jueves, 22 de junio de 2017

La ladrona de vidas (primer fragmento)

La ladrona de vidas

Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable.
Jorge Luis Borges. El Aleph.
1

Otra escritora joven que habla con aburrimiento de Nietzsche, es lo que pensé cuando tomábamos los cafés. Hay muchos artistas que aún no se han enterado de que Dios ha muerto y Nietzsche también. Para colmo, Ceres tampoco interpretaba al maestro con sabiduría, escupía los tópicos de siempre: que Platón ha sido una cruz para la cultura europea, filósofo que más tarde reconoció no haber leído; que el alemán no fue entendido por los nazis, que si abrazó un caballo y otras sandeces. La charla estaba ahíta por el exceso del tema, apunto estuve de hablar de Schopenhauer, ya que el primero bebía mucho de la fuente del segundo. Finalmente lo desestimé, al considerar que a Ceres le gustaba hablar, aunque no escuchar.
El aburrimiento me enjauló, bostecé como si fuera una protesta. Yo en aquella época ya estaba jubilada. Me matriculé en Filología Hispánica para ampliar mis conocimientos literarios, era mi pasión. Solía y suelo escribir poemas, que nunca publico, porque mi timidez me prohíbe hacerlo.
Fui a tomar un café con Ceres porque creía que era una chica inteligente, éramos compañeras de la asignatura de la literatura del Siglo de Oro. Quedamos para iniciar un trabajo que analizara la influencia de Garcilaso de la Vega en Cervantes. Un trabajo sencillo, porque hay muchos estudios sobre el tema. No imaginé que hablaríamos de todo, excepto del trabajo. Al principio, sentí curiosidad por Ceres al reconocer, sin interrogatorio, que le gustaba escribir. La charla se torció cuando averigüé por su temática y referencias que era una de tantas escritoras que no llegaría ni al portal de una editorial.
Según me contó, tenía un debate intenso con su padre, intenso para ella y estéril para la humanidad. El padre, que se llamaba Roberto, le hizo un comentario inocente a Ceres. Le aseguró a su hija que ninguna obra artística, grande o pequeña, se había creado de la nada, que toda obra literaria tenía influencia de una obra anterior. Por referirnos a nuestra temática, todo hijo literato proviene de madre literata. Esta opinión tan simple y sencilla no habría sido criticada por nadie, pero Ceres sentía rabia hacia su padre. No me explicó la causa de dicha frustración, se interpretaba claramente escuchándola hablar de Roberto.
Ceres manifestó que no siempre era así. Según ella, muchas obras solo tenían influencia de las personas, no del arte anterior. Su padre, según lo que contaba ella, defendió que el arte siempre ha existido, somos artistas por naturaleza, dicho arte maduró con los años gracias a la influencia de los primeros tiempos. Por supuesto que la vida real influía en cualquier pieza.
Atacó a su padre cuando él acabó de exponer su idea. Para ella, las primeras obras no tenían obras anteriores, su padre dijo que sí, realmente no conocíamos nuestros orígenes. Roberto puso como ejemplo la Teogonía de Hesíodo, cuyos mitos los recopiló de la herencia oratoria de generaciones anteriores. Incluso estas tradiciones griegas venían del Próximo Oriente. Los mitos demostraban que existía una elaboración artística en la oratoria, en las composiciones de tales historias. Remató Roberto su opinión reconociendo que los mitos tenían influencia de personas reales, incluso manipulación del poder establecido, aunque desde la perspectiva del artista.
Ceres me explicó que, lógicamente, no le dio la razón. Cabía la posibilidad de componer una pieza literaria sin ningún tipo de influencia, bastaba la vida de la calle. Le pregunté si la imaginación no podría modificar la vida de un personaje real. Me respondió afirmativamente, era obligación del escritor no corromperse por su propia imaginación. Con la vida real era más que suficiente, «la realidad supera la ficción», dijo.
Igual que un galán, me rescató una llamada telefónica a mi móvil. Era mi hija, había enfermado mi nieto, me pidió si podía ir a buscarlo a la guardería. Por supuesto que fui, no me costó nada interrumpir el monólogo de Ceres. Escapé de la colmena de tonterías. Hablamos, de quedar otro día para, por fin, organizar el trabajo.
Para mi sorpresa, me llamó al día siguiente. Otra vez se puso a hablar sin escuchar. Lo sentía mucho, no podía hacer el trabajo, no hace falta que cuente mi disgusto tras la noticia. Había tomado la decisión de abandonar la carrera para demostrar su teoría. Estaba dispuesta a escribir sin leer nada, escribir a partir de la vida de las personas, «el arte de la calle», concluyó. Le deseé mucha suerte, nunca más supe de ella ni me interesé por saber cómo iba su vida, estaba convencida de que acabaría estrellándose.
Usted me ha pedido escribir un texto de mi relación con Ceres, poco he podido escribir, porque mi relación con ella fue corta como la noche de San Juan. Espero que haya servido.
2

Ceres fue mi amiga en el instituto hasta que dejó la universidad. Como amiga era leal a ella misma; solo hablaba de ella, de libros y las investigaciones de su padre. No hizo más amigos que yo, no era tímida, la verdad es que no paraba de hablar, pero a nadie le interesaba excepto a mí, que también era y soy escritora.
A Ceres no le importaba su impopularidad, opinaba que nuestros compañeros estaban remansados en la vida a causa de la cultura de masas. Ella no se consideraba superior, aunque estaba orgullosa de su diferencia con los demás. Yo me hice amiga suya porque era con la única persona que podía conversar sobre literatura.
Mi examiga, como he dicho, tenía el defecto de no dejar hablar, es un vicio que tenemos todos los escritores, en otras palabras, discursamos monólogos sobre nuestras obras y autores favoritos. Yo, en aquella época, encontraba interesantes sus comentarios literarios por mis escasos conocimientos. Intentaba escribir una novela psicológica, andaba desubicada con mi estilo. Escuchar a alguien que tenía su propio criterio sobre diferentes autores de distintos períodos me cautivó. Con el tiempo averigüé que plagió las opiniones de su padre.
Ceres escribía una prosa volátil como la pólvora, que explotaba en una lectura aburrida, las causas eran varias:
1ª) Reflexiones metaliterarias teóricas, que no escalaban a la práctica.
2ª) Ni las comas tenían sentido de humor, hecho importante al menos para mí ya que sin humor el ritmo de lectura se ralentizaba todavía más.
3ª) Su obsesión por superar a su padre, un genial investigador, uno de los filólogos clásicos más reconocidos en Europa.
Ceres tenía unos sentimientos contradictorios. Criticaba a su padre para demostrar que ella también se había forjado una valía literaria, ahora bien, leyendo esas opiniones se podía interpretar la admiración a la lucidez paternal, la impotencia ante una figura indiscutida por muchos en su campo. Todas estas críticas vertían emoción en exceso. Cuando se tomaba tantas molestias en importunar a Roberto era porque, en el fondo, reconocía su trabajo académico.
Conocí a Roberto en unas vacaciones de verano. Él me invitó a ir con ellos al pueblo soriano en que nació, Quintanilla de Tres Barrios, sabía que era la única amiga de su hija. Era el 1999, ambas teníamos dieciocho años, estábamos emocionadas porque en septiembre iniciábamos nuestro nuevo período en la universidad. Fue un viaje que me apetecía por muchos motivos, uno de ellos era que Antonio Machado era mi poeta favorito. Me llevé al viaje Campos de Castilla para leerlo en la tierra del libro, es un bello recuerdo para mí, aunque quizás esta anécdota no sea destacable.
Soria me cautivó, me robó el corazón, me enamoró. Veía noches cenicientas, suaves como su clima. El Cañón de Río Lobos fue, y es, porque aún visito esa tierra, uno de los paseos más agradables de mi vida. Una vista armoniosa desde la cueva, que protegía a nuestros antepasados cuando la noche los amorataba a golpes.
Roberto me explicaba la historia de su tierra, amaba a Soria. Tuvo que emigrar a Barcelona como tantas personas en la etapa franquista. Vimos más santuarios o paisajes como el castillo de Gormaz, la catedral del Burgo de Osma y la laguna Negra. El lugar favorito de Roberto era el yacimiento arqueológico de Tiermes, las ruinas de Tiermes para muchos. Roberto nos explicó la historia del lugar, los orígenes celtibéricos y la etapa romana.
El profesor era un hombre simpático, serio pero simpático desde la educación y el respeto. Tantas virtudes parecían molestar a Ceres, la cual intentaba explicarme también alguna anécdota de Tiermes, que daba la casualidad que también era su rincón favorito. Cuando acababa la historia su padre lo corregía, a ella le molestaba claramente, lo veía como una arrogancia de Roberto. Yo no lo veía así, utilizaba un tono suave y agradable.
Cuando estuvimos en Quintanilla coincidió que eran las fiestas del pueblo y Roberto fue el invitado estrella en una cena popular. Ceres no quiso ir, se quedó en casa. Intenté hablar con ella, no hubo manera, era testaruda igual que un tauro. Me fui con Roberto, cenamos y nos quedamos hasta la una de la madrugada. Cuando volvimos, Ceres estaba escribiendo, ella se negó a enseñarle su composición, chilló que no quería y se fue llorando a su cuarto.
Al día siguiente, no quiso hablar del tema, la di por perdida. Nuestra amistad duró unos años más. La gota que colmó el vaso fue cuando me habló de la idiotez de escribir sin leer. Yo en esa época ya conocía a muchos escritores noveles y profesionales, y la seguridad en mí se había forjado. El único aliciente que podría hacer que mi amistad con Ceres continuara era Roberto, aunque ella se negó a que él estuviera con nosotros en cualquier quedada.
Corté con ella como se hace con los amigos: excusándome por no poder quedar, tardando en responder las llamadas telefónicas, hasta que llegó el momento en que ni me molestaba en devolvérselas. Siempre he pensado que no perdí nada.

3

Hacía años que no veía a Ceres, nos conocíamos del instituto. Si intercambiamos dos palabras durante esa época se puede considerar un milagro. Se la veía muy seria en esa época, ordenada, la alegría la tenía bien escondida. Su sentido del humor estaba secuestrado por alguna experiencia trágica del pasado no aceptada. Al menos esa era la opinión sin contrastar de la clase, no veíamos otra lógica a esa forma de actuar.
Después de unos años la encontré en una librería en el centro de Barcelona, estaba vendiendo unos libros. Fue ella quien me saludó, yo sinceramente iba hacerme el loco, pero ya no pude porque para mi sorpresa vino ella. Estaba como siempre, había escuchado a mis compañeras que era muy habladora, conmigo nunca lo fue hasta ese día. Una persona normal me habría preguntado qué hacía un tipo como yo en una librería, pero Ceres pasó del protocolo, fue directa al grano.
Empezó a contarme que tenía una misión literaria en la vida, «escribir sin pulir las vidas», dijo literalmente. La frené igual que si parara un coche a toda velocidad, sentí la misma sensación. Le pedí que fuéramos a tomar unas birras en cualquier bar para charlar tranquilamente. Aceptó sin saber que mi intención era reírme de ella, sino en su cara al menos cuando estuviera hablando con los colegas del instituto de mi encuentro con Ceres.
Se excitaba explicando la idea de su literatura, suerte que ella no bebía alcohol, aunque hubo momentos en que pensé que al zumo de melocotón le echó vodka. Sobre sus opiniones no entendía ni jota, pensé por dentro que era la persona más rara que había conocido.
La sorpresa fue cuando paró y, por fin, me preguntó la causa de mi visita a la librería. Fui sincero, fui a comprar un libro para cortejar a una chica, compañera de mi clase en la facultad. Le reconocí que lo único que leía eran fragmentos de los libros y apuntes de la asignatura, que no tenía ni idea de lo que me decía. Ella me respondió que ese era el motivo de haberme elegido, quería escribir sobre mi vida, que le contara los episodios de mi historia para escribir un relato.
Al principio me reí, creí que era una broma. Cuando comprendí la seriedad del asunto me negué, porque mi vida a nadie tenía que importarle, por suerte tampoco había sufrido tragedias. La cara de Ceres fue de decepción, había desaparecido la poca jovialidad que había expresado. Para convencerme me explicó que para ella era una cuestión importante, un pulso contra su progenitor. Puso peor cara con el tema de su padre, me descolocó todavía más ese giro.
Escribía para desautorizar a un hombre, que ella misma decía que era un genio en su disciplina. Hablaba maravillas de su trabajo, criticaba su poca visión sobre la vida real. A mí me importaba una mierda, no iba bien encaminada si así creía que iba a convencerme. Le pregunté por su madre para cambiar el tema, no lo pensé, podría haber sido un grave error. No me contestó, cambió de tema, me extrañó. La dejé hacer por si después me arrepentía de indagar en su cabeza.
Comentó que podríamos hacer historia, hacer algo que nunca nadie había hecho antes. Continuó explicando que llevaba meses sin leer ni los papeles que encontraba en la calle ni los carteles de publicidad ni las placas de las calles. Para demostrar su idea había pasado por una «descomposición de la literatura».
Yo no pude evitar reírme. Entonces le respondí que tenía un primo con una vida interesante, mucho más que la mía, hablaría con él para convencerlo. Ceres me lo agradeció con el corazón, volvió a sonreír levemente, nos intercambiamos los números de teléfono móvil. No quiso molestarme más, se fue acometer más locuras, quién sabe dónde.
Mi intención realmente era llamar a mi primo, un hombre curioso con una vida excéntrica. Quería gastar una broma a Ceres, una broma pesada. A mi primo también le faltaba un tornillo. Era un gigolo que se acostaba con la esposa de un juez, esa mujer le pagaba muy bien.
El problema de mi primo era que todo lo que ganaba se lo gastaba en cocaína, todavía no entiendo cómo podía ser un buen amante con tanta mierda en la sangre.
En fin, estaba convencido de que Ceres pondría una cara de monja asustada al escucharlo. Sucedió que se tomó en serio a mi primo, escribió su vida tal como se la contó, sin omitir ningún detalle.
Yo no estuve en esas citas, no quise aguantarla más, tuve suficiente con la explicación de mi primo. No fue tan mal plan, porque me deshice de ella y me reí un poquito, aunque no tanto como tenía pensado, en ocasiones los planes no salen como uno desea.

4

Roberto y yo éramos amigos íntimos, nos teníamos mucha confianza. Fui el primer editor en que pensó para pasarle los relatos que había escrito Ceres. Suele pasar que la crítica de un padre aletea hasta la mentira en el análisis del trabajo de su prole. Este caso era muy especial, Roberto no había leído ni una frase de los relatos. Ceres me los pasó directamente a mí por correo electrónico, a los que añadió una introducción que era una explicación de su ideal literario. Estaba convencida de que publicaría su obra, nadie jamás se había atrevido a escribir como ella. Entonces explicó sus ideas, las que todos sabemos. Normalmente con leer un párrafo sé si la obra es digna de publicar en mi editorial. En el caso de Ceres con la introducción barrunté que nadie sería tan necio de regar su dinero en ese páramo literario.
Si no paré de leer fue por mi amistad con Roberto, entré en los zarzales e hirieron mi tiempo libre. Era para «llorar rocío», como escribió Lorca, leer esa literatura sin estilo. Bandadas de palabras que no saltaban, ni corrían, ni jugaban, ni cantaban, ni armonizaban. No eran pocos relatos, enumeraré los más excéntricos:
1º) Un gigolo cocainómano que se acuesta con la esposa de un juez. No hay ni final ni conclusión, el relato acaba cuando la amante vio por duodécima vez al chico. No era un relato erótico, la mujer explica los casos del marido; tampoco era crítica social, contaba historias por contar. Interesante como el aburrimiento.
2º) Una trabajadora de un supermercado que cuenta como roba comida para los más pobres de la sociedad. Aquí si hay una mínima historia desarrollada. El final incluso se puede considerar una crítica social o algo parecido, porque no aparece ni una palabra barnizada ideológicamente, lo cual no es negativo para mí, ni filosofía propia; lo cual es muy negativo según mi criterio de nuevo.
3º) Con este relato perdí toda esperanza. La historia es la de una universitaria que se enamoró de una profesora. Finalmente inician una relación, no sabemos qué sucedió después. Era un cuento empalagoso y romántico, pero critica a la vez al amor y al sexo. Dulce como la sal.
4º) Si el primer relato tiene poco sentido, el cuarto que explico es un sinsentido total. El caos derritió la coherencia, y ese caos rebozaba confusión. Un chico que estaba saliendo de una relación traumática se dio a la bebida, se convirtió en un borracho. Explica sus aventuras nocturnas y en ese momento nos perdemos en el Alpeh. Y sí, fue una burla, un mal intencionado plagio, la víctima es Borges, aunque no leemos el enfrentamiento entre el hombre y el infinito, no. Leemos tonterías que se encuentra ese estafador, como que su hígado se regenera igual que el de Prometeo. Lo más vulgar es que a ese imbécil es el alcohol quien le come su preciado órgano. El relato acaba con esta historia, como si la autora dejara un final abierto al lector, cuando en realidad es la expresión de la mayor incompetencia literaria. Qué poca vergüenza tienen algunas personas.
Los cuentos a los que me refiero son los que han quedado anclados en mi recuerdo, los demás eran igual de absurdos. No me podía explicar cómo Ceres había convencido a esas personas para que le contaran sus vidas. No escribía en formato periodístico, en su introducción decía que hasta los nombres eran reales. Lo hacía como una escritora que compone ficción, eso sí, sin construir metáforas y otros registros literarios.
Ceres cortó esas vidas como la hoz a la espiga. A mí me resultan atractivos los relatos reales que dejan un final abierto, así los personajes no mueren con el final del libro, a no ser que la historia los maté, pero dentro de una lógica. Esta norma tan sencilla no fue entendida por Ceres.
Talé la esperanza de mi amigo, ser sincero era hacer un favor a esa familia, lo verían con el tiempo. Roberto no se enojó, era de esperar que una escritora que no leía no escribiera algo decente. Componer una bella imagen, o hacer reflexionar con una alegoría, era un duro trabajo que nadie podía hacer solo.

Ceres no se tomó bien mi crítica, me dejó de hablar, incluso no le dirigió la palabra a su padre durante un año. Era la confirmación de que no «la dejaba crecer como persona y artista» según palabras de ella. Tal hecho no cortó mi amistad con Roberto, aunque lo entristeció la separación con su hija. Estaba loca, no tenía ni idea de cuál era la forma de ayudarla. Fue muy injusta con su padre. 

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lunes, 1 de mayo de 2017

Literaturismo (segundo fragmento)

Siempre recordaré el día en que Puig i Sabaté me llamó al teléfono móvil un sábado por la madrugada. Respondí asustado, no era nada preocupante según se mire, porque mi amigo estaba aturdido tras haber leído la novela de Jara Bolaño. Un Josep Maria motivado me dijo que para él esa novela era buena, pero no una obra maestra. ¿Por qué? Porque no innovaba, no experimentaba en la literatura, no rompía con el axioma literario. Reconoció que tenía guasa que un escritor como él hiciera esta crítica, me agradeció que le hubiera regalado el libro. Le había inspirado para escribir una novela sin tintes comerciales, una obra totalmente diferente a la de Mario.
Me quedé anonadado, lo dejé que siguiera hablando, él había leído muchos libros de historia. Tenía una espina clavada por no utilizar todos esos conocimientos o experiencias intelectuales, mezcladas con sus vivencias personales, que rozaban a élites políticas y empresariales, a los que había conocido aprovechando su fama.
Tenía la idea de escribir sobre las instituciones, personalizar los gobiernos y los ministerios sin nombrar personas, un proyecto parecido lo ingenió José Saramago, me dijo. Pero él lo compondría con dos Estados vecinos inventados. Un primer Estado caracterizado por la cultura pícara hispánica, que sufre la independencia de una parte del territorio. Este nuevo Estado publicitaba, de cara al exterior y a su población, una nación educada, culta, elegante, deportista, cívica… no como los antiguos compatriotas, que eran analfabetos funcionales, vagos, mentirosos, tramposos, etc.
El autor remarcaba que este Estado recién fundado invierte en tecnología y cultura, aunque luego se da a entender que desde un clasicismo como consecuencia de una economía neoliberal. Esta es criticada por el autor, que considera que un gobierno socialdemócrata distribuye equitativamente los beneficios de una sociedad, o al menos no es una política económica tan injusta. Se descubrirá, según avance la lectura, cómo el pueblo es un colectivo protagonista de la historia, un choque caótico de placas tectónicas, un pueblo pícaro y tan culto o no como sus compatriotas.
Hasta aquí me comentó su idea. En ese momento estaba promocionando su nueva novela complicada de etiquetar. Dos años más tarde publicó Dos Estados, yo fui de los pocos que leyó el borrador. Fue una sorpresa para todos, teníamos ante nosotros el nacimiento de un gran escritor. La novela no tenía ni un diálogo, clara influencia de la estructura de El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, con una visión homérica del pueblo a pesar de su incultura, aquí hubo cierta crítica de populismo literario y contradicción por las ideas del autor.
Quizá Josep Maria quería destacar el brillo de los ciudadanos, a pesar de ser miembros de una manada estatal, no era fácil de entender. Otra contradicción para muchos fue que quien lo escribía era una persona rica. Olvidando estas sutilezas de los especialistas, hay que reconocer que el estilo era abrumador, transgresor, clásico, olvidado, rebuscado, dificultoso, prepotente para algunos, trabajado para otros.
Desconocía que Josep Maria tuviera tal voluntad de trabajo, tanta vocación y creatividad. Claramente había una influencia de poetas como Luis de Góngora u otros del culteranismo, pero también innovaba: la sintaxis no la latinizaba, adjetivar el sujeto, enloquecer el verbo, subjetivar el adjetivo, invertir la lógica, aludir el significado banal de las palabras, metáforas puras, perífrasis para expresar una idea sencilla sin la sencillez. Y, sobre todo, asesinar la prosa directa de Jara Bolaño, pero también sus grandes creaciones, porque Dos Estados no era una novela con una historia trabajada y unos personajes profundos. No, la belleza de esa obra radicaba en disfrutar de unos largos párrafos que explican poco y embelesan como el aroma de un jardín botánico.
No he comentado nada sobre el desarrollo de las ideas originales que tenía el autor. Suele pasar que el escritor tiene una idea y esta luego es modificada en la fecundación de la historia. Jara Bolaño, por ejemplo, era un artista que improvisaba mientras componía, edificaba una sucesión de hechos y una combinación de personalidades, las cuales estaban sujetas a los cambios diarios que se producen al construir primero el tejado. El aspecto negativo era regular el aparejo de la coherencia en la obra. Más adelante concretaré la filosofía laboral de Mario, ahora el protagonista es Josep Maria.
Puig i Sabaté no dejaba nada para la improvisación, ni la grata o frustrada sorpresa. Escribía borradores que eran los andamios de un edificio cuya fachada es la novela, no era un interiorista como Jara Bolaño. Escribía, reescribía, borraba, empezaba de nuevo antes que incluir un nuevo elemento que desmontara la idea original. La historia y el estilo de Dos Estados estaban anotados en este borrador, no se saltó ni una coma de sus apuntes, no disfrutó ni sufrió con la sorpresa creativa.
Explicar el resto de la obra es una idiotez, porque es archiconocida. Recuerden como, poco a poco, salen los trapos sucios de las instituciones públicas e incluso privadas. Leemos capítulos en que no existe una relación entre el Estado y la población, precisamente porque el autor quería destacar la lejanía del poder con la ciudadanía. Por supuesto, las personas de a pie son mucho más honradas que sus gobernantes, a pesar de no tener cultura.
No obstante, encontramos una visión pesimista en Josep Maria. Escribió una novela sobre unos Estados-naciones europeos ficticios, con una clara cultura latina. Lo curioso es que no hay un claro componente ideológico ni religioso. El autor defiende un gobierno socialdemócrata que dirija una economía mixta, un sistema que opina que no llegará a los estados del sur de Europa por la alta corrupción de la élite política y empresarial. Parece ser que no quería ver, o no tenía conocimiento por su clase social, la picaresca empapada en toda nuestra sociedad. Al final rompe su propia ideología para que la obra quede libre. Según él, alaba dicha actitud. ¿Otra contradicción?
Hay otra crítica dura. El gobierno, para engrandecer al Estado, subvenciona a artistas, igual que los mecenas de los antiguos Estados de la Edad Moderna. Gobiernos que no promovían el arte por amor a él, sino como una forma de control. Quizás me he remontado demasiado lejos, cuando lo podemos comprobar en nuestra España de hoy.
Nunca hablé de la gestación de Dos Estados a Mario, se lo hubiera tomado a risa. Incluso cuando la novela se publicó, no hablamos del tema. Una tarde me llamó, me comentó que había leído varias críticas del libro, que lo habían convencido para leer Dos Estados.
No la criticó, a pesar de no ser de su estilo. Esa diferencia de opiniones no implicaba que no reconociera una obra maestra. Ahora bien, se sorprendió de que un escritor tan banal hubiera escrito una prosa tan inmensa, lo cual significaba que había perdido muchos años de su vida en ilustres majaderías.
Sonrió recordando a Adelaida, a ella no le hubiera agradado, lo hubiera etiquetado de ensayo mezclado excesivamente con imágenes gratuitas. Aunque Mario sí supo ver las virtudes de Josep Maria, y desde entonces respetó al escritor y al hombre. A partir de ahí ambos escritores se respetaban, tanto fue su respeto que de nuevo se negaron a conocerse, no por miedo a sentirse inferiores artísticamente, sino por las consecuencias del choque de dos mundos distintos, por la invasión del uno al otro.
Desde Dostoievski y Tolstoi, en la Rusia decimonónica, nadie recordaba a dos genios tan cerca el uno del otro, ellos tampoco se conocieron nunca. La insignificante diferencia era que mis amigos vivían en un mundo globalizado en que los escritores se encontraban en conferencias, concursos, redes sociales o en la feria del libro de cualquier ciudad del mundo.
Cuando Josep Maria tenía noticias de que Mario iría a la Feria del Libro de Madrid, por citar un ejemplo, él no iba. El día de firmas en Sant Jordi en la Rambla de Barcelona uno iba por la mañana y el otro por la tarde. Estos hechos extrañaron a la prensa, que no tuvo problema alguno en especular sobre una pelea entre los escritores o cualquier estupidez que pasara por el magín del sensacionalista.
Peor fue cuando, no sé cómo, averiguaron que yo era el único amigo común. No me dejaban en paz, en realidad, desde entonces no me han dejado en paz. Tuve que dejar mis colaboraciones en la televisión y radio públicas. Algunos de mis alumnos me preguntaban por la vida de los dos artistas: ¿eran ciertas las noticias de la prensa?, ¿quién era más guapo? ¿Bebían, fumaban, esnifaban para escribir? Preguntas dignas de alumnos universitarios. Incluso mi clase fue la más solicitada de la asignatura para matricularse.
Fue en ese período que percibí la fundación de dos escuelas, dos sectas, dos grupos fundamentalistas, dos bandas literarias que combatieron entre ellas en nombre de sus mesías, pero sin su consentimiento. La leyenda escribió muchas mentiras, la falta de respuesta para confirmar o desmentir por parte de mis amigos ensanchó el bullicio sensacionalista.
Todo comenzó con algunos estudiantes filólogos, unos se declaraban puigistas y otros jaristas o boloñistas. Los primeros apreciaban la belleza externa de la prosa, los segundos criticaban la obra del enemigo como superficial y gratuita. El puigismo se reía de la poca elegancia e inteligencia de los jaristas. Estos últimos se jactaban de la realidad acentuada por el humor negro de su autor, conocedor de la calle y las personas corrientes, no como Puig i Sabaté, que alababa un colectivo con un tono populista y sin conocimiento de causa. La misma actitud comercial de su anterior etapa para vender libros con idéntica facilidad.
Los puigistas creían que Jara Bolaño era un perdedor y por eso desprestigiaba a muchas personas corrientes que ningún mal le habían hecho. El boloñismo volvía a atacar con el populismo y la ignorancia de los herejes. Su autor era un niño de papá que no conocía la vida real, ni las personas. Y lo peor de todo, se había vuelto un ensayista, un académico, su prosa no era fresca como la de Jara Bolaño. ¿Qué mal hacían los diálogos? Antes Puig i Sabaté los utilizaba, en cambio, desde Dos Estados, había vuelto a la literatura el estéril debate del siglo anterior.
Eran discusiones perennes, nunca ningún grupo se daba por vencido. Siempre algún miembro tenía la última respuesta, respuesta que era rebatida y así hasta la más absoluta idiotez humana. En una pequeña parte, los boloñistas tenían razón, Josep Maria había compuesto solo un magnum opus, había que esperar a la siguiente novela para ver si sería capaz de componer varias novelas maestras como Jara Bolaño.
Esta llegó tres años después de la publicación de Dos Estados. Su segundo magnum opus fue bautizado como Ares contra Atenea. Era una novela ecuestre, los protagonistas son varios españoles que van a luchar contra el Estado Islámico en Irak en el año 2015, el grupo terrorista yihadista, que decía ser suní, y que durante varios años logró ocupar varios territorios en Irak y Siria. Unos lunáticos que mataron y decapitaron a miles de personas.
La novela se sitúa solo en ese año. Son voluntarios que quieren luchar contra la destrucción y la sangre, contra Ares. Ellos y la oposición iraquí al Estado Islámico son representados por Atenea, la diosa de la sensatez y la mesura desde la perspectiva bélica. Es una novela épica que homenajea al soldado valiente y honrado, a los héroes homéricos. En esta pieza tampoco existen los diálogos, hay largas descripciones paisajísticas de Irak, país que nunca visitó, y del armamento de la época.
La diferencia entre la primera y segunda novela es el narrador. Mientras que en Dos Estados hay uno omnisciente, en Ares contra Atenea encontramos un narrador diferente en cada capítulo, con su lenguaje encorvado, retorcido, nada que ver con el lenguaje de Jara Bolaño. De nuevo nos topamos con la influencia de El otoño del patriarca.
En estas historias no existe el pueblo personificado, solo los españoles antes citados y otros paisanos que han abrazado la causa del Estado Islámico. También hablan iraquís de los dos bandos y otros occidentales que combaten. En conclusión, monologan los hijos de Ares y Atenea.
Uno de los occidentales es un finlandés que explica la igualdad socioeconómica que rige ese país. Pero en los siguientes capítulos con las historias contadas por un español, un iraquí, un estadounidense y un ruso el caso finlandés se convierte en la excepción que confirma la regla.
Las generosas acciones personales de unos pocos no disminuyen la visión pesimista del autor. Es interesante el trato religioso en esta novela, del cristianismo no habla ninguno de sus personajes occidentales. Los iraquís sí que hacen referencias al islam, ahora bien, son mayormente expresiones populares que no deterioran la obra en opinión de los puigistas.
Mario reconoció públicamente haber leído una novela histórica a la altura de Guerra y Paz, un homenaje a la Ilíada. Los puigistas lo celebraron como una victoria hasta que Josep Maria alabó sinceramente la obra de Jara Bolaño, su obra literaria pasaría a estudiarse en la universidad. Suerte que yo no daría esa clase y no tendría que aguantar a esos fanáticos. Fue un golpe duro para los puigistas, que tampoco significaba la derrota, al menos su autor había demostrado su valía con una nueva composición magnífica.

Lo más cínico de todo era que ambos escritores se negaron una y otra vez a acudir a cualquier reunión que organizara alguna de las dos sectas. Aunque tengo que escribir, otra vez, que no hay mal que por bien no venga. Jara Bolaño escribió Idealizado, una novela puramente autobiográfica sobre lo que he explicado en los últimos párrafos, con su típico humor y mucho mejor escrita que este artículo mío.

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viernes, 7 de abril de 2017

Literaturismo (primer fragmento)

Mis nuevos relatos pronto estarán en Amazon, de momento, un avance del primer cuento largo del libro.

Literaturismo (primer fragmento)

No existen los latinos. Quiero decir el pensamiento latino. Estáis tan orgullosos de vuestros defectos.

Ernest Hemingway. Adiós a las armas.

Soy un hombre conocido en nuestra sociedad. Cada día rechazo de dos a seis ofertas para ser entrevistado en cualquier medio de comunicación del mundo. Acepto, muy de vez en cuando, la oferta más seria. El interés que despierto desde hace varios años no es por mi persona o por mi trabajo, mi único logro en la vida ha sido ser el amigo íntimo de los dos escritores hispanos más importantes del presente siglo.
Dos escritores que rechazaron una y otra vez conocerse personalmente. Dos escritores de la misma generación, ambos fallecidos, ambos paridos Barcelona
Pero no fueron hermanos de la misma Barcelona artística. Josep Maria Puig i Sabaté, un catalán residente del barrio de Urgell, vivía en la Gran Vía. Una persona de clase media alta, sus padres trabajaron en las noticias de una televisión privada catalana, la madre una presentadora y el padre un redactor que se enamoraron en el trabajo.
El otro genio se constituía bajo el nombre de Mario y los apellidos Jara Bolaño. Nació en Barcelona, sus padres eran chilenos, vivió en el barrio de Ciutat Meridiana de la misma ciudad. Calles enfangadas de edificios viejos, ocupados por familias más humildes que los Puig Sabaté. El padre de Mario sufrió el liberalismo español en una pequeña empresa de mudanza que contrataba a extranjeros porque cobraban menos. La madre una cajera en un supermercado.
Estas dos circunstancias marcarían a mis amigos. Es fácil entenderlo, hay que leer la visión paisajística urbana de cada uno. Puig i Sabaté fue un joven que disfrutó de largos paseos por el barrio del Raval, alabando sus edificios púbicos y los hoteles, sin prestar atención el sufrimiento de los habitantes de dichas calles. Así quedó plasmada su vida cómoda en su Barcelona modélica.
En cambio, Jara Bolaño describía una ciudad voluble, la cual mareaba a sus habitantes, los embriagaba y desesperaba hasta la más cínica resignación. Una ciudad preocupada por masajear a los turistas y venderles ropa. Mario escribió una realidad cruda en exceso que flagelaba todo optimismo inocente. Leyendo a ambos un día, en un ejercicio de comparación literaria, me parecía increíble que vivieran en la misma ciudad.
Me apetece escribir sobre su parecido ideológico, más a delante trataré sobre otras diferencias o, incluso, más semejanzas. Ambos se consideraron socialdemócratas en el sentido escandinavo, a pesar de que España no poseía, ni posee, los recursos naturales de Finlandia o Suecia. Ambos opinaron que el siglo XXI ha sido un período sin ideologías políticas dominadoras. La mayoría de sus coetáneos lo consideraron una falta de compromiso social de la población, sin embargo, mis amigos confiaron que vivir sin una ideología que no marcaba el ritmo de la vida era algo positivo.
Creyeron, erróneamente, que primero la fe había perdido la hegemonía del control social y, en nuestro siglo, la pasión política. Ellos entendieron solo al final de sus vidas que ambos conceptos eran los mismos vicios que alegraban y entristecían a los ciudadanos en groserías sociales.
Ambos fueron hijos de la decepción que provocó la promesa fallida de la política española y europea en la segunda década de nuestro siglo, lo cual los marcó para no escribir pasionalmente ni con interés sobre alternativas políticas. No obstante, más adelante analizaré la prosa de Josep Maria en su novela Dos Estados para reafirmarme en esta opinión de los críticos literarios.
El lector que haya leído ya a Mario, si ha sido hábil en su lectura, tendría que haber intuido la crítica cínica al sistema capitalista español que sepultaba a una parte de la clase trabajadora en unas condiciones precarias. Lo más curioso fue que ambos decían defender la socialdemocracia sin pasión política ni bandera. En un sistema que mantiene un equilibrio social no hace falta el populismo del nacionalismo.
Escribieron sobre política, e incluso la criticaron con pasión, aunque ellos creyeran que no. No obstante, en el caso de Jara Bolaño no confiaba en un cambio profundo y democrático, lo atraía la socialdemocracia escandinava, pero la consideraba inviable en España. Puig i Sabaté escribió claramente, como he dicho, del fracaso de toda alternativa.
Josep Maria publicó con bastante facilidad su primera novela gracias a las conexiones y contactos de sus padres. Tenía veintinueve años y, marcó una nueva tendencia en la literatura de los centros comerciales. Componía sobre lo poco que había visto en su vida: personas socialmente estables como él y las relaciones personales entre ellos.
Una novela empapada con los vinos más caros, que un obrero no podía pagar ni para olerlos. Una prosa simple y directa, diálogos que enredaban al lector, una temática erótica nada machista, un exceso en la utilización del políptoton para bromear simplonamente con las palabras y un estilo que, como el perfume barato, al cabo de pocas horas se ha diluido su presencia. En conclusión, fue un best-seller arrasador. Este éxito económico le permitió viajar por el mundo, conocer a otros escritores de su estilo y empaparse de nuevos modelos literarios mercantiles.
Durante la siguiente década se casó con Miriam, tuvieron dos hijos y escribió dos novelas más. La primera fue un cambio temático, en la que hablaba de la vida de una familia burguesa decimonónica y sus contradictorias vidas desde un tono empujado hacia el sarcasmo. Fue otro éxito de ventas aunque, sinceramente, Puig i Sabaté no era un hombre de tendencia irónica.
Lo conocí durante la publicación de esta obra. Vino a un programa literario de la televisión pública española, aunque la productora y los trabajadores éramos de Barcelona. Yo no era el presentador, era solo un colaborador. Mi trabajo que más horas me abarcaba era el de profesor de literatura del siglo XX en la carrera de Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona. También colaboraba en revistas especializadas y programas de radio.
Quizás porque era una persona que no dependía directamente de ese trabajo fui el único de mis compañeros que expresó sus opiniones a Josep Maria sobre su novela. Él, para sorpresa de todos, no se enojó, aunque no era una persona acostumbrada a recibir críticas. Sin embargo, parecía que era consciente, en alguna de sus conexiones neuronales, que algún día conocería a una persona dispuesta a demostrarle la verdad, o al menos a expresar la opinión de los especialistas, como él me comentó en una ocasión: «la verdad elitista».
Nos hicimos amigos gracias a mi pensamiento transparente, es más, con los años me convertí en su persona de máxima confianza a nivel literario. Fui de los pocos afortunados en leer sus magnum opus cuando aún eran simples borradores o apuntes para componerlas. Estoy corriendo mucho y no es justo, ya que es saltarme muchos capítulos de su vida.
Ahora mismo es el momento de tratar sobre su tercera novela. Otra prosa de masas que aspiraba, a partir de un sentimentalismo empalagoso que ni él mismo se creía, a enternecer los corazones de millones de lectores de todo el mundo. Porque Josep Maria había subido al piso más alto del centro comercial por el ascensor, sin tener que cansarse, como muchos de sus colegas, haciéndolo por las escaleras. Para en muchas ocasiones tropezarse, y claro, la caída provocaba un esguince. A ver quién era el guapo que volvía a subir cojeando.
En ese período le hablé por primera vez de un escritor de su misma edad, treinta y nueve años, que acababa de publicar su primera novela. Yo la había leído y me había impresionado. Obviamente, me refiero a Mario. Intenté convencer a Puig i Sabaté para que conociera a Jara Bolaño, pero el primero se negó y no se interesó en leer a alguien que había soportado subir cojo las escaleras.
Creí que sería una publicidad convincente para Mario tener una relación con Josep Maria, pero no fue posible. Suerte que no comenté a mi nuevo amigo mi inocente idea, fui un estúpido por idear dicho plan, porque Mario tampoco hubiera aceptado. Pero primero es obligatorio resumir la vida literaria de Jara Bolaño.
Mario no inició su pasión por la lectura hasta que conoció a Adelaida, una profesora de literatura española que tenía tanta vocación que motivaba a sus alumnos a leer los clásicos castellanos. Jara Bolaño coloreó así su vida aburrida e incomprensible de adolescente. Era un chico introvertido con una vida social igual que la de un monje de la orden benedictina. En aquella época aún no pensaba en escribir, la lectura era un pasa-tiempos, una forma de destrabar el aburrimiento.
En un principio leía únicamente prosa, no estaba interesado en el verso, el teatro, el ensayo o el periodismo. Le gustó leer los clásicos en clase de Adelaida, aunque suponía un esfuerzo intelectual, por eso los abandonó en cuanto acabó la asignatura y dicho esfuerzo entró en un estado de somnolencia ante las novelas favoritas de Mario.
No leía para aprender, sino para entretenerse, de hecho leía literatura de portadas de revista. No fue a la universidad, ni a la Formación Profesional. Tuvo varios trabajos: pizzero, limpia platos, dependiente en una tienda de ropa, cobrador en un aparcamiento, mozo de almacén y muchos trabajos de media jornada, mal pagados, bajo la protección de empresas temporales. Hay que recordar que España estaba saliendo de la crisis económica de principios de siglo. Según los poderes políticos y económicos, con la precarización laboral se salvaría el capitalismo, porque lo importante era crear una gran cantidad de empleos en un país con unas altas tasas de paro. La calidad llegaría en el siglo XXII o XXIII.
«Un fantasma recorría Europa, el cinismo del capitalismo especulativo» escribiría el escritor recordando esa etapa de su vida. Jara Bolaño, durante esos años, fue una de las jóvenes víctimas de la crudeza laboral y su timidez le ahorró hablar las tonterías que expresaban sus compañeros. Una vez los hubo analizado, concluyó que se habían resignado y no les importaba la situación social nacional e internacional, que también era la de todos ellos y, por qué no reconocerlo, él también era un resignado que se atrincheraba en sus libros y se hacía el indiferente ante toda la vorágine neoliberal.
La existencia de Mario se sacudió cuando su madre enfermó de cáncer de mama, uno de los capítulos más dolorosos de la vida de Jara Bolaño. Sin embargo, la enfermedad fue detectada cuando todavía el ejército no había cercado al pueblo inocente, lo cual no significa que se venciera sin sufrir.
El retoño de la señora Bolaño estaba preocupado por su madre, como era de esperar en cualquier hijo. A este se le ocurrió que, para animarla, escribiría un cuento alegre y divertido. El joven escritor dio una sorpresa agradable a la enferma. Mario me explicó que en aquella época él creía haber escrito un gran relato, porque su madre estaba muy feliz de escuchar la composición. Lo animó a seguir escribiendo, años más tarde conocería la verdad. A la mujer el cuento no le gustó, el propio Mario vería en su madurez que era un relumbrón de la prosa. Si animó a su hijo fue porque, por primera vez, vio en él una mirada que destilaba esperanza y pasión. El propio artista me confesó que sentía un estado eufórico, como los festivos creyentes de Dionisio, y estaba orgulloso de sí mismo por crear, por expresarse, por sentir que, por fin, podía hacer algo en la vida.
Siguió torturando a su madre leyéndole los nuevos cuentos, hasta que él quedó tranquilo de que había vencido la enfermedad. La mujer demostró una euforia excesiva porque no quería ofender a su hijo opinando sobre su prosa ni desanimar al nuevo escritor.
Aquí entraríamos en una nueva etapa. Jara Bolaño fue a su antiguo instituto a reencontrarse con Adelaida, que estaba en su último año de trabajo, ya que al finalizar el curso se iba a jubilar. Estuvieron hablando largo tiempo. El joven le explicó que, por fin, había desterrado su pasión. Adelaida se interesó por el chico, le pidió los cuentos, él los llevaba en un pendrive y se lo dio. También le facilitó su número de teléfono móvil para que la profesora se comunicara con él una vez hubiera leído la prosa del joven.
Si la madre intuyó que la literatura de su retoño era de baja calidad, imagine usted la opinión de Adelaida. No obstante, aceptó ser la maestra del joven para limpiar la mugre que representaba la jubilación en una persona tan activa. Si esa tarde alguien le hubiera explicado a la maestra que aquel chico se convertiría en un escritor titánico se hubiera enojado por gastar broma tan macabra. Imposible, hubiera respondido ella: los grandes genios empezaron desde su infancia en la literatura y Mario no; los grandes escritores a los veintiún años no cometían faltas ortográficas y Mario sí; los grandes literatos poseían un estilo poético en su prosa y Mario nunca había leído un triste verso; los grandes maestros tatuaban las pieles de las hojas con tinta hermosa y Mario no. Hoy en día puedo responder que tenía razón, pero Jara Bolaño poseía varias virtudes: el esfuerzo, la fuerte voluntad y, la testarudez, que por primera vez sintió en su vida y jamás desapareció en su escritura.
Adelaida fue sincera con él cuando se volvieron a ver. Sin duda, le dolió escuchar la realidad, y le respondió a su maestra que aprendería y no se rendiría. Así que la maestra le enseñó la ortografía castellana y le forzó a hacer ejercicios de caligrafía como si fuera un alumno de escuela primaria. También estudió gramática y coherencia textual amparado por los comentarios y análisis de obras literarias. Este último, para el joven, era lo más interesante junto con la historia de la literatura: de Homero hasta Elena Medal, de Esquilo a Dario Fo, de la prosa de Genji Monogatari a Luis Goytisolo.
Fue un aprendizaje lento, aunque continuo, que duró nueve años. Cuando Mario cumplió treinta, creyó que había llegado el momento de publicar su obra. Había esperado pacientemente nueve años porque no quería quedar en ridículo. La maestra le recomendó que esperara, le citó a Puig i Sabaté como ejemplo de la literatura rápida de escribir e indigna de leer. Jara Bolaño respondió que él no tenía nada que ver con ese escritor, hacía años que ya no le interesaba esa literatura, no escribía como él, ni lo pretendía.
Mario estaba orgulloso de sí mismo, había bajado la voz estentórea con la que siempre grita la ignorancia. Adelaida reconoció orgullosa la gran mejora de su discípulo, algo que no esperaba. Consideraba que, por primera vez, realmente tenía posibilidades de publicar su obra. Para la maestra, escribía con un humor negro digno de leerse sobre las relaciones sociales, pero, en ocasiones, parecía que leía un buen ensayo en vez de una rica prosa.
Por primera vez, a Jara Bolaño le molestó una crítica constructiva de su maestra. Su conciencia de ser un patoso prosaico le había impedido enseñar a alguien su obra. Pero en ese período de su vida estaba convencido de sí mismo. Además, su vida personal se había estabilizado. Llevaba cuatro años trabajando en la empresa pública de limpieza de la ciudad, en la que fue contratado gracias a los contactos del hermano de Adelaida. Vivía en pareja con Gala desde hacía tres años y, ella estaba embarazada de un niño que se llamaría Roger. La escritura le granjeó una seguridad a Mario que, si bien no lo convirtió en una persona festiva, si fue la domadora de su introversión.
El orgullo de Mario colisionó por exceso de velocidad y chocó con la opinión de Adelaida. El joven no discutió con su maestra porque no quería parecer desleal, buscó la suerte solo. Creyó que le daría una sorpresa, aunque la sorpresa se la llevó él. Envió miles de correos electrónicos a agencias literarias, todas respondieron que estaban saturadas de solicitudes y, que en ese momento, no podían trabajar con más escritores. El siguiente paso fue publicar un recopilatorio de relatos en la página de Amazon. Creyó que en una página con tantos clientes potenciales podría tener posibilidades de ser conocido, ya no solo en España, sino en todo territorio que hablara castellano. Intentó contactar con medios de comunicación pequeños e independientes, pero incluso estos se negaron a entrevistar a un autor desconocido, que había publicado un libro electrónico, hazaña que cualquier valiente podía realizar. Lo máximo que consiguió fue una pequeña promoción en blogs visitados por un número de personas que se podría contar con dedos de la mano de un manco.
Conclusión, vendió cinco libros, sin contar las personas que conocían al amigo o familiar, hecho último que no tenía mérito alguno. Ni los mensajes por las redes sociales ni el intercambio de promesas de comprarse los libros electrónicos de la página entre escritores, fueron un motivo de ascenso de descargas. Hasta ese momento no comentó nada a su maestra, tampoco le anunció su siguiente paso: auto publicar un libro, pagando san Pedro canta, pensó.
Dicen que el dinero lo compra todo, aunque no tenía sentido que comprara compradores. Cinco cajas de cincuenta ejemplares cada una. La pequeña editorial no se responsabilizó de promoción alguna, ahora bien, cobraron en los plazos marcados por ellos mismos. Gala se enojó más que mucho con su pareja, había gastado mil quinientos euros para vender cincuentas copias, a diez euros por libro. Le hizo prometer que no cometería otra insensatez parecida.

Jara Bolaño se desanimó. Nadie se interesaba en él, excepto algunas personas de Latinoamérica, que habían leído fragmentos de su obra, incluso habían iniciado un contacto virtual. Mario le confesó todo a Adelaida, que se rio desde la comprensión, incluso alabó su ambición. No tenía que perderla por tales experiencias, simplemente aprender o reflexionar sobre lo sucedido, y tener la paciencia de una hormiga. 

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viernes, 27 de enero de 2017

La escritora(segundo fragmento)

La escritora.

II.
Aquella vez no se abrazaron, al menos sonrieron, ella parecía ausente, no prestaba atención a las palabras de su amigo, tuvo que repetir por segunda vez si tenía tiempo para ir a un bar cercano para platicar. La escritora afirmó, más por obligación moral que por otra emoción, parecía que se responsabilizaba de haber perdido la comunicación con el escritor, en realidad no era la primera vez que había sucedido el naufragio de la amistad. De camino al bar hablaron de terceras personas, el abogado sepultó su literatura comentaba él, no era como la escritora que escribiría incluso en una isla desierta sin importancia de fama, gloria, fortuna o lo que buscase ese hombre. Tardaron varios minutos en cruzar la plaza Cataluña de tanta gente que había, ya no prestaban atención en quiénes eran aquellas personas y los motivos de haber ocupado una de las plazas más famosas de la ciudad. Llegaron al famoso bar en que Hemingway bebía sus copas, él comentó que en esta ocasión no bebería un café, sino un cóctel, ella respondió que también lo necesitaba, él se extrañó y preguntó la causa.
—Mi vida se ha envuelto en una mortaja. No, espera, sé lo que vas a preguntar por tu mirada. Me han despedido de la librería. Los dueños son unos hipócritas.
—Lo siento…
—Gracias. Supongo que tú tenías razón, me recreé con otra idea estúpida con las humanidades como directoras de las personas, me expresé con estas palabras, ¿no? Dije tales sandeces en un país que fue presidido por un historiador llamado Cánovas, en fin… Las condiciones laborales en ese lugar eran precarias y rozaban la ilegalidad: nada de disfrutar de mis días personales, contrato de media jornada y el resto lo trabajaba en negro, ahora cobro un paro de mierda.
—Ahora tienes que buscar trabajo, sé que es fácil decirlo, hay mucho paro, pero ya encontraste este en plena crisis. ¿Tu novio aún no trabaja?
—Mmm… él… bueno, es una historia larga y estúpida.
—He metido la pata, perdona.
—No, no pasa nada. Soy yo la que tendría que pedir disculpas por haber perdido el contacto de nuevo, no sé cómo lo hago… En fin, hablando del tema, que seguro me irá bien tratar de ello, él me ha dejado, pero no es por eso que estoy tan jodida. Vuelve la curiosidad en tus ojos, voy a resumírtelo para no aburrirte.
»Creía que vivía una relación perfecta: leíamos los mismos libros y luego comentábamos nuestras sensaciones, íbamos a teatros independientes y económicos, paseábamos por estas mismas calles igual que dos enamorados en París, nuestras vidas hospedaban en la alegría.
»Durante esa época me esforcé en componer una novela que rompiese con toda mi trayectoria, esa novela me provocaba la misma sensación que la espuma del oleaje suave del mar. Presenté la obra a un agente, tardé más tiempo que cuando te comuniqué a ti mi intención, este me recomendó escribir uno o dos capítulos más en la historia y crear un personaje más que le diese un aire comercial. Una historia de amor para un público femenino, la mujer es una compradora potente de novelas.
»Dudé mucho, ya sabes que me gusta tirarme del pelo a mí misma, mi ex me convenció, según él no era traicionar mi obra si siempre hubiese un equilibrio. Finalmente lo hice, él me hurtó la novela cuando la acabé y se la presentó a otro agente literario, que aceptó buscarle editorial…
—¿Cómo? No entiendo. ¿No estaba registrada?¿ Entregaste a una persona desconocida una composición tuya sin registrar?
—Has saltado de golpe. Entiendo tu asombro, a toda persona que se lo cuento le pasa lo mismo. Tendrías que ver tu cara de asombro. ¡Pareces hasta nervioso por mi estupidez! Perdona que me ría, es lo único que me queda.
—No entiendo qué hiciste, mujer.
—Me calcé de confianza y tropecé. Mi ex me aseguró que no hacía falta, que el agente entendería que ya estaba registrada, era tan cariñoso. ¡¿Cómo iba a pensar que iba a hurtarla?!
El escritor intentó calmar a su amiga, habían llamado la atención de los clientes y los camareros del bar. La escritora apenas bebía su copa, en cambio, él se pidió otra, parecía más angustiado que ella, parecía que él era la víctima de la historia.
La escritora continuó explicando lo sucedido cuando el camarero trajo la segunda copa para su amigo.
—Él no trabajó mientras estuvimos juntos, vivíamos en un piso compartido con un par de estudiantes, más jóvenes que nosotros lógicamente, yo pagaba todos nuestros gastos correspondientes. No encontraba trabajo de lo suyo, no quería trabajar en un bar en que solían ir turistas como hice yo en su día, decía que él no había estudiado idiomas extranjeros y una carrera para acabar de camarero. ¿Cómo podía ser que el presidente de España no sepa inglés y sí un camarero?
»Aunque esa es nuestra realidad, se desesperaba, poco a poco se fue interesando más en mi novela, yo creía que era por hacer algo juntos, por matar el tiempo. Supongo que ya estaba maquinando su plan, no cambió su cariño conmigo hasta que acabé por segunda vez la obra, qué paciencia, qué frialdad que esperó la respuesta del agente, luego leyó la segunda versión y acabó convencido de que era su oportunidad.
»En ese momento dejó de prestarme tanta atención, cesó el cariño, me atacaba por mi idealismo de publicar algún día mi obra, me desanimaba para no entregar nada, lo cual no funcionó. Sus arrullos se enronquecieron, sentía más con un vibrador que con él. Un día se esfumó sin más, dejó solo una nota en la que me pedía perdón por su conducta y explicaba que había robado mi novela. Se había llevado todos los borradores y había borrado todos los archivos del ordenador, no tenía ni la copia de seguridad, me quedé sin nada.
—¿No has podido localizarlo? ¿No sabes dónde viven sus padres?
—Primero hablé con el agente, por si se había quedado alguna copia, dijo que la borró porque no la interesaba. Si hubiese sido la segunda y yo hubiese cumplido con las expectativas, entonces sí que se la hubiese guardado. No pude denunciar porque no tenía prueba alguna, aparte del testimonio de dos estudiantes, que ni se habían enterado de que yo escribía en la habitación, desventajas de teclear suavemente mi portátil.
—¿No fuiste a casa de sus padres?
—¡Te estás impacientando! ¡Perdona que me ría otra vez! Ya te has bebido tres partes de tu segunda copa y yo voy por la mitad de la primera. En fin, sí, claro que fui, pero primero quería asegurarme de que podía amenazarlo. Pude hablar con él, se disculpó igual que un cobarde, hecho que me cabreó tanto que le golpeé la cara, suerte tuvo que estaban sus padres. Me echaron, me denunciaron y mi premio fue una orden de alejamiento más una multa de mil euros. Yo, amigo, la pacifista anarquista, golpeando para defender su prosa, mi novela es una espuma ensangrentada.
El escritor le acarició la muñeca para calmar su agonía, no consiguió mucho, al menos ella acabó su copa y pidió otra para empatar con su amigo. Este creyó oportuno para tranquilizarla preguntar cómo era su novela. Al segundo de haber hablado comprendió que quizás iba a perjudicar más a la escritora, pero no, surgió por fin una sonrisa, igual que la de una madre presumiendo de hijo, y no la mueca cínica de minutos anteriores.
—La historia era un carril estrecho que te conducía a una ciudad cuyos edificios eran hermosos por sus fachadas e interiores, además, dicha ciudad estaba maquillada por el verdor de sus parques. No era la ciudad industrial contaminada y lúgubre…
—No entiendo a qué te refieres. ¿Aún estabas concentrada en tu estilo?
—Recuerda nuestra última conversación de la literatura total, lo bueno o malo, según se mire, de la totalidad, es que no tiene techo, cada día puede construirse una planta más en el rascacielos. En estos meses sin vernos reflexioné que era aburrido que una obra estuviese secuestrada por un estilo o incluso un género. ¿Por qué no escribir una obra literaria en que la novela, el teatro, o el guion cinematográfico según la actitud del autor, la poesía e incluso las técnicas de una cámara de cine o fotográfica fuesen nudos de la historia? Sé que lo que digo no es ninguna novedad, que tal mestizaje se ha intentado anteriormente a mí, pero te puedo afirmar que lo combiné con éxito. Cociné varias literaturas en la misma olla. ¿Qué estás pensando? Pones una cara extraña.
—Siempre me sorprendes, todavía sigo perdido, no te sigo.
—No lo mezclé sin más, hubiese sido un error. La historia hablaba de un pueblo manchego, la brutal pelea entre dos familias. Un agricultor testificó falsamente en un juicio contra otro, este último se peleó con su vecino y el primero ayudó a su amigo sin preguntar por lo sucedido, dijo lo que su amigo le pidió. El segundo agricultor perdió el juicio, tuvo que pagar al vecino del primero.
»La historia azota al primero, los vecinos encontraron una mañana muerto de un disparo de escopeta al agricultor, nadie escuchó nada, nadie vio nada, estaban casi todos en la procesión de Semana Santa. Todos se conocían entre ellos, sabían que habían faltado la víctima, el presunto asesino, una vecina que estaba enferma y otro vecino que dormía la mona después de una noche festiva.
»El segundo campesino alegó que estaba arreglando una avería del coche, la escopeta era de la víctima, aunque no había indicios de suicidio. ¿Se disparó por la espalda? No había huellas en la espalda ni en el arma, no se demostró nada. Hasta aquí el capítulo uno, extenso, novelado sin diálogo e incluso es vistoso como el género del thriller.
»En cambio, el capítulo dos narraba con lentitud la primera jornada laboral de la hija del asesinado. Ella era enfermera en una residencia de la tercera edad en que estaba ingresada la madre del segundo agricultor, estaba angustiado por este hecho y tenía miedo de una posible venganza de la muchacha, a pesar de que él había repetido hasta la saciedad que era inocente, que salió libre sin cargos, pero todo el pueblo había dictado otra sentencia.
»El hombre visitó ese día a su madre por los nervios, aquí hay una dura plática entre ambos protagonistas, en que la enfermera mostró su fuerte carácter y casi mostraba su dolor por cuidar la madre del asesino de su padre. Toda esta tragedia no podría haberla mostrado sin unas escenas teatrales, en que el narrador aparecía únicamente para describir el lugar, los personajes y sus gestos. El campesino se expresaba de una forma directa, sencilla y antigua. La chica hablaba sutil e irónicamante, por no decir cinismo, creaba alegorías para hablar de la injusticia que estaba viviendo y la mala persona que tenía enfrente.
—Perdona que te interrumpa, pero no veo la manera de que en esta obra entre algún verso, a no ser que sea algo gratuito.
—Pues en el siguiente capítulo podrías haber leído varios poemas que compuse, en realidad es una historia dentro de la historia, nada innovador, eso lo tengo claro. La chica en el capítulo tres lee a un poeta soriano que le ayuda a encarar su dolor. Los poemas tratan de unos hermanos que se pelean entre ellos por la herencia, ya te puedes imaginar que los disparos chillaron en el desarrollo de la obra. Son poemas largos, más de cien versos cada uno, influyen en las decisiones de la protagonista.
»A partir del siguiente capítulo se rozaban, pero no chocaban los géneros literarios, el hombre tenía la duda de la venganza de la enfermera, incluso ella dudaba durante varios fragmentos del libro. El poema tenía un final inesperado que haría reaccionar a la protagonista de un modo que quién sabe si era imprevisible o no. En fin…
—No entiendo en qué consiste el roce sin choque.
—Te pondré un ejemplo. El capítulo cinco la enfermera estaba trabajando en la residencia, estaba dando la cena a la madre del verdugo, hubo una plática teatral tensa y en doble sentido que la pobre anciana no entendía, pero sí la enfermera y la persona que lea mi obra. La conversación acabó, la enfermera se fue a casa para continuar la lectura de aquel poemario porque la curiosidad le quitaba el sueño y el hambre, estaba pensando durante toda la jornada qué pasaría con aquella familia y, sobre todo, lo relacionaba con su vida. Al final de aquel capítulo volvió el suspense novelado, porque alguien, quién va a ser, lanzó abono a la puerta de la casa y provocó ciertos ruidos para asustar a la protagonista.
—¿Cómo lo hiciste para no romper la historia y que fuese digestiva con ese amor comercial femenino?
—No fue fácil para mí, me costó. Otro de los protagonistas era un policía que tenía un protagonismo in crescendo según avanzaba la obra. Lo que hice fue romper su crecimiento y ya en el capítulo dos tenía relaciones sexuales con la chica para captar la atención del público femenino. Así, en cada capítulo, excepto en el uno y el tres se calentaba alguna palabra escrita. Para que no pareciese tan gratuito describí cómo se sentía la enfermera, en ocasiones necesitaba cariño y otras violencia, que la azotasen fuerte, que la ahogasen, que la dominasen…
—Casi ya escribiste sexo para los hombres.
—¡No te rías que también yo me río! Puede ser, quizás no hubiese pasado la crítica del agente.
—¿El policía vivía con la enfermera?
—No, ella no se sentía preparada, en la segunda versión vivieron juntos en los últimos capítulos.
—Pero no entiendo ¿estaban juntos cuando ya murió su padre?
—No, se conocieron después, los dos son jóvenes. Ella tenía dieciséis años cuando alguien asesinó su padre y se conocieron ocho años más tarde.
—¿Y la madre de la chica? ¿El policía no es del pueblo?
—¡He captado tu atención! La madre murió cinco años después que su marido de un cáncer. El policía era de otro pueblo de la misma provincia, ahí vivían sus padres. ¿Alguna pregunta más?
—Sí, puede sonar estúpido, pero es mi ignorancia quien habla.
—Quien tiene boca se equivoca.
—¿Por qué el posible asesino no cambia a su madre de residencia?
—Es una residencia pública, el campesino tampoco tiene mucho dinero. Además, en aquellas tierras no hay la cantidad de residencias como en la provincia de Barcelona.
—Ya…
—Ibas a decir algo, dilo, no pasa nada.
—Sinceramente, no me convence tu poema en esa obra, no veo que pueda cuajar la influencia del poema en la chica. ¿Qué quieres expresar? ¿Es algo bueno leer o no? Me imagino que bueno, ¿no?
—Seguramente que mi ex publiqué la novela y si no modifica, lo sabrás.
—No podré comprarlo.
—Yo sí, ya te la dejaré.
Interrumpió el sonido del teléfono móvil, era la pareja del escritor, estaba preocupada porque él todavía no había vuelto al hogar, hablaron un par de minutos. Él explicó a la escritora que su pareja la había invitado a cenar, así se conocerían, la escritora aceptó. Salieron del bar, el estruendo ciudadano enmudeció al turista de la Barcelona esnob de tiendas, pero no a la escritora, como si todo aquel movimiento no reivindicase nada por su situación económico-social. El escritor lo notó, no comentó nada porque no quiso entristecerla más.

Podéis leer el resto del relato y otros en mi libro Interiores. Se puede comprar por 0,99 EUR o gratis con KindleUnlimited: https://www.amazon.es/Interiores-Lluís-Llurba-Torre-ebook/dp/B00TA3DLUY/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1485508039&sr=8-1&keywords=Lluis+Llurba+Torre

domingo, 27 de noviembre de 2016

Un mal ejemplo para los niños (2º fragmento)

Un mal ejemplo para los niños

—En fin… —Sebastián centró sus ojos de nuevo en Juanjo y sonrió forzosamente, ya que se había perdido en el camino del discurso—. Yo era un funcionario, trabajaba en el ayuntamiento de Barcelona, no importa de qué. Me harté de ver cuántas personas entraban por amiguismo o clientelismo, individuos menos preparados que yo ejercían puestos de responsabilidad importantes, eran salvados por mi profesionalidad, aunque no cobraba como ellos. Aprendí que en nuestra España no se sube por competente, hay que tener otras cualidades. —Bebió el daiquiri, Fidel lo imitó, Juanjo se quedó inmóvil escuchando a ese hombre—. ¿No bebes? Está bien, como te decía, tenía contacto con la policía por mi tipo de trabajo, allí conocí a un hombre que me liberó de mis prejuicios, te lo resumiré para que no te aburras.
»Me enseñó un camino para ganar dinero directamente. ¿Por qué matarme a trabajar por cuatro duros? El mundo de la cocaína era mucho más productivo, no te hablo únicamente del polvo blanco, vendemos de todo: heroína, pastillas, costo, pope… todo lo que exista o se invente en nuestros laboratorios. No me mires con esa cara, ¿piensas que soy cruel? Se puede decir que en esta empresa soy el gerente, la mano derecha del único accionista, y me va muy bien. Tengo una vida holgada, lógicamente ya no trabajo en el ayuntamiento, tengo mis contactos, siempre es importante, por eso estoy donde estoy.
—Sebastián, por una parte opino como tú, vengo del mundo de la construcción, he trabajado duro muchos años, me he peleado con niñatos que tenían la carrera de algo y no tenían ni puta idea, tan solo pensaban en gastar poco dinero en la obra para embolsarse así más ganancias. Mi mundo era más peliagudo que el tuyo, más rudo, da igual. Pienso que eso no justifica tu actitud, simplemente eres un capitalista más, ávido de dinero, que ha construido un océano de excusas. —Juanjo bebió largamente por primera vez.
—¡Juanjo! —gritó Fidel muerto de miedo—. Nadie habla así a Sebastián.
—No Fidel, tranquilo, tu amigo tiene más valor que tú. Me habías dado a entender que era un esclavo de su mujer, amigo. La ignorancia curva para abajo tus dotes de psicoanalista. Juanjo, ¿crees que tienes principios?
—Los principios nacen en la época de bonanza y mueren en el período de crisis. La verdad es que estoy cansado de todo, de pensar si hago bien o mal, de decepcionar a mi mujer, claro que me importa su opinión, no voy a vivir como un soltero sin tenerla en cuenta. Me moriría de vergüenza si se enterasen mis padres, ellos me enseñaron unos modales, ya no digo nada si mis hijos tienen que vivir con esa vergüenza.
—Juanjo, Juanjo. —Sebastián subió su tono de voz —. Te enseñaron el estoicismo, aguantas, te resignas, sucumbes, te dejas pisar. ¿Eso es ser bueno? A decir verdad, así actúa la mayoría de la sociedad.
—Si actuar bondadosamente es ser tonto, entonces yo he sido tonto durante muchos años, aunque ahora que conozco los dos caminos, ahora que puedo elegir, si ellos son libres para comprar mierda, yo soy libre para hacer el bien. Según tú, opinas que eso es de idiotas, yo creo todo lo contrario, tiene mucho mérito que haya gente que elija la honradez aun siendo conscientes de que así llegarán al vacío material.
»El mundo lo domináis los fuertes, sí, es cierto, tenéis muchos perros interesados como Fidel que os siguen el juego, pero en el mundo somos muchas personas, también son unos cuantos los que actúan honradamente, a los que les motiva más el flujo personal que el simple dinero que te robarán en cualquier momento. Qué mundo el tuyo que se autodestruye, que no puedes confiar en nadie, de tanto cubrir tu espalda no puedes presenciar una simple salida del sol, una luna llena, disfrutar un pícnic con los tuyos o ver una película con tu mujer.
»Considero que no eres tonto y lo sabes, por tanto, creo que eres una persona autodestructiva, caerás tarde o pronto por tu estilo de vida, pero igualmente lo prefieres, algo que no entiendo.
—¡Juanjo! ¿Cómo puedes hablar así? —Fidel estaba indignado, jamás Juanjo le había escupido así.
—Fidel, no te metas, es una conversación interesante. Juanjo, no me da miedo ir a la cárcel, he sido libre hasta ahora. Cuando te he argumentado las «excusas de océano» no eran mis medicamentos que sirven para que duerma mejor, los he comentado para ti. Pensaba que eras un alma azotada por la cobardía, no creía estar ante una persona con dolores éticos.
»Yo soy consciente de que hago el mal y no me arrepiento, puedo vivir sabiendo que soy malo, es más, siento placer cuando estoy en mi yate o viajo al mejor hotel de la ciudad que visito. En ningún momento pienso en esos desgraciados que quieren morirse, ellos sí que son autodestructivos y no tienen el valor de que una cuchilla les quite de este mundo. Fui un estudiante excelente, he sido amante de la cultura y aún la amo, fui un buen trabajador hasta que me harté de ver cómo la mediocridad zanjaba mi carrera profesional, ellos hacían un acto pícaro típico de nuestro carácter español.
»¿Por qué un hombre con cualidades como yo tendría que estar debajo de unos mediocres sin conciencia? Si yo fuese como ellos, ascendería a lo más alto y así ha sido. Ellos en ningún momento pensaban que estaban haciendo algo malo, por estar introducidos en una especie de clientelismo. Yo estoy solo, es verdad, no me fío de los que dicen ser mis amigos, ni siquiera de mi esposa. Tengo tres hijos, de momento no han hecho nada merecedor para que piense mal de ellos, aunque aun así no me importaría que fuesen mis hijos los que me destronasen. Sería el hecho de que han aprendido bien la lección, estaría orgulloso de mi sangre, son mis hijos, al fin y al cabo.
»Sé que alguien como tú no me entiende, tú crees en muchas creencias, herramientas que utilizamos los fuertes para controlar a los débiles. ¿Has leído el Nuevo Testamento? ¿No? Hay dos evangelios, Mateo y Lucas, que escribieron la parábola del árbol y sus frutas. El árbol bueno no puede dar frutos malos y el árbol malo no puede dar frutos bueno… Bueno, te lo voy a resumir, a los hombres se les conoce por sus acciones y no por las palabras hermosas de las cuales te quieres santificar. Entonces yo me pregunto cómo puede ser que tú seas bueno y vendas cocaína, cuando te mueras tendrán que escribir un libro sobre tu vida. ¿Qué te parece este título?: Hagiografía de un criminal.
—No entiendo del todo tu ironía, nunca había escuchado la primera palabra, me da igual, he perdido mi sentido del humor. En ningún momento he dicho que sea bueno, he comentado sobre la actuación del bien. En mi vida he aprendido poco, pero observando a la gente he comprendido que no existen los buenos ni los malos, en nosotros desde que nacemos existe el bien y el mal, por eso te he dicho que soy libre para elegir uno o el otro. Antes no lo era porque no conocía el mal, por fin entiendo esas clases de religión que estudiaba cuando era pequeño, por fin entiendo el significado moral de redimirse, de perdonarse, una vez consciente del poder del mal y vencerlo, uno es libre. Aunque hablo de ideas que tengo en la cabeza, no soy lo suficiente valiente para llevarlas a la práctica.
—¿Así que no te consideras libre?
—No, no lo soy. Me he dejado vencer por las circunstancias, han sido más fuertes que yo, no tengo excusas ni me he perdonado. Por eso estoy aquí, pienso únicamente en mi familia, que no sufran inútilmente. Creo que es bueno sacrificar mi libertad por mi familia, espero no sacrificar también su libertad por mi culpa, que no carguen con mi crimen.
—¿Tú crees en Dios?
—No, el resto de mi familia sí… —A Juanjo le sorprendió hablar extensamente sobre estos temas y, en concreto, la nueva pregunta de Sebastián— ¿Por qué?
—Tienes las típicas y simples contradicciones de una persona educada en el catolicismo. El cristianismo os enseñó a obedecer, a resistir pacíficamente ante la autoridad, a perder pasivamente, a morir sin luchar pensando en el regalo de la vida eterna, eso os hace personas mediocres. A ti te gusta pensar que ahora podrías ser libre, que elegirías el bien, pero no puedes para que a tu familia no le falte de nada. Mientes, mientes como todos, te atrae el dinero, entiendo que no quieres olfatear tus contradicciones.
—Yo no me considero un perro. Una cosa es cierta: estoy hecho un lío, aunque estoy aquí, ¿no? Quizás eres tú el que no ves ni escuchas todas esas personas que hacen el bien. Él es humilde y nunca busca el protagonismo.
—¿Entonces por qué vienes a mí?
—Porque no soy libre, porque no soy valiente, porque busco la solución rápida para los míos, pero no sé si será para mí, porque el bien es lento y no me sobra a mí. —Juanjo acabó su daiquiri, Sebastián también y Fidel imitó cuando vio cómo el segundo bebía.
—Juanjo, eres más valiente de lo que crees, otros se hubiesen hundido con su familia, o peor aún, se hubiesen fugado como tu cuñado. Quizás vas a redimirte, y así liberar a tu familia, si aceptas mi propuesta. Eres más valiente que Fidel por aceptar tu miseria y tu cobardía, él sí que es un perro, tú no, no has querido lamer mis gracias en ningún momento y darme la razón en todo. —Fidel se sorprendió, pero calló y no replicó como en el ataque de Juanjo—. Entonces, dime sí o no antes de escuchar nada, si no me voy y santas pascuas.
—Acepto…
—Bien, escucha bien. Esta noche... 

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