sábado, 8 de julio de 2017

La ladrona de vidas (segundo fragmento)


5

Conocí a Ceres de casualidad. Yo estaba con mi mejor amigo en una tienda de ropa, nos divertía probar diferentes prendas. Mi amigo vio a Ceres eligiendo unos pantalones pasados de moda. No sé por qué, pero le gustó, y utilizó la prenda para iniciar una conversación con ella.
A los pocos minutos, mi amigo quedó atrapado en los eternos monólogos de Ceres. No respondió a las frases de él, sino que, directamente, habló de que buscaba personas para escribir sobre sus vidas. Mi amigo bromeó diciendo que era «la ladrona de vidas». Ceres no rio, no tenía sentido del humor, ni ironía, ni ninguna expresión alegre. Solo hablaba de su proyecto, por fin escuchó cuando su ya no interesado donjuán le habló de mí.
En aquel período trabajaba en mi doctorado, que era un estudio antropológico sobre el turismo en España. Era una época difícil para mí, hasta mis propios colegas lo veían un proyecto descafeinado, lo cual me chocaba, ya que era una realidad económica en España.
La cuestión era que mi amigo quería deshacerse de Ceres. No tuvo piedad y me utilizó como cebo. Se interesó por mi vida, no conocía a muchas antropólogas. Le respondí que en la próxima generación seríamos unas cuantas doctoras en la disciplina. Parecía que Ceres por fin escuchaba cuando explicaba mi doctorado, hasta que me interrumpió para que tomáramos un café en un local cercano a la tienda. Mi amigo intentó huir, lo impedí, lo secuestré.
En la cafetería nos explicó sus ideas literarias, los relatos que había escrito durante dos años, el fracaso de su obra por los prejuicios de los editores. Después de dejar de hablar con su padre, estuvo un año de voluntaria con una ONG en Nigeria. Había vuelto la semana pasada y vivía con su padre después de perdonarlo porque no tenía donde caerse muerta.
En Nigeria pudo ver una sociedad totalmente diferente a la nuestra, hecho que la convenció de que sus nuevas composiciones llegarían más lejos que las anteriores. Expresó algo parecido a la felicidad por conocer a una antropóloga, me consideraba una persona original por mi idea. Esta alabanza me animó a quedar otro día para explicar mi vida y mi visión del mundo. Por fin alguien me tomaba en serio, ya no la veía tan rara. Esperaba que, en el siguiente encuentro, escuchara más que en el primero.
La verdad es que sí escuchó y no me interrumpió. Yo sentía placer por verla callada tantos minutos, sobre todo fue una alegría inmensa encontrar a alguien que tomaba en serio mi trabajo. Repito esta emoción porque es importante para entender la causa de mi reencuentro con ella. Le conté poco de mi vida, por suerte había sido sencilla y cómoda. Me explayé en mi doctorado, en la lucha contra otras disciplinas y mis propios colegas. También me referí a mis contactos, a las personas que me apoyaban.
Ceres me agradeció muchísimo mi interés por su obra, me dejó asombrada porque parecía una profesional, y no la loca que escribía sin leer. Le pedí los relatos que había escrito, los viejos y los nuevos, quedó encantada con mi petición. Esa misma noche me los pasó por correo electrónico.
Los leí. Me asusté con los primeros, eran horrorosos, sobre todo la absurda historia copiada. Pensé que Ceres había cometido un error al hacer caso a ese chico. Mi opinión negativa se atenuó cuando leí los relatos nigerianos. Aunque faltaba sentir el bello aroma literario, al menos eran historias más coherentes.
Encontré varias confusiones culturales. Ceres no había interpretado correctamente la cultura híbrida de muchas tribus, que habían fusionado su cultura deísta con la cristiana, sus dioses por los santos cristianos. Supongo que, después de leer los horribles relatos de sus primeros tiempos, me parecía un mal menor. En esa época pensaba que si Ceres fuera una persona que se instruyera en todos los sentidos podría cocinar un buen guisado de todas esas vidas.
Se lo expresé cuando nos volvimos a ver. Ella, tozuda, volvió a parlotear sobre sus incoherentes ideas. Era una pared. Le hablé del engaño de uno de sus voluntarios cuando se refirió al Aleph, le pregunté cómo podía ser que escribiera una historia real tan absurda. La causa era su incultura y su poca preparación, concluí. No se lo tomó con actitud de superación, fui dura sí, sentía lástima porque Ceres había recopilado en Nigeria algunas vidas dignas de escribirse. Chilló frases que no entendí salvo la última, dijo que no hacía falta que nos viéramos de nuevo, me agradeció mi esfuerzo y se fue sin más.
Me quedé perpleja, sin saber qué hacer, excepto pagar la cuenta de ambas en aquella cafetería. Había una conexión desconectada en el cerebro de Ceres, desconocía el motivo. Era joven, en aquel período tenía veintitrés años, no sabía mucho de su vida, no solía hablar de su familia o amistades, solo hablaba de Nigeria con poco acierto. En fin, no tenía ni idea de quién era esa persona.

6

Recuerdo esos tiempos lejanos como un eco, pero tiempos suaves igual que la brisa. Mi existencia era un camino de medusas, un dolor que tenía su origen en la huérfana relación que tuve con mi padre durante toda mi vida. Que mi padre no me hubiera querido aniquiló mi autoestima. Con veinte años empecé a visitar un bar para aliviar las picaduras.
Una tarde, cuando ya llevaba un año de terapia, vi que salía del lugar una chica que renegaba con la cabeza, no había quedado contenta con el camarero. Yo también estaba insatisfecha desde hacía semanas con él. Era muy curioso, se tomaba demasiadas confianzas.
Para mi sorpresa, la chica me habló, me dijo que no perdiera el tiempo y el dinero. A otra persona la habría ignorado, pero ella tenía una mirada boreal, su respiración era como una ráfaga de viento y su voz un torrente fluvial. Le contesté que era de las pocas personas que me escuchaba y me aconsejaba. Ella me aseguró que conocía un método más equilibrado y sensato. Me invitó a tomar un café en una cafetería para explicarme su método. Nos presentamos y sentí buenas vibraciones. Sin pensarlo, me fui con Ceres.
En el local me explicó que quería ser un espejo que reflejara la realidad. Hasta ese momento no le había ido bien, no había publicado nada. Llevaba un año intentando publicar unos relatos sobre su estancia en Nigeria, además de la vida de una antropóloga cultural. Estuvo varios minutos hablando, se la veía muy segura de sí misma a pesar de su fracaso literario. Me contó que había ido al bar a conocer gente para su proyecto, pero había quedado desilusionada con las conversaciones que escuchó.
Calló y, por primera vez en mi vida, noté un silencio cómodo. No sabía qué decir, no abrí la boca; repito que estaba tranquila. Volvió a hablar Ceres, me preguntó si podía explicarle mi vida, seguro que era interesante, veía que algún hecho personal me había roto igual que un balón el cristal de una ventana.
En un principio dudé. Sin embargo, sentía tanta calma que empecé a explicar la relación inexistente con mi padre. Ceres escuchó con atención, sin interrumpirme, cada minuto que pasaba estaba más segura, hasta que me sinceré más que un nudista en la playa. Su mirada nunca me reprochó mis inseguridades y frustraciones, no, sus ojos me decían que continuara, que lo estaba haciendo muy bien. Por primera vez en mi vida sentía que me desahogaba.
Cuando acabé, me agradeció mi sinceridad. Dijo que me entendía, que era lógico que me sintiera mal conmigo misma. Me aseguró que, con el tiempo, entendería que la culpa no era mía. Lo importante era no hacer caso a nadie. No era negativo mi sentimiento frustrante, sino un paso, una forma de crecer, un gusano que mutaría en mariposa. Cuando aceptara mi vida sería libre, libre del juicio de los demás y, lo más complicado, de mi propio juicio.
Si llevaba un año yendo en el mismo bar era porque quería ser fiel a alguien, como el amor que representa el del padre. Ceres pensaba así, porque en Barcelona había millones de bares, no obstante, yo no cambiaba por muy disgustada que estuviera con el camarero.
Nos despedimos. Nunca más la vi, mantuvimos un breve contacto por correos electrónicos. Me pasó mi historia relatada y sus antiguas composiciones. Yo no era lectora en aquella época, pasé los relatos a varias amigas aficionadas a leer, me aseguraron que no valían nada, que no sabía escribir. Para mí Ceres era una surtidora de realidades. Decían que su prosa estaba deshojada, que no olía a nada ¿¡Cómo van a oler las narices congestionadas?!
Sus últimas opiniones atrincheraron mi negatividad, me fortalecieron y me enderezaron. Con el tiempo comprendí que Ceres tenía razón. Hubo una noche en que la serenidad, por fin, se acostó conmigo.
Mantuve el contacto con Ceres un año más. Durante ese año intenté quedar, aunque Ceres siempre tenía algo que hacer. Investigué sobre ella, era conocida en varias calles literarias como «la ladrona de vidas», una escritora no lectora. Ella me explicó este concepto suyo de la escritura, lo que yo no sabía era que se había convertido en burla de algunos escritores barceloneses. La insistencia de Ceres en concursos literarios, sus contactos con editores y otros escritores le habían merecido cierta fama de loca por su idea literaria.
Al año falleció su padre. Me envió un correo electrónico de despedida, me comentó que se iba a vivir al pueblo de su padre, una aldea en la que en invierno vivían tres personas. Necesitaba reflexionar sobre varias cuestiones, agradeció mi apoyo. Cuando me explicó su desgracia supe que lo mejor era dejarla hacer. No la molesté más, nunca supe de ella.
Para mí Ceres fue el aire, la luz que iluminó la carretera por la que yo conducía de noche. Después de su último correo inicié una relación amorosa con la poesía, incluso escribí versos con más o menos acierto. Mi agradecimiento nunca ha muerto, a mi hija le puse el nombre de Ceres. Quedan claros los motivos.
Sé que he roto las normas, porque me han pedido que solo escriba mi opinión que tenía cuando conocí y me relacioné con Ceres, sin contar nada de lo sucedido después. Espero que no se elimine este fragmento, ya que mi idea siempre ha sido la misma durante estos años.
7

Roberto era mi primo, teníamos una relación cordial, aunque no íntima. Yo no emigré a Barcelona como él y sus hermanas. He trabajado la suerte desde mi tierra. Tengo varios negocios: el aceite de girasoles y las pipas que producen estas plantas, viñas y trigo; aparte de mis tierras, también soy propietario de un taller de coches, el cual va viento en popa.
Fui de los pocos contactos de Ceres cuando vino a vivir a Quintanilla. Yo vivía en el pueblo vecino de San Esteban de Gormaz, muchos nos vimos obligados a esta pequeña emigración para vivir dignamente. En Quintanilla solo quedaban tres personas en invierno: un señor mayor, su hijo cincuentón y una viuda octogenaria, que se las apañaba bastante bien ella sola. Y, para sorpresa de todos, la población fue de cuatro habitantes durante cinco años.
Roberto falleció de un paro cardíaco, era una persona con problemas graves de tensión arterial, en realidad tenía hipertensión. Yo conocía a Ceres de sus estancias veraniegas en el pueblo. Cuando llegó el otoño de 2006 le había cambiado la cara, era más seria todavía.
Hablé con ella, le pregunté por qué venía a vivir a Quintanilla, me respondió que iba «a resguardarse como si fuera un aprisco de la intemperie humanidad». La respuesta no acabó ahí, me explicó que había estado durante años escribiendo sin leer, que había criticado a su padre. Concluyó diciendo que esperaba «corregir mi estúpida escritura en el cerro soriano». Solía hablar así, palabras que forzaba en sus frases para aparentar ser culta.
Su intención era leer durante todo el día, recuperar el tiempo perdido. Dudé de esa fórmula sin trabajar, me confesó que su padre le había dejado una herencia más que aceptable: una suma de dinero ahorrado, dos pisos sin hipoteca, alquilados cada uno por seis cientos euros, unas parcelas alquiladas a unos agricultores por ochocientos euros anuales, lo cual la dejaba dinero suficiente para vivir la existencia que había planeado.
El empollón de libros fue más listo que todos sus hermanos juntos. Voy a resumir la historia de esta familia tan singular, la de Roberto digo. Porque no conozco la de la madre, aparte de los chismes siempre odiosos, siempre mentirosos. Seguramente que en esta historia encontraréis respuestas a vuestras dudas y, a la vez, os nacerán otras preguntas.
Roberto nació un mes antes de estallar la Guerra Civil, o guerra de España como decía Ceres. Fue el noveno hijo de una familia católica practicante, demasiado practicante visto desde la visión actual y de los republicanos de la época. Roberto se llevaba dieciocho años con los hermanos mayores, típico en esa España.
La familia se dividió con la guerra, dos gemelos desertaron en Soria para ir al bando republicano. Estos gemelos fueron influenciados en su adolescencia por uno de los maestros de la escuela, un maestro que vino al pueblo porque era un misionero pedagógico. Los ideales republicanos del maestro martillearon en las conciencias de los chicos, que se afiliaron al PCE en 1935, hecho inédito en Quintanilla. En toda la provincia solo hubo tres personas más, eran de Osma-La Rasa, uno de ellos era Marcelino Camacho.
Cuando estalló la guerra fueron a Madrid como pudieron, allí coincidieron con el maestro, que fue sargento en la contienda bélica. En el pueblo quedó el resto de la familia. Al padre no le hizo gracia la actitud de los mayores, tuvo problemas con ellos desde que conocieron al maestro. Este habló con el progenitor para llevar a los chavales a estudiar a Madrid, ya que tenían mucho coco. Sileno, el padre, se negó, porque los necesitaba para trabajar en el campo aunque, en realidad, trabajaban por la mañana y estudiaban por la tarde. Un año duraron estudiando con el maestro, luego se fueron a trabajar definitivamente con Sileno. Tenían catorce años, empezaron tan tarde gracias a la madre.
Uno de los gemelos falleció defendiendo Madrid, en noviembre del 36, cuando los rebeldes asediaron la capital. El otro luchó en batallas históricas como la de Guadalajara, sobrevivió a la guerra, pero no sus ideales. Su intención era esconderse en la sierra de Guadarrama, aunque primero fue al pueblo a ver a su familia, porque llevaba tres años sin verlos y la sangre lo llamaba. Lo acompañó un amigo que vivía en un pueblo cercano, también quería ver a sus familiares, se despidieron cuando el primero llegó a Quintanilla. Se volverían a ver dos días después en el cementerio del pueblo.
No obstante, en un familiar había mucho rencor contra el sobreviviente. Era una hermana, que nació dos años después de los gemelos. Ella fue novia de uno de los excompañeros de la escuela de sus hermanos. Luchaba en el bando rebelde porque le tocaba por estar en esa zona. El chico murió en 1937, cuando las tropas franquistas invadieron el País Vasco.
La hermana, desde entonces, quedó sumida en una depresión, de la que culpó a los republicanos. Había escuchado historias malas de ellos de boca de uno de los dos curas del pueblo, que quemaban iglesias y violaban monjas. Es importante saber que el resto de la familia no se desarraigó de su fervor religioso. La chica creyó en las historias del cura y la consecuencia fue el nacimiento del odio hacia su hermano. Cuando este último regresó se escondió en casa de sus padres, que se alegraron de ver a su hijo, a pesar de la rabia. La alegría no era de toda la familia, su hermana lo delató a las autoridades y lo fusilaron.
El episodio no concluyó con esta nueva tragedia. La traición familiar corrió rápido por toda Soria, tanto que el amigo se enteró de todo. Iracundo fue a Quintanilla, asesinó a la hermana a martillazos, fue un período con demasiados martillazos. El asesino huyó hasta el destino planeado con su amigo. Fue un maqui hasta que acabó muerto por las balas de la Guardia Civil.
Los hermanos descendieron a seis. La familia quedó destrozada, sobre todo Sileno. Se alcoholizó, incluso pegaba a Roberto cuando contaba con diez años porque empezó a leer durante largos ratos. Los libros recordaban al padre que tuvo dos hijos que leyeron basura comunista. Para Sileno la lectura era algo maligno, no se salvaba ninguna, ni la Biblia. Suerte tuvo Roberto de la defensa de su madre y hermanos. Sileno vomitó su odio pegando a su mujer, porque la consideraba culpable de todo lo sucedido por su bondad, debilidad para él.
Así pasó Roberto siete años más de su vida, recibiendo hostias cuando estaba solo porque, el chico, con un par de huevos, no dejó de leer. No leía ningún libro prohibido, hasta el cura chismoso metió mano en el asunto,  no encontró pecado en la pasión del hijo menor.
De joven marchó a Barcelona para estudiar en la universidad. Dos de sus hermanas, la séptima y la octava, habían ido a trabajar dos años antes de sirvientas a una familia burguesa catalana. Ellas pagaron en un principio los estudios, luego hablaron con su patrón, que quiso conocer al chico. Reconoció a una persona sensible, inteligente y ansiosa por aprender.
Lo cautivó tanto que le pagó la carrera, y el chico no paró de estudiar hasta ser doctor y sus investigaciones le dieron prestigio internacional; también daba clases. Para esto tuvo seguir estudiando en el extranjero, en París, todo pagado por el catalán, para que luego digan que son tacaños.
En la Ciudad Condal y la capital francesa leyó los libros prohibidos, me lo contó él mismo hace ya unos cuantos años en vacaciones. No le contaminaron como a sus hermanos, pero sentía curiosidad por leer a Marx y a todos esos. Sentía una emoción de gozo al quebrantar una ley cuando entraba en una librería clandestina barcelonesa, aunque luego se desilusionó con las ideas sectarias de cualquier ideología política.
Redirigiendo la historia principal, Sileno falleció en 1962 de un cáncer de hígado, tenía sesenta y cinco años. Luego no sé qué pasó exactamente con la vida de Roberto, venía al pueblo de vez en cuando, hablábamos pero no mucho. Sé que rompió la relación con las hermanas y los sobrinos cuando se enamoró de Penélope, pero no puedo explicar bien esta historia.
Espero no haber sido excesivo al describir las desgracias de la familia de Roberto. Creo que este hombre nunca ha tenido suerte en la vida. Quizás sea una de las causas de por qué deseducó a Ceres, su hija fue la gota que colmó el vaso de sus desgracias.
Ceres, de nuestra familia, solo se relacionaba conmigo como he escrito anteriormente. No se hablaba aún con sus tíos y primos cuando ellos venían al pueblo en verano. En un principio, para la chica fue una experiencia positiva vivir en Quintanilla incluso creí que poco a poco se le iban desplumando sus extrañas ideas.
Según ella estaba «sucia del pesar légamo». Es curioso, las frases de Ceres nunca se me han olvidado. Incluso me ha influido. Aunque a veces tenía dudas de si utilizaba correctamente esas palabras en sus frases, parecía que quería encajar una pieza del puzle donde no tocaba.
La vida de Ceres era simple: leer y pasear por el pueblo. Leía y no escribía nada, me comentó que era porque, en ocasiones, un escritor necesitaba estar un tiempo sin escribir para regenerarse. Durante esos cinco años hizo poca vida social, en verano no solía entrar en los corrillos, pero cuando lo hacía hablaba, no se mostraba nada tímida. Me imagino que lo heredó de su madre, ya que Roberto era introvertido.
Nos reíamos cuando estábamos solos comentando las quisquillosas acciones de la gente del pueblo, picaban como cardos. Parecía mentira que, a principios del siglo XXI, continuaran las disputas por las tierras como en la generación de mis padres. Ceres se lo pasaba bien cuando escuchaba la historia de los vecinos: una se quejaba de que el corralillo de otra se había comido parte de su parcela; otro había denunciado a fulanito porque había ensanchado su tierra tapando el camino. Había parcelas pequeñas trabajadas por personas que no eran los propietarios. Los legítimos dueños habían heredado esa mina de problemas, ni sabían su ubicación exacta porque no estaba registrada correctamente, o directamente no estaba en el catastro. Cuando, por fin, lo averiguaron sucedió que esa parcela llevaba años trabajada por unos sinvergüenzas, que no habían pagado ni un céntimo de alquiler a su propietario.
Ceres también heredó unas parcelas grandes, poco productivas por eso. Las tierras fértiles fueron repartidas entre los hermanos de Roberto que se quedaron en el pueblo, en cambio, los hermanos que marcharon a Barcelona no pudieron reivindicar una herencia más justa, tuvieron que tragar. Ceres las alquilaba a una familia de otro pueblo por ochocientos euros anuales, nadie se ganaba la vida alquilando sus parcelas. Era la mejor manera para los sorianos que residían fuera de la provincia de no secar la fertilidad.
Yo nunca me ofrecí a trabajar en tierras de mis familiares. Estos alquileres, en ocasiones, no tenían ni contrato. A la larga era un problema, porque una parte dejaba de pagar o la otra pedía más. Incluso he visto, hasta el principio de este siglo, comprar tierras en negro, hasta que Hacienda se puso seria con este tema en los últimos años y zanjó el tema con multas suculentas. Ceres, por su parte, lo hizo todo legal.
Durante esos cinco años hizo viajes cortos para empaparse de la belleza de las ciudades. Fue a Valladolid, Salamanca, Segovia, Burgos, Logroño, Madrid y Toledo. Fue en varias ocasiones a cada ciudad, la estancia duraba de dos a tres días, siempre iba sola. Yo la acompañaba en alguna ocasión cuando iba a algún lugar cercano al pueblo. Sus paisajes favoritos eran las ruinas de Tiermes y el Cañón del Río Lobos, como para su padre.
Era un caso curioso Ceres, no intimó con nadie. Extraño, porque repito que ella era una persona habladora. Una tarde le pregunté por qué no iba a discotecas como la gente de su quinta, nunca hablaba de chicos ni de ninguna relación. Creía que era una lesbiana frustrada, se rio cuando se lo comenté, me contestó que ella cuando pensaba en sexo sentía dolor. Intenté indagar en aquella respuesta, no lo conseguí, cambió de tema, me hice el tonto. Le seguí la corriente al entender que era meterme en un episodio oscuro de su vida.
Con los años la soledad acabó con la poca cordura que le quedaba. Cada día que pasaba era más complicado hablar de un tema que no fuera literatura o Roberto. Había días que adoraba a su padre, otros, en cambio, parecía que lo odiaba.
Estaba enterrada entre las casas abandonadas, corralillos hundidos y bodegas destruidas por la improductividad. Ceres parecía una vieja como aquellos muros de adobe de las antiguas viviendas. Descuidada como algunas parcelas de la tierra, que tenían un aspecto silvestre. Indagar en su vida era tan peligroso como descender por la entrada de una bodega. Nunca me atreví a bajar por esas escaleras por miedo a resbalar.
Seguramente que vivir los inviernos duros del pueblo no ayudó, el frío taladraba los huesos. Cuatro personas que ni salían de sus hogares, el único contacto era el aire que abrazaba a las casas. Estas suspiraban por falta de cariño, las únicas oyentes del canto lúgubre del viento.
Quintanilla era un sitio triste entre los meses de octubre y mayo. Ceres paliaba el aburrimiento con las lecturas, no se cansaba de leer, me explicaba esos libros. Incluso decía tener una nueva teoría literaria, pero que todavía tenía que reflexionar sobre ella. A mí me aburría toda esa palabrería, cuando veía mi cara de hastío preguntaba por historias familiares para animar la charla, era el único momento en que me escuchaba con atención y sin interrumpirme.
La aldea esperaba el verano para que los niños colorearan con sus carcajadas aquel ambiente gris. En verano podría haber trescientas personas aproximadamente venidas de varios puntos de España. Pero el verano y las personas emigraban de nuevo, volvía el otoño rancio.
Ceres quedó atrapada voluntariamente en ese sedal, hasta que un día me dijo que tenía que regresar a Barcelona. La crisis económica que estalló en 2008 la había afectado a ella en 2011. Los dos inquilinos no renovaron el contrato porque habían perdido el trabajo. Volvió para quedarse una temporada. Era consciente de que tendría que bajar el alquiler para conseguir nuevos arrendatarios. Retornaría a Quintanilla en los próximos meses, no sucedió. Solo sé que se quedó tres años en Barcelona.

8

Fui el agente inmobiliario que llevó los dos pisos de Ceres para alquilar. Costó mucho, el mercado bajó en picado a partir de 2008 y en 2011 no había repuntado la demanda. Ceres tuvo que bajar ciento cincuenta euros de cada piso, aun así tardamos un año en lograr el objetivo. Tuvo mala suerte al perder a sus dos inquilinos a la vez y tuvo fortuna en conseguir dos nuevos en el mismo mes. Aunque no ganaría tanto dinero quedó contenta.
Normalmente yo no intimaba con mis clientes, sin embargo, con Ceres hice una excepción. No era una mujer fea, lo que pasaba era que no se cuidaba como las otras treintañeras. Le tiré los trastos miles de veces, nunca conseguí ni un beso en la mejilla, siempre me saludaba con un apretón de manos. Ni siquiera vi el piso en que vivía, bueno, en realidad alquiló una habitación, convivía con un matrimonio de jubilados.
Hablar hablamos mucho, ella más que yo. Ceres me explicaba su etapa de cuando fue la ladrona de vidas, de cuando estuvo en Nigeria, su destierro en Soria y la idea que tenía para escribir, porque, según ella creía, había vuelto la hora de escribir.
Me llegó a enseñar algunos de sus nuevos relatos, pero su hogar no, ¿para qué? Leí algunos fragmentos porque todavía tenía esperanza en conseguir algo con ella, no sé si era buena o mala su literatura, me aburrió como cualquier otro libro.
Dejamos de tener contacto al año, cuando acabó mi trabajo con ella. Fuimos a tomar algo a un bar después de firmar el contrato del segundo piso, yo una birra y ella un refresco, ya que era abstemia.
Me explicó que estaba emocionada porque iba a iniciar un nuevo proyecto literario. Escribir sobre la vida de una persona con problemas, ella daría consejos de lo que tendría que hacer para arreglarlos. Pensé que era la mayor idiotez que había escuchado en mi vida, que le diera el consejo hablando, se terminaba antes.
Nunca más la volví a llamar ni la vi, perdía el tiempo con ella, no sabía quién era realmente. Nunca me habló de su familia, de sus amigos o de sus relaciones amorosas. Solo de libros, ya me avisó mi tío de que nunca me fiara de una abstemia.

9

Alquilé una habitación a Ceres por la estima que mi familia le tenía a Roberto. Mi abuelo lo ayudó cuando era un joven estudiante, desde entonces Roberto fue uno más de la familia. Nuestra relación murió cuando falleció el abuelo, mi padre se enojó con Roberto por aceptar un piso de su protector como herencia. El filólogo ya tenía un piso en propiedad, ¿para qué quería otro?
La relación se reanudó cuando Roberto se quedó solo con su hija pequeña, una responsabilidad pesada para alguien como él. Hay que tener en cuenta que tenía cuarenta y cinco años cuando nació Ceres, que tenía once años cuando yo la conocí. Mi padre era rencoroso.
Roberto mimaba a la niña, él era bueno como el bien. Ceres fue una adolescente caprichosa y una joven repelente. Cuando se vino a vivir con nosotros tenía treinta años. La muerte de su padre la había hecho madurar, no obstante, seguía siendo una persona extraña para la mayoría de la humanidad por sus pájaros en la cabeza, que intentaban rimar sus versos sin mucho éxito.
Para mí fue terapéutico que Ceres viniera a vivir con nosotros. Yo me acababa de jubilar, mis dos hijos trabajaban mucho y los veía poco. Con mi marido tenía una relación inexistente, lloré de impotencia con mi retiro al pensar que tendría que aguantarlo todo el día. Él también ya estaba en edad de disfrutar de su pensión.
No sé cómo Ceres averiguó nuestra crisis en los primeros días de convivir con nosotros. Una tarde que estábamos solas se acercó a mí para hablar del tema porque me tenía más confianza, así me lo dijo. A cualquier contacto lo llama confianza pensé yo, pero la dejé explicarse, porque me sorprendió su acertada intuición psicológica.
Habló torcidamente, con su incoherencia típica. Cuando vio que no entendía su propósito, me pidió que explicara mi vida. Me chocó tal proposición. En otro momento más alegre para mí la habría rechazado, pero me sentía mal, ahogada, con la autoestima baja. Pensé que no podía perder nada al hablar, aunque fuera a la ladrona de vidas. Le conté que nuestro matrimonio fue como tantos otros, «un campo fértil regado de promesas, que con el tiempo se desertizó porque las promesas se secaron».
Ella opinó que era normal, no tenía que torturarme por mi aburrimiento. Leyó perfectamente mi silencio, me contestó que tenía razón en que yo era bastante mayor que ella, que no tenía tanta experiencia. El lado positivo era que, al verlo desde fuera y no tener una relación íntima conmigo, podría ser imparcial.
Se explayó explicando que con mi permiso escribiría un relato. Los personajes seríamos mi marido y yo, comenzaría con nuestras existencia, luego escribiría un final alternativo que podría ubicarnos en nuestra vidas. «Una composición literaria basada en un hecho real que acaba influyendo en la realidad. Ahora tengo tiempo, ya he alquilado los pisos, solo falta firmar los contratos», concluyó.
Me quedé atónita, no me negué, tenía dudas. Le pregunté cómo lo haría sin conocer mi vida, dijo que lógicamente tendría que narrársela oralmente. Acepté, acepté porque contar los secretos a esa persona no sería como explicarla a una periodista sensacionalista, nadie le haría caso. Otra causa era que sentía curiosidad por cómo acabaría ella ese relato, cuento o lo que fuera.
Le expliqué detalles íntimos de mi matrimonio y nuestro entorno familiar y social. Estuve más de una hora, en ningún momento me interrumpió salvo cuando tenía una duda. De vez en cuando me hacía repetir alguna anécdota para que quedara bien gradaba en su memoria. Me gustó que se fijara en los pequeños detalles, para mí solo lo hacen las personas inteligentes. Me sorprendió que no apuntara nada, todo lo memorizaba. Cuando acabamos me sentí una estúpida por haber sido tan sincera, no sentí la liberación de la que hablan en las películas.
Tardó un mes en escribir el relato, me lo entregó. Eran cuarenta páginas que devoré en un día. Sus palabras escritas, aunque no duchas en literatura, aderezaron mi vida. Ceres criticó en su relato que no habíamos pasado a una relación racional en nuestro matrimonio. Según ella, él éxito de dicha institución sobrevivía décadas si vencía la muerte de la pasión y se superaba la frustración. Del «nihilismo sexual, del nada sexual al lleno personal desde un racionalismo pragmático», escribió.
Piaba mi vida como ladridos de un perro alemán. Sus críticas eran suaves como la dulzura y realistas como la dureza. Su crítica era constructiva hasta la última palabra, el final no era un final feliz made in Hollywood, tenía la misma rigurosidad que el final de la novela Guerra y Paz cuando leemos la vida matrimonial del príncipe Andréi y Natasha Rostova.
Para Ceres, el mundo era irracional, pero los humanos éramos los únicos que podíamos controlar nuestras locas pasiones a partir de ejercicios intelectuales como la reflexión, la lectura y la expresión artística. Nuestro sufrimiento podría verse desde una perspectiva positiva, una vez aceptado y la lucha interna podría fundar una nueva etapa de nuestra vida feliz hasta que se pudriera.
Era inevitable vivir en un ciclo continuo de desgracias y alegrías, disfrutar de los buenos momentos y luchar en los malos, superarlos pero sin olvidarlos, superarlos aceptándolos, que en parte era una derrota que florecía en experiencia.

Desde entonces vi a Ceres con otros ojos, de su boca expulsaba palabras vagas como luces de estrellas, que no iluminaban. Su escritura, en cambio, era un raciocinio iluminado por un sol intenso. Con el tiempo agradecí ser tan sincera con ella, salvó mi matrimonio.

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jueves, 22 de junio de 2017

La ladrona de vidas (primer fragmento)

La ladrona de vidas

Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable.
Jorge Luis Borges. El Aleph.
1

Otra escritora joven que habla con aburrimiento de Nietzsche, es lo que pensé cuando tomábamos los cafés. Hay muchos artistas que aún no se han enterado de que Dios ha muerto y Nietzsche también. Para colmo, Ceres tampoco interpretaba al maestro con sabiduría, escupía los tópicos de siempre: que Platón ha sido una cruz para la cultura europea, filósofo que más tarde reconoció no haber leído; que el alemán no fue entendido por los nazis, que si abrazó un caballo y otras sandeces. La charla estaba ahíta por el exceso del tema, apunto estuve de hablar de Schopenhauer, ya que el primero bebía mucho de la fuente del segundo. Finalmente lo desestimé, al considerar que a Ceres le gustaba hablar, aunque no escuchar.
El aburrimiento me enjauló, bostecé como si fuera una protesta. Yo en aquella época ya estaba jubilada. Me matriculé en Filología Hispánica para ampliar mis conocimientos literarios, era mi pasión. Solía y suelo escribir poemas, que nunca publico, porque mi timidez me prohíbe hacerlo.
Fui a tomar un café con Ceres porque creía que era una chica inteligente, éramos compañeras de la asignatura de la literatura del Siglo de Oro. Quedamos para iniciar un trabajo que analizara la influencia de Garcilaso de la Vega en Cervantes. Un trabajo sencillo, porque hay muchos estudios sobre el tema. No imaginé que hablaríamos de todo, excepto del trabajo. Al principio, sentí curiosidad por Ceres al reconocer, sin interrogatorio, que le gustaba escribir. La charla se torció cuando averigüé por su temática y referencias que era una de tantas escritoras que no llegaría ni al portal de una editorial.
Según me contó, tenía un debate intenso con su padre, intenso para ella y estéril para la humanidad. El padre, que se llamaba Roberto, le hizo un comentario inocente a Ceres. Le aseguró a su hija que ninguna obra artística, grande o pequeña, se había creado de la nada, que toda obra literaria tenía influencia de una obra anterior. Por referirnos a nuestra temática, todo hijo literato proviene de madre literata. Esta opinión tan simple y sencilla no habría sido criticada por nadie, pero Ceres sentía rabia hacia su padre. No me explicó la causa de dicha frustración, se interpretaba claramente escuchándola hablar de Roberto.
Ceres manifestó que no siempre era así. Según ella, muchas obras solo tenían influencia de las personas, no del arte anterior. Su padre, según lo que contaba ella, defendió que el arte siempre ha existido, somos artistas por naturaleza, dicho arte maduró con los años gracias a la influencia de los primeros tiempos. Por supuesto que la vida real influía en cualquier pieza.
Atacó a su padre cuando él acabó de exponer su idea. Para ella, las primeras obras no tenían obras anteriores, su padre dijo que sí, realmente no conocíamos nuestros orígenes. Roberto puso como ejemplo la Teogonía de Hesíodo, cuyos mitos los recopiló de la herencia oratoria de generaciones anteriores. Incluso estas tradiciones griegas venían del Próximo Oriente. Los mitos demostraban que existía una elaboración artística en la oratoria, en las composiciones de tales historias. Remató Roberto su opinión reconociendo que los mitos tenían influencia de personas reales, incluso manipulación del poder establecido, aunque desde la perspectiva del artista.
Ceres me explicó que, lógicamente, no le dio la razón. Cabía la posibilidad de componer una pieza literaria sin ningún tipo de influencia, bastaba la vida de la calle. Le pregunté si la imaginación no podría modificar la vida de un personaje real. Me respondió afirmativamente, era obligación del escritor no corromperse por su propia imaginación. Con la vida real era más que suficiente, «la realidad supera la ficción», dijo.
Igual que un galán, me rescató una llamada telefónica a mi móvil. Era mi hija, había enfermado mi nieto, me pidió si podía ir a buscarlo a la guardería. Por supuesto que fui, no me costó nada interrumpir el monólogo de Ceres. Escapé de la colmena de tonterías. Hablamos, de quedar otro día para, por fin, organizar el trabajo.
Para mi sorpresa, me llamó al día siguiente. Otra vez se puso a hablar sin escuchar. Lo sentía mucho, no podía hacer el trabajo, no hace falta que cuente mi disgusto tras la noticia. Había tomado la decisión de abandonar la carrera para demostrar su teoría. Estaba dispuesta a escribir sin leer nada, escribir a partir de la vida de las personas, «el arte de la calle», concluyó. Le deseé mucha suerte, nunca más supe de ella ni me interesé por saber cómo iba su vida, estaba convencida de que acabaría estrellándose.
Usted me ha pedido escribir un texto de mi relación con Ceres, poco he podido escribir, porque mi relación con ella fue corta como la noche de San Juan. Espero que haya servido.
2

Ceres fue mi amiga en el instituto hasta que dejó la universidad. Como amiga era leal a ella misma; solo hablaba de ella, de libros y las investigaciones de su padre. No hizo más amigos que yo, no era tímida, la verdad es que no paraba de hablar, pero a nadie le interesaba excepto a mí, que también era y soy escritora.
A Ceres no le importaba su impopularidad, opinaba que nuestros compañeros estaban remansados en la vida a causa de la cultura de masas. Ella no se consideraba superior, aunque estaba orgullosa de su diferencia con los demás. Yo me hice amiga suya porque era con la única persona que podía conversar sobre literatura.
Mi examiga, como he dicho, tenía el defecto de no dejar hablar, es un vicio que tenemos todos los escritores, en otras palabras, discursamos monólogos sobre nuestras obras y autores favoritos. Yo, en aquella época, encontraba interesantes sus comentarios literarios por mis escasos conocimientos. Intentaba escribir una novela psicológica, andaba desubicada con mi estilo. Escuchar a alguien que tenía su propio criterio sobre diferentes autores de distintos períodos me cautivó. Con el tiempo averigüé que plagió las opiniones de su padre.
Ceres escribía una prosa volátil como la pólvora, que explotaba en una lectura aburrida, las causas eran varias:
1ª) Reflexiones metaliterarias teóricas, que no escalaban a la práctica.
2ª) Ni las comas tenían sentido de humor, hecho importante al menos para mí ya que sin humor el ritmo de lectura se ralentizaba todavía más.
3ª) Su obsesión por superar a su padre, un genial investigador, uno de los filólogos clásicos más reconocidos en Europa.
Ceres tenía unos sentimientos contradictorios. Criticaba a su padre para demostrar que ella también se había forjado una valía literaria, ahora bien, leyendo esas opiniones se podía interpretar la admiración a la lucidez paternal, la impotencia ante una figura indiscutida por muchos en su campo. Todas estas críticas vertían emoción en exceso. Cuando se tomaba tantas molestias en importunar a Roberto era porque, en el fondo, reconocía su trabajo académico.
Conocí a Roberto en unas vacaciones de verano. Él me invitó a ir con ellos al pueblo soriano en que nació, Quintanilla de Tres Barrios, sabía que era la única amiga de su hija. Era el 1999, ambas teníamos dieciocho años, estábamos emocionadas porque en septiembre iniciábamos nuestro nuevo período en la universidad. Fue un viaje que me apetecía por muchos motivos, uno de ellos era que Antonio Machado era mi poeta favorito. Me llevé al viaje Campos de Castilla para leerlo en la tierra del libro, es un bello recuerdo para mí, aunque quizás esta anécdota no sea destacable.
Soria me cautivó, me robó el corazón, me enamoró. Veía noches cenicientas, suaves como su clima. El Cañón de Río Lobos fue, y es, porque aún visito esa tierra, uno de los paseos más agradables de mi vida. Una vista armoniosa desde la cueva, que protegía a nuestros antepasados cuando la noche los amorataba a golpes.
Roberto me explicaba la historia de su tierra, amaba a Soria. Tuvo que emigrar a Barcelona como tantas personas en la etapa franquista. Vimos más santuarios o paisajes como el castillo de Gormaz, la catedral del Burgo de Osma y la laguna Negra. El lugar favorito de Roberto era el yacimiento arqueológico de Tiermes, las ruinas de Tiermes para muchos. Roberto nos explicó la historia del lugar, los orígenes celtibéricos y la etapa romana.
El profesor era un hombre simpático, serio pero simpático desde la educación y el respeto. Tantas virtudes parecían molestar a Ceres, la cual intentaba explicarme también alguna anécdota de Tiermes, que daba la casualidad que también era su rincón favorito. Cuando acababa la historia su padre lo corregía, a ella le molestaba claramente, lo veía como una arrogancia de Roberto. Yo no lo veía así, utilizaba un tono suave y agradable.
Cuando estuvimos en Quintanilla coincidió que eran las fiestas del pueblo y Roberto fue el invitado estrella en una cena popular. Ceres no quiso ir, se quedó en casa. Intenté hablar con ella, no hubo manera, era testaruda igual que un tauro. Me fui con Roberto, cenamos y nos quedamos hasta la una de la madrugada. Cuando volvimos, Ceres estaba escribiendo, ella se negó a enseñarle su composición, chilló que no quería y se fue llorando a su cuarto.
Al día siguiente, no quiso hablar del tema, la di por perdida. Nuestra amistad duró unos años más. La gota que colmó el vaso fue cuando me habló de la idiotez de escribir sin leer. Yo en esa época ya conocía a muchos escritores noveles y profesionales, y la seguridad en mí se había forjado. El único aliciente que podría hacer que mi amistad con Ceres continuara era Roberto, aunque ella se negó a que él estuviera con nosotros en cualquier quedada.
Corté con ella como se hace con los amigos: excusándome por no poder quedar, tardando en responder las llamadas telefónicas, hasta que llegó el momento en que ni me molestaba en devolvérselas. Siempre he pensado que no perdí nada.

3

Hacía años que no veía a Ceres, nos conocíamos del instituto. Si intercambiamos dos palabras durante esa época se puede considerar un milagro. Se la veía muy seria en esa época, ordenada, la alegría la tenía bien escondida. Su sentido del humor estaba secuestrado por alguna experiencia trágica del pasado no aceptada. Al menos esa era la opinión sin contrastar de la clase, no veíamos otra lógica a esa forma de actuar.
Después de unos años la encontré en una librería en el centro de Barcelona, estaba vendiendo unos libros. Fue ella quien me saludó, yo sinceramente iba hacerme el loco, pero ya no pude porque para mi sorpresa vino ella. Estaba como siempre, había escuchado a mis compañeras que era muy habladora, conmigo nunca lo fue hasta ese día. Una persona normal me habría preguntado qué hacía un tipo como yo en una librería, pero Ceres pasó del protocolo, fue directa al grano.
Empezó a contarme que tenía una misión literaria en la vida, «escribir sin pulir las vidas», dijo literalmente. La frené igual que si parara un coche a toda velocidad, sentí la misma sensación. Le pedí que fuéramos a tomar unas birras en cualquier bar para charlar tranquilamente. Aceptó sin saber que mi intención era reírme de ella, sino en su cara al menos cuando estuviera hablando con los colegas del instituto de mi encuentro con Ceres.
Se excitaba explicando la idea de su literatura, suerte que ella no bebía alcohol, aunque hubo momentos en que pensé que al zumo de melocotón le echó vodka. Sobre sus opiniones no entendía ni jota, pensé por dentro que era la persona más rara que había conocido.
La sorpresa fue cuando paró y, por fin, me preguntó la causa de mi visita a la librería. Fui sincero, fui a comprar un libro para cortejar a una chica, compañera de mi clase en la facultad. Le reconocí que lo único que leía eran fragmentos de los libros y apuntes de la asignatura, que no tenía ni idea de lo que me decía. Ella me respondió que ese era el motivo de haberme elegido, quería escribir sobre mi vida, que le contara los episodios de mi historia para escribir un relato.
Al principio me reí, creí que era una broma. Cuando comprendí la seriedad del asunto me negué, porque mi vida a nadie tenía que importarle, por suerte tampoco había sufrido tragedias. La cara de Ceres fue de decepción, había desaparecido la poca jovialidad que había expresado. Para convencerme me explicó que para ella era una cuestión importante, un pulso contra su progenitor. Puso peor cara con el tema de su padre, me descolocó todavía más ese giro.
Escribía para desautorizar a un hombre, que ella misma decía que era un genio en su disciplina. Hablaba maravillas de su trabajo, criticaba su poca visión sobre la vida real. A mí me importaba una mierda, no iba bien encaminada si así creía que iba a convencerme. Le pregunté por su madre para cambiar el tema, no lo pensé, podría haber sido un grave error. No me contestó, cambió de tema, me extrañó. La dejé hacer por si después me arrepentía de indagar en su cabeza.
Comentó que podríamos hacer historia, hacer algo que nunca nadie había hecho antes. Continuó explicando que llevaba meses sin leer ni los papeles que encontraba en la calle ni los carteles de publicidad ni las placas de las calles. Para demostrar su idea había pasado por una «descomposición de la literatura».
Yo no pude evitar reírme. Entonces le respondí que tenía un primo con una vida interesante, mucho más que la mía, hablaría con él para convencerlo. Ceres me lo agradeció con el corazón, volvió a sonreír levemente, nos intercambiamos los números de teléfono móvil. No quiso molestarme más, se fue acometer más locuras, quién sabe dónde.
Mi intención realmente era llamar a mi primo, un hombre curioso con una vida excéntrica. Quería gastar una broma a Ceres, una broma pesada. A mi primo también le faltaba un tornillo. Era un gigolo que se acostaba con la esposa de un juez, esa mujer le pagaba muy bien.
El problema de mi primo era que todo lo que ganaba se lo gastaba en cocaína, todavía no entiendo cómo podía ser un buen amante con tanta mierda en la sangre.
En fin, estaba convencido de que Ceres pondría una cara de monja asustada al escucharlo. Sucedió que se tomó en serio a mi primo, escribió su vida tal como se la contó, sin omitir ningún detalle.
Yo no estuve en esas citas, no quise aguantarla más, tuve suficiente con la explicación de mi primo. No fue tan mal plan, porque me deshice de ella y me reí un poquito, aunque no tanto como tenía pensado, en ocasiones los planes no salen como uno desea.

4

Roberto y yo éramos amigos íntimos, nos teníamos mucha confianza. Fui el primer editor en que pensó para pasarle los relatos que había escrito Ceres. Suele pasar que la crítica de un padre aletea hasta la mentira en el análisis del trabajo de su prole. Este caso era muy especial, Roberto no había leído ni una frase de los relatos. Ceres me los pasó directamente a mí por correo electrónico, a los que añadió una introducción que era una explicación de su ideal literario. Estaba convencida de que publicaría su obra, nadie jamás se había atrevido a escribir como ella. Entonces explicó sus ideas, las que todos sabemos. Normalmente con leer un párrafo sé si la obra es digna de publicar en mi editorial. En el caso de Ceres con la introducción barrunté que nadie sería tan necio de regar su dinero en ese páramo literario.
Si no paré de leer fue por mi amistad con Roberto, entré en los zarzales e hirieron mi tiempo libre. Era para «llorar rocío», como escribió Lorca, leer esa literatura sin estilo. Bandadas de palabras que no saltaban, ni corrían, ni jugaban, ni cantaban, ni armonizaban. No eran pocos relatos, enumeraré los más excéntricos:
1º) Un gigolo cocainómano que se acuesta con la esposa de un juez. No hay ni final ni conclusión, el relato acaba cuando la amante vio por duodécima vez al chico. No era un relato erótico, la mujer explica los casos del marido; tampoco era crítica social, contaba historias por contar. Interesante como el aburrimiento.
2º) Una trabajadora de un supermercado que cuenta como roba comida para los más pobres de la sociedad. Aquí si hay una mínima historia desarrollada. El final incluso se puede considerar una crítica social o algo parecido, porque no aparece ni una palabra barnizada ideológicamente, lo cual no es negativo para mí, ni filosofía propia; lo cual es muy negativo según mi criterio de nuevo.
3º) Con este relato perdí toda esperanza. La historia es la de una universitaria que se enamoró de una profesora. Finalmente inician una relación, no sabemos qué sucedió después. Era un cuento empalagoso y romántico, pero critica a la vez al amor y al sexo. Dulce como la sal.
4º) Si el primer relato tiene poco sentido, el cuarto que explico es un sinsentido total. El caos derritió la coherencia, y ese caos rebozaba confusión. Un chico que estaba saliendo de una relación traumática se dio a la bebida, se convirtió en un borracho. Explica sus aventuras nocturnas y en ese momento nos perdemos en el Alpeh. Y sí, fue una burla, un mal intencionado plagio, la víctima es Borges, aunque no leemos el enfrentamiento entre el hombre y el infinito, no. Leemos tonterías que se encuentra ese estafador, como que su hígado se regenera igual que el de Prometeo. Lo más vulgar es que a ese imbécil es el alcohol quien le come su preciado órgano. El relato acaba con esta historia, como si la autora dejara un final abierto al lector, cuando en realidad es la expresión de la mayor incompetencia literaria. Qué poca vergüenza tienen algunas personas.
Los cuentos a los que me refiero son los que han quedado anclados en mi recuerdo, los demás eran igual de absurdos. No me podía explicar cómo Ceres había convencido a esas personas para que le contaran sus vidas. No escribía en formato periodístico, en su introducción decía que hasta los nombres eran reales. Lo hacía como una escritora que compone ficción, eso sí, sin construir metáforas y otros registros literarios.
Ceres cortó esas vidas como la hoz a la espiga. A mí me resultan atractivos los relatos reales que dejan un final abierto, así los personajes no mueren con el final del libro, a no ser que la historia los maté, pero dentro de una lógica. Esta norma tan sencilla no fue entendida por Ceres.
Talé la esperanza de mi amigo, ser sincero era hacer un favor a esa familia, lo verían con el tiempo. Roberto no se enojó, era de esperar que una escritora que no leía no escribiera algo decente. Componer una bella imagen, o hacer reflexionar con una alegoría, era un duro trabajo que nadie podía hacer solo.

Ceres no se tomó bien mi crítica, me dejó de hablar, incluso no le dirigió la palabra a su padre durante un año. Era la confirmación de que no «la dejaba crecer como persona y artista» según palabras de ella. Tal hecho no cortó mi amistad con Roberto, aunque lo entristeció la separación con su hija. Estaba loca, no tenía ni idea de cuál era la forma de ayudarla. Fue muy injusta con su padre. 

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lunes, 1 de mayo de 2017

Literaturismo (segundo fragmento)

Siempre recordaré el día en que Puig i Sabaté me llamó al teléfono móvil un sábado por la madrugada. Respondí asustado, no era nada preocupante según se mire, porque mi amigo estaba aturdido tras haber leído la novela de Jara Bolaño. Un Josep Maria motivado me dijo que para él esa novela era buena, pero no una obra maestra. ¿Por qué? Porque no innovaba, no experimentaba en la literatura, no rompía con el axioma literario. Reconoció que tenía guasa que un escritor como él hiciera esta crítica, me agradeció que le hubiera regalado el libro. Le había inspirado para escribir una novela sin tintes comerciales, una obra totalmente diferente a la de Mario.
Me quedé anonadado, lo dejé que siguiera hablando, él había leído muchos libros de historia. Tenía una espina clavada por no utilizar todos esos conocimientos o experiencias intelectuales, mezcladas con sus vivencias personales, que rozaban a élites políticas y empresariales, a los que había conocido aprovechando su fama.
Tenía la idea de escribir sobre las instituciones, personalizar los gobiernos y los ministerios sin nombrar personas, un proyecto parecido lo ingenió José Saramago, me dijo. Pero él lo compondría con dos Estados vecinos inventados. Un primer Estado caracterizado por la cultura pícara hispánica, que sufre la independencia de una parte del territorio. Este nuevo Estado publicitaba, de cara al exterior y a su población, una nación educada, culta, elegante, deportista, cívica… no como los antiguos compatriotas, que eran analfabetos funcionales, vagos, mentirosos, tramposos, etc.
El autor remarcaba que este Estado recién fundado invierte en tecnología y cultura, aunque luego se da a entender que desde un clasicismo como consecuencia de una economía neoliberal. Esta es criticada por el autor, que considera que un gobierno socialdemócrata distribuye equitativamente los beneficios de una sociedad, o al menos no es una política económica tan injusta. Se descubrirá, según avance la lectura, cómo el pueblo es un colectivo protagonista de la historia, un choque caótico de placas tectónicas, un pueblo pícaro y tan culto o no como sus compatriotas.
Hasta aquí me comentó su idea. En ese momento estaba promocionando su nueva novela complicada de etiquetar. Dos años más tarde publicó Dos Estados, yo fui de los pocos que leyó el borrador. Fue una sorpresa para todos, teníamos ante nosotros el nacimiento de un gran escritor. La novela no tenía ni un diálogo, clara influencia de la estructura de El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, con una visión homérica del pueblo a pesar de su incultura, aquí hubo cierta crítica de populismo literario y contradicción por las ideas del autor.
Quizá Josep Maria quería destacar el brillo de los ciudadanos, a pesar de ser miembros de una manada estatal, no era fácil de entender. Otra contradicción para muchos fue que quien lo escribía era una persona rica. Olvidando estas sutilezas de los especialistas, hay que reconocer que el estilo era abrumador, transgresor, clásico, olvidado, rebuscado, dificultoso, prepotente para algunos, trabajado para otros.
Desconocía que Josep Maria tuviera tal voluntad de trabajo, tanta vocación y creatividad. Claramente había una influencia de poetas como Luis de Góngora u otros del culteranismo, pero también innovaba: la sintaxis no la latinizaba, adjetivar el sujeto, enloquecer el verbo, subjetivar el adjetivo, invertir la lógica, aludir el significado banal de las palabras, metáforas puras, perífrasis para expresar una idea sencilla sin la sencillez. Y, sobre todo, asesinar la prosa directa de Jara Bolaño, pero también sus grandes creaciones, porque Dos Estados no era una novela con una historia trabajada y unos personajes profundos. No, la belleza de esa obra radicaba en disfrutar de unos largos párrafos que explican poco y embelesan como el aroma de un jardín botánico.
No he comentado nada sobre el desarrollo de las ideas originales que tenía el autor. Suele pasar que el escritor tiene una idea y esta luego es modificada en la fecundación de la historia. Jara Bolaño, por ejemplo, era un artista que improvisaba mientras componía, edificaba una sucesión de hechos y una combinación de personalidades, las cuales estaban sujetas a los cambios diarios que se producen al construir primero el tejado. El aspecto negativo era regular el aparejo de la coherencia en la obra. Más adelante concretaré la filosofía laboral de Mario, ahora el protagonista es Josep Maria.
Puig i Sabaté no dejaba nada para la improvisación, ni la grata o frustrada sorpresa. Escribía borradores que eran los andamios de un edificio cuya fachada es la novela, no era un interiorista como Jara Bolaño. Escribía, reescribía, borraba, empezaba de nuevo antes que incluir un nuevo elemento que desmontara la idea original. La historia y el estilo de Dos Estados estaban anotados en este borrador, no se saltó ni una coma de sus apuntes, no disfrutó ni sufrió con la sorpresa creativa.
Explicar el resto de la obra es una idiotez, porque es archiconocida. Recuerden como, poco a poco, salen los trapos sucios de las instituciones públicas e incluso privadas. Leemos capítulos en que no existe una relación entre el Estado y la población, precisamente porque el autor quería destacar la lejanía del poder con la ciudadanía. Por supuesto, las personas de a pie son mucho más honradas que sus gobernantes, a pesar de no tener cultura.
No obstante, encontramos una visión pesimista en Josep Maria. Escribió una novela sobre unos Estados-naciones europeos ficticios, con una clara cultura latina. Lo curioso es que no hay un claro componente ideológico ni religioso. El autor defiende un gobierno socialdemócrata que dirija una economía mixta, un sistema que opina que no llegará a los estados del sur de Europa por la alta corrupción de la élite política y empresarial. Parece ser que no quería ver, o no tenía conocimiento por su clase social, la picaresca empapada en toda nuestra sociedad. Al final rompe su propia ideología para que la obra quede libre. Según él, alaba dicha actitud. ¿Otra contradicción?
Hay otra crítica dura. El gobierno, para engrandecer al Estado, subvenciona a artistas, igual que los mecenas de los antiguos Estados de la Edad Moderna. Gobiernos que no promovían el arte por amor a él, sino como una forma de control. Quizás me he remontado demasiado lejos, cuando lo podemos comprobar en nuestra España de hoy.
Nunca hablé de la gestación de Dos Estados a Mario, se lo hubiera tomado a risa. Incluso cuando la novela se publicó, no hablamos del tema. Una tarde me llamó, me comentó que había leído varias críticas del libro, que lo habían convencido para leer Dos Estados.
No la criticó, a pesar de no ser de su estilo. Esa diferencia de opiniones no implicaba que no reconociera una obra maestra. Ahora bien, se sorprendió de que un escritor tan banal hubiera escrito una prosa tan inmensa, lo cual significaba que había perdido muchos años de su vida en ilustres majaderías.
Sonrió recordando a Adelaida, a ella no le hubiera agradado, lo hubiera etiquetado de ensayo mezclado excesivamente con imágenes gratuitas. Aunque Mario sí supo ver las virtudes de Josep Maria, y desde entonces respetó al escritor y al hombre. A partir de ahí ambos escritores se respetaban, tanto fue su respeto que de nuevo se negaron a conocerse, no por miedo a sentirse inferiores artísticamente, sino por las consecuencias del choque de dos mundos distintos, por la invasión del uno al otro.
Desde Dostoievski y Tolstoi, en la Rusia decimonónica, nadie recordaba a dos genios tan cerca el uno del otro, ellos tampoco se conocieron nunca. La insignificante diferencia era que mis amigos vivían en un mundo globalizado en que los escritores se encontraban en conferencias, concursos, redes sociales o en la feria del libro de cualquier ciudad del mundo.
Cuando Josep Maria tenía noticias de que Mario iría a la Feria del Libro de Madrid, por citar un ejemplo, él no iba. El día de firmas en Sant Jordi en la Rambla de Barcelona uno iba por la mañana y el otro por la tarde. Estos hechos extrañaron a la prensa, que no tuvo problema alguno en especular sobre una pelea entre los escritores o cualquier estupidez que pasara por el magín del sensacionalista.
Peor fue cuando, no sé cómo, averiguaron que yo era el único amigo común. No me dejaban en paz, en realidad, desde entonces no me han dejado en paz. Tuve que dejar mis colaboraciones en la televisión y radio públicas. Algunos de mis alumnos me preguntaban por la vida de los dos artistas: ¿eran ciertas las noticias de la prensa?, ¿quién era más guapo? ¿Bebían, fumaban, esnifaban para escribir? Preguntas dignas de alumnos universitarios. Incluso mi clase fue la más solicitada de la asignatura para matricularse.
Fue en ese período que percibí la fundación de dos escuelas, dos sectas, dos grupos fundamentalistas, dos bandas literarias que combatieron entre ellas en nombre de sus mesías, pero sin su consentimiento. La leyenda escribió muchas mentiras, la falta de respuesta para confirmar o desmentir por parte de mis amigos ensanchó el bullicio sensacionalista.
Todo comenzó con algunos estudiantes filólogos, unos se declaraban puigistas y otros jaristas o boloñistas. Los primeros apreciaban la belleza externa de la prosa, los segundos criticaban la obra del enemigo como superficial y gratuita. El puigismo se reía de la poca elegancia e inteligencia de los jaristas. Estos últimos se jactaban de la realidad acentuada por el humor negro de su autor, conocedor de la calle y las personas corrientes, no como Puig i Sabaté, que alababa un colectivo con un tono populista y sin conocimiento de causa. La misma actitud comercial de su anterior etapa para vender libros con idéntica facilidad.
Los puigistas creían que Jara Bolaño era un perdedor y por eso desprestigiaba a muchas personas corrientes que ningún mal le habían hecho. El boloñismo volvía a atacar con el populismo y la ignorancia de los herejes. Su autor era un niño de papá que no conocía la vida real, ni las personas. Y lo peor de todo, se había vuelto un ensayista, un académico, su prosa no era fresca como la de Jara Bolaño. ¿Qué mal hacían los diálogos? Antes Puig i Sabaté los utilizaba, en cambio, desde Dos Estados, había vuelto a la literatura el estéril debate del siglo anterior.
Eran discusiones perennes, nunca ningún grupo se daba por vencido. Siempre algún miembro tenía la última respuesta, respuesta que era rebatida y así hasta la más absoluta idiotez humana. En una pequeña parte, los boloñistas tenían razón, Josep Maria había compuesto solo un magnum opus, había que esperar a la siguiente novela para ver si sería capaz de componer varias novelas maestras como Jara Bolaño.
Esta llegó tres años después de la publicación de Dos Estados. Su segundo magnum opus fue bautizado como Ares contra Atenea. Era una novela ecuestre, los protagonistas son varios españoles que van a luchar contra el Estado Islámico en Irak en el año 2015, el grupo terrorista yihadista, que decía ser suní, y que durante varios años logró ocupar varios territorios en Irak y Siria. Unos lunáticos que mataron y decapitaron a miles de personas.
La novela se sitúa solo en ese año. Son voluntarios que quieren luchar contra la destrucción y la sangre, contra Ares. Ellos y la oposición iraquí al Estado Islámico son representados por Atenea, la diosa de la sensatez y la mesura desde la perspectiva bélica. Es una novela épica que homenajea al soldado valiente y honrado, a los héroes homéricos. En esta pieza tampoco existen los diálogos, hay largas descripciones paisajísticas de Irak, país que nunca visitó, y del armamento de la época.
La diferencia entre la primera y segunda novela es el narrador. Mientras que en Dos Estados hay uno omnisciente, en Ares contra Atenea encontramos un narrador diferente en cada capítulo, con su lenguaje encorvado, retorcido, nada que ver con el lenguaje de Jara Bolaño. De nuevo nos topamos con la influencia de El otoño del patriarca.
En estas historias no existe el pueblo personificado, solo los españoles antes citados y otros paisanos que han abrazado la causa del Estado Islámico. También hablan iraquís de los dos bandos y otros occidentales que combaten. En conclusión, monologan los hijos de Ares y Atenea.
Uno de los occidentales es un finlandés que explica la igualdad socioeconómica que rige ese país. Pero en los siguientes capítulos con las historias contadas por un español, un iraquí, un estadounidense y un ruso el caso finlandés se convierte en la excepción que confirma la regla.
Las generosas acciones personales de unos pocos no disminuyen la visión pesimista del autor. Es interesante el trato religioso en esta novela, del cristianismo no habla ninguno de sus personajes occidentales. Los iraquís sí que hacen referencias al islam, ahora bien, son mayormente expresiones populares que no deterioran la obra en opinión de los puigistas.
Mario reconoció públicamente haber leído una novela histórica a la altura de Guerra y Paz, un homenaje a la Ilíada. Los puigistas lo celebraron como una victoria hasta que Josep Maria alabó sinceramente la obra de Jara Bolaño, su obra literaria pasaría a estudiarse en la universidad. Suerte que yo no daría esa clase y no tendría que aguantar a esos fanáticos. Fue un golpe duro para los puigistas, que tampoco significaba la derrota, al menos su autor había demostrado su valía con una nueva composición magnífica.

Lo más cínico de todo era que ambos escritores se negaron una y otra vez a acudir a cualquier reunión que organizara alguna de las dos sectas. Aunque tengo que escribir, otra vez, que no hay mal que por bien no venga. Jara Bolaño escribió Idealizado, una novela puramente autobiográfica sobre lo que he explicado en los últimos párrafos, con su típico humor y mucho mejor escrita que este artículo mío.

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viernes, 7 de abril de 2017

Literaturismo (primer fragmento)

Mis nuevos relatos pronto estarán en Amazon, de momento, un avance del primer cuento largo del libro.

Literaturismo (primer fragmento)

No existen los latinos. Quiero decir el pensamiento latino. Estáis tan orgullosos de vuestros defectos.

Ernest Hemingway. Adiós a las armas.

Soy un hombre conocido en nuestra sociedad. Cada día rechazo de dos a seis ofertas para ser entrevistado en cualquier medio de comunicación del mundo. Acepto, muy de vez en cuando, la oferta más seria. El interés que despierto desde hace varios años no es por mi persona o por mi trabajo, mi único logro en la vida ha sido ser el amigo íntimo de los dos escritores hispanos más importantes del presente siglo.
Dos escritores que rechazaron una y otra vez conocerse personalmente. Dos escritores de la misma generación, ambos fallecidos, ambos paridos Barcelona
Pero no fueron hermanos de la misma Barcelona artística. Josep Maria Puig i Sabaté, un catalán residente del barrio de Urgell, vivía en la Gran Vía. Una persona de clase media alta, sus padres trabajaron en las noticias de una televisión privada catalana, la madre una presentadora y el padre un redactor que se enamoraron en el trabajo.
El otro genio se constituía bajo el nombre de Mario y los apellidos Jara Bolaño. Nació en Barcelona, sus padres eran chilenos, vivió en el barrio de Ciutat Meridiana de la misma ciudad. Calles enfangadas de edificios viejos, ocupados por familias más humildes que los Puig Sabaté. El padre de Mario sufrió el liberalismo español en una pequeña empresa de mudanza que contrataba a extranjeros porque cobraban menos. La madre una cajera en un supermercado.
Estas dos circunstancias marcarían a mis amigos. Es fácil entenderlo, hay que leer la visión paisajística urbana de cada uno. Puig i Sabaté fue un joven que disfrutó de largos paseos por el barrio del Raval, alabando sus edificios púbicos y los hoteles, sin prestar atención el sufrimiento de los habitantes de dichas calles. Así quedó plasmada su vida cómoda en su Barcelona modélica.
En cambio, Jara Bolaño describía una ciudad voluble, la cual mareaba a sus habitantes, los embriagaba y desesperaba hasta la más cínica resignación. Una ciudad preocupada por masajear a los turistas y venderles ropa. Mario escribió una realidad cruda en exceso que flagelaba todo optimismo inocente. Leyendo a ambos un día, en un ejercicio de comparación literaria, me parecía increíble que vivieran en la misma ciudad.
Me apetece escribir sobre su parecido ideológico, más a delante trataré sobre otras diferencias o, incluso, más semejanzas. Ambos se consideraron socialdemócratas en el sentido escandinavo, a pesar de que España no poseía, ni posee, los recursos naturales de Finlandia o Suecia. Ambos opinaron que el siglo XXI ha sido un período sin ideologías políticas dominadoras. La mayoría de sus coetáneos lo consideraron una falta de compromiso social de la población, sin embargo, mis amigos confiaron que vivir sin una ideología que no marcaba el ritmo de la vida era algo positivo.
Creyeron, erróneamente, que primero la fe había perdido la hegemonía del control social y, en nuestro siglo, la pasión política. Ellos entendieron solo al final de sus vidas que ambos conceptos eran los mismos vicios que alegraban y entristecían a los ciudadanos en groserías sociales.
Ambos fueron hijos de la decepción que provocó la promesa fallida de la política española y europea en la segunda década de nuestro siglo, lo cual los marcó para no escribir pasionalmente ni con interés sobre alternativas políticas. No obstante, más adelante analizaré la prosa de Josep Maria en su novela Dos Estados para reafirmarme en esta opinión de los críticos literarios.
El lector que haya leído ya a Mario, si ha sido hábil en su lectura, tendría que haber intuido la crítica cínica al sistema capitalista español que sepultaba a una parte de la clase trabajadora en unas condiciones precarias. Lo más curioso fue que ambos decían defender la socialdemocracia sin pasión política ni bandera. En un sistema que mantiene un equilibrio social no hace falta el populismo del nacionalismo.
Escribieron sobre política, e incluso la criticaron con pasión, aunque ellos creyeran que no. No obstante, en el caso de Jara Bolaño no confiaba en un cambio profundo y democrático, lo atraía la socialdemocracia escandinava, pero la consideraba inviable en España. Puig i Sabaté escribió claramente, como he dicho, del fracaso de toda alternativa.
Josep Maria publicó con bastante facilidad su primera novela gracias a las conexiones y contactos de sus padres. Tenía veintinueve años y, marcó una nueva tendencia en la literatura de los centros comerciales. Componía sobre lo poco que había visto en su vida: personas socialmente estables como él y las relaciones personales entre ellos.
Una novela empapada con los vinos más caros, que un obrero no podía pagar ni para olerlos. Una prosa simple y directa, diálogos que enredaban al lector, una temática erótica nada machista, un exceso en la utilización del políptoton para bromear simplonamente con las palabras y un estilo que, como el perfume barato, al cabo de pocas horas se ha diluido su presencia. En conclusión, fue un best-seller arrasador. Este éxito económico le permitió viajar por el mundo, conocer a otros escritores de su estilo y empaparse de nuevos modelos literarios mercantiles.
Durante la siguiente década se casó con Miriam, tuvieron dos hijos y escribió dos novelas más. La primera fue un cambio temático, en la que hablaba de la vida de una familia burguesa decimonónica y sus contradictorias vidas desde un tono empujado hacia el sarcasmo. Fue otro éxito de ventas aunque, sinceramente, Puig i Sabaté no era un hombre de tendencia irónica.
Lo conocí durante la publicación de esta obra. Vino a un programa literario de la televisión pública española, aunque la productora y los trabajadores éramos de Barcelona. Yo no era el presentador, era solo un colaborador. Mi trabajo que más horas me abarcaba era el de profesor de literatura del siglo XX en la carrera de Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona. También colaboraba en revistas especializadas y programas de radio.
Quizás porque era una persona que no dependía directamente de ese trabajo fui el único de mis compañeros que expresó sus opiniones a Josep Maria sobre su novela. Él, para sorpresa de todos, no se enojó, aunque no era una persona acostumbrada a recibir críticas. Sin embargo, parecía que era consciente, en alguna de sus conexiones neuronales, que algún día conocería a una persona dispuesta a demostrarle la verdad, o al menos a expresar la opinión de los especialistas, como él me comentó en una ocasión: «la verdad elitista».
Nos hicimos amigos gracias a mi pensamiento transparente, es más, con los años me convertí en su persona de máxima confianza a nivel literario. Fui de los pocos afortunados en leer sus magnum opus cuando aún eran simples borradores o apuntes para componerlas. Estoy corriendo mucho y no es justo, ya que es saltarme muchos capítulos de su vida.
Ahora mismo es el momento de tratar sobre su tercera novela. Otra prosa de masas que aspiraba, a partir de un sentimentalismo empalagoso que ni él mismo se creía, a enternecer los corazones de millones de lectores de todo el mundo. Porque Josep Maria había subido al piso más alto del centro comercial por el ascensor, sin tener que cansarse, como muchos de sus colegas, haciéndolo por las escaleras. Para en muchas ocasiones tropezarse, y claro, la caída provocaba un esguince. A ver quién era el guapo que volvía a subir cojeando.
En ese período le hablé por primera vez de un escritor de su misma edad, treinta y nueve años, que acababa de publicar su primera novela. Yo la había leído y me había impresionado. Obviamente, me refiero a Mario. Intenté convencer a Puig i Sabaté para que conociera a Jara Bolaño, pero el primero se negó y no se interesó en leer a alguien que había soportado subir cojo las escaleras.
Creí que sería una publicidad convincente para Mario tener una relación con Josep Maria, pero no fue posible. Suerte que no comenté a mi nuevo amigo mi inocente idea, fui un estúpido por idear dicho plan, porque Mario tampoco hubiera aceptado. Pero primero es obligatorio resumir la vida literaria de Jara Bolaño.
Mario no inició su pasión por la lectura hasta que conoció a Adelaida, una profesora de literatura española que tenía tanta vocación que motivaba a sus alumnos a leer los clásicos castellanos. Jara Bolaño coloreó así su vida aburrida e incomprensible de adolescente. Era un chico introvertido con una vida social igual que la de un monje de la orden benedictina. En aquella época aún no pensaba en escribir, la lectura era un pasa-tiempos, una forma de destrabar el aburrimiento.
En un principio leía únicamente prosa, no estaba interesado en el verso, el teatro, el ensayo o el periodismo. Le gustó leer los clásicos en clase de Adelaida, aunque suponía un esfuerzo intelectual, por eso los abandonó en cuanto acabó la asignatura y dicho esfuerzo entró en un estado de somnolencia ante las novelas favoritas de Mario.
No leía para aprender, sino para entretenerse, de hecho leía literatura de portadas de revista. No fue a la universidad, ni a la Formación Profesional. Tuvo varios trabajos: pizzero, limpia platos, dependiente en una tienda de ropa, cobrador en un aparcamiento, mozo de almacén y muchos trabajos de media jornada, mal pagados, bajo la protección de empresas temporales. Hay que recordar que España estaba saliendo de la crisis económica de principios de siglo. Según los poderes políticos y económicos, con la precarización laboral se salvaría el capitalismo, porque lo importante era crear una gran cantidad de empleos en un país con unas altas tasas de paro. La calidad llegaría en el siglo XXII o XXIII.
«Un fantasma recorría Europa, el cinismo del capitalismo especulativo» escribiría el escritor recordando esa etapa de su vida. Jara Bolaño, durante esos años, fue una de las jóvenes víctimas de la crudeza laboral y su timidez le ahorró hablar las tonterías que expresaban sus compañeros. Una vez los hubo analizado, concluyó que se habían resignado y no les importaba la situación social nacional e internacional, que también era la de todos ellos y, por qué no reconocerlo, él también era un resignado que se atrincheraba en sus libros y se hacía el indiferente ante toda la vorágine neoliberal.
La existencia de Mario se sacudió cuando su madre enfermó de cáncer de mama, uno de los capítulos más dolorosos de la vida de Jara Bolaño. Sin embargo, la enfermedad fue detectada cuando todavía el ejército no había cercado al pueblo inocente, lo cual no significa que se venciera sin sufrir.
El retoño de la señora Bolaño estaba preocupado por su madre, como era de esperar en cualquier hijo. A este se le ocurrió que, para animarla, escribiría un cuento alegre y divertido. El joven escritor dio una sorpresa agradable a la enferma. Mario me explicó que en aquella época él creía haber escrito un gran relato, porque su madre estaba muy feliz de escuchar la composición. Lo animó a seguir escribiendo, años más tarde conocería la verdad. A la mujer el cuento no le gustó, el propio Mario vería en su madurez que era un relumbrón de la prosa. Si animó a su hijo fue porque, por primera vez, vio en él una mirada que destilaba esperanza y pasión. El propio artista me confesó que sentía un estado eufórico, como los festivos creyentes de Dionisio, y estaba orgulloso de sí mismo por crear, por expresarse, por sentir que, por fin, podía hacer algo en la vida.
Siguió torturando a su madre leyéndole los nuevos cuentos, hasta que él quedó tranquilo de que había vencido la enfermedad. La mujer demostró una euforia excesiva porque no quería ofender a su hijo opinando sobre su prosa ni desanimar al nuevo escritor.
Aquí entraríamos en una nueva etapa. Jara Bolaño fue a su antiguo instituto a reencontrarse con Adelaida, que estaba en su último año de trabajo, ya que al finalizar el curso se iba a jubilar. Estuvieron hablando largo tiempo. El joven le explicó que, por fin, había desterrado su pasión. Adelaida se interesó por el chico, le pidió los cuentos, él los llevaba en un pendrive y se lo dio. También le facilitó su número de teléfono móvil para que la profesora se comunicara con él una vez hubiera leído la prosa del joven.
Si la madre intuyó que la literatura de su retoño era de baja calidad, imagine usted la opinión de Adelaida. No obstante, aceptó ser la maestra del joven para limpiar la mugre que representaba la jubilación en una persona tan activa. Si esa tarde alguien le hubiera explicado a la maestra que aquel chico se convertiría en un escritor titánico se hubiera enojado por gastar broma tan macabra. Imposible, hubiera respondido ella: los grandes genios empezaron desde su infancia en la literatura y Mario no; los grandes escritores a los veintiún años no cometían faltas ortográficas y Mario sí; los grandes literatos poseían un estilo poético en su prosa y Mario nunca había leído un triste verso; los grandes maestros tatuaban las pieles de las hojas con tinta hermosa y Mario no. Hoy en día puedo responder que tenía razón, pero Jara Bolaño poseía varias virtudes: el esfuerzo, la fuerte voluntad y, la testarudez, que por primera vez sintió en su vida y jamás desapareció en su escritura.
Adelaida fue sincera con él cuando se volvieron a ver. Sin duda, le dolió escuchar la realidad, y le respondió a su maestra que aprendería y no se rendiría. Así que la maestra le enseñó la ortografía castellana y le forzó a hacer ejercicios de caligrafía como si fuera un alumno de escuela primaria. También estudió gramática y coherencia textual amparado por los comentarios y análisis de obras literarias. Este último, para el joven, era lo más interesante junto con la historia de la literatura: de Homero hasta Elena Medal, de Esquilo a Dario Fo, de la prosa de Genji Monogatari a Luis Goytisolo.
Fue un aprendizaje lento, aunque continuo, que duró nueve años. Cuando Mario cumplió treinta, creyó que había llegado el momento de publicar su obra. Había esperado pacientemente nueve años porque no quería quedar en ridículo. La maestra le recomendó que esperara, le citó a Puig i Sabaté como ejemplo de la literatura rápida de escribir e indigna de leer. Jara Bolaño respondió que él no tenía nada que ver con ese escritor, hacía años que ya no le interesaba esa literatura, no escribía como él, ni lo pretendía.
Mario estaba orgulloso de sí mismo, había bajado la voz estentórea con la que siempre grita la ignorancia. Adelaida reconoció orgullosa la gran mejora de su discípulo, algo que no esperaba. Consideraba que, por primera vez, realmente tenía posibilidades de publicar su obra. Para la maestra, escribía con un humor negro digno de leerse sobre las relaciones sociales, pero, en ocasiones, parecía que leía un buen ensayo en vez de una rica prosa.
Por primera vez, a Jara Bolaño le molestó una crítica constructiva de su maestra. Su conciencia de ser un patoso prosaico le había impedido enseñar a alguien su obra. Pero en ese período de su vida estaba convencido de sí mismo. Además, su vida personal se había estabilizado. Llevaba cuatro años trabajando en la empresa pública de limpieza de la ciudad, en la que fue contratado gracias a los contactos del hermano de Adelaida. Vivía en pareja con Gala desde hacía tres años y, ella estaba embarazada de un niño que se llamaría Roger. La escritura le granjeó una seguridad a Mario que, si bien no lo convirtió en una persona festiva, si fue la domadora de su introversión.
El orgullo de Mario colisionó por exceso de velocidad y chocó con la opinión de Adelaida. El joven no discutió con su maestra porque no quería parecer desleal, buscó la suerte solo. Creyó que le daría una sorpresa, aunque la sorpresa se la llevó él. Envió miles de correos electrónicos a agencias literarias, todas respondieron que estaban saturadas de solicitudes y, que en ese momento, no podían trabajar con más escritores. El siguiente paso fue publicar un recopilatorio de relatos en la página de Amazon. Creyó que en una página con tantos clientes potenciales podría tener posibilidades de ser conocido, ya no solo en España, sino en todo territorio que hablara castellano. Intentó contactar con medios de comunicación pequeños e independientes, pero incluso estos se negaron a entrevistar a un autor desconocido, que había publicado un libro electrónico, hazaña que cualquier valiente podía realizar. Lo máximo que consiguió fue una pequeña promoción en blogs visitados por un número de personas que se podría contar con dedos de la mano de un manco.
Conclusión, vendió cinco libros, sin contar las personas que conocían al amigo o familiar, hecho último que no tenía mérito alguno. Ni los mensajes por las redes sociales ni el intercambio de promesas de comprarse los libros electrónicos de la página entre escritores, fueron un motivo de ascenso de descargas. Hasta ese momento no comentó nada a su maestra, tampoco le anunció su siguiente paso: auto publicar un libro, pagando san Pedro canta, pensó.
Dicen que el dinero lo compra todo, aunque no tenía sentido que comprara compradores. Cinco cajas de cincuenta ejemplares cada una. La pequeña editorial no se responsabilizó de promoción alguna, ahora bien, cobraron en los plazos marcados por ellos mismos. Gala se enojó más que mucho con su pareja, había gastado mil quinientos euros para vender cincuentas copias, a diez euros por libro. Le hizo prometer que no cometería otra insensatez parecida.

Jara Bolaño se desanimó. Nadie se interesaba en él, excepto algunas personas de Latinoamérica, que habían leído fragmentos de su obra, incluso habían iniciado un contacto virtual. Mario le confesó todo a Adelaida, que se rio desde la comprensión, incluso alabó su ambición. No tenía que perderla por tales experiencias, simplemente aprender o reflexionar sobre lo sucedido, y tener la paciencia de una hormiga. 

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