miércoles, 5 de agosto de 2015

Baluarte

Baluarte.

Dedicado a Eduard Cano.

“¿Mas no era eso la vida, una constelación de sorpresas que destellaban y luego se apagaban con una falta de significación que revelaba al fin todo su sentido?”

José Luis de Juan. Kaleidoscopio.

Armando estaba buscando un taxi en un punto de la ciudad poco golpeado por el ritmo urbano. Pasaron veinte minutos incandescentes hasta que encontró uno, entró en el automóvil, indicó la calle a la que se dirigía y que por cierto ya llegaba tarde. No habló con la taxista, estaba acuñando sus pensamientos, así que no fue consciente cuando llegó a la vía, fíjese en su distracción que fue avisado por la mujer. Armando miró a la calle sin mover su cuerpo, vio que se acercaba Inés, subió al coche y se saludaron fríamente. Él anunció la nueva dirección. Durante el viaje, Inés analizó a la conductora, segundos después sonrió reconociendo el sinsentido de su envidia. El taxi paró en una calle apretada, transitada por el silencio, él pagó las dos carreras y bajaron aceleradamente para dirigirse a un hotel cercano. Aunque sea difícil de comprender para usted, ambos aún no abrieron la boca, el mutismo era un amigo fiel, una amistad idealizada como la de Epicuro.
Ya en la habitación, Armando habló con bonitas palabras , básicamente eran órdenes sobre el ritual a seguir. Inés contestaba afirmativamente, no le apetecía hablar, abrió su boca para preguntar a Armando si le gustaba, él respondía un sí rotundo. La abrazaba cariñosamente, pero sin ser empalagoso, era una armonía trabada por ambos que prendía con el correr de los años. La plática se inició cuando llevaban una hora en la habitación.
—¡He sido una tonta!
—¿De qué hablas?
—Por un momento he estado celosa de la taxista.
—¡Ja, ja, ja! —Armando no pudo contestar.
—¡Ríete! No estoy acostumbrada a ver mujeres conduciendo un taxi.
—Eres una machista, Inés.
—No lo sabía.
—Lo que me faltaba. ¡Mi amante celosa!
—Hablando del amor, ¿qué tal tu esposa?
—Creo que bien, absorbida como siempre con sus alumnos. Cree que una profesora de secundaria tiene una gran responsabilidad social.
—Armando, es un trabajo importante.
—Por supuesto. Sin embargo, a veces exagera, es igual que una misionera. Yo le comento que muchos no quieren estudiar, no puedes cultivar en tierras estériles. Tendría que dedicarse a los alumnos atentos, no me hace caso. Ya les viene de herencia, de tener unos padres que tienen una inteligencia con una hondura como el agua del fondo. Yo no soy ninguna lumbrera, no me gusta leer, pero jamás le he dicho a mi hija que no lea o que no estudie. Conozco a esos padres, ven como estrafalarios a los lectores…
—Me aburro —Inés ironizó y cortó secamente a Armando.
—Perdón, me hierve la sangre pensando en este tema. Ella tiene mucho talento y lo pierde con cuatro desagradecidos, es una idealista. En cambio, yo soy más práctico, quizá más egoísta, aunque es porque no me gusta perder el tiempo como a mi mujer.  
—¡No seas acerbo con ella!
—Pareces su abogada.
—¡Claro! Soy abogada de tu mujer —Inés rio cínicamente, luego continuó la conversación—. Por cierto, adivina la última de mi marido.
—Dime —Armando respondió indiferente.
—La última vez que nos vimos te comenté que cerró una de sus autoescuelas. Bien, pues la semana pasada hablamos con un hombre que estaba interesado en el local. Me parecía sospechoso, unos minutos después se le escapó que alquilaría el local como vivienda o habitaciones para inmigrantes. Imagínate un local con una ducha común para cuatro familias, no es legal ni higiénico. Lo peor de todo es que a mi marido no le importó, está dispuesto a alquilar el local a ese hombre.  
—Piensa que esa gente no tiene dinero para más.
—No es una vivienda, ¿cómo podrán cocinar, ducharse o expulsar?
—¡Ja, ja, ja! Adoro tus eufemismos, no veo lógica en la expresión, pero te entiendo. Tienes que estar molesta.
—Claro, mucho. Le he dicho que no cerrase el trato, ni caso. No quiero saber nada de ese dinero.
—Inés, él únicamente alquila el local.
—Participa indirectamente. El local es mediano, tiene una superficie de unos ochenta metros cuadrados, ese déspota ganará mucho dinero.
—Pues que tu marido le pida más cuando renueve el contrato.
—¡Tú eres como él! —Inés cruzó los brazos como una niña enojada.
—Habéis tenido que cerrar dos autoescuelas y hay una crisis de la hostia.
—Hay otras soluciones.
—Seguro que ese hombre le pagará religiosamente cada mes.
—Así que tengo que resignarme.
—No es resignación, me refiero a aceptar la realidad sin tanta pasión. Una indiferencia racional.
—¿Racional? Armando, tú me hablas de un egoísmo brutal, arrasador. Estamos en el 2012, siglo XXI. No entiendo cómo pueden existir aún explotaciones de esta índole.
—No sé por qué piensas que en el siglo XXI tiene que haber una evolución progresista de la humanidad.
—Bien, la hubo en el siglo XX, no estamos en la Edad Media.
—Te recuerdo que en la Edad Media no hubo dos guerras mundiales que mataron a millones de personas. Creo que no es justo criticar a siglos anteriores como bárbaros cuando nuestro presente es mucho peor.
—¿Y el Estado de bienestar?
—¿Cuánto llevamos de Historia? Mucho, creo yo. Aquí en España llevamos treinta años del Estado de bienestar, en otros países un poco más, no importa. Ahora mismo en el Parlamento están modificando unas leyes para serrar tu querido bienestar. Así que poco ha durado la fiesta comparado con los siglos de matanzas y violaciones. La guerras son más destructivas en cada siglo, seguro que en este habrá una terrorífica.
—Para ti no ha cambiado nada.
—Inés, entiendo que tú quieras el bien, como yo y millones de personas, pero sois ovejas y poco importáis a los pastores.
—Tienes un concepto muy bajo de la humanidad.
—El que se merecen muchas personas.
—Lo ves, Armando, tú lo has dicho, no es todo el mundo.
—Sino qué desgracia, creo que me habría suicidado. Además, tú eres de esas personas.
—Gracias. —Inés rio suavemente, tales palabras elegantes la calmaron como una aurora primaveral—. De todas formas, creo que podemos vivir en un mundo mejor, unidos podemos…
—¡Para el carro, que ya me imagino tus siguientes palabras! Este discurso es viejo y caduco.
—No, no lo creo. Las ideas no caducan.
—Puede ser, aunque he visto muchos idealistas que han guardado sus principios en el cajón y han cobrado sus finales en sus cuentas corrientes. Una vez que una persona ha llegado al poder le cambia la mentalidad, no piensa en el pueblo.
—Eres muy pesimista.
—Con la sociedad, sí. Creo que no interesarse por la política es algo sabio.
—La ignorancia da la felicidad.
—U ojos que no ven, corazón que no siente. Llámalo como quieras, Inés. Intentaré componer una metáfora, a pesar de no ser muy ducho en la literatura como tú. Escucha, yo vivo en un castillo encima de la montaña para que mi familia viva bien, he fortificado un baluarte para que la artillería política y económica no nos enarbole con su explotación económica. Debajo de la montaña vive el pueblo, los campesinos y artesanos viven en la tierra media. En dicha tierra corre el agua que les da la fertilidad para sus tierras, para comer y cocer entretenimientos, pero para nada más, no aspiran a nada más.
—¿Entonces te consideras superior a un obrero de una fábrica?
—No soy superior, yo también trabajo con mis empresas, me he ganado bien la vida, luchando, te lo aseguro. Estando bien es una pérdida de tiempo preocuparse por la política.
—Yo lo razono desde otra óptica. Cada cuatro años votamos a nuestro dictador, la gente es consciente de eso. Han estado ignorándolo cuando en España iba todo muy bien, ahora en cambio, se han dado cuenta de que hay que democratizar el sistema, porque no es una pérdida de tiempo preocuparse por la política. Yo creo en una presión continua democrática al poder, no hablo de una total igualdad, pero tampoco es bueno que un país esté haciendo padecer a sus clases medias.
—Clase media, otro eufemismo.
—Puede ser, así se ve mucha gente.
—Porque los engañan, Inés.
—Y tú no te ves como tal.
—Yo soy un pequeño empresario, un autónomo. Miro por mis negocios, intento tener contentos a mis trabajadores, claro que tampoco llego a cometer excesos de caridad, sino no estaría donde he llegado.
—Así hablan muchos. A ti, por eso te creo.  
—Gracias. ¿Qué hora es? —Armando miró el reloj que estaba en la mesita de noche— ¡Joder! Qué tarde, qué pena.
—Sí, nos tenemos que ir. —Inés contestó en ese momento como una niña a la que le han quitado su juguete favorito y se aguanta las lágrimas.
—¿Volvemos juntos?
—Mejor que no.
—Oh, de acuerdo. —Armando suspiró.
—No te lo tomes a mal. Si nos vamos juntos voy a pasar un mal trago. Ya estoy deprimida porque me voy de este mundo, mejor cortar directamente. Tú me has enseñado eso.
—Demasiado bien has aprendido.
—No lo digas con tanta resignación emocional. Sin pasión, por favor.
Está bien.
Los dos se vistieron lentamente, el tiempo corrió como siempre sin prestarles la menor atención. Bajaron a recepción. Inés insistió en pagar la habitación, Armando intentó persuadirla, no lo consiguió y fue finalmente invitado. Salieron a la calle, se miraron, no fue una despedida sentida, ya que ambos reprimían sus emociones, sabían que estas son imprevisibles y de corta vida. Una vez estuviesen protagonizando su vida real ya no pensarían en el momento vivido, salvo en honrosas excepciones: quizás en momentos de soledad o para animarse tras otro día de trabajo.
—Bien, Inés, esperemos que nos veamos pronto. ¿Te vas directamente al trabajo?
—La semana que viene tal vez tenga tiempo, por el mediodía, como hoy.
—Espero que sea así. Entonces te llamo la semana que viene. No me has respondido a la pregunta
—¿Cuál? —Inés interpretó un despiste ingenuo, Armando le volvió a formular la misma pregunta, ella sonrió suavemente—. Perdón, cierto, estoy nerviosa. Sí y no.
—¿Cómo? No te entiendo.
—He quedado con mi compañero Emilio, está pasando un mal trago con su separación… ¡No pongas esa cara! Ya te he hablado de él.
—Sí, cierto. Es un trabajador nato como tú, no sabía que hablabais de vuestras intimidades.
—No mucho, es un hombre tranquilo y bueno. ¡Estás celoso! —Inés rio—. Tranquilo no está aún ni divorciado. Nos vemos la semana que viene, no te tortures por situaciones que no existen.
—Lo intentaré, tú recuerda lo que hemos hablado, no te quemes por eso —Armando, en ese momento, no se atrevía hablar claramente.
—No te prometo nada, cuídate.
Inés no lo besó, giró su cuerpo y caminó pausadamente, como si no hubiese sucedido nada. Armando la observaba, analizaba otra vez su silueta, la cual se iba diluyendo segundo tras segundo. Aprovechó hasta el último momento. Fue un día corriente, con los problemas perennes y las pequeñas escenas repetidas, igual que el trabajo en una cadena de producción. No obstante, la noche sucumbió rápidamente al día.  
Armando estaba hirviendo el arroz, era la cena para él y su esposa. Se exigía una cena ligera, porque le preocupaba su imagen exterior, un empresario en parte vivía de una sólida imagen pública, o al menos eso creía. La esposa no actuaba de una forma tan severa, lo cual provocaba más de un enfrentamiento. Armando argumentaba, primero,  que trabajaba de cara al público, y, segunda cuestión, sufría tal sacrificio para que ella le siguiese viendo atractivo. Ella creía escuchar exageraciones en las opiniones de su marido, sin embargo, ambos tenían cuarenta y cinco años, era consciente de la pesadez de los años y los pensamientos de su marido le influían. Las exageraciones se transformaban en navajas afiladas y en su mente surgía la misma idea: estar bella para su marido.
Él tenía la cabeza ocupada en otros menesteres mientras cocinaba. Estaba preocupado por su hija Marta, de dieciséis años. Esa noche no cenaba con ellos porque estaba en casa de los padres de su novio. Armando creía que su hija estaba viviendo demasiado rápido, era un tema que quería hablar con su esposa. Cuando ella llegó ya estaba la cena servida en la mesa. Preguntó si había llamado su hija, evitó mostrar su enojo cuando escuchó la respuesta negativa, posiblemente llamaría más tarde. Se cambió rápidamente de ropa, ya que la esperaba su marido. Una vez se sentó, él preguntó cuándo llamaría a su hija.
—¿Por qué no llamas tú? —preguntó fríamente.
—Cariño, conmigo está insoportable.
—Debe ser porque su padre trata con explotadores…
—No estamos hablando de este tema, cualquier momento es bueno para hablar del alquiler.
—Armando, no vas a alquilarlo a una persona normal. ¡Es un estafador!
—Cariño, estoy preocupado por Marta, creo que vive muy deprisa. —Armando intentó imponer su preocupación.
—¿Por qué? Esta noche duerme aquí.
—No importa eso. Tus padres a su edad no te hubiesen dejado ir a cenar un jueves por la noche a mi casa.
—Los tiempos cambian, ahora los padres son más abiertos y razonables, no estamos en la Edad Media.
—¡Y dale otra vez! Hemos hablado esta mañana de eso, ya sabes que no me gusta hablar ahora de un tema…
—¡No me digas! No te gusta mezclar nuestro juego con el mundo real.
—Inés, esa era una de las reglas.
—Dirás una de tus reglas —habló indignada.
—Creo que hasta ahora nos ha ido bastante bien. Tú misma me dijiste que era bueno hacer algo así, era diferente, dijiste «que era comer el mismo plato, pero con salsa diferente». Es más, Inés, ¿cuántas veces se han quejado tus compañeros del sexo y nosotros no?
—Armando, nosotros no, tanto mejor dicho. —Inés comió un poco de arroz para tranquilizarse, masticó y habló más pausadamente—. Te recuerdo que en casa ya no hacemos nada, no tenemos apetito. Tenemos que fantasear en hoteles, haciéndonos pasar por amantes, actuación que interpretamos una vez cada dos semanas o cada semana.
»Al principio, sí era muy divertido hacer ver que estábamos nerviosos, pero contentos a la vez. Fantasear sobre unas vidas matrimoniales que nada tenían que ver con nosotros. Sé que es una historia extraña, que si se la hubiese explicado a un desconocido me hubiese mirado como una loca, me hubiese dado igual,  porque era excitante para mí. Aunque de nuestro teatro hace cinco años ya, siento que la actuación ha ido degenerando, ha ido de mal en peor…
—¿Por qué? Cariño, no entiendo…
—No hables más. —Inés abandonó el tenedor encima de la mesa, mientras Armando comía para demostrar a su esposa que dominaba la situación. Ella volvió hablar—. Tú al principio de nuestro juego te inventabas historias de una mujer ficticia, como te he comentado antes, en cambio, ahora me criticas a mí. Soy tan tonta que he aguantado el juego estas últimas semanas, pero no puedo más. ¿Me escuchas? No puedo más.
—Cariño, tú también me has soltado alguna.
—Tengo derecho a defenderme. No entiendo tu cambio de actitud, tal vez tengas una amante de verdad.
—¡No! Sabes que no soy así. —En ese momento Armando batió su cubierto en la mesa.
—Eso me gusta pensar, no soportaría la idea de que he hecho el tonto, jugando a amantes, cuando tienes una en la vida real. Entonces, dime ¿qué pasa contigo? ¿Por qué ahora te las das de filósofo con tu misantropía? Lo peor de todo, lo que más me duele, es cómo me has criticado por mi vocación en el instituto. Has vomitado en lo que más creo, mi propio marido. Lo más cínico es que no has tenido valor para decírmelo sino fuese por un mundo ideal, el cual tú has contaminado. Quizás nos equivocamos, quisimos crear un mundo cuando solo existe uno.
—Inés, déjame hablar. —Armando se levantó, cogió su silla, se sentó en frente de su mujer. Ella lo miró con rechazo y disgusto—. Sí, he cometido una vileza, un error. Me enfadé cuando empezaste a trabajar en el bachillerato nocturno, llegas tarde a casa, también trabajas por la mañana con los niños de la ESO, es algo que te quema, estás más arisca conmigo y con tu hija.
»Nos vemos poco, no tienes ganas de tocarme, no es justo que te quejes por no hacer nada en casa, ya que estoy dispuesto. Varias veces intenté hablar del tema, tú no me escuchabas. Pensé que en nuestro mundo ideal habría una posibilidad de cuestionar nuestro problema. Hasta ahora mismo, hablando contigo, no me he dado cuenta de que al ser un mundo ideal no hay espacio para la realidad cotidiana.
—Nuestro problema —ironizó Inés, se levantó indignada, recogió su plato y se lo llevó a la cocina. Armando no hablaba porque planificaba su defensa. Ella fue más rápida, cuando volvió se quedó rígida delante de él y habló de nuevo—. Trabajar no es un problema, tú mismo esta mañana has comentado esta maldita crisis, a mí me han congelado el sueldo y tú ganas bastante menos que hace cinco años. Para colmo, quieres cada semana una aventura en un hotel, ahora no tenemos tanto dinero como en tiempos anteriores. El problema es cuando no haces caso a tu familia, cuando no te importa si sufren otras personas, aun quieres que te vea con buenos ojos.
—Esas familias no pueden alquilar un piso porque no tienen dinero suficiente ni papeles.
—¡Qué alquilen una habitación en la ciudad! Hay muchos de sus paisanos que alquilan habitaciones para seguir adelante, vale lo mismo y es un piso de verdad.
—Ese camino también es peligroso. Te lo tomas con mucha rigidez, igual que Marta.
—Tu hija piensa más que tú, tiene más ética que tú. Por eso no me preocupa que esta noche esté cenando con su novio, aunque no estén sus padres en casa.
—¡Perfecto! Y yo sin enterarme, es muy joven aún…
—Me ha prometido que volverá, acéptalo sin pasión. —Inés satirizó a Armando. Se fue cansada al lavabo a asearse y salió cinco minutos después. Su marido seguía sentado en la mesa mirando el plato, no movía ni un centímetro de su cuerpo. Lo miró, ejecutó nuevas palabras—.Tuviste una buena idea al poner una cama en la habitación pequeña, porque hoy vas a dormir en ella. No vengas, sino te echaré.
Armando no contestó, siguió sin pronunciar palabra. Su esposa se fue a su habitación a dormir. Pasados unos minutos recogió su plato, tiró la comida recordando los tiempos que iba mejor de dinero, fregó los platos. Cuando acabó, Marta abrió la puerta del piso. Se saludaron, el padre preguntó cómo había ido la noche, ella respondió «bien» con una sonrisa sincera. Él comentó su sorpresa y alegría por su responsabilidad, pero ella lo miraba con expresión decepcionante. No hablaron más, Marta también se fue a la habitación. Armando encendió la televisión sin mirarla, tenía que ordenar de nuevo sus pensamientos. Veinte minutos más tarde entró en su habitación para hablar con Inés.
—Espera, Inés. Os voy hacer caso, no voy alquilar el local a ese hombre. Lo hago por vosotras, porque os decepciona mucho. Está claro que primero sois vosotras, si iba a alquilar ese local era para asegurar un dinero. No sé cuánto más aguantarán abiertas las otras cuatro autoescuelas, suerte que tenemos dinero ahorrado. Esperaré y seguro que vendrá otra persona a alquilar el local. Ahora mismo me he dado cuenta de que has educado bien a nuestra hija, el mérito es tuyo, no mío. Tal vez eres una persona ocupada por tu trabajo, ¿y qué? Marta ya no es una niña. En fin, me voy a dormir…
—Quédate aquí. Sabía que eres una buena persona, sabía que reaccionarías, sabía que en el fondo lo hacías por miedo. No lo tengas, nosotros estamos acomodados, no como antes, es cierto, pero vivimos bien. Nos han bombardeado con noticias pesimistas, exageradas, y las hemos creído. Has tenido que despedir gente, lo has pasado mal, lo he visto, por eso has argumentado así esta mañana, es un escudo que te has inventado, no sabes que a mí no me engañas. —Inés habló suavemente y con un tono bajo—. Vamos a dormir, mañana es otro día.
Armando se quitó la ropa y se tumbó en la cama al lado de Inés. Estaba un poco más relajado, no obstante, tenía una incertidumbre que le hurtaba el sueño.
—No sé si podré dormir. Hay otro problema.
—¿Cuál? —Inés preguntó sin entender nada.
—Hoy me he amargado con la cita con tu compañero.
—¿Por qué te preocupa tanto Emilio?
—Cariño, quedas mucho con él. Yo creía que era porque es un profesor que se entrega mucho, como tú.
—Y lo es. Tranquilízate de una vez, Armando, únicamente habla de su mujer. Está destrozado.
—¿Qué les ha pasado exactamente?
—Nada nuevo, ella lo engañaba.
—Tiene que ser muy duro.
—Lo es, por eso no quiero que sufras por nosotros. Yo nunca te voy a engañar.
—Yo tampoco, amor. Eres mi mujer, sabes que, aunque sea un fetichista, jamás estaría con otra.
—Lo sé, somos un caso digno de psicoanálisis.
—Sí —Armando rio sin energía, estaba cansado e Inés lo notó.
—Vamos a dormir que no nos aguantamos ni tumbados.
Armando durmió poco esa noche, intentó agasajar sus preocupaciones sin éxito alguno. Las palabras melosas de Inés no provocaron el efecto que ella esperaba en su marido, para él era un grave error no alquilar el local. Si había claudicado ante ellas fue porque era consciente de la ofensa que cometía y las duras consecuencias por su inquina. El baluarte que se había fortificado para ignorar o no preocuparse por la sociedad no significaba que tal amparo fuese efectivo con una revuelta interna.
Además, Inés era su voz de la conciencia, él tenía un cierto gen disoluto respecto al dinero, que controlaba con más o menos aciertos y sobre todo con mentiras. Así, su esposa no tenía conocimiento del fondo de los negocios de la autoescuela, ella tenía poca experiencia en trabajos en empresas privadas, ya que entró como funcionaria antes de los treinta años. Además, antes de aprobar las oposiciones se había pasado la vida estudiando, excepto trabajos puntuales en verano para moler granos de dinero. Este hecho fue aprovechado por Armando para sumergirse en su empresa, sin que la acerba crítica de su esposa fuese consciente de la política empresarial de este.
En este fragmento del relato tengo que detallarme en una ocultación de la metáfora de Armando para que usted siga entendiendo la historia. Había otro espacio real a parte del baluarte y la tierra media, Armando lo localizaba en el fondo del mar, donde estaban los tiburones y los barcos hundidos con oro hurtado de Perú. Allí vivían seres que parecían no necesitar de la vida de los ríos, era el mundo al revés que dominaba a la tierra media y al baluarte. Imagínese una flota de submarinos, los cuales protegen los intereses del oro de estos seres desconocidos, que ataquen al castillo y al pueblo con su artillería, no con misiles de crucero, sino con créditos u otro armamento económico, que lo utilizaban las personas corrientes para sumergirse y pescar algún pez que diese ganancias a estos, además de pagar con intereses a los extraños seres que así usurpaban más oro. En esta metáfora no se había compuesto ningún pirata navegando por los mares, como usted, desconozco el motivo. Cabe destacar que el submarino era la única referencia de modernidad en dicha composición, se supone que él creía que la tecnología no estaba navegada por capitanes honestos.
Armando no se sinceró en esta última parte de su particular visión del mundo, ya que Inés tenía una ética vehemente, por eso no soportaba a muchos empresarios, en concreto a los que se habían sumergido hasta el fondo marítimo. Creía que su marido era diferente, si no se había enriquecido era por su moral con los trabajadores.
No existe ningún negocio filón para un pequeño empresario, más si este respeta todas las leyes. Armando lo percibió en sus primeros años de profesión, cuando era un simple profesor. Se sumergió en el fondo empresarial porque se sentía estancado siendo un trabajador, era consciente que el dinero no se producía, sino que se especulaba, así que diez años atrás abrió una autoescuela y cinco después tenía su pequeña flota de barcas con sus cuatro locales. Los tres primeros los alquiló y el último lo compró, demostrando cuanto hondo se había sumergido.
Inés lo apoyó desde el primer día, veía en Armando una persona trabajadora, no era un haragán que se conformaba con un sueldo medio, aspiraba a más, ahora bien, él no le explicaba todas sus decisiones, enseñaba únicamente los papeles legales. Inés nunca preguntó mucho, se dejó sumergir por las cantidades de dinero que facturaba su marido, Armando vio en ello una pequeña e insignificante hipocresía por parte de su mujer, pero lo creía normal en una persona buena y con poca experiencia en cotos privados.
Así que fue tarea fácil ocultar ciertas irregularidades que cometen casi todas las empresas, me refiero a pagar en negro algunas horas producidas por sus profesores, inflamaba los precios de los cursos para luego declarar solo una parte, en más de tres ocasiones contrató sin contratar a las secretarias, los profesores cobraban comisión si conseguían que los alumnos pagasen más clases prácticas. ¿Cómo? Los convencían de que todavía no estaban preparados para aprobar el examen. En fin, prácticas cometidas en muchos negocios españoles y no españoles.
Armando ganó mucho dinero sobre todo con los cursos de los camiones. Era la época de las construcciones faraónicas, la mayoría de ellos están sin trabajo desde el inicio de la crisis, desde entonces son pocos que vayan a estudiar porque el dinero se ha diluido en alguna parte del fondo marino.
Las ganancias poco a poco fueron bajando de cantidades, hasta que en el último año hubo un embate de la crisis, las matriculaciones bajaron más de la mitad, pues por lógica Armando cerró dos autoescuelas. La idea fue cerrar un local de alquiler y su propiedad para alquilarlo, propiedad de la que aún pagaba la hipoteca. Los despidos tampoco fueron asunto fácil, había profesores que llevaban varios años en la empresa, echarlos hubiese sido caro para un presupuesto tocado como el de Armando.
No obstante, este fue un empresario avispado, se aprovechó de la situación económica, fusionó su empresa con la de otro empresario pequeño que también poseía dos autoescuelas, en otras palabras, fundó una nueva empresa en que existían dos socios. Así pudo rescindir legalmente el contrato de algunos de sus empleados, les dio a elegir entre ir al paro y no encontrar trabajo o bajar su sueldo y rescindir su contrato para firmar uno nuevo, perdiendo algún que otro derecho como la antigüedad, el cual era un privilegio en tiempos de crisis. La indemnización corría por supuesto por parte de la aurora ¿qué era mejor? El miedo, lógicamente, respondió la segunda opción. Armando tuvo suerte, ya que tenía tres profesores en plantilla que llevaban menos de dos años. No eran trabajadores indefinidos según la legalidad española, así que pagó cero euros de compensación. También tuvo que echar a dos secretarias, tampoco cobraron indemnización porque no firmaron contrato alguno, aceptaron el trabajo porque eran inmigrantes sin permiso de residencia.
Armando no paraba de pensar en que no conseguiría fácilmente alquilar el local. Si pudiese cerrar el trato sin que Inés tuviese consciencia del asunto. Era imposible, podría pasar una tarde por la calle y ver el negocio. La opción de la venta era perder dinero porque el valor del local había bajado el último año a causa del conflicto económico de los submarinos, que ya era realidad y no únicamente imaginación de usted. El baluarte había sufrido el ataque, Armando reorganizó su defensa, reconstruyó la zona afectada, como se ha leído en las anteriores líneas, no era suficiente para él, estaba seguro que habría otra ofensiva.

Las reflexiones no permitieron la existencia de sentimientos bondadosos hacia sus antiguos trabajadores, además, bastante tenía él con mantener su nivel de vida. Al fin y al cabo, era lo que más le preocupaba. En estos últimos años habían vivido cómodamente, no era una vida lujosa, simplemente se permitían viajes a ciudades como París, Londres o Buenos Aires, por no hablar del amor de Inés por el teatro, el instituto privado de la hija y las visitas exóticas a hoteles desperdigados de la ciudad. Su esposa tenía razón en que a ellos la crisis no les afectaba tanto, no obstante, reconocía que había bajado su nivel de vida, la situación seguro que podía empeorar. Los seres habían disparado demasiado con tanto crédito que habían negociado con cualquier persona, Armando era uno de ellos, fue la única manera de abrir su negocio. En el 2012, en cambio, esos no prestaban ni un cebo y provocaban la muerte de muchos pequeños pescadores, submarinistas o marineros.

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sábado, 2 de mayo de 2015

El caído.

El caído

Eran las diez en punto de la mañana cuando a Henry le sonó el despertador. Maldijo su vida y la del despertador al escuchar ese ruido infernal, hay que tener en cuenta que únicamente había dormido tres horas. Tenía que levantarse pronto para buscar a sus hijos en casa de su ex mujer. Henry desayunó un poco de cereales, se afeitó y se duchó, cuando estaba a punto de salir de su casa le hizo una visita su hermano mayor: Paul.

—¿Cómo estás, Paul?
—Bien —dijo Paul secamente, analizó a su hermano y se llevó una decepción—. Por tu cara adivino que ayer saliste.
—Sí.
—Hoy tienes que ir a buscar a tus hijos.
—Ya.
—Parece que a ti no te importan.
—Sabes que sí.
—Henry, soy tu hermano y te quiero, no me gusta ver cómo te jodes la vida. Lo tuviste todo: una buena y guapa mujer, una carrera futbolística única, ganaste muchos títulos con el Barça… ¿qué queda de esa gran persona? Nada, únicamente un jugador retirado con treinta y dos años a causa de los excesos de alcohol.
—Te recuerdo que si tú vives bien es gracias a mí, a tu hermano pequeño —dijo Henry rencorosamente.
—Es cierto, no te lo puedo negar. Me llevaste contigo a Barcelona, muchos otros hubiesen pasado de traer a su hermano mayor, tú nunca has sido como los demás… eras buena persona, ¿qué te pasó?
—Supongo que en Londres no hay la fiesta de Barcelona.
—Henry, aún recuerdo tu mejor temporada. Tú y Ronaldinho ganasteis la liga española y la Liga de Campeones, erais un gran pareja… los dos fuisteis una mala influencia el uno para el otro, él fue más afortunado que tú, cuando vio que os cargasteis el equipo, se fue a Milán a continuar con sus borracheras…
—Sí, Paul, yo me lesioné, ¿qué culpa tengo yo?
—Mucha, y lo sabes muy bien. Tanto alcohol y tus grandes comilonas acabaron contigo, ibas a entrenar como si se tratase de andar un poco… claro, eso tuvo sus consecuencias: poco a poco perdiste tu velocidad, frecuentaban las lesiones hasta que la última te retiró del fútbol.
—Tienes buena memoria, no te quejes tanto, hombre, ¿a ti te ha faltado el dinero alguna vez?
—No lo entiendes, Henry, no es por el dinero, no es por mí. Es por ti, no eres feliz con tu actual estado de vida. Tienes muchísimo dinero pero algún día se acabará ¿entonces qué? Ayer hablé con papá y mamá… —Paul se calló, le costó volver a hablar a causa del miedo—. Vuelvo a Londres, no aguanto estar más aquí.
—¿Te vas? —Henry miró a su hermano con tristeza, no podía creérselo—. ¿Cuándo?
—El sábado que viene, por eso he venido tan pronto hoy, no quería decírtelo delante de los niños.
—Paul, tú eres la única persona cuerda que tengo alrededor, dime qué voy hacer ahora.
—Has acabado con mi paciencia, Henry, he intentado ayudarte pero tú no pones de tu parte, tengo que pensar en mí.
—Supongo que tienes razón.
—¿Supones? —rió irónicamente Paul—. Te has aprovechado de mí. Me utilizabas para que tu ex mujer no supiese de tus infidelidades, llegaste a decirle que era yo quien tenía problemas con el alcohol y una vida sexual desenfrenada… hasta que llegó aquella niña preñada recién cumplida la mayoría de edad.
—Pagué el aborto.
—Sólo faltaría, pero tu cara salió en toda la prensa amarilla y fuiste la vergüenza de la familia.
—Se me escapó de las manos, perdí el norte… ahora ya es tarde.
—No es tarde, Henry, aún tienes bastante dinero, no seas tonto y haz un buena inversión, compra unos pisos y luego los alquilas.
—Te recuerdo que hay crisis —dijo secamente Henry.
—Tú siempre con excusas, la crisis afecta a los trabajadores, no a la gente rica, al menos no de la misma manera.
—Supongo que tienes razón —Henry miró el reloj, quería irse y respirar tranquilo—.  Me tengo que ir, voy a buscar a los niños, ¿luego te pasarás?
—Sí, me quiero despedir de mis sobrinos.
—Está bien, hasta la tarde, entonces.

Henry acompañó a su hermano hasta la puerta, fue una despedida fría. A los cinco minutos cogió el coche para buscar a sus hijos. Durante el trayecto pensó en su vida “tiene razón Paul”, pensaba Henry, “lo tenía todo, sin embargo, me dejé seducir por las mujeres bellas que me cortejaban, ellas únicamente querían estar conmigo por mi fama, nada más, yo en parte lo sabía aunque no me importaba, tan sólo quería pasármelo bien, olvidé a mi familia, traspasé la raya, muchos jugadores son infieles a sus esposas pero mi vida era parecida a la de Goerge Best, en más de una ocasión la prensa española me comparó con él, ahora bien, la carrera de Goerge Best fue más rica que la mía o más larga”. Henry intentó recordar el día que cambió aunque no llegaba a poner una fecha concreta, fue una época muy confusa. “¿Qué me queda ahora?”, volvió a pensar Henry,. “Mi vida ha ido de arriba abajo, aún cuando salgo hay alguna jovencita que quiere pasar un buen rato conmigo aunque ya no es como antes, en aquella época me lo pasaba muy bien, a causa de mis borracheras no era consciente del daño que hacía a mi familia, hoy en día todavía bebo porque soy incapaz de dejar el alcohol, no tengo fuerzas. Soy consciente que soy una mala influencia para mis hijos, hace dos años me quedé dormido borracho en el sofá, se cayó el cigarro en el sofá sobre la tapicería y gracias a Charles no se quemó la casa, ¡gracias a mi hijo de ocho años! Mis dos hijos estaban en casa… aún me extraña que Diane esté tranquila cuando me llevo a los niños, supongo que no lo está, es buena persona y quiere darme otra oportunidad aunque eso signifique quitarse horas de sueño”.

Henry llegó a casa de Diane, lo estaba esperando hacía bastante tiempo. Henry y Diane tenían la misma edad, se conocieron en el instituto y se hicieron novios. Henry dejó pronto los estudios por su carrera futbolística en el Arsenal, dejó embarazada a Diane y se casaron, años más tarde la familia fue a Barcelona. Fue en esa ciudad donde Henry conoció una nueva vida de la cual quedó enamorado, acostumbrado al escaso sexo matrimonial no pudo evitar sentirse atraído por las beldades de la ciudad, otra causa de su descontrol fue estar lejos de la influencia de sus padres que le habían dado una educación conservadora, cuando estuvo lejos de sus padres y con cierta libertad no supo controlar su vida.

El hijo mayor se llamaba Charles y tenía diez años, tenía una personalidad fuerte y egoísta como el padre, no se llevaban muy bien, y menos con el accidente del cigarro. Ana (tenía el nombre español porque había nacido en Barcelona) tenía seis años y poseía el carácter dulce y tranquilo de su madre, quería mucho a su padre aunque tampoco lo veía mucho. Henry tuvo la suerte de que Diane nunca hablara mal de él delante de sus hijos.

—Has tardado, Henry.
—He estado hablando con mi hermano.
—¿Qué se cuenta?
—Dice que vuelve a Londres.
—¿Por qué?
—No soporta estar más aquí conmigo.
—Lo siento —dijo sinceramente Diane.
—Todo lo bueno que he tenido me lo he cargado.
—Un poco tarde para lamentarse.
—Perdóname, Diane.
—Confórmate con que te deje ver a nuestros hijos.
—Sé que para ti significan un gran esfuerzo.
—Sí, Henry, me da miedo que vean algunas de tus zorras, no quiero que piensen que la vida es una continúa fiesta.
—Jamás han visto alguna de mis aventuras —confesó Henry.
—Así tiene que continuar.
—Sabes que si no vuelvo a Londres es por los niños.
—Sí, pero mi relación con Marcos va muy bien, es un buen hombre, me gusta vivir en Barcelona con él.
—Me alegro que te vaya bien.
—Muy bien, vamos a tener un hijo —comentó Diane rápidamente porque no se atrevía a decírselo.
—Vaya… —dijo débilmente Henry, no sabía qué decir—. Vais rápidos, lleváis sólo un año.
—Ha sido buscado, la mayor locura fue quedarme preñada de ti.
—Pero tuvimos un hijo maravilloso, Diane.
—Es como tú, por eso no os lleváis muy bien, en cambio, Ana te adora, no tiene muchos recuerdos de ti pero está encantada que su papá fuera un gran futbolista, lógicamente no sabe nada de tu decadencia y tus mujeres.
—Lo siento.
—Ya te he dicho que es muy tarde —Diane se calló y volvió hablar para expresar bien sus pensamientos—. Nunca te he preguntado algo, Henry, pero es importante para mí.
—Dime.
—¿Cuándo comenzaste a ser infiel?
—En la segunda temporada, un año antes de nacer Ana, pero las súper borracheras no fueron hasta la cuarta temporada. Todo se descontroló a partir de la cuarta temporada.
—Sí, todo coincide. Y yo creía tus mentiras, caíste tan bajo.
—He pagado las consecuencias.
—Más yo.
—Puede ser, Diane. Voy a buscar a los niños.
—Será lo mejor.

Los dos fueron a la habitación de Ana que estaba dibujando para hacer un regalo a su padre, cuando Ana vio a Henry lo abrazó con mucho cariño y le enseñó el dibujo, era Henry marcando un gol, a él le gustó mucho y llegó a emocionarse un poco.
Luego fueron a la habitación de Charles pero no estaba preparado ya que el hijo mayor no quería irse con su padre.

—¿Por qué no quieres ir con papá? —preguntó Diane.
—Quiero quedarme contigo, mamá.
—A mí me ves cada día, cariño.
—Sí, pero también quiero estar contigo y Marcos este fin de semana —este comentario sobre Marcos molestó mucho a Henry.
—Hijo —dijo Henry—, nos lo vamos a pasar muy bien, podemos jugar a fútbol en el jardín mientras tu hermana dibuja.
—No quiero…
—No seas tonto, yo quiero estar contigo, Charles —suplicó Henry.
—Papá, en el colegio se ríen de mí porque soy hijo de un borracho… no quiero ir contigo…

Charles se fue de la habitación, Diane lo llamó para que volviese pero el niño no hizo caso, Henry habló con Diane y le dijo que era mejor no llevárselo este fin de semana, era normal que estuviese molesto y disgustado por tales comentarios con su padre, se llevó únicamente a Ana que se entristeció un poco, luego, en el coche de su padre se animó y se olvidó del asunto. Llegaron a casa de Henry y jugaron un poco antes de comer, la relación entre padre e hija era muy buena y cordial, Henry pensó mucho mientras jugaba con su hija: “con Ana es cuando soy una persona amable y buena, recuperó aquel ser humilde y trabajador que tanto gustaba a Diane y Paul, creo que Ana es la única persona que me hace feliz, quiero mucho a Charles, sin embargo, él acabará odiándome a este paso, quizás me lo merezco por tratar mal a su madre, nunca la pegué, nunca le faltó de nada, bueno, quizás lo más importante, cariño…”.

—Papá… -—interrumpió Ana.
—Sí, dime, hija…
—Tengo hambre…
—Voy hacerte un bistec con patatas fritas, ¿quieres?
—¡Sí! —gritó la niña feliz—. Mamá no me deja comer patatas fritas, dice que engorda mucho.
—Tiene razón mamá, pero por un día no pasa nada.

Henry no tardó mucho en cocinar los bistecs y las patatas fritas, Ana, mientras, vio la televisión. Ya en la comida Ana no paraba de hacer preguntas a su padre sobre su carrera futbolística, Henry intentó esconder su etapa negra, no obstante, Ana sabía más de lo que pensaba Henry.

—Dice Charles que tú eres un borracho.
—Es mentira, cariño.
—Entonces, ¿por qué miente Charles?
—Es lo que escucha en el colegio… Ana, los niños son muy malos y tienen envidia de que el padre de Charles haya sido un gran deportista y sus padres no.
—¿Tú no bebes?
—No, tesoro, no —mintió Henry entre risas fingidas.

Dos horas más tarde llegó Paul para despedirse de su sobrina, preguntó por Charles y Henry le explicó lo sucedido, Paul no quiso dar su opinión sobre la decisión de Charles. Paul cenó con su hermano y su sobrina, Henry ya estaba realmente cansado de no haber dormido, pensaba acostarse en cuanto se fuese su hermano. Ana se durmió  a las diez y cuarto de la noche ya que estaba muy cansada, a los cinco minutos se fue Paul, fue una despedida triste y fría que afectó mucho a los dos hermanos. Henry, antes de dormir, se puso a ver el partido de fútbol con un güisqui y un cigarro, durante el día no había tenido ganas de beber a causa de la resaca pero después de la cena el cuerpo se le había reactivado, no miraba mucho el partido porque estaba ahogándose en sus pensamientos: “he mentido a mi hija, algún día será grande y sabrá toda la verdad, entonces me odiará como me odia Charles, quizás Paul tenía razón, aún estoy a tiempo de salvarme, de tener una familia y un futuro estable… sin embargo, no sé cómo dejar el alcohol… no tengo fuerzas, significa que no quiero a mi familia… no digas eso, Henry, mira el partido y calla”.

Henry bebió otro güisqui para salir de tales pensamientos y la nueva copa lo animó a beber poco a poco, a medida que iba bebiendo también se le iba el sueño y los pensamientos sobre su familia, sintió ya perder el control sobre sí mismo aunque tampoco importaba, ya no pensaba en nada, tan sólo era una máquina de beber y fumar, disfrutaba estando así, fuera de todo y de todos, no tenía que aguantar a nadie y hasta llegaba a reírse, pensó que también tendría que dejar con el tiempo el alcohol por el bien de Ana. En aquel momento todo parecía estar en orden y armonía, Henry se encontraba muy bien, hasta que se acabó la botella de güisqui. No podía ser, Henry quería más, normalmente en estas ocasiones solía ir a comprar una o dos botellas a una licorería cerca de casa, sin embargo, está vez dormía bajo su techo su hija pequeña. Estaba muy nervioso y quería beber más, “vuelvo en un momento, no pasará nada”.

Cogió el coche y corrió lo máximo que pudo, iba ya un poco beodo aunque tuvo suerte y no le paró la policía ni tuvo un accidente, compró dos botellas y volvió corriendo a su casa, fue en ese momento cuando se arrepintió de haber comprado el alcohol. “Qué bajo he caído”, pensó, “cómo puedo ser tan irresponsable, he dejado a mi hija de seis años sola en casa ¡cómo se entere Diane me mata! Se acabó, el alcohol domina mi vida, tengo que dejarlo, necesito ayuda, quizás lo mejor sea volver con Paul a Londres para curarme, cuando esté bueno y sea un buen padre mereceré ver a mis hijos, hoy por hoy, prefiero que no me vean a verme borracho perdido, tengo… quiero ser un buen padre”.

Henry llegó a casa, aparcó y cuando iba abrir la puerta se sorprendió que la televisión estuviese tan alta, al entrar no vio nada extraño “seguramente que he dejado la tele a toda hostia, espero que Ana no se haya despertado”. Fue a ver su hija y dormía plácidamente, bajó al comedor y tiró las dos botellas, llamó a Paul para hablar sobre su idea de volver con él, su hermano mayor se alegró de escuchar un cambio y aceptó encantado que volviesen juntos para superar los problemas de Henry. Cuando terminó la conversación Henry llamó a Diane para explicar su decisión.

—Me alegra que por fin tengas una iniciativa de cambiar —dijo Diane escépticamente.
—Por tu voz me da la impresión que no me crees.
—No del todo.
—Explícate.
—Ahora vas un poco borracho, por eso me has llamado, ¡vas borracho con nuestra hija en tu casa! ¿No te da vergüenza…?, por eso has pensado tales ideas, mañana tendrás ganas de beber y beberás.
—Así no me ayudas mucho, Diane.
—Yo no soy tan buena persona como tu hermano.
—Antes lo eras.
—Tú me cambiaste, Henry.
—Tienes razón, te cambié, es cierto, ahora voy un poco borracho y me doy asco, Ana está aquí, me quiere y por eso voy a dejar el alcohol, sé que me va a costar… quizás tenga recaídas pero por eso vuelvo a Londres, no puedo curarme solo e únicamente mis padres y mi hermano podrán aguantarme… ¿escuchas, Diane?
—Sí, Henry, no piensas volver hasta estar curado.
—Exacto.
—Ojalá que vuelvas, Henry, ojalá.
—Gracias, Diane, y lo siento otra vez.
—Déjalo.
—Nos vemos mañana.
—Hasta mañana, buenas noches.
—Buenas noches.


Al día siguiente Henry llevó a Ana a casa de su madre, allí habló con sus dos hijos y les explicó toda la verdad, Ana lloró mucho y Charles se hizo el fuerte y en ningún momento habló con su padre porque no lo creía. Henry se fue con el corazón partido por sus dos hijos, quizás tendría que haberles mentido pero ya estaba harto de mentir, quería reconstruir su vida, volver a ser feliz. “Tengo mucho miedo”, pensó Henry, “tengo miedo al fracaso y a la familia, es un gran esfuerzo que tengo que hacer, no obstante, vale la pena, cuando no pueda más pensaré en mis hijos, espero volver algún día a verlos con dignidad”.


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sábado, 7 de febrero de 2015

La escritora (Fragmento)

La escritora.

Dedicado a José.

“¡Es que yo no comprendo…! ¡Yo no comprendo nada…! ¡Y yo quisiera comprender!”

Miguel Mihura. Maribel y la extraña familia.

El televisor estaba mudo y está claro que sus gestos no molestaban al escritor, el cual estaba atrapado en la sima de su nueva composición. Su intención era escribir como un buen escritor. ¿Cómo escribe un buen escritor? Un colega de profesión le comentó que mezclando frases cortas con largas para componer un buen ritmo literario, más un estilo poético para no tirotear la historia. El escritor respondió un rico sarcasmo, «¿nada más?».
En ese preciso momento se acordó de la literata, ella era la máxima expresión de la pasión, al menos suficiente para cometer la locura de fundar una revista literaria en edición papel en la época de Internet, y precisamente el dinero no la veneraba, ni ella lo pretendía. Era la única persona que conoció que realmente no escribía por disfrutar de altas ganancias económicas que podían ganar artistas con nombre y apellidos fácilmente olvidables, ganancias que permitían comprar un par de libros y comida congelada, hasta, con un poco de suerte, un paquete de seis cervezas. Los males de la vejez no atacaron a la revista, ya que falleció de hambre en su juventud, la pobreza económica y artística fueron circunstancias demasiadas poderosas. Sin dinero estaba claro que ningún compositor de mediano reconocimiento publicaría en ella, así que la efímera editora publicó a sus socios, conocidos y algún que otro escritor que mandó sus relatos. No todos eran artistas que componían mediocridad, el escritor recordaba haber leído composiciones decentes, causalidad que una de ellas estampaba su firma. La certeza de que la escritora había aprendido una lección habría sido incuestionable en otra persona, no obstante, su compañera de miserias era una emprendedora para algunos y una idealista inmadura para otros.
Todavía la recordaba sonreír cuando le explicó su nuevo proyecto literario, esta vez se financiaría a ella misma para publicar su propia obra. El escritor preguntó cómo conseguía el dinero, ella respondió que llevaba meses trabajando de camarera en un bar del centro de Barcelona, fue contratada porque hablaba inglés, algo perfecto en un sitio turístico, ¿no? Ya había pagado la insignificante deuda de la revista, era el momento de batallar sola en la publicación, complicada era la victoria artística en la guerra contra el anonimato. Luchó, sudó, habló con miles de librerías, algunas aceptaron vender su libro quedándose un porcentaje importante del libro, las más conocidas por los literatos no mostraron interés alguno en promover presentación, así que su autoedición de quinientos libros todavía queda por venderse hoy en día.
De poco sirvió ir a las presentaciones de otros escritores, ella los esperaba fuera y les hablaba de su libro, no consiguió nada, bueno, alguna proposición indecente que no aceptó. Envió su libro a varias editoriales y tampoco, ninguna contestación. ¿Qué ocurría? El escritor leyó la novela que ella había escrito, era una historia de amor entre tres mujeres, difícil de comprender que tres mujeres se amen y vivan juntas, pero la escritora confesó que era una historia autobiográfica, lo reveló una tarde tomando café en una cafetería del barrio de Collblanc de la ciudad de L`Hospitalet de Llobregat, en la que vivía el escritor. Estaba dolida porque había recibido críticas inquinas por ser una historia irreal, imposible que tres personas se amasen en porcentajes parecidos, no iguales, porque como reconoció ella esa misma tarde, aquella relación múltiple se fue al traste por no amar a partes iguales. La artista creyó en su idea en el amor platónico multiplicado en dos, o incluso en tres o cuatro personas. ¿Y el sexo? Fue el motor para las dos amantes más que para la escritora, la cual con el correr de los meses cambió de idea y concluyó que no funcionaba aquella relación platónica afrodisíaca, ya que era un concepto contradictorio, el Eros del Banquete había sido vomitado por el empacho sexual.
A parte de la historia, la novela tenía un estilo literario descompensado, sus personajes y sus perfiles psicológicos eran tratados con la misma elegancia que Cervantes escribió su Novela del curioso impertinente, aunque los detractores de la escritora dijeron que esa obra tenía una escritura antigua que les recordaba a Unamuno, Baroja y otros escritores españoles de la Generación del 98. Parecía que la autora había leído hasta esa época y no conociese a Borges, Cortázar, Bolaño, Vila-Matas y una larga lista interminable. Sus eternos diálogos teatralizados fueron sucumbidos en la palestra literaria de principios del siglo XXI, el cual el cine llevaba décadas torturando a la prosa para la escritora. Ponía como ejemplo la influencia exagerada del séptimo arte en las novelas de sus coetáneos, marginando los ricos diálogos de tiempos anteriores. La autora reflexionaba si realmente la gente hablaba tan poco como en las novelas de algunos colegas que habían tenido fortuna en el mercado libre.
La única crítica no caracterizada por unas palabras hirsutas y sí unos comentarios inteligentes fueron las que analizaron el concepto de narrador que tenía la escritora. Si los diálogos y la construcción de los personajes fueron su cara, se puede decir que el desarrollo del narrador fue su cruz, igual que un cambio de marchas de un automóvil que no entra bien la primera era la lectura de aquella novela, costaba encontrar un aliciente en aquella banda de música que no tocaba al unísono y así costaba escuchar la música. El lector en un segundo entendía que a la escritora le costaba ciudades de sufrimiento narrar una historia, construía grandes perfiles psicológicos en narraciones excrementadas.
El escritor aconsejó a su amiga que tenía que variar sus lecturas, leía a Valle-Inclán, Buero Vallejo o Mihura, a pesar de que ella no escribía con la sátira del último, pero también tenía que leer a poetas como Lorca, Alcántara o Falcón, por nombrar unos cuantos al azar. Ella tenía espíritu de superación, se tomó en serio aquellos consejos, tanto que fueron a una librería a comprar libros de aquellos autores una vez terminado el segundo café. Se despidieron cuando salieron de la librería, ella tenía prisa por aprender de aquellos artistas, no volvió a tener noticias de ella hasta seis meses después. Fue en la presentación de un abogado en una librería, que había pagado más de seis mil euros para que una famosa cadena de libros española le organizase la promoción, en la que pudo por fin saber los cambios en la vida de su amiga. El escritor llevaba tiempo sin llamar a su teléfono móvil, porque el número había desaparecido y no contestaba a los correos electrónicos, ni muchos menos se conectaba al Messenger. Preguntó al abogado por la escritora, porque él fue uno de los socios de la revista que fundaron, sabía que el abogado y la escritora habían enfriado su relación desde aquel proyecto, aunque tenía la esperanza de que tuviese información sobre ella. Aquella pregunta conmovió el rostro del abogado. Sí, muy a su pesar conocía los últimos párrafos de su vida, comentó párrafos con desmayado interés, parecía que la escritora no se mereciese protagonizar capítulos, entre calificaciones destructivas resumió los cambios de la escritora.
Vivía en una casa okupa de la ciudad de Cornellà de Llobregat, una de las más laureadas del movimiento anarquista barcelonés, llevaba meses sin trabajar, su dedicación era leer, y principalmente, escribir prosa anarquista en favor de la clase obrera y los oprimidos. Curiosamente, ironizó, el abogado, ninguno de los miembros era obrero u obrera. El tris de tales comentarios ensordeció al escritor, que no escuchaba nada de alrededor, le costaba creer que su amiga había mutado de una persona que únicamente escribía sobre las relaciones personales a una activista política, a pesar de que ellos se llamasen apolíticos. Al fin de semana siguiente fue a la casa okupa llamada El Pati Negre, eran las cuatro y poco de la tarde, había un cartel en la entrada con la programación de aquella jornada, a las cinco había una charla que dirigía una persona, a la cual jamás había leído o escuchado. Llamó a la puerta, un joven fue a preguntar quién era él y el porqué de venir tan pronto. El escritor preguntó por su amiga, el chico respondió que en ese momento ella no se encontraba en la comuna, estaba en el local del sindicato de la ciudad. El escritor preguntó la dirección de tal local y el okupa se sorprendió negativamente de que no lo supiese, demostraba que no era de los suyos. No obstante, le indicó lo mejor que pudo el local de la CNT de Cornellà, que no estaba alejado del centro cultural.
Ella estaba sola en el local cuando llegó su amigo, sus ojos estaban picados por la rabia de su composición. Estaba escribiendo un relato sobre una familia de inmigrantes, los cuales habían llegado de Bolivia para buscar una vida más digna en España, sin embargo, eran explotados por pequeños burgueses sin escrúpulos y odiados por otros trabajadores, cuando todos los trabajadores tienen en común su clase social, esa tendría que ser su única patria, el internacionalismo. La escritora recibió con sorpresa y alegría a su amigo, a pesar de la interrupción, preguntó cómo había sabido de ella, él le comentó todo y mostró su sorpresa por su cambio en tan pocos meses. Ella le contestó que tenía que ir al Pati Negre para asistir a la conferencia, pero luego podrían platicar con tranquilidad. La conferencia estaba dirigida al anarquismo en Cuba, las dificultades de sobrevivir en un régimen dictatorial, pero que nadie engañase a los oyentes, España tampoco era una democracia sana. Las palabras entronizadas del conferenciante hacían mover a una calma mutua a los oyentes, los cuales no debatieron ni la respiración del primero y estuvieron de acuerdo con todo como buenos demócratas directos, únicamente el escritor asaltaría con crítica en aquel acuartelamiento ideológico. El escritor contó ocho personas, incluyendo él y su amiga, no parecían tener mucho éxito tales charla, a pesar de estar en una de las casas okupas más famosas de la provincia de Barcelona y de Cataluña.
El debate que hubo al final de la conferencia básicamente trató de insultar a todo aquel que no pensase igual que ellos: los traidores de los social-demócratas, los obreros que no se enteraban de nada y votaban al Partido Popular, la obediencia ciega de la población en general hacia una bandera monárquica, etcétera. El flujo de la tranquilidad fue arrollado por un torrente de arrepentimiento por quedarse en esa conferencia, no aguantó amordazar más su opinión y el escritor habló qué le parecía todo aquello. Comentó que tenían razón en sus críticas al sistema y al borreguismo de las personas, aunque sus modales de superioridad rompían la idea de igualdad que predicaban en sus manifestaciones, él no creía ni en el internacionalismo ni el nacionalismo. Sin embargo, estaba claro que el segundo había humillado al primero, puso como ejemplo a los trabajadores que se alistaron en los ejércitos nacionales cuando estalló la Primera Guerra Mundial, desde entonces pocos ya hablaban del internacionalismo marxista o anarquista. Siguió hablando de historia, explicó que la CNT obligó a colectivizar a algunos pueblos de Aragón sin poder elegir democráticamente tal acción, cuestionó la adhesión de algunos miembros anarquistas en el gobierno republicano, como los de Joan Peiró y Federica Montseny. ¿Por qué entraban en una institución que odiaban y deseaban destruir, por ser la pira que sacrificaba a las personas igual que animales en los antiguos sacrificios a los dioses? Simplemente por el poder, ya no pudo acabar su intervención, porque a punto estuvieron de tirarlo desde el campanario como a las cabras. Respondieron que le habían comido la mollera con la historia escrita de los burgueses, todas aquellas animaladas no sucedieron realmente. ¿No creía en nada? Dijo que no creía en el género humano, sino en algunas personas, quizás era un estoico, nadie pareció entenderlo y la escritora lo invitó a marcharse de aquel lugar, a tomar un café con ella como en tiempos anteriores, ahora bien, tendría que invitar él, porque ella no tenía dinero.
El escritor sentía una agonía calmada al estar en la cafetería, tranquilo por haberse ido de ese sitio y agónico por platicar con la escritora. No obstante, preguntó a su amiga cómo había acabado en un sitio así y sobretodo el porqué de tantos cambios. La escritora inició un largo monólogo, explicó que a partir de las lecturas reivindicativas de Falcón buscó literatura social, también leyó a Marx, Bakunin, Trotsky, Kropotkin y un largo listado de autores. Hubo dos personas que le cambiaron la forma de pensar: la crítica política al capitalismo imperial de Estados Unidos de Chomsky y la novela Homenaje a Cataluña de Orwell. A pesar de que este último no era anarquista, describió con arte el desfile de las milicias de la CNT en las Ramblas de Barcelona. Nadie utilizaba las palabras don o señor, se tuteaban y se saludaban con salud, para la escritora el anarquismo era la galería de libertad de columnas adosadas de igualdad. El escritor la interrumpió, estaba asombrado por aquella expresión, estaba de acuerdo con la crítica de Chomsky, pero realmente no era un activista que propusiese una alternativa, confiaba en la mayoría para practicarla, seguramente que su error era el mismo que el de Marx, no conocían cómo eran realmente los trabajadores.
La escritora argumentó que no podía comparar épocas con tanta alegría como estaba haciendo en ese momento y anteriormente en la conferencia, él tenía la visión de su generación y no conocía a ni Marx ni a los trabajadores decimonónicos. Él cambió de tema, comentó a su amiga que según su exótico comentario primero era la libertad y luego vendría la igualdad. Así era, aseguró ella, la igualdad podría venir bajo una dictadura socialista, pero no con el anarquismo que masillaba la humanidad, un sellador que evitaba la impureza del capitalismo, la idea más moderna y armoniosa de la historia. El anarquismo se avanzó en su época, tal vez por este motivo se cometieron errores en el pasado, dijo queriendo responder por segunda vez a las duras palabras de su amigo en la casa okupa.
Citó un artículo del año anterior de Castells, persona que no predicaba con el anarquismo dijo la escritora, el cual aseguraba que las personas del movimiento antiglobalización se movilizaban desde conceptos anarquistas, sin ser conscientes de serlo. Ella no pregonaba la violencia contra el Estado hasta destruirlo, la violencia estaba monopolizada por el poder, el pueblo siempre había perdido en las guerras y siempre las perdería en el futuro, los trabajadores tenían que organizarse federativamente entre ellos a nivel local, no gastar su dinero en el consumismo y sí en escuelas modernas, iguales que las fundó Ferrer Guardia, o ayudar a los parados hasta que encontrasen trabajo.
El escritor se quedó sorprendido, se alegró de que su amiga tuviese una visión propia de la Revolución, mostraba aún ser ella misma, seducida por unas ideas, sí, pero las había moldeado en su personalidad. Él replicó que le parecía una idea perfecta en el mundo de ella, aunque abajo, en la realidad, no sería posible, porque los primeros en corromper tal acción justa serían los propios trabajadores, quizás funcionase en círculos reducidos y con poca influencia social. Puso como ejemplo el poco número de asistentes en la conferencia, escupió un sarcasmo, ya que esa misma noche en el concierto que marcaba el programa de la jornada habría mucho más público. La escritora no lo negó, ahora bien, no le gustó la forma de hablar de su amigo. A partir de ese momento fue una conversación más tensa, respuestas martilladas por la rabia que atornillaban cualquier comentario del escritor.
Se despidieron minutos después, él no recordó pedir algún relato suyo por la tensión vivida. Buscó por Internet información de su amiga, pudo leer un relato social en una página anarquista bien organizada. Era la historia de la idea que había explicado esa tarde en el bar, había madurado su técnica, no obstante, estaba leyendo un panfleto político. Tuvo la misma sensación que cuando leyó la novela Resurrección de Tolstoi, bastante citada en el relato. Leyó los comentarios de los suscriptores de aquella página, bastantes criticaban duramente que la autora no expresase un mensaje violento contra el Estado y las empresas capitalistas. Desde ese momento supo que la escritora acabaría rebelándose contra sus camaradas o ellos mismo la desterrarían.
Las siguientes semanas a su reencuentro ella había denegado hablar con él cuando iba al Pati Negre en Cornellà, así que él esperó su llamada. La última tarde que intentó verla escribió en la página web que había publicado su relato, creía que sería una forma de comunicarse con ella. Escribió un comentario, criticó que si los trabajadores no consumiesen, muchas empresas como agencias de viajes, hoteleras, empresas automovilísticas, electrónicas, electrodomésticas y otras más, despedirían trabajadores, sin duda que era necesaria dicha cooperación, aunque no financiar con todo el dinero de los compañeros. Puso como referencia un artículo del idolatrado Chomsky en que reflexionaba sobre los efectos adversos del boicot a una empresa, tal acción podría provocar más despidos. Los lectores respondieron a tal comentario con insultos, el escritor era para ellos un capitalista que para justificar el sistema había escrito todas las sandeces del mundo. No comentaron sobre el artículo de Chomsky, excepto una persona que también lo había leído; la solución para este suscriptor era la llamada caja mutua de solidaridad entre los trabajadores, era la forma más adecuada para cooperar. El escritor no respondió a tales comentarios, pensaba en la cara de sus compañeros en el trabajo si se propusiese algo así, pero claro, estaban manipulados por el sistema.
Estuvo mirando la página unos días para leer alguna respuesta de la escritora, nada de nada, semanas después dejó de mirar el enlace y meses después no leyó más los relatos que publicaba su amiga en varias páginas revolucionarias. Pasaron tres años, tanto tiempo estuvo sin tener noticias de su amiga. Durante ese tiempo mantuvo la comunicación con el que fue el círculo de la escritora, nadie sabía nada de ella, podía estar perdida en un dédalo literario como atrapada en una venera ideológica. En ocasiones vio al abogado, que autoeditó un libro y fracasó; tiempo después naufragó en la isla de los agentes literarios, homicidios de su obra para pender en la literatura de escaparate. Únicamente publicó una novela tímida de ventas, desde ese momento escribía con menos intensidad y se preocupaba de decorar su cuerpo como soldar su piel con rayos industriales, parecía el éxito de una persona que se miente a sí misma.


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sábado, 3 de enero de 2015

Barahúnda.

Barahúnda.

No sé cómo comenzar porque me da vergüenza explicar esta historia. Verá, querido lector, es de esas acciones de las que sólo se arrepiente uno si es atrapado in fraganti, en cambio, si el pecado no es descubierto creo que jamás tendré mala conciencia. No diré mi nombre, sí la edad, ya que es la única manera de entender este relato.

Tengo veinticuatro años y salgo con una chica de mi misma edad. No vivimos juntos aún, cada uno con sus progenitores. Llevamos dos años y medio de relación. Ella siempre habla de ir a vivir juntos, casarnos, tener hijos y no necesariamente por ese orden. El problema reside en que ella no puede conocer mi locura, ya que me he acostado con su hermana de dieciséis años.

Voy a llamar a mi cuñada por el nombre de María, ya que ella ha perdido la virginidad conmigo. Sé qué pensará usted de este oprobio, pero primero déjenme explicar mis sentimientos. Mi novia no es totalmente guapa, a decir verdad le sobran unos cuantos kilos. Su carácter es más bien iracundo y fiero, aunque no siempre es así, lógicamente. También es cariñosa, según mis estadísticas uno de cada diez días. No siempre fue así, yo sabía que ella tenía una personalidad agria pero en nuestro primer encuentro fue abierta y simpática. Luego se estropeó, supongo que por la rutina.

María es la obra perfecta de sus padres. Es la perfección que todo artista sueña pero a la que nunca es capaz de llegar. A pesar de su corta edad es preciosa, aparenta dos o tres años más. Hasta en la forma de ser cambia con la de su hermana, María es meliflua, altanera y bienquista. Siempre me cayó bien, desde que la conocí sabía que esa chica tenía maneras. Además era tan melómana como yo. Teníamos el mismo gusto por el estilo musical, el rock, y hasta el mismo grupo,: Queen. Yo había leído bastante información de los ingleses y ella siempre me preguntaba.

—Queen fue elegida como la mejor banda de la década de los ochenta —le dije yo en una de nuestras pláticas.
—¡No lo sabía! —contestó ella.
—Y Bohemian Rhapsody fue elegida por una encuesta en Inglaterra la mejor canción del siglo XX —me hacía el interesante.
—Y, dime, cómo conseguían ese sonido tan peculiar, la guitarra es única.
—Brian May a veces tocaba con una moneda de un penique. Además su guitarra, que se llamaba Red Special, fue fabricada por él y su padre, ya que no tenían dinero para comprar una.

Y así surgió poco a poco una amistad. Yo siempre la había visto como a mi cuñada, como una hermana pequeña. Pero cuando ya le faltaba poco para cumplir los dieciséis ese cuerpo hizo un cambio muy maduro y muy bueno, lo que, juntándolo con ese carácter, formaba la chica preferida. Es cuando realmente me hice amigo íntimo de ella. Mi novia nunca lo vio mal, nunca sospechó nada, creo que es la única vez en que mi novia ha pecado de inocente.

Yo me fijé en la espectacular figura de mi cuñada, hasta tuve algún pensamiento impuro. Pero lo que llegó a obsesionarme con ella fueron los sueños. Soñaba que hacíamos el amor una y otra vez, a decir verdad yo estaba bastante excitado. Una vez desperté y al ver mi falo tan enhiesto tuve que hacerlo desaparecer jugando al solitario.
Así fueron varias noches, fue entonces cuando me di cuenta que sobre mi corazón yo no podría mandar. Cuando estaba a su lado todo mi cuerpo estallaba de emoción y nerviosismo, creo que ella siempre notó algo. En principio fui muy redomado por si ella no quería nada conmigo. A menudo hacía coincidir las visitas de casa de mi novia cuando se encontraba María y sólo conseguía salir más alocado.

No podía aguantar más esta tensión. Me había convertido en una persona muy meditabunda, encima podría destrozar a mi novia y a su familia que tenían grandes esperanzas con nuestra relación, aunque hoy ha sido el día definitivo, hoy hemos hecho lo que tanto me aterroriza en público pero me alegra en secreto, en privado.

Esta tarde de sábado, la he visto cerca de mi casa llorando en un banco, sola. Y lógicamente me he acercado a ella para charlar un rato. Lloraba porque un chico de su edad había intentado besarla y ella se había negado… la pobre chica ha vuelto a llorar. Yo le he propuesto que viniera a casa para que se calmase y ella ha aceptado. Ya dentro, subiendo en el ascensor, placentero como iba, le he ido hablando:

—Pero no entiendo por qué estas así de mal. ¿Te ha hecho algo? —le he preguntado.
—No, no es por eso… déjalo —ha respondido ella.
—No entiendo nada.
—A veces me gustaría que no fueses el novio de mi hermana —me ha dicho ella avergonzada.
—Y yo que tú no fueses la hermanita de mi novia.

He dicho yo y ya se puede imaginar el resto: besos en el ascensor, más abrazos (no ha durado mucho, que vivo en un cuarto). Mis padres no han estado esta tarde en casa y he aprovechado para desvirgarla. Sé que esto suena totalmente cínico, pero, querido lector, no sabe lo bien que he sentido después de hacer el amor con ella y viceversa.

Ella está muy enamorada de mí, imagínese usted una chica de dieciséis años que descubre su primer amante de alcoba. Yo no sé si llamar lo mío amor o sexo. Si tuviese sus años seguro que estaría loco por ella porque es una chica genial, pero quizás con esa edad yo no sabría valorar todas sus cualidades, puede ser una de las causas de las relaciones de hombres mayores con mujeres más jóvenes, también puede ser una idiotez mía, no lo descarto.

Ahora tengo un problema bastante gordo. No sé qué hacer. No tengo respuesta. Ya le mantendré informado.



Un año después.

Sé que no me he tomado mucha celeridad para escribir. Pero tampoco tenía ganas, querido lector. Hoy vuelvo a escribir  a causa de que me han roto el corazón totalmente. Me lo merezco, he sido un verdadero granuja.

¿Se acuerdan de María? Pues bien, la convencí de que no dijera nada a nadie y ella lo cumplió. Estuvimos viéndonos medio año, dos veces por semana como norma general, alguna excepción hubo y nos vimos hasta tres. Ella no podía entender cómo yo no le decía nada a mi novia si era a ella a quien realmente amaba:

—No aguanto más vernos a escondidas todo el rato. Me siento como una zorra —decía ella.
—¿Crees que esto es fácil para mí?, yo también estoy sufriendo —respondía yo.
—Pues díselo de una vez por todas a mi hermana para quedarnos todos tranquilos.
—Claro, así de fácil. ¿No ves que destrozaría a tu hermana y a tus padres?
—¿Tú me quieres? —preguntaba ella.
—Sí —decía yo aunque con las ideas muy liadas.
—Entonces, si tu amor es suficiente grande, podrás decírselo, podríamos ir a vivir juntos.
—¡Claro! Creo que tú ves mucho cine romántico.
—Esto no es vida, siempre nos vemos en tu coche o cuando en tu casa no hay nadie o en hoteles de mierda como éste —gritaba ella.
—Los pago yo todo estos jodidos hoteles —dije yo con mala defensa.
—Si yo trabajase, te aseguro que pagaría… pero ya veo, solo soy tu puta.
—Te equivocas, cariño. Te aseguro que todo saldrá bien.
—¿Me lo prometes? —preguntaba ella dulcemente.
—Sí —dije sin más y la besé.

Broncas de este tipo tuvimos pocas. Junto a María he pasado los mejores seis meses de mi vida. Me gustaba estar a su lado porque siempre nos reíamos de todo, y también cabían las pláticas serias y el sexo. Desde mi perspectiva de pareja no se puede pedir más (sé que un machista sí puede).

Pero el último mes fue diferente. La notaba en otro mundo, pensaba en otro tema y no era precisamente yo lo que entraba en esa bella cabeza. Tampoco insistía mucho en mi relación con mi novia. Un día, harto de su carácter anómalo, le hablé de la cuestión:

—¿Qué te pasa? —le pregunté.
—Nada ¿Por qué haces esas preguntas tan extrañas? —me decía ella.
—Últimamente estás muy extraña, antes no eras así.
—Puede ser, no lo sé.
—¿Es por tu hermana? —pregunté yo.
—No —respondió ella.
—¿He hecho algo malo?
—¡Qué va! Tú eres maravilloso.
—¿Entonces? No entiendo nada —le comenté.
—Esto que te voy a comentar es muy difícil para mí —dijo María.
—Tranquila…
—Estoy enamorada de otro hombre.
—¿Quién es él? —hablé sin pensar.
—Mi profesor de música —contestó ella aparentemente tranquila.
—¿Qué? ¿El del teclado? Si tiene treinta años.
—Sí, pero es un sol. Es increíble.
—¡Es un puto pureta! —grité cabreado.
—A ti no te saca mucho, además él no tiene novia. Sé que me quiere de verdad — ¡vaya indirecta que me mandó!
—Tranquila, la dejo hoy… ahora mismo, te lo prometo —casi lloré por la noticia.
—No, ya no te quiero. Siempre te recordaré. Has sido muy importante en mi vida, pero ahora he conocido a otro hombre tan maravilloso como tú. Lo quiero y deseo compartir mi vida con él —hablaba María tranquila y segura.

No me lo podía creer. María tan solo hace seis meses que se moría por mí y sin más se enamora de otro musiquillo frustrado de la vida que nunca va a llegar a ser como su gran ídolo, Jon Lord, y únicamente será un periodista musical criticón con los jóvenes que sueñan como lo hizo él en su día.

La ruptura con María me rompió más de lo esperado. Pensaba que tenía la relación controlada, pero como dice el dicho “yo mando pero ella toma las decisiones”. Eso me pasaba por salir con una adolescente, todo el mundo sabe que a estas edades se cambia muy fácilmente de opinión, algunos hasta se suicidan por escuchar Kurt Kobain.

¿Y mi novia qué tal? Pues cuando estuve con María no se dio cuenta de nada, sospechaba que ya no tuviese yo tantas ganas de compartir secretos de alcoba. Yo solía decir que necesitaba descansar para coger otra vez alegría e ilusión en el sexo. A ella le extrañaba esto mucho.

—De un hombre no me creo que se la apague el apetito sexual —decía mi novia.
—¿Tanto cuesta de creer? —decía yo irónicamente, pero siempre fracasaba.
—¡Sí! ¿Tienes la regla?
—¡No!
—¡Ya sé lo que pasa aquí! —chillaba mi novia.
—¿Qué? —gritaba yo también.
—¡Me engañas! Estoy segura.
—¡Jamás haría eso!
—¡No me engañes! —insistía ella.
—Te lo prometo —mentía yo.
—¿Por qué?
—¿Por qué, de qué?
—¿Por qué me lo prometes? —preguntaba ella.
—Por el disco que más me gusta de Queen, Hot Space —mentí yo estrepitosamente diciendo el nombre del disco que menos me gustaba, pero a ella no le gustaba Queen y no tenía ni idea de su música.
—Bueno. Sé que te tomas muy en serio lo de Freddie Mercury. Perdóname, cariño — decía ella un poco, pero no mucho, arrepentida.
—No pasa nada, cariño —dije yo con la sonrisilla maligna.

Cuando me dejó María, volvieron a frecuentar las relaciones sexuales con mi novia y ella estaba muy contenta. Hasta por un momento se creyó mi crisis sexual. Con mi novia era feliz, pero una vez me quedaba solo, sufría por María. ¡Cómo me había podido enamorar de una niñata! Una tarde, en casa de mi novia, María nos presentó a su novio. Ni a los padres de María ni a mi novia le hacían mucha gracia la pareja de María pero aguantaron por el amor de hija y hermana. Yo no.

—No entiendo cómo dejáis a vuestra hija salir con alguien tan mayor —decía yo a mi suegra.
—No puedo controlar los sentimientos de mi hija —respondía mi suegro.
—No parece malo, el chico —hablaba mi suegra.
—Puede ser un pervertido —ataqué yo.
—Sé que aprecias mucho a mi hermana, pero ya es mayor para saber lo que hace —decía mi novia.
—Aún no es mayor de edad —volví atacar.
—Lo que te pasa a ti, cariño, es que te han educado con esa filosofía católica de la culpabilidad y por eso piensas así —decía mi novia.

No volví a sacar el tema, no quería ser el causante de alguna escaramuza. Aunque tampoco quedé como una persona manirrota. Sinceramente, en otro tiempo me hubiese dado igual, pero ver a María con ese enjuto me ponía enfermo. Por suerte, no volví a ver a ninguno de los dos. De esta manera pude olvidar y ser feliz con mi novia.

Pero estos dos últimos meses le tocó al turno a ella a negarse tener relaciones sexuales. ¡Es que a las personas nos da miedo ser felices, sentimientos remordimientos para ser buenos cristianos! Era algo increíble, no me lo podía creer. El primer mes de crisis tan solo lo hemos hecho tres veces, pero es que en el segundo mes únicamente ha caído una alegría y en la primera semana. Tras esta sequía de tres semanas, he tenido que hablar con mi novia esta tarde, yo estaba confiado de que todo se podría arreglar.

—¿Qué pasa, cariño? —he preguntado yo cariñosamente.
—Nada, mi amor —ha respondido ella muy secamente.
—¿Segura?
—¿Es por el sexo, verdad?
—Sí —he respondido sin saber qué decir.
—Lo siento. Me pasa como a ti, estoy en crisis —ha dicho sin mirarme a la cara pero tranquila.
—Claro, te entiendo, pero ni lo mío fue tan radical.
—Ya sabes cómo somos las mujeres.
—Ahora soy yo el que creo que me engañas —he dicho para que se arrepienta y así tener relaciones sexuales de una vez.
—¿Qué? —ha dicho ella sorprendida.
—Lo que oyes.
—¿De verdad lo crees?
—Sí. ¿Quién es él? —he dicho con voz de GESTAPO.
—Es Rafa —me ha respondido mi ex tan tranquila, como si no pasase nada.
—¿Qué Rafa? ¿Lo conozco?
—Creo que sí.
—¿Cómo que sí? —he gritado desesperado.
—Sí —ha dicho ella sesgada.
—Sólo conozco un Rafa.
—Pues es él.
—¡Te estas follando a mi padrastro! —he chillado como una verdadera víctima del amor. Mis padres se divorciaron hace diez años. Rafa sale con mi madre desde hace cinco y desde hace tres años viven juntos, conmigo.
—Lo siento —ha contestado suavemente.
—¿Cómo ha sido?
—Los dos trabajamos cerca. Un día me vio y me invitó a comer. Le comenté tu crisis sexual. Él siempre fue muy sincero conmigo, me dijo que todo era una mentira tuya, que tú me engañabas… pero yo nunca lo creí. Poco a poco nos fuimos contando nuestras intimidades. Hace dos meses me reconoció que ya no estaba enamorado de tu madre. Y hace mes y medio que nos acostamos.
—¿Va en serio? —he preguntado por decir algo.
—Sí —ha respondido ella tranquila.
—Te estás acostando con un hombre de cincuenta cinco años, de aquí cinco será impotente, cuando se le acaba el viagra ya me vendrás a buscar, pues lo tienes claro…

Y con toda mi dignidad me he ido. Pero a los cinco segundos he picado la puerta por dos motivos: una, era mi casa donde ha ocurrido los hechos y, dos, me he ido desnudo porque me había quitado la ropa par impresionar a mi ex y poder sentir placer, aunque ni así ha funcionado.

Me ha dolido mucho que lo haya conocido en la casa de mi madre, en mi casa. En la ex casa de Rafa, para mí era como mi segundo padre y jamás hubiese esperado traición alguna por su parte. Ella se ha ido. Ha venido mi madre esta noche llorando porque Rafa se lo ha contado todo. Hemos maldecido a nuestras exparejas por lo ocurrido. Ella ha echado la culpa a su antigua nuera y yo a su última pareja. Pero supongo que la culpa la tiene cada relación con sus propios problemas. Pensándolo bien, la culpa es mía, he jugado con fuego y me he quemado. Finalmente se han ido las dos hermanas, las dos mujeres que más he querido en mi vida (ya sabes que tú, mamá, no cuentas como mujer, tú eres como una diosa para mí).

He quedado sorprendido de cómo las dos hermanas me han dejado, una frialdad increíble, suerte que María eran tan genial. De su hermana aún me lo podía esperar, pero de la pequeña jamás. No sé si son así todas las mujeres, sinceramente creo que no pero estoy tan roto que sólo digo necedades, o eso les viene de familia, pero yo he quedado destrozado. Lo peor de todo es que hay víctimas co-laterales como es mi madre. Lo siento mucho más por ella, a su edad le va costar más encontrar pareja. Yo ahora estoy mal, pero soy consciente de que en parte me lo he buscado. Soy joven, tengo humor, saldré adelante, quedaran heridas abiertas para toda la vida, sin embargo, no van a sangrar hasta el día de mi muerte… bueno, en todo caso, ahora es muy pronto para hablar, estoy muy cansado, tengo ganas de llorar, pero voy a luchar, voy a salir adelante.