viernes, 7 de abril de 2017

Literaturismo (primer fragmento)

Mis nuevos relatos pronto estarán en Amazon, de momento, un avance del primer cuento largo del libro.

Literaturismo (primer fragmento)

No existen los latinos. Quiero decir el pensamiento latino. Estáis tan orgullosos de vuestros defectos.

Ernest Hemingway. Adiós a las armas.

Soy un hombre conocido en nuestra sociedad. Cada día rechazo de dos a seis ofertas para ser entrevistado en cualquier medio de comunicación del mundo. Acepto, muy de vez en cuando, la oferta más seria. El interés que despierto desde hace varios años no es por mi persona o por mi trabajo, mi único logro en la vida ha sido ser el amigo íntimo de los dos escritores hispanos más importantes del presente siglo.
Dos escritores que rechazaron una y otra vez conocerse personalmente. Dos escritores de la misma generación, ambos fallecidos, ambos paridos Barcelona
Pero no fueron hermanos de la misma Barcelona artística. Josep Maria Puig i Sabaté, un catalán residente del barrio de Urgell, vivía en la Gran Vía. Una persona de clase media alta, sus padres trabajaron en las noticias de una televisión privada catalana, la madre una presentadora y el padre un redactor que se enamoraron en el trabajo.
El otro genio se constituía bajo el nombre de Mario y los apellidos Jara Bolaño. Nació en Barcelona, sus padres eran chilenos, vivió en el barrio de Ciutat Meridiana de la misma ciudad. Calles enfangadas de edificios viejos, ocupados por familias más humildes que los Puig Sabaté. El padre de Mario sufrió el liberalismo español en una pequeña empresa de mudanza que contrataba a extranjeros porque cobraban menos. La madre una cajera en un supermercado.
Estas dos circunstancias marcarían a mis amigos. Es fácil entenderlo, hay que leer la visión paisajística urbana de cada uno. Puig i Sabaté fue un joven que disfrutó de largos paseos por el barrio del Raval, alabando sus edificios púbicos y los hoteles, sin prestar atención el sufrimiento de los habitantes de dichas calles. Así quedó plasmada su vida cómoda en su Barcelona modélica.
En cambio, Jara Bolaño describía una ciudad voluble, la cual mareaba a sus habitantes, los embriagaba y desesperaba hasta la más cínica resignación. Una ciudad preocupada por masajear a los turistas y venderles ropa. Mario escribió una realidad cruda en exceso que flagelaba todo optimismo inocente. Leyendo a ambos un día, en un ejercicio de comparación literaria, me parecía increíble que vivieran en la misma ciudad.
Me apetece escribir sobre su parecido ideológico, más a delante trataré sobre otras diferencias o, incluso, más semejanzas. Ambos se consideraron socialdemócratas en el sentido escandinavo, a pesar de que España no poseía, ni posee, los recursos naturales de Finlandia o Suecia. Ambos opinaron que el siglo XXI ha sido un período sin ideologías políticas dominadoras. La mayoría de sus coetáneos lo consideraron una falta de compromiso social de la población, sin embargo, mis amigos confiaron que vivir sin una ideología que no marcaba el ritmo de la vida era algo positivo.
Creyeron, erróneamente, que primero la fe había perdido la hegemonía del control social y, en nuestro siglo, la pasión política. Ellos entendieron solo al final de sus vidas que ambos conceptos eran los mismos vicios que alegraban y entristecían a los ciudadanos en groserías sociales.
Ambos fueron hijos de la decepción que provocó la promesa fallida de la política española y europea en la segunda década de nuestro siglo, lo cual los marcó para no escribir pasionalmente ni con interés sobre alternativas políticas. No obstante, más adelante analizaré la prosa de Josep Maria en su novela Dos Estados para reafirmarme en esta opinión de los críticos literarios.
El lector que haya leído ya a Mario, si ha sido hábil en su lectura, tendría que haber intuido la crítica cínica al sistema capitalista español que sepultaba a una parte de la clase trabajadora en unas condiciones precarias. Lo más curioso fue que ambos decían defender la socialdemocracia sin pasión política ni bandera. En un sistema que mantiene un equilibrio social no hace falta el populismo del nacionalismo.
Escribieron sobre política, e incluso la criticaron con pasión, aunque ellos creyeran que no. No obstante, en el caso de Jara Bolaño no confiaba en un cambio profundo y democrático, lo atraía la socialdemocracia escandinava, pero la consideraba inviable en España. Puig i Sabaté escribió claramente, como he dicho, del fracaso de toda alternativa.
Josep Maria publicó con bastante facilidad su primera novela gracias a las conexiones y contactos de sus padres. Tenía veintinueve años y, marcó una nueva tendencia en la literatura de los centros comerciales. Componía sobre lo poco que había visto en su vida: personas socialmente estables como él y las relaciones personales entre ellos.
Una novela empapada con los vinos más caros, que un obrero no podía pagar ni para olerlos. Una prosa simple y directa, diálogos que enredaban al lector, una temática erótica nada machista, un exceso en la utilización del políptoton para bromear simplonamente con las palabras y un estilo que, como el perfume barato, al cabo de pocas horas se ha diluido su presencia. En conclusión, fue un best-seller arrasador. Este éxito económico le permitió viajar por el mundo, conocer a otros escritores de su estilo y empaparse de nuevos modelos literarios mercantiles.
Durante la siguiente década se casó con Miriam, tuvieron dos hijos y escribió dos novelas más. La primera fue un cambio temático, en la que hablaba de la vida de una familia burguesa decimonónica y sus contradictorias vidas desde un tono empujado hacia el sarcasmo. Fue otro éxito de ventas aunque, sinceramente, Puig i Sabaté no era un hombre de tendencia irónica.
Lo conocí durante la publicación de esta obra. Vino a un programa literario de la televisión pública española, aunque la productora y los trabajadores éramos de Barcelona. Yo no era el presentador, era solo un colaborador. Mi trabajo que más horas me abarcaba era el de profesor de literatura del siglo XX en la carrera de Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona. También colaboraba en revistas especializadas y programas de radio.
Quizás porque era una persona que no dependía directamente de ese trabajo fui el único de mis compañeros que expresó sus opiniones a Josep Maria sobre su novela. Él, para sorpresa de todos, no se enojó, aunque no era una persona acostumbrada a recibir críticas. Sin embargo, parecía que era consciente, en alguna de sus conexiones neuronales, que algún día conocería a una persona dispuesta a demostrarle la verdad, o al menos a expresar la opinión de los especialistas, como él me comentó en una ocasión: «la verdad elitista».
Nos hicimos amigos gracias a mi pensamiento transparente, es más, con los años me convertí en su persona de máxima confianza a nivel literario. Fui de los pocos afortunados en leer sus magnum opus cuando aún eran simples borradores o apuntes para componerlas. Estoy corriendo mucho y no es justo, ya que es saltarme muchos capítulos de su vida.
Ahora mismo es el momento de tratar sobre su tercera novela. Otra prosa de masas que aspiraba, a partir de un sentimentalismo empalagoso que ni él mismo se creía, a enternecer los corazones de millones de lectores de todo el mundo. Porque Josep Maria había subido al piso más alto del centro comercial por el ascensor, sin tener que cansarse, como muchos de sus colegas, haciéndolo por las escaleras. Para en muchas ocasiones tropezarse, y claro, la caída provocaba un esguince. A ver quién era el guapo que volvía a subir cojeando.
En ese período le hablé por primera vez de un escritor de su misma edad, treinta y nueve años, que acababa de publicar su primera novela. Yo la había leído y me había impresionado. Obviamente, me refiero a Mario. Intenté convencer a Puig i Sabaté para que conociera a Jara Bolaño, pero el primero se negó y no se interesó en leer a alguien que había soportado subir cojo las escaleras.
Creí que sería una publicidad convincente para Mario tener una relación con Josep Maria, pero no fue posible. Suerte que no comenté a mi nuevo amigo mi inocente idea, fui un estúpido por idear dicho plan, porque Mario tampoco hubiera aceptado. Pero primero es obligatorio resumir la vida literaria de Jara Bolaño.
Mario no inició su pasión por la lectura hasta que conoció a Adelaida, una profesora de literatura española que tenía tanta vocación que motivaba a sus alumnos a leer los clásicos castellanos. Jara Bolaño coloreó así su vida aburrida e incomprensible de adolescente. Era un chico introvertido con una vida social igual que la de un monje de la orden benedictina. En aquella época aún no pensaba en escribir, la lectura era un pasa-tiempos, una forma de destrabar el aburrimiento.
En un principio leía únicamente prosa, no estaba interesado en el verso, el teatro, el ensayo o el periodismo. Le gustó leer los clásicos en clase de Adelaida, aunque suponía un esfuerzo intelectual, por eso los abandonó en cuanto acabó la asignatura y dicho esfuerzo entró en un estado de somnolencia ante las novelas favoritas de Mario.
No leía para aprender, sino para entretenerse, de hecho leía literatura de portadas de revista. No fue a la universidad, ni a la Formación Profesional. Tuvo varios trabajos: pizzero, limpia platos, dependiente en una tienda de ropa, cobrador en un aparcamiento, mozo de almacén y muchos trabajos de media jornada, mal pagados, bajo la protección de empresas temporales. Hay que recordar que España estaba saliendo de la crisis económica de principios de siglo. Según los poderes políticos y económicos, con la precarización laboral se salvaría el capitalismo, porque lo importante era crear una gran cantidad de empleos en un país con unas altas tasas de paro. La calidad llegaría en el siglo XXII o XXIII.
«Un fantasma recorría Europa, el cinismo del capitalismo especulativo» escribiría el escritor recordando esa etapa de su vida. Jara Bolaño, durante esos años, fue una de las jóvenes víctimas de la crudeza laboral y su timidez le ahorró hablar las tonterías que expresaban sus compañeros. Una vez los hubo analizado, concluyó que se habían resignado y no les importaba la situación social nacional e internacional, que también era la de todos ellos y, por qué no reconocerlo, él también era un resignado que se atrincheraba en sus libros y se hacía el indiferente ante toda la vorágine neoliberal.
La existencia de Mario se sacudió cuando su madre enfermó de cáncer de mama, uno de los capítulos más dolorosos de la vida de Jara Bolaño. Sin embargo, la enfermedad fue detectada cuando todavía el ejército no había cercado al pueblo inocente, lo cual no significa que se venciera sin sufrir.
El retoño de la señora Bolaño estaba preocupado por su madre, como era de esperar en cualquier hijo. A este se le ocurrió que, para animarla, escribiría un cuento alegre y divertido. El joven escritor dio una sorpresa agradable a la enferma. Mario me explicó que en aquella época él creía haber escrito un gran relato, porque su madre estaba muy feliz de escuchar la composición. Lo animó a seguir escribiendo, años más tarde conocería la verdad. A la mujer el cuento no le gustó, el propio Mario vería en su madurez que era un relumbrón de la prosa. Si animó a su hijo fue porque, por primera vez, vio en él una mirada que destilaba esperanza y pasión. El propio artista me confesó que sentía un estado eufórico, como los festivos creyentes de Dionisio, y estaba orgulloso de sí mismo por crear, por expresarse, por sentir que, por fin, podía hacer algo en la vida.
Siguió torturando a su madre leyéndole los nuevos cuentos, hasta que él quedó tranquilo de que había vencido la enfermedad. La mujer demostró una euforia excesiva porque no quería ofender a su hijo opinando sobre su prosa ni desanimar al nuevo escritor.
Aquí entraríamos en una nueva etapa. Jara Bolaño fue a su antiguo instituto a reencontrarse con Adelaida, que estaba en su último año de trabajo, ya que al finalizar el curso se iba a jubilar. Estuvieron hablando largo tiempo. El joven le explicó que, por fin, había desterrado su pasión. Adelaida se interesó por el chico, le pidió los cuentos, él los llevaba en un pendrive y se lo dio. También le facilitó su número de teléfono móvil para que la profesora se comunicara con él una vez hubiera leído la prosa del joven.
Si la madre intuyó que la literatura de su retoño era de baja calidad, imagine usted la opinión de Adelaida. No obstante, aceptó ser la maestra del joven para limpiar la mugre que representaba la jubilación en una persona tan activa. Si esa tarde alguien le hubiera explicado a la maestra que aquel chico se convertiría en un escritor titánico se hubiera enojado por gastar broma tan macabra. Imposible, hubiera respondido ella: los grandes genios empezaron desde su infancia en la literatura y Mario no; los grandes escritores a los veintiún años no cometían faltas ortográficas y Mario sí; los grandes literatos poseían un estilo poético en su prosa y Mario nunca había leído un triste verso; los grandes maestros tatuaban las pieles de las hojas con tinta hermosa y Mario no. Hoy en día puedo responder que tenía razón, pero Jara Bolaño poseía varias virtudes: el esfuerzo, la fuerte voluntad y, la testarudez, que por primera vez sintió en su vida y jamás desapareció en su escritura.
Adelaida fue sincera con él cuando se volvieron a ver. Sin duda, le dolió escuchar la realidad, y le respondió a su maestra que aprendería y no se rendiría. Así que la maestra le enseñó la ortografía castellana y le forzó a hacer ejercicios de caligrafía como si fuera un alumno de escuela primaria. También estudió gramática y coherencia textual amparado por los comentarios y análisis de obras literarias. Este último, para el joven, era lo más interesante junto con la historia de la literatura: de Homero hasta Elena Medal, de Esquilo a Dario Fo, de la prosa de Genji Monogatari a Luis Goytisolo.
Fue un aprendizaje lento, aunque continuo, que duró nueve años. Cuando Mario cumplió treinta, creyó que había llegado el momento de publicar su obra. Había esperado pacientemente nueve años porque no quería quedar en ridículo. La maestra le recomendó que esperara, le citó a Puig i Sabaté como ejemplo de la literatura rápida de escribir e indigna de leer. Jara Bolaño respondió que él no tenía nada que ver con ese escritor, hacía años que ya no le interesaba esa literatura, no escribía como él, ni lo pretendía.
Mario estaba orgulloso de sí mismo, había bajado la voz estentórea con la que siempre grita la ignorancia. Adelaida reconoció orgullosa la gran mejora de su discípulo, algo que no esperaba. Consideraba que, por primera vez, realmente tenía posibilidades de publicar su obra. Para la maestra, escribía con un humor negro digno de leerse sobre las relaciones sociales, pero, en ocasiones, parecía que leía un buen ensayo en vez de una rica prosa.
Por primera vez, a Jara Bolaño le molestó una crítica constructiva de su maestra. Su conciencia de ser un patoso prosaico le había impedido enseñar a alguien su obra. Pero en ese período de su vida estaba convencido de sí mismo. Además, su vida personal se había estabilizado. Llevaba cuatro años trabajando en la empresa pública de limpieza de la ciudad, en la que fue contratado gracias a los contactos del hermano de Adelaida. Vivía en pareja con Gala desde hacía tres años y, ella estaba embarazada de un niño que se llamaría Roger. La escritura le granjeó una seguridad a Mario que, si bien no lo convirtió en una persona festiva, si fue la domadora de su introversión.
El orgullo de Mario colisionó por exceso de velocidad y chocó con la opinión de Adelaida. El joven no discutió con su maestra porque no quería parecer desleal, buscó la suerte solo. Creyó que le daría una sorpresa, aunque la sorpresa se la llevó él. Envió miles de correos electrónicos a agencias literarias, todas respondieron que estaban saturadas de solicitudes y, que en ese momento, no podían trabajar con más escritores. El siguiente paso fue publicar un recopilatorio de relatos en la página de Amazon. Creyó que en una página con tantos clientes potenciales podría tener posibilidades de ser conocido, ya no solo en España, sino en todo territorio que hablara castellano. Intentó contactar con medios de comunicación pequeños e independientes, pero incluso estos se negaron a entrevistar a un autor desconocido, que había publicado un libro electrónico, hazaña que cualquier valiente podía realizar. Lo máximo que consiguió fue una pequeña promoción en blogs visitados por un número de personas que se podría contar con dedos de la mano de un manco.
Conclusión, vendió cinco libros, sin contar las personas que conocían al amigo o familiar, hecho último que no tenía mérito alguno. Ni los mensajes por las redes sociales ni el intercambio de promesas de comprarse los libros electrónicos de la página entre escritores, fueron un motivo de ascenso de descargas. Hasta ese momento no comentó nada a su maestra, tampoco le anunció su siguiente paso: auto publicar un libro, pagando san Pedro canta, pensó.
Dicen que el dinero lo compra todo, aunque no tenía sentido que comprara compradores. Cinco cajas de cincuenta ejemplares cada una. La pequeña editorial no se responsabilizó de promoción alguna, ahora bien, cobraron en los plazos marcados por ellos mismos. Gala se enojó más que mucho con su pareja, había gastado mil quinientos euros para vender cincuentas copias, a diez euros por libro. Le hizo prometer que no cometería otra insensatez parecida.

Jara Bolaño se desanimó. Nadie se interesaba en él, excepto algunas personas de Latinoamérica, que habían leído fragmentos de su obra, incluso habían iniciado un contacto virtual. Mario le confesó todo a Adelaida, que se rio desde la comprensión, incluso alabó su ambición. No tenía que perderla por tales experiencias, simplemente aprender o reflexionar sobre lo sucedido, y tener la paciencia de una hormiga. 

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viernes, 27 de enero de 2017

La escritora(segundo fragmento)

La escritora.

II.
Aquella vez no se abrazaron, al menos sonrieron, ella parecía ausente, no prestaba atención a las palabras de su amigo, tuvo que repetir por segunda vez si tenía tiempo para ir a un bar cercano para platicar. La escritora afirmó, más por obligación moral que por otra emoción, parecía que se responsabilizaba de haber perdido la comunicación con el escritor, en realidad no era la primera vez que había sucedido el naufragio de la amistad. De camino al bar hablaron de terceras personas, el abogado sepultó su literatura comentaba él, no era como la escritora que escribiría incluso en una isla desierta sin importancia de fama, gloria, fortuna o lo que buscase ese hombre. Tardaron varios minutos en cruzar la plaza Cataluña de tanta gente que había, ya no prestaban atención en quiénes eran aquellas personas y los motivos de haber ocupado una de las plazas más famosas de la ciudad. Llegaron al famoso bar en que Hemingway bebía sus copas, él comentó que en esta ocasión no bebería un café, sino un cóctel, ella respondió que también lo necesitaba, él se extrañó y preguntó la causa.
—Mi vida se ha envuelto en una mortaja. No, espera, sé lo que vas a preguntar por tu mirada. Me han despedido de la librería. Los dueños son unos hipócritas.
—Lo siento…
—Gracias. Supongo que tú tenías razón, me recreé con otra idea estúpida con las humanidades como directoras de las personas, me expresé con estas palabras, ¿no? Dije tales sandeces en un país que fue presidido por un historiador llamado Cánovas, en fin… Las condiciones laborales en ese lugar eran precarias y rozaban la ilegalidad: nada de disfrutar de mis días personales, contrato de media jornada y el resto lo trabajaba en negro, ahora cobro un paro de mierda.
—Ahora tienes que buscar trabajo, sé que es fácil decirlo, hay mucho paro, pero ya encontraste este en plena crisis. ¿Tu novio aún no trabaja?
—Mmm… él… bueno, es una historia larga y estúpida.
—He metido la pata, perdona.
—No, no pasa nada. Soy yo la que tendría que pedir disculpas por haber perdido el contacto de nuevo, no sé cómo lo hago… En fin, hablando del tema, que seguro me irá bien tratar de ello, él me ha dejado, pero no es por eso que estoy tan jodida. Vuelve la curiosidad en tus ojos, voy a resumírtelo para no aburrirte.
»Creía que vivía una relación perfecta: leíamos los mismos libros y luego comentábamos nuestras sensaciones, íbamos a teatros independientes y económicos, paseábamos por estas mismas calles igual que dos enamorados en París, nuestras vidas hospedaban en la alegría.
»Durante esa época me esforcé en componer una novela que rompiese con toda mi trayectoria, esa novela me provocaba la misma sensación que la espuma del oleaje suave del mar. Presenté la obra a un agente, tardé más tiempo que cuando te comuniqué a ti mi intención, este me recomendó escribir uno o dos capítulos más en la historia y crear un personaje más que le diese un aire comercial. Una historia de amor para un público femenino, la mujer es una compradora potente de novelas.
»Dudé mucho, ya sabes que me gusta tirarme del pelo a mí misma, mi ex me convenció, según él no era traicionar mi obra si siempre hubiese un equilibrio. Finalmente lo hice, él me hurtó la novela cuando la acabé y se la presentó a otro agente literario, que aceptó buscarle editorial…
—¿Cómo? No entiendo. ¿No estaba registrada?¿ Entregaste a una persona desconocida una composición tuya sin registrar?
—Has saltado de golpe. Entiendo tu asombro, a toda persona que se lo cuento le pasa lo mismo. Tendrías que ver tu cara de asombro. ¡Pareces hasta nervioso por mi estupidez! Perdona que me ría, es lo único que me queda.
—No entiendo qué hiciste, mujer.
—Me calcé de confianza y tropecé. Mi ex me aseguró que no hacía falta, que el agente entendería que ya estaba registrada, era tan cariñoso. ¡¿Cómo iba a pensar que iba a hurtarla?!
El escritor intentó calmar a su amiga, habían llamado la atención de los clientes y los camareros del bar. La escritora apenas bebía su copa, en cambio, él se pidió otra, parecía más angustiado que ella, parecía que él era la víctima de la historia.
La escritora continuó explicando lo sucedido cuando el camarero trajo la segunda copa para su amigo.
—Él no trabajó mientras estuvimos juntos, vivíamos en un piso compartido con un par de estudiantes, más jóvenes que nosotros lógicamente, yo pagaba todos nuestros gastos correspondientes. No encontraba trabajo de lo suyo, no quería trabajar en un bar en que solían ir turistas como hice yo en su día, decía que él no había estudiado idiomas extranjeros y una carrera para acabar de camarero. ¿Cómo podía ser que el presidente de España no sepa inglés y sí un camarero?
»Aunque esa es nuestra realidad, se desesperaba, poco a poco se fue interesando más en mi novela, yo creía que era por hacer algo juntos, por matar el tiempo. Supongo que ya estaba maquinando su plan, no cambió su cariño conmigo hasta que acabé por segunda vez la obra, qué paciencia, qué frialdad que esperó la respuesta del agente, luego leyó la segunda versión y acabó convencido de que era su oportunidad.
»En ese momento dejó de prestarme tanta atención, cesó el cariño, me atacaba por mi idealismo de publicar algún día mi obra, me desanimaba para no entregar nada, lo cual no funcionó. Sus arrullos se enronquecieron, sentía más con un vibrador que con él. Un día se esfumó sin más, dejó solo una nota en la que me pedía perdón por su conducta y explicaba que había robado mi novela. Se había llevado todos los borradores y había borrado todos los archivos del ordenador, no tenía ni la copia de seguridad, me quedé sin nada.
—¿No has podido localizarlo? ¿No sabes dónde viven sus padres?
—Primero hablé con el agente, por si se había quedado alguna copia, dijo que la borró porque no la interesaba. Si hubiese sido la segunda y yo hubiese cumplido con las expectativas, entonces sí que se la hubiese guardado. No pude denunciar porque no tenía prueba alguna, aparte del testimonio de dos estudiantes, que ni se habían enterado de que yo escribía en la habitación, desventajas de teclear suavemente mi portátil.
—¿No fuiste a casa de sus padres?
—¡Te estás impacientando! ¡Perdona que me ría otra vez! Ya te has bebido tres partes de tu segunda copa y yo voy por la mitad de la primera. En fin, sí, claro que fui, pero primero quería asegurarme de que podía amenazarlo. Pude hablar con él, se disculpó igual que un cobarde, hecho que me cabreó tanto que le golpeé la cara, suerte tuvo que estaban sus padres. Me echaron, me denunciaron y mi premio fue una orden de alejamiento más una multa de mil euros. Yo, amigo, la pacifista anarquista, golpeando para defender su prosa, mi novela es una espuma ensangrentada.
El escritor le acarició la muñeca para calmar su agonía, no consiguió mucho, al menos ella acabó su copa y pidió otra para empatar con su amigo. Este creyó oportuno para tranquilizarla preguntar cómo era su novela. Al segundo de haber hablado comprendió que quizás iba a perjudicar más a la escritora, pero no, surgió por fin una sonrisa, igual que la de una madre presumiendo de hijo, y no la mueca cínica de minutos anteriores.
—La historia era un carril estrecho que te conducía a una ciudad cuyos edificios eran hermosos por sus fachadas e interiores, además, dicha ciudad estaba maquillada por el verdor de sus parques. No era la ciudad industrial contaminada y lúgubre…
—No entiendo a qué te refieres. ¿Aún estabas concentrada en tu estilo?
—Recuerda nuestra última conversación de la literatura total, lo bueno o malo, según se mire, de la totalidad, es que no tiene techo, cada día puede construirse una planta más en el rascacielos. En estos meses sin vernos reflexioné que era aburrido que una obra estuviese secuestrada por un estilo o incluso un género. ¿Por qué no escribir una obra literaria en que la novela, el teatro, o el guion cinematográfico según la actitud del autor, la poesía e incluso las técnicas de una cámara de cine o fotográfica fuesen nudos de la historia? Sé que lo que digo no es ninguna novedad, que tal mestizaje se ha intentado anteriormente a mí, pero te puedo afirmar que lo combiné con éxito. Cociné varias literaturas en la misma olla. ¿Qué estás pensando? Pones una cara extraña.
—Siempre me sorprendes, todavía sigo perdido, no te sigo.
—No lo mezclé sin más, hubiese sido un error. La historia hablaba de un pueblo manchego, la brutal pelea entre dos familias. Un agricultor testificó falsamente en un juicio contra otro, este último se peleó con su vecino y el primero ayudó a su amigo sin preguntar por lo sucedido, dijo lo que su amigo le pidió. El segundo agricultor perdió el juicio, tuvo que pagar al vecino del primero.
»La historia azota al primero, los vecinos encontraron una mañana muerto de un disparo de escopeta al agricultor, nadie escuchó nada, nadie vio nada, estaban casi todos en la procesión de Semana Santa. Todos se conocían entre ellos, sabían que habían faltado la víctima, el presunto asesino, una vecina que estaba enferma y otro vecino que dormía la mona después de una noche festiva.
»El segundo campesino alegó que estaba arreglando una avería del coche, la escopeta era de la víctima, aunque no había indicios de suicidio. ¿Se disparó por la espalda? No había huellas en la espalda ni en el arma, no se demostró nada. Hasta aquí el capítulo uno, extenso, novelado sin diálogo e incluso es vistoso como el género del thriller.
»En cambio, el capítulo dos narraba con lentitud la primera jornada laboral de la hija del asesinado. Ella era enfermera en una residencia de la tercera edad en que estaba ingresada la madre del segundo agricultor, estaba angustiado por este hecho y tenía miedo de una posible venganza de la muchacha, a pesar de que él había repetido hasta la saciedad que era inocente, que salió libre sin cargos, pero todo el pueblo había dictado otra sentencia.
»El hombre visitó ese día a su madre por los nervios, aquí hay una dura plática entre ambos protagonistas, en que la enfermera mostró su fuerte carácter y casi mostraba su dolor por cuidar la madre del asesino de su padre. Toda esta tragedia no podría haberla mostrado sin unas escenas teatrales, en que el narrador aparecía únicamente para describir el lugar, los personajes y sus gestos. El campesino se expresaba de una forma directa, sencilla y antigua. La chica hablaba sutil e irónicamante, por no decir cinismo, creaba alegorías para hablar de la injusticia que estaba viviendo y la mala persona que tenía enfrente.
—Perdona que te interrumpa, pero no veo la manera de que en esta obra entre algún verso, a no ser que sea algo gratuito.
—Pues en el siguiente capítulo podrías haber leído varios poemas que compuse, en realidad es una historia dentro de la historia, nada innovador, eso lo tengo claro. La chica en el capítulo tres lee a un poeta soriano que le ayuda a encarar su dolor. Los poemas tratan de unos hermanos que se pelean entre ellos por la herencia, ya te puedes imaginar que los disparos chillaron en el desarrollo de la obra. Son poemas largos, más de cien versos cada uno, influyen en las decisiones de la protagonista.
»A partir del siguiente capítulo se rozaban, pero no chocaban los géneros literarios, el hombre tenía la duda de la venganza de la enfermera, incluso ella dudaba durante varios fragmentos del libro. El poema tenía un final inesperado que haría reaccionar a la protagonista de un modo que quién sabe si era imprevisible o no. En fin…
—No entiendo en qué consiste el roce sin choque.
—Te pondré un ejemplo. El capítulo cinco la enfermera estaba trabajando en la residencia, estaba dando la cena a la madre del verdugo, hubo una plática teatral tensa y en doble sentido que la pobre anciana no entendía, pero sí la enfermera y la persona que lea mi obra. La conversación acabó, la enfermera se fue a casa para continuar la lectura de aquel poemario porque la curiosidad le quitaba el sueño y el hambre, estaba pensando durante toda la jornada qué pasaría con aquella familia y, sobre todo, lo relacionaba con su vida. Al final de aquel capítulo volvió el suspense novelado, porque alguien, quién va a ser, lanzó abono a la puerta de la casa y provocó ciertos ruidos para asustar a la protagonista.
—¿Cómo lo hiciste para no romper la historia y que fuese digestiva con ese amor comercial femenino?
—No fue fácil para mí, me costó. Otro de los protagonistas era un policía que tenía un protagonismo in crescendo según avanzaba la obra. Lo que hice fue romper su crecimiento y ya en el capítulo dos tenía relaciones sexuales con la chica para captar la atención del público femenino. Así, en cada capítulo, excepto en el uno y el tres se calentaba alguna palabra escrita. Para que no pareciese tan gratuito describí cómo se sentía la enfermera, en ocasiones necesitaba cariño y otras violencia, que la azotasen fuerte, que la ahogasen, que la dominasen…
—Casi ya escribiste sexo para los hombres.
—¡No te rías que también yo me río! Puede ser, quizás no hubiese pasado la crítica del agente.
—¿El policía vivía con la enfermera?
—No, ella no se sentía preparada, en la segunda versión vivieron juntos en los últimos capítulos.
—Pero no entiendo ¿estaban juntos cuando ya murió su padre?
—No, se conocieron después, los dos son jóvenes. Ella tenía dieciséis años cuando alguien asesinó su padre y se conocieron ocho años más tarde.
—¿Y la madre de la chica? ¿El policía no es del pueblo?
—¡He captado tu atención! La madre murió cinco años después que su marido de un cáncer. El policía era de otro pueblo de la misma provincia, ahí vivían sus padres. ¿Alguna pregunta más?
—Sí, puede sonar estúpido, pero es mi ignorancia quien habla.
—Quien tiene boca se equivoca.
—¿Por qué el posible asesino no cambia a su madre de residencia?
—Es una residencia pública, el campesino tampoco tiene mucho dinero. Además, en aquellas tierras no hay la cantidad de residencias como en la provincia de Barcelona.
—Ya…
—Ibas a decir algo, dilo, no pasa nada.
—Sinceramente, no me convence tu poema en esa obra, no veo que pueda cuajar la influencia del poema en la chica. ¿Qué quieres expresar? ¿Es algo bueno leer o no? Me imagino que bueno, ¿no?
—Seguramente que mi ex publiqué la novela y si no modifica, lo sabrás.
—No podré comprarlo.
—Yo sí, ya te la dejaré.
Interrumpió el sonido del teléfono móvil, era la pareja del escritor, estaba preocupada porque él todavía no había vuelto al hogar, hablaron un par de minutos. Él explicó a la escritora que su pareja la había invitado a cenar, así se conocerían, la escritora aceptó. Salieron del bar, el estruendo ciudadano enmudeció al turista de la Barcelona esnob de tiendas, pero no a la escritora, como si todo aquel movimiento no reivindicase nada por su situación económico-social. El escritor lo notó, no comentó nada porque no quiso entristecerla más.

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domingo, 27 de noviembre de 2016

Un mal ejemplo para los niños (2º fragmento)

Un mal ejemplo para los niños

—En fin… —Sebastián centró sus ojos de nuevo en Juanjo y sonrió forzosamente, ya que se había perdido en el camino del discurso—. Yo era un funcionario, trabajaba en el ayuntamiento de Barcelona, no importa de qué. Me harté de ver cuántas personas entraban por amiguismo o clientelismo, individuos menos preparados que yo ejercían puestos de responsabilidad importantes, eran salvados por mi profesionalidad, aunque no cobraba como ellos. Aprendí que en nuestra España no se sube por competente, hay que tener otras cualidades. —Bebió el daiquiri, Fidel lo imitó, Juanjo se quedó inmóvil escuchando a ese hombre—. ¿No bebes? Está bien, como te decía, tenía contacto con la policía por mi tipo de trabajo, allí conocí a un hombre que me liberó de mis prejuicios, te lo resumiré para que no te aburras.
»Me enseñó un camino para ganar dinero directamente. ¿Por qué matarme a trabajar por cuatro duros? El mundo de la cocaína era mucho más productivo, no te hablo únicamente del polvo blanco, vendemos de todo: heroína, pastillas, costo, pope… todo lo que exista o se invente en nuestros laboratorios. No me mires con esa cara, ¿piensas que soy cruel? Se puede decir que en esta empresa soy el gerente, la mano derecha del único accionista, y me va muy bien. Tengo una vida holgada, lógicamente ya no trabajo en el ayuntamiento, tengo mis contactos, siempre es importante, por eso estoy donde estoy.
—Sebastián, por una parte opino como tú, vengo del mundo de la construcción, he trabajado duro muchos años, me he peleado con niñatos que tenían la carrera de algo y no tenían ni puta idea, tan solo pensaban en gastar poco dinero en la obra para embolsarse así más ganancias. Mi mundo era más peliagudo que el tuyo, más rudo, da igual. Pienso que eso no justifica tu actitud, simplemente eres un capitalista más, ávido de dinero, que ha construido un océano de excusas. —Juanjo bebió largamente por primera vez.
—¡Juanjo! —gritó Fidel muerto de miedo—. Nadie habla así a Sebastián.
—No Fidel, tranquilo, tu amigo tiene más valor que tú. Me habías dado a entender que era un esclavo de su mujer, amigo. La ignorancia curva para abajo tus dotes de psicoanalista. Juanjo, ¿crees que tienes principios?
—Los principios nacen en la época de bonanza y mueren en el período de crisis. La verdad es que estoy cansado de todo, de pensar si hago bien o mal, de decepcionar a mi mujer, claro que me importa su opinión, no voy a vivir como un soltero sin tenerla en cuenta. Me moriría de vergüenza si se enterasen mis padres, ellos me enseñaron unos modales, ya no digo nada si mis hijos tienen que vivir con esa vergüenza.
—Juanjo, Juanjo. —Sebastián subió su tono de voz —. Te enseñaron el estoicismo, aguantas, te resignas, sucumbes, te dejas pisar. ¿Eso es ser bueno? A decir verdad, así actúa la mayoría de la sociedad.
—Si actuar bondadosamente es ser tonto, entonces yo he sido tonto durante muchos años, aunque ahora que conozco los dos caminos, ahora que puedo elegir, si ellos son libres para comprar mierda, yo soy libre para hacer el bien. Según tú, opinas que eso es de idiotas, yo creo todo lo contrario, tiene mucho mérito que haya gente que elija la honradez aun siendo conscientes de que así llegarán al vacío material.
»El mundo lo domináis los fuertes, sí, es cierto, tenéis muchos perros interesados como Fidel que os siguen el juego, pero en el mundo somos muchas personas, también son unos cuantos los que actúan honradamente, a los que les motiva más el flujo personal que el simple dinero que te robarán en cualquier momento. Qué mundo el tuyo que se autodestruye, que no puedes confiar en nadie, de tanto cubrir tu espalda no puedes presenciar una simple salida del sol, una luna llena, disfrutar un pícnic con los tuyos o ver una película con tu mujer.
»Considero que no eres tonto y lo sabes, por tanto, creo que eres una persona autodestructiva, caerás tarde o pronto por tu estilo de vida, pero igualmente lo prefieres, algo que no entiendo.
—¡Juanjo! ¿Cómo puedes hablar así? —Fidel estaba indignado, jamás Juanjo le había escupido así.
—Fidel, no te metas, es una conversación interesante. Juanjo, no me da miedo ir a la cárcel, he sido libre hasta ahora. Cuando te he argumentado las «excusas de océano» no eran mis medicamentos que sirven para que duerma mejor, los he comentado para ti. Pensaba que eras un alma azotada por la cobardía, no creía estar ante una persona con dolores éticos.
»Yo soy consciente de que hago el mal y no me arrepiento, puedo vivir sabiendo que soy malo, es más, siento placer cuando estoy en mi yate o viajo al mejor hotel de la ciudad que visito. En ningún momento pienso en esos desgraciados que quieren morirse, ellos sí que son autodestructivos y no tienen el valor de que una cuchilla les quite de este mundo. Fui un estudiante excelente, he sido amante de la cultura y aún la amo, fui un buen trabajador hasta que me harté de ver cómo la mediocridad zanjaba mi carrera profesional, ellos hacían un acto pícaro típico de nuestro carácter español.
»¿Por qué un hombre con cualidades como yo tendría que estar debajo de unos mediocres sin conciencia? Si yo fuese como ellos, ascendería a lo más alto y así ha sido. Ellos en ningún momento pensaban que estaban haciendo algo malo, por estar introducidos en una especie de clientelismo. Yo estoy solo, es verdad, no me fío de los que dicen ser mis amigos, ni siquiera de mi esposa. Tengo tres hijos, de momento no han hecho nada merecedor para que piense mal de ellos, aunque aun así no me importaría que fuesen mis hijos los que me destronasen. Sería el hecho de que han aprendido bien la lección, estaría orgulloso de mi sangre, son mis hijos, al fin y al cabo.
»Sé que alguien como tú no me entiende, tú crees en muchas creencias, herramientas que utilizamos los fuertes para controlar a los débiles. ¿Has leído el Nuevo Testamento? ¿No? Hay dos evangelios, Mateo y Lucas, que escribieron la parábola del árbol y sus frutas. El árbol bueno no puede dar frutos malos y el árbol malo no puede dar frutos bueno… Bueno, te lo voy a resumir, a los hombres se les conoce por sus acciones y no por las palabras hermosas de las cuales te quieres santificar. Entonces yo me pregunto cómo puede ser que tú seas bueno y vendas cocaína, cuando te mueras tendrán que escribir un libro sobre tu vida. ¿Qué te parece este título?: Hagiografía de un criminal.
—No entiendo del todo tu ironía, nunca había escuchado la primera palabra, me da igual, he perdido mi sentido del humor. En ningún momento he dicho que sea bueno, he comentado sobre la actuación del bien. En mi vida he aprendido poco, pero observando a la gente he comprendido que no existen los buenos ni los malos, en nosotros desde que nacemos existe el bien y el mal, por eso te he dicho que soy libre para elegir uno o el otro. Antes no lo era porque no conocía el mal, por fin entiendo esas clases de religión que estudiaba cuando era pequeño, por fin entiendo el significado moral de redimirse, de perdonarse, una vez consciente del poder del mal y vencerlo, uno es libre. Aunque hablo de ideas que tengo en la cabeza, no soy lo suficiente valiente para llevarlas a la práctica.
—¿Así que no te consideras libre?
—No, no lo soy. Me he dejado vencer por las circunstancias, han sido más fuertes que yo, no tengo excusas ni me he perdonado. Por eso estoy aquí, pienso únicamente en mi familia, que no sufran inútilmente. Creo que es bueno sacrificar mi libertad por mi familia, espero no sacrificar también su libertad por mi culpa, que no carguen con mi crimen.
—¿Tú crees en Dios?
—No, el resto de mi familia sí… —A Juanjo le sorprendió hablar extensamente sobre estos temas y, en concreto, la nueva pregunta de Sebastián— ¿Por qué?
—Tienes las típicas y simples contradicciones de una persona educada en el catolicismo. El cristianismo os enseñó a obedecer, a resistir pacíficamente ante la autoridad, a perder pasivamente, a morir sin luchar pensando en el regalo de la vida eterna, eso os hace personas mediocres. A ti te gusta pensar que ahora podrías ser libre, que elegirías el bien, pero no puedes para que a tu familia no le falte de nada. Mientes, mientes como todos, te atrae el dinero, entiendo que no quieres olfatear tus contradicciones.
—Yo no me considero un perro. Una cosa es cierta: estoy hecho un lío, aunque estoy aquí, ¿no? Quizás eres tú el que no ves ni escuchas todas esas personas que hacen el bien. Él es humilde y nunca busca el protagonismo.
—¿Entonces por qué vienes a mí?
—Porque no soy libre, porque no soy valiente, porque busco la solución rápida para los míos, pero no sé si será para mí, porque el bien es lento y no me sobra a mí. —Juanjo acabó su daiquiri, Sebastián también y Fidel imitó cuando vio cómo el segundo bebía.
—Juanjo, eres más valiente de lo que crees, otros se hubiesen hundido con su familia, o peor aún, se hubiesen fugado como tu cuñado. Quizás vas a redimirte, y así liberar a tu familia, si aceptas mi propuesta. Eres más valiente que Fidel por aceptar tu miseria y tu cobardía, él sí que es un perro, tú no, no has querido lamer mis gracias en ningún momento y darme la razón en todo. —Fidel se sorprendió, pero calló y no replicó como en el ataque de Juanjo—. Entonces, dime sí o no antes de escuchar nada, si no me voy y santas pascuas.
—Acepto…
—Bien, escucha bien. Esta noche... 

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viernes, 16 de septiembre de 2016

Interiores (Fragmento V)

VII

Antonio se había recuperado y estaba descansando en su casa. La única secuela que le había provocado el ictus cerebral fue una depresión. Sin embargo, el escritor percibió que María estaba más apocada que nunca, hecho que le llamó la atención, no mostraba ninguna alegría por su regreso ni interpretó su personaje de fiel ama de casa. Se limitaba a pasear por el piso, cuidar de Antonio y beber. Él intentó iniciar una conversación pero ella lo evitaba. «Cuando estés bueno, hablaremos», le dijo en más de una ocasión. Una tarde, Ana fue a visitar a María y Antonio. La conversación con el escritor fue áspera y corta, él se excusó diciendo que se encontraba cansado y se iba a la cama para dormir la siesta. Las dos mujeres aprovecharon la ocasión para hablar en el comedor, ellas no sabían que Antonio no había ido a su habitación, la cual estaba lejos del comedor, sino que había ido a su despacho, desde donde podía escuchar perfectamente la plática. María y Ana no se percataron porque habían ido un momento a la terraza y cuando volvieron creyeron que Antonio habitaba en la modorra.
—¿Cuándo te vas a decidir? —Ana preguntó a María.
—No lo sé.
—¿Tú quieres estar aquí? —María tenía la cara lívida a causa del exceso de alcohol. Miró unos segundos a su amiga, lloró y se sentó en un sofá. Ana la consoló, abrazó y encomió—. María, mi única amiga, la mejor amiga que una persona puede tener. Siento si te presiono, te prometo que no volveré a hablar del tema hasta que tú quieras.
—No, no es eso. Necesito hablar contigo seriamente, no quiero mentir más. Primero siéntate, por favor, y escúchame, quiero que me escuches y lo entiendas. Gracias por tus palabras, pero lo único que consigues es ponerme más nerviosa, son palabras amables que no me merezco.
—No digas eso, si las personas fuesen como tú, el mundo sería un lugar hermosísimo —Ana hablaba mientras se sentaba en el sofá y cuando vio el rostro descompuesto de su amiga cesó de hablar.
—Todos creéis que soy una santa, pero no lo soy. Escucha, Ana, tú me has visto como estaba estos días en el hospital, tú crees que estaba destrozada por el infarto cerebral de Antonio, y en parte era cierto y en parte no, déjame explicarte por favor —dijo cuando Ana iba a interrumpir a su amiga para loarla otra vez—. Si estaba tan mal en el hospital es porque me he dado cuenta de que no soy tan buena persona como vosotros pensáis. Si sufría era por temor a que Antonio sobreviviese, deseaba su muerte, y al mismo tiempo me atormentaba ser esclava de este deseo, digo esclava porque no sé cómo ha salido dentro de mí, te juro que no ha sido provocado, todo fue muy natural. Había momentos en que me aliviaba pensar que sería libre otra vez, que Antonio se iría de mi vida; otras veces creía que era peor que mi padre, me sentía un ser despreciable y no sabía qué pensar, estaba hecho un lío. Luego vino Celia y lo empeoró todo, defendí a Antonio y a Pedro, aunque no creía en mis palabras del todo. Sé que Antonio es así por culpa de Celia, pero no tiene excusa, si está mal consigo mismo es porque es débil, tal como dijo Celia. Pensándolo bien, yo también soy débil por haber aguantado a Antonio durante tantos años. ¡Y no me digas que soy buenísima!
Ana se sorprendió del comentario desabrido de su amiga, y más teniendo en cuenta que ella no tenía la intención de hablar. María comentó rápidamente la última frase porque tenía pocas fuerzas y le costaba sincerarse con Ana a pesar de estar beoda. Esta entendió que era mejor dejar concluir el monólogo.
—Tu proposición de irme contigo y dejar Antonio me lio aún más. Para que veas lo ruin que soy, no quiero dejar a Antonio, prefiero que se muera, si él sigue vivo no descansaré en paz, desconozco el motivo, aunque es así. Necesito su muerte, me lo debe. Sí, he perdido a Pepe y he sobrevivido, mis padres han muerto y he sobrevivido, la muerte de Antonio podría significar el fin de una etapa mía… No sé qué demonios digo. ¿Tú me entiendes?
Ana estaba sorprendida por la confesión, no podía creer que María sintiese tanto odio. Siempre creyó que no soportaba a Antonio, no obstante, María había silenciado su locura. Entendió que María también era una mujer, una mortal, no era una enviada de Dios ni ninguna santa, María sentía amor y odio como las demás personas. Ana interpretó por sus palabras que la primera sorprendida por tales sentimientos era la propia María. La periodista pensó durante unos largos segundos una frase adecuada que no irritase a su amiga.
—Creo que tienes que hablar de tus sentimientos con Antonio. Cierto es que el tema no es fácil de explicar, sin duda tendrás que emplear otras frases más correctas. Piensa que Antonio está enfermo, escuchar algo así le puede hundir más aún en la depresión.
—Ana, también tengo síntomas de depresión.
—¿Cómo?
—Sí, los he leído por Internet y tengo varios síntomas que están escritos en la página. Estoy siempre cansada, no tengo ganas de hacer nada, tengo deseos suicidas desde hace tiempo pero no me mato porque sé que Antonio no va sentir nada.
—Estás segura de que él no te quiere nada, o hasta que te odia.
—Me odia y me echa la culpa de todos sus males, incluso los de su hijo.
—¿Cómo está?
—Sigue en la clínica. Dios, yo quería mucho a ese muchacho, se deshizo de mí cuando intenté encaminarlo —Ana estuvo más avispada que en el hospital y sí se dio cuenta de algo e interrumpió a María.
—Has dicho que lo querías, es decir, ya no lo quieres.
—Quiero al niño que fue, no al hombre en el que se ha convertido. Fue un niño caprichoso y egoísta, aunque no era mala persona. Vivía con su madre pero venía a mí para contarme algo, pedirme dinero, que le dejase el coche o las llaves del apartamento para llevarse una chica.
»Fui muy dura con él cuando lo pillé esnifando coca. Le dije que acabaría siendo un marginado y un inútil, le molestó mucho mi comentario, creo que le recordé a su madre. Desde entonces rompimos nuestra buena relación, hasta llegaba a reírse de mí.
»Un día, no recuerdo por qué, me dijo que «no leyese a Góngora porque acabaría mareada de leer la primera frase», algo estúpido cuando su padre asegura que Pedro no ha leído a ese.
—María, te repito que creo que Antonio y tú tenéis que tener una conversación sobre vosotros dos y también  sobre vuestra relación con Pedro. Está claro que una vez fuisteis una familia, no sería la familia perfecta aunquem era una familia al fin y al cabo. Abre tu corazón antes de que acabes enferma de verdad y cometas alguna tontería. Has aguantado mucho, ahora que te aguanten.
—Sí, tienes razón, Pedro ha influido mucho en mi relación con Antonio —María recordó cuando descubrió a Pedro con la droga y cerró los ojos pensando que así saldría la imagen de su cabeza, lo cual no sucedió. Entonces entendió que no se atrevía a hablar claramente con Antonio—. No sé si podré hablar con Antonio, es pronto.
—No, no es pronto. No tienes veinte años, no sois novios. Sois un desastre y una farsa de matrimonio. Date una oportunidad, si hablas con él, quién sabe, a lo mejor también das una oportunidad a Antonio.
—Visto así parece bonito… Creo que tienes razón.

La plática duró unos minutos más, Ana se fue porque tenía que trabajar. María se quedó sola, estaba sentada en el sofá, escuchando el mutismo y pensando a través de este. «¿Cómo hablo con Antonio? ¿Cómo empiezo la conversación? ¿Cuándo? ». Sin embargo, el mutismo y sus pensamientos desaparecieron a causa de los sollozos de Antonio en su despacho. María lo entendió todo, él había escuchado la charla. Por una parte mejor, ya no tenía excusa para interrumpir su verdad. La lástima era que se iniciaba la plática por un suceso patético, o lo era para María. «En fin, como mi matrimonio con Antonio», reflexionó. Se dirigió al despacho del escritor, abrió la puerta y allí estaba Antonio llorando, sentado en su asiento, la cabeza agachada, apoyada en las manos y mirando con los ojos casi cerrados al suelo. Antonio alzó la cabeza al escuchar el ruido, respiró profundamente e inició la plática.

domingo, 10 de julio de 2016

Ana y Pepe

Ana y Pepe

Ana y Pepe eran dos primos de tres años, jugaban siempre en la habitación del niño cuando la madre de Ana iba a ver a su hermana gemela. Ana y Pepe eran muy amigos, se estimaban mucho, no obstante, exactamente ellos no sabían aún que era el amor o la amistad, simplemente jugaban y se lo pasaban bien.
-        Quiero probar algo – dijo Ana una tarde.
-        ¿Qué? – preguntó inocentemente Pepe.
-        Lo he visto en la tele…

Ana besó a Pepe, fue un beso con lengua. El primo no sabía exactamente qué era lo que hacían. Sintió un escalofrío por todo el cuerpo, un goce extraño. No era el típico encanto sexual de un adulto, era más bien un mareo que le provocaba un contradictorio bien estar. Hasta sentía un pequeño dolor por la laringe ya que a tan corta edad su cuerpo era muy sensible a cualquier ataque con napalm. Ana sentía una sensación parecida, no sabía qué era exactamente aquello del beso pero le gustaba morrearse con su primo. Continuaron aquella tarde intercambiando sus fluidos, si bien, debido a su corta experiencia no hicieron nada más. Al fin de semana siguiente, cuando las madres mandaron a sus inocentes hijos a la habitación de Pepe para jugar. Ana se tumbó directamente al pequeño cuerpo de su primo y se fusionaron sus almas. No era sexo, era amor, el sexo es sucio y placentero, no obstante, aquellos dos niños sentían extraños sentimientos que no entendían: era inocencia, pureza, comodidad, respeto, no sabían qué era el incesto… sólo imitaban a unos actores de quizás una película barata que había visto Ana en la caja tonta. Casi no sabían hablar pero sí besar, un logro para dos católicos. Volvieron a repetirlo las siguientes semanas aunque la historia terminó rápida ya que sus respectivas madres se pelearon por la herencia de la fallecida abuela tras un infarto inesperado. Pasarían muchos años hasta que las dos familias hicieran las paces. Ana y Pepe eran dos jóvenes con sus respectivas parejas. Los dos se acordaban de aquellos momentos, sin embargo, jamás lo mencionaron por vergüenza y por miedo a que su primer amor no recordarse aquellos días tan gloriosos.

lunes, 13 de junio de 2016

Casi me mato

Casi me mato


La historia que voy a contar sucedió hace dos años en el día de hoy. No me quería. Nadie me quería. Me veía feo e inferior a cualquier persona. Una día, harto de mi soledad y de mi marginación en este mundo decidí suicidarme. ¿Qué mis problemas eran estúpidos comparados con un niño tercermundista? Poco me importaba a mí todos los problemas del mundo, sólo pensaba en mí.
No sabía cómo morirme. Siempre he sido muy cobarde en todos los aspectos de la vida. Nunca me he atrevido a plantar cara a nada ni a nadie. Pensé en abrirme las venas, pero era demasiado lento ¡dejaría el baño hecho un desastre! Mi asistenta se cagaría en mi tumba. Tampoco España es los Estados Unidos, país en que todo el mundo tenía una pistola o escopeta para reventarse la cabeza como Kurt Cobain.
El metro era la solución. Tan sólo tenía que tirarme y cerrar los ojos… lo otro era cosa del conductor. Por fin se acabaría mis sueños solitarios. Mis domingos aburridos por la tarde sin nada que hacer preparándome psicológicamente para aguantar otra dura semana en el trabajo.
Llegué al metro. Aún quedaban cinco minutos. Lógico en un domingo por la tarde. Pasó el metro, no me levanté. Tenía demasiado miedo. ¿Qué pasa si hubiese un cielo? ¿Iría al infierno por matarme? Salí a calle para fumar mi último cigarrillo, el cual no me sentó muy bien.
Volví a bajar y espero de pie mi final. Sudo sin para y hasta tiemblo. Pero por fin llega el metro, en aquel momento ya estoy decidido en matarme. No pienso en mi vida ni en si aún me queda alguna esperanza. Únicamente quiero que todo acabé de una vez. Cuando hago un pequeño impulso de saltar, notó el roce de una mujer joven y guapa. Una preciosa rubia de ojos azules con una piel blanquísima. La cual con un acento de rusa, me dice:
-        ¿Se encuentra bien, señor?
-        No mucho.
Sin decir nada más, sin saber qué decir. Pensando que ni para suicidarme valía me fui de ella diciendo “hasta luego”. No quería llorar, no quería que me viese llorar. Pero no aguantaba, me conformaba con aguantar hasta la calle sin mis lágrimas pero iba acostarme mucho… lo que jamás esperé fue el comentario de ella.
-        ¿Se iba a suicidar verdad?
-        Perdón…
-        Si. Lo he notado, no sé cómo, pero lo sé – me quedé en blanco, no sabía qué decir. Ella volvió hablar – Venga conmigo, por favor.
Ya dentro del vagón, ahora me alegro de acabar dentro y no abajo, hablamos un poco. Le conté que tenía veinte ocho años. Trabaja en una biblioteca y vivía solo desde hace un año porque mis padres se habían ido a vivir a su pueblo, lejos de la ciudad. Ella me preguntó por qué estaba tan triste, yo no respondí…
-        ¿Es soltero? – me preguntó.
-        Sí.
-        ¿Le ha dejado la novia? Por eso está tan triste.
-        La verdad es que nunca he tenido novia – confesé avergonzado.
-        ¿Y eso?
-        No soy muy guapo y como persona soy un desastre.
-        Seguro que tiene muchas cualidades de las cuales usted no valora – dijo ella.
-        ¿Cómo te llamas?
-        Ana
-        Yo Onofre.
-        Onofre es un nombre poco común – dijo ella sorprendida.
-        Como yo.
-        Esta es mi parada ¿me acompañas?
-        Sí.
Obedecí como un perro. Fui tras ella como la rata que siempre habría creído ser. No sabía dónde íbamos, ni me importaba, la verdad es que ni lo pensé. La curiosidad únicamente me picaba para saber quién era esa chica. Finalmente fuimos a su casa, no tardamos mucho. No había nadie en ese momento, me dijo que vivía con tres rusas más. Ahí me explicó un poco más su vida.
-        Yo me ganó la vida en tu país como puta.
-        ¡¿Qué dices?! – dije sorprendido.
-        ¿Nunca has ido?
-        No – negué ofendido.
-        Por eso estás tan jodido, no voy a darte ninguna clase teórica, en este autoescuela se empieza por las practicas.
¿Qué más puedo contar? Esa muchacha me devolvió la alegría de vivir por unos instantes ¡Qué placer! ¡Qué diosa del sexo! ¡En unos minutos cambió toda mi vida! Resucitó la esperanza en mí y ya no me sentía tan feo ni inferior a nadie. Era algo brutal, había perdido tanto tiempo.

No volví a ver a Ana no tampoco hizo falta porque desde aquel día no he pasado penurias grandes en mi vida. Hasta que conseguido ligar, aunque algunas veces aún me equivocó, no por eso pierdo el valor ni el optimismo. Desde entonces tengo claro que quiero vivir, y sí quiero volver a morirme, tan sólo tengo que hacer tal como dice la canción Casi me mato de Barón Rojo: “de vuelta a casa vi la solución, lo más seguro es la televisión, con una dosis de publicidad es suficiente para palmar”.