Carol era feliz, así veía poco a su familia, ya que siempre estaban en mítines. Nosotros llevábamos un año saliendo, yo seguía estéril en mi escritura. Ni empecé a escribir, no me apetecía.
Alberto llamó una tarde a Carol, en plena campaña de las elecciones municipales, y le comentó que se tenían que ver, porque él haría un mitin en un bar de ambiente. Alberto no era candidato, iba como segundo líder del partido, apoyando la candidatura municipal. Bárbara estaba en Madrid para impulsar el partido en la capital.
Carol aceptó porque se lo pidió su hermano. En mi opinión, a su madre no le hubiera hecho el favor. Para Alberto era importante que estuviera, dar un aire de familia moderna, la hermana con su hermano homosexual. Yo no fui, no me invitaron y lo agradecí. Cuando volvió, Carol me contó lo que sucedió.
—Ha sido el colmo de la falsedad, amor —empezó a explicarme—. Me ha sorprendido ver a Alberto beber Moritz, dice que beber esa cerveza da un aire progre, lo cínico es que a él no le gusta, bebe otra marca. He pensado en ti, que sí bebes esa birra.
—No me sorprende, Carol.
—Luego ha estado con varios activistas asegurándoles que, si ellos ganan, habrá en las bibliotecas libros sobre la historia de la lucha homosexual, sus ideas y su justa reivindicación.
—Yo lo veo muy bien —contesté admirando la gran idea.
—Yo también, pero no hace falta que se haga el gay, puede decirlo como el heterosexual que es. Yo sé que lo piensa de verdad, que lo dice con el corazón.
—Cariño, me choca que aún te sorprendas tanto.
—Si lo hago es porque sé que él cree en una sociedad más justa, pero se contradice cuando actúa maquiavélicamente.
—El fin justifica los medios.
—Exactamente, ¿no lo ves una contradicción?
—Sí, Carol.
—La culpa es de mi madre.
—¿Tu madre no cree en una sociedad más justa?
—Ya la escuchaste, ella cree en la sociedad más justa forjada por ella.
—Le pasa a mucha gente de izquierdas.
—No como a ella.
—No los conoces como a tu madre, Carol.
—Puede ser.
—Sigo sin comprender por qué te quema tanto este tema.
—Detesto la hipocresía. Y más de dos personas que no necesitan hacer tanto teatro, van sobrados de buenas ideas y talento.
—Sí, pero las democracias que se han construido en Occidente son populistas, básicamente porque las poblaciones no están cultivadas. Pasa en España, Italia, Alemania o Estados Unidos, da igual el país.
—Por eso yo no estoy con ellos. Prefiero no ceder en mis ideales que arrastrarme por los votos.
—Carol, al final quieren poder, quieren estar por encima del bien y del mal.
—No lo dudes, aunque opino que, a pesar de tanta falsedad, lo harían mejor que los dos partidos de siempre.
—Y yo, Carol.
El PRPE ganó las elecciones en Barcelona, Madrid, La Coruña, Cádiz y Valencia. Un triunfo que nadie barruntó. Desde 1931 no se veía un éxito republicano en dichas elecciones, aunque las del 2015 no fueron de la misma envergadura. El PRPE se aprovechó de la crisis económica que azotaba a la clase trabajadora desde el 2008, de la crisis política por el bipartidismo rancio de la segunda restauración y la familia corrupta que era la monarquía borbónica.
Yo me alegré, porque a pesar de conocer las rarezas de la líder y sus visión del populacho, consideraba que era un partido joven con ganas de mejorar las Españas y de fundar de nuevo una república de intelectuales como en 1931. Para Carol no era algo positivo que hubiera un gobierno tan elitista, yo le daba la razón, pero lo prefería a un gobierno populista cuyo presidente iba a todos los partidos de fútbol del Real Madrid.
Nosotros nos mantuvimos al margen de todos esos episodios. Casi no vimos a mi suegra y ni a mi cuñado en los meses siguientes porque no pararon de trabajar. Las ciudades que acabaron gobernadas por el PRPE no cambiaron tanto como pensaba la gente, pero también es cierto que las competencias de un Ayuntamiento son pocas.
Estuve unos días con mi familia política en agosto. Todos disfrutábamos de unas merecidas vacaciones de verano, aunque las de Bárbara y Alberto fueran solo de siete días. Solo siete días que atemorizaron a Carol, se temía lo peor. Si fuimos de vacaciones con ellos fue porque yo insistí en que tenía que ver a su familia y fui tan cansino que aceptó.
Veraneamos en un pueblo de nuestras Españas, aunque no pienso decir cuál es. No porque no quiera recordarlo, sino para no beneficiarlo o perjudicarlo, según se mire. Los dos primeros días fueron tranquilos. Bárbara se mostró respetuosa conmigo, pero no abierta. En cambio, intimé algo con Alberto, era una persona idealista y creía en un cambio político en España.
El aspecto negativo era que no tenía autocrítica, sus ideas eran las mejores. Según él no era un idealista, sino un luchador; según él no era un falso por mentir sobre su sexualidad, sino «un abridor de caminos», dijo literalmente, lo cual me hizo pensar en la crítica maligna de su madre a mi prosa. ¿Sería justa y atacaría a su hijo con el mismo rigor?
Como he escrito, la paz duró dos días. El alacrán que tenía Bárbara en la cabeza le picó para revolucionar el pueblo. Eran las fiestas del lugar y, cómo no, lo celebrarían matando a unos toros hambrientos de carne humana. Según Bárbara, había que hacer algo para evitar tal barbarie. Yo le daba la razón en que matar toros era una actitud poco razonable, pero en ese momento me mordisqueó el cinismo.
—Bárbara, sé que está mal, sin embargo, piensa un momento lo que vais hacer.
—Está todo pensado —dijo ella.
—Sí, pero es casi violento el acto que vais hacer tú y el resto de animalistas.
—¿Por qué? —Alberto preguntó sorprendido.
—No veo muy normal ir a insultar «asesinos» al público y provocar hogueras para que no se celebre el acto. No es muy pacífico, vosotros tenéis la razón, no hace falta la violencia, dicha actitud os la quita.
—No me salgas con esas —se defendió Bárbara.
—Es mi opinión.
—La respetamos —habló Alberto.
—Es más, el toreo cada vez tiene menos simpatizantes, poco a poco irá desapareciendo.
—Te equivocas, tú tienes la percepción de Barcelona, donde prohibieron los toros porque iban cuatro gatos a las plazas, pero en este lugar la historia cambia.
—Alberto, tal vez tengas razón en tu opinión, pero vosotros sois personas que creéis en la paz, no en increpar e insultar gratuitamente. El animalismo os ha domado —dije en un tono provocativo.
—Ya está el escritor con sus recursos de segunda categoría. Yo no te pido que participes, yo no te pido que colabores, yo no te pido que luches, yo no te pido nada porque de ti no se puede sacar nada. Al menos, has tenido el detalle de no decirlo delante de Carol. No entiendo tu actitud, eras tú quien querías que nos fuésemos de vacaciones juntos. Mira cómo nos tratas, no somos unos políticos que solo hablan, también actuamos.
—No es una actuación gratuita, habéis convocado a los medios de comunicación.
—Para que la lucha no enmudezca —respondió Alberto mirando a su madre, gesto que no supe interpretar.
—El tiempo me dará la razón —dije yo en un tono fresco, pero serio.
—O a nosotros.
Nuestra amigable charla acabó así. Le expliqué a Carol lo sucedido, fui sincero. Ella no vio bien lo que hice, tendría que haberlos dejado hacer, era cierto que siempre estaban buscando su momento de gloria, actitud que le disgustaba, pero ella intentaba que nosotros no estuviéramos en ese mundo.
Yo lo acepté cuando iniciamos nuestra relación. Ese día, según Carol, rompí ese compromiso por criticarlos. No fue una discusión de alto voltaje, no obstante, veía en Carol un alejamiento injustificado con su familia. Le pregunté si me ocultaba información, me respondió que no, yo era la persona en la que más confiaba. Me quedé más tranquilo e intenté no darle más vueltas al asunto.
La manifestación animalista fue un éxito para mis familiares políticos, éxito que, lógicamente, se traducía para ellos en un espectáculo ruidoso que fue visto en todos los televisores de las Españas. Insultaron a los toreros, a los seguidores, a los taquilleros, al vendedor de refrescos, incluso a la bandera monárquica, practicando un populismo en el que se mezclaba la política con la tauromaquia. Obligado estoy a escribir que los taurinos no se quedaron cortos, se defendieron con el mismo talente. En conclusión, fue una escena lamentable para ambas partes, nunca he entendido a ninguno de los dos grupos.
Lo que no esperaba mi querida suegra era la tragedia que sucedió al día siguiente. Era sábado, su penúltimo día de vacaciones. En el pueblo, trabajando en la obra de una casa, falleció un inmigrante ilegal. Era de Ghana.
Bárbara y Alberto salieron en los medios de comunicación condenando el crimen. Sin embargo, no convocaron una manifestación para luchar contra los explotadores de personas. Yo no me metí en ese acto hipócrita, fue Carol quien rompió su regla en aquella ocasión.
—¡Es increíble, mamá! ¡Es el colmo! ¡Qué vergüenza! Convocar una manifestación por unos toros y no por una persona.
—Yo pienso igual que tú.
—¿Entonces por qué no haces nada?
—Por desgracia, no hubiera sido un éxito la manifestación, hija. Vivimos en una sociedad que se moviliza más si muere un perro atropellado por un ciclista borracho que por la trágica historia de ese hombre. Yo estoy contigo, te lo garantizo, Carol, pero nuestros asesores nos han asegurado que sería una pérdida de tiempo.
—Carol —interrumpí yo—. Por una vez, tu madre tiene razón. Es repugnante nuestra forma de ser, pero ha dado en el clavo.
—No estoy de acuerdo —dijo Carol un poco más calmada—. Mamá, si hubieras querido convocar una manifestación, lo hubieras hecho. Incluso yo hubiera ido, pero no te interesa, porque no hay cámaras.
—Sin cámaras, la lucha enmudece —replicó Alberto con una frase que ya me había dicho a mí.
—Están las redes sociales, que son el eco de cualquier voz. ¡Y querías que me casara con un marroquí! ¡No soporto vuestras acciones!
No hubo manifestación ni nada de nada. Bárbara y Alberto, cuando llegó el mes de septiembre, se centraron en las elecciones autonómicas en Cataluña. Fueron unas elecciones duras, porque el PRPE tuvo que luchar contra una plataforma de políticos y ciudadanos independistas, los cuales no querían saber nada de España ni las Españas.

El PRPE era la tercera fuerza más votada según las encuestas. La segunda el partido de Españoles en España (EE), un claro partido nacionalista que apoyaba una economía neoliberal desde esa actitud rancia que carcome nuestra cultura.

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sábado, 9 de septiembre de 2017

Barbecho (primer fragmento)

Barbecho

La hipocresía es un vicio de moda y todos los vicios de moda pasan por virtudes.
Molière. Don Juan.

Mi prosa nunca fue, ni es ni será una tierra fértil. Ahora sé que yo no tengo el abono adecuado para fertilizar mi escritura. Hubo una época en que creí realmente tener posibilidades de publicar mi obra, no obstante, nadie me hacía caso, no ganaba ni en concursos literarios amañados por mis conocidos, ningún colega me tomaba en serio ni muchos menos los agentes literarios y editores.
Yo opinaba que era por mi anonimato el no escapar de tal soledad. Envíe una de mis tantas novelas a una correctora literaria, porque no entendía cuál era el problema. A cambio de trescientos euros criticaron de manera constructiva mi composición, criticaron, de manera constructiva también, que no desarrollaba por completo la idea del texto, el estilo sabía a rancio y solo escribía sobre personajes locos.
Me desanimé como un enamorado que ve a su amor besándose con otro. Parecía ser que no tenía suficiente talento por mucho que trabajara. Fue una respuesta que me provocó una crisis interna y, tras varios días, pensando decidí que dejaría la escritura durante un año. Descansaría mi prosa para volver a sembrar en el futuro y así cosechar una escritura rica. Lógicamente, no dejé la lectura, ya que era la única forma de seguir aprendiendo.
Mi relación con otros escritores no cesó, ni tampoco con otros seres humanos, de todos se puede aprender algo bueno o lo que no hay que hacer. Una noche salí con un amigo a la discoteca Salamandra de nuestra ciudad, L`Hospitalet de Llobregat. Allí conocí a Carol, una joven actriz que actuaba en teatros pequeños. No era una de esas personas sobre las que yo solía escribir, estaba cuerda y era seria. Estuvimos hablando toda la noche de libros. Intenté besarla y, no lo conseguí, pero sí su número de teléfono móvil. Al sábado siguiente volvimos a quedar en una cafetería en el barrio de Gràcia de Barcelona, donde ella vivía. No esperaba para nada lo que iba a decirme.
—La semana pasada te mentí, no soy actriz, lo siento.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me dices ahora la verdad?
—No me apetecía hablar de mi vida, es una gran mentira, me sentía cómoda contigo hablando de literatura.
—No lo entiendo. Tendrás que darme más detalles, Carol.
—Está bien. —Se tambaleó y al segundo volvió hablar-— Yo no soy conocida, mi familia sí. Mi madre es Bárbara Notable Pena, la fundadora y líder del Partido Republicano de los Pueblos Españoles, el PRPE.
—La conozco, es una de las candidatas a presidenta del Gobierno de España. Gracias a personas como tu madre el republicanismo ha resucitado en nuestra sociedad. Yo los votaré en las próximas elecciones generales. Me gusta su progresismo político y su concepto de una España plural. —Puede parecer que fui un lame culos, pero no fue así, decía lo que pensaba.
—Gracias por tus elogios…
—Y a tu hermano también, es un luchador contra la homofobia, es de los pocos políticos que reconoce sin tapujos su homosexualidad. Bárbara y Alberto forman un buen tándem para acabar con la vieja política.
—Mi hermano ha sabido sacar tajada de este tema.
—Sí, pero era algo muy arriesgado. —Callé, porque ya no parecía estar tan cómoda conmigo como el sábado anterior.
—Si no te hablé de mi familia es por lo que está pasando ahora mismo, digamos que yo no soy la protagonista de nuestra conversación. A mí no me interesa la política, es un tema cansino para mí, veo poco a mi familia por la política.
—Entiendo, no volveré a machacarte más con el asunto.
—Gracias.
—¿Trabajas?
—Sí.
—¿De qué? —pregunté extrañado porque no me lo había dicho.
—Soy informática, te instalaré el último Windows cuando tú quieras.
—¿De verdad eres informática?
—Sí, ¿por qué te extraña?
—Ese mundo no tiene nada que ver con tu familia.
—No, por eso me gusta.
—Ya.
—Yo pensaba que lo decías porque no suele haber informáticas en la informática.
—Buena indirecta, Carol. Puede ser que me haya extrañado, pero para bien.
—Me alegro de escuchar algo así. —Sonrió levemente—. Te he espiado por Internet y he leído tus escritos.
—Joder…
—¿Qué pasa? Te has puesto gris en un momento.
—Me da vergüenza, no soy un buen escritor.
—No lo sé, no entiendo tanto.
—Tienes cierta cultura literaria, conocías a los escritores de los que te hablé el sábado pasado.
—Sí, mi madre me obligó a leerlos en mi adolescencia, no tenía otro remedio. Lo importante es que te gusta y que sigas escribiendo para mejorar.
—Claro. —Respondí mirando la mesa avergonzado.
—¿Estás escribiendo algo ahora?
—No, voy a estar un año sin escribir, como un barbecho.
—Entiendo, seguro que tendrás buenas ideas para escribir el próximo año.
—Eso espero.
Nos seguimos viendo en las siguientes semanas. Nos gustamos, iniciamos una relación en la más estricta seriedad, con toda la palabrería empalagosa y todas las típicas características del martelo. Yo no solía hablar a Carol de su familia, lo cual me agradecía. Me chocaba que ella tampoco abriera la boca para hablar de ellos. Sin embargo, cuando llevábamos cinco meses saliendo me preguntó si quería conocer a su hermano. Respondí afirmativamente. Al siguiente sábado por la noche quedamos para cenar en un restaurante sirio en su barrio. El lugar lo eligió Alberto, era una forma pública de demostrar su progresismo.
Esperaba que él tuviera otra forma de ser. Me saludó fríamente, parecía que no le apetecía estar en aquel lugar, esa noche creí que era porque era un tipo famoso y mucha gente lo molestaba. Hablaba con un tono suave y lento. No lo estoy definiendo como un pusilánime, no. Me miraba de tú a tú a los ojos, sin mostrar prepotencia ni humildad. Para mi sorpresa, me escuchó atentamente, dejó que yo hablara de mí y de mi exitosa carrera literaria, pero un político suele ser una persona egocéntrica que no soporta no ser el centro de atención, a pesar de no mostrar soberbia en sus acciones.
—Yo soy aficionado a la poesía. —Me cortó cuando hablaba del fracaso de mi última historia.
—¿Te refieres a leerla?
—Leo y compongo.
—Muy bien, es un buen ejercicio. —No sabía qué contestar. Carol no hablaba, pero su mirada no era de alegría.
—Sí, no todo tiene que ser política. Compréndeme, adoro la política, es la única herramienta para luchar contra las injusticas, pero no toda mi vida puede ser política. La poesía es mi válvula de escape. Además, a Carol no le gusta hablar del partido ni de la sociedad.
—Sí, ya me lo ha comentado en más de una ocasión. ¿Tienes algo escrito?
—No.
—¿No?
—No.
—¿Entonces?
—Mi mente escribe en el aire.
—¿Cómo?
—No necesito escribir, todo es mental, de mi mente afuera, todo es natural, limpio y sin contaminar. ¿Quieres que te recite mi última composición? Incluso de hace muchos años, tengo una memoria prodigiosa.
—Ya está bien, Alberto —cortó por fin Carol.
—Deja que responda —se defendió él.
—Mejor otro día —contesté no, o de lo contrario hubiera enojado a Carol.
—Disculpa las molestias, Alberto, ¿podría hacer un selfi contigo? —interrumpió la conversación una mujer cincuentona.
—Claro que sí.
Ella se puso al lado de Alberto, apretó la cámara del teléfono móvil e hizo la fotografía. Muy contenta le dijo que, gracias a él, había recuperado la esperanza en los políticos. Los halagos fueron creciendo.
—Una persona tan joven como tú, que solo tienes veintinueve años, y hablas con una madurez de un adulto de mi edad. Tú representas el cambio que necesitan las Españas. Eres el símbolo de la lucha del ciudadano, el camino de la igualdad entre mujeres y hombres. Tus declaraciones a favor de los más desfavorecidos me llegan al corazón. Has ayudado a muchos adolescentes a salir del armario sin mal de conciencia, mi hijo es uno de ellos, gracias a ti siempre te estaremos agradecidos.
—Es un placer escuchar sus palabras, todavía nos queda mucho por hacer…
En ese preciso momento, Carol se disculpó con la excusa de salir del restaurante para fumar. Yo la acompañé, ya que interpreté por su mirada que no aguantaba aquella escena. Ya en la calle, se sinceró conmigo.
—Perdona, no aguanto estas situaciones.
—¿Por qué?
—Porque son mentiras.
—Me imagino que Alberto, como cualquier político, tiene que guardar las formas.
—No, no es eso.
—Pues explícate mejor, no te entiendo.
—Es muy sencillo: Alberto no es homosexual.
—¿Cómo?
—Todo fue idea de mi madre. Apostó, cuando fundó el partido hace cuatro años, porque una forma de darse a conocer sería luchar contra la homofobia, demostrar ser un partido abierto y progresista. En esos momentos había pocos afiliados al PRPE, tenía prisa por la publicidad y subir en la montaña rusa que es la política. Convenció a Alberto para que se hiciera pasar por homosexual, sería la forma de controlar este tema. Idearon la figura de un homosexual serio, fuera del estereotipo de la loca festiva, una persona madura e idealista a la vez.
—Es increíble, difícil de creer.
—¿Conoces alguna pareja de Alberto?
—Ahora que lo dices, no.
—De muchos políticos de su talla sí, ¿verdad? Ahora mi madre tiene miedo, el partido ha subido tanto que pueden ser descubiertos.
—Y aún queda un año para las elecciones generales. No pueden ser descubiertos hasta entonces.
—Exacto, no se le puede ver con una mujer, es más, actualmente no tiene novia, pero sí amantes, ni te imaginas lo complicado que es poder verse en secreto sin ser descubiertos. En más de una ocasión, Alberto ha reservado una habitación en el hotel, su chica otra. Él entra con un compañero de confianza del partido, que interpreta el personaje de amante. Cuando han subido a la habitación se queda el actor y Alberto se va en la alcoba de su chica.
—Joder, estoy alucinando. Aun así, les pueden coger in fraganti, por ejemplo: si llaman al servicio de habitaciones o entra la señora de la limpieza.
—Nunca se queda una noche entera ni, mucho menos, llaman al servicio de habitaciones.
—Cuesta asimilar algo así, yo confiaba en el PRPE.
—Mi madre y Alberto no dejan de tener una ambición política. Ella ha trabajado muchos años en los servicios sociales, nunca se aprovechó de nadie, ni ha robado desde que está en este mundillo. Pero no los conocía nadie, tenían prisa por todo… —Carol calló, entendió que se estaba repitiendo.
—Hasta el día de hoy les ha salido bien la jugada.
—Sí, aunque a mí me desagrada, no está bien engañar así a la gente. Mira con qué admiración miraba esa mujer a mi hermano.
—Carol, es una mentira que ha hecho bien.
—Mi temor es que cuando se descubra. La desilusión de estas personas puede ser muy fuerte.
—El tiempo lo dirá. Vamos a entrar, que tu hermano debe estar ya solo.

—O con otra fan.

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