viernes, 23 de octubre de 2026

A la sombra de las muchachas en flor de Marcel Proust

 


Hace casi un año que Alfaguara publicó «A la sombra de las muchachas en flor» de Marcel Proust, es decir, el segundo tomo de «En busca del tiempo perdido». Mercedes López–Ballesteros es la traductora. Tanto la edición como la traducción son trabajos impecables.

Es la segunda vez que leo «A la sombra de las muchachas en flor», y sigue pareciéndome una lectura compleja, sin embargo, si uno aprovecha su tiempo libre y se centra con mucha atención —en muchas ocasiones he ido a la biblioteca para no distraerme, y leía con un lápiz para analizar página por página o hacer dibujos— puede seguir las ideas proustianas y sus complicada prosa en la que, como todos sabemos, casi no hay oraciones subordinadas, porque la novela es una oración en sí misma. El libro «Siete conferencias sobre Marcel Proust» de Bernard de Fallois (Ediciones Subsuelo, 2022) ha sido mi Cicerón para no perderme en el bosque proustiano.

Proust escribe con ironía. Por ejemplo: M. de Norpois crítica con dureza al escritor favorito del narrador, Bergotte, y expresa sus opiniones literarias, ahora bien, estas chocan con la estructura de «En busca del tiempo perdido», en otras palabras, Proust está escribiendo una prosa diferente a las ideas de M. de Norpois, que confunde el juicio social con el artístico. Nos saltamos unas cuantas páginas para ir al momento en el que el narrador, en casa de Swann, conoce a Bergotte. En un principio, al conocerlo queda decepcionado, ahora lo ve como una persona normal. Se pregunta cómo ha podido ese hombre escribir unas obras que le emocionan tanto, entonces, comprende que su interpretación de dichas obras son un producto de su imaginación, pero no le quita el mérito que, un hombre corriente que dice tonterías en la mesa como nosotros, haya escrito una obra maestra. El narrador concluye que las grandes obras no son escritas por genios, sino por la dedicación del escritor o su método de trabajo. Hay más reflexiones interesantes, pero, entonces, escribiría otro libro.



El amor es otro de los grandes temas de «A la sombra de las muchachas en flor». El narrador ama a Gilberte, hija de los Swann. Son amigos, durante un año el protagonista acude a su casa para merendar o pasear con toda la familia. Cuando nuestro joven amigo tiene claro que es un pagafantas decide no ver más a Gilberte. Aquí entramos en su caos mental, yo tuve que retroceder y leer varias veces sus reflexiones para entender qué le pasa a este chico, en fin, el narrador al principio está convencido de que Gilberte, tras sufrir mucho por no verlo, se enamorará de él. Entonces, entiende que mientras ella cambia él también puede cambiar, es decir, podría suceder que cuando Gilberte se enamore nuestro amigo ya no sienta nada por ella. «Gilberte finalmente vuelve hacia nosotros justo cuando nosotros ya somos indiferentes», escribe el narrador, que llega a la conclusión de que el corazón no quiere esperar el tiempo necesario para que una persona cambie sus sentimientos. El deseo es impaciente, voluble, y siempre quiere más, nunca queda satisfecho del todo. Y tiene más reflexiones: tras mucho pensar es consciente de que cuando ya no ame a Gilberte tendrá otra lectura, interpretación, de su pasado, es decir, su yo de ese hipotético futuro recordará al yo enamorado de Gilberte de una forma que no lo era realmente. El yo que recuerda no es el mismo que el yo que vivió la experiencia, por eso, el narrador indiferente cree que hubiera quedado satisfecho con una relación con Gilberte, pero no es así, porque, entonces, recuerda que el deseo tiene una querencia que dura más que la lectura de «En busca del tiempo perdido», y no se habría sentido del todo satisfecho por mucho cariño que hubiera recibido de Gilberte. Vamos, lo tiene todo clarísimo. Y para que veáis que no soy un pesado no voy a escribir sobre Odette, que es una de las protagonista de la primera parte del libro, «En torno a Mme. Swann», aunque, sinceramente, las páginas en las que el narrador describe la vida social de Odette o cómo vestía son los momentos que menos me han llamado la atención de este libro.

La segunda parte es «Nombres de lugares: el lugar». El narrador va a veranear con su abuela al pueblo costero ficticio Balbec —basado en Cabourg— en el que conoce a varios personajes interesantes, como a la marquesa de Villeparisis, que es la tía abuela de Robert de Sant–Loup y tía del barón de Charlus. Este último se llama Palamède de Guermantes y es hermano de la madre de Robert, María, la condesa de Marsantes. El tío y el sobrino son dos personajes excepcionales de «En busca del tiempo perdido». Todavía es pronto para hablar del barón de Charlus, porque es un personaje que explota en los siguientes volúmenes, pero Sant–Loup destaca pronto. Él es un joven apuesto, inteligente y está enamorado de una actriz que se aprovecha de él. Nadie de la familia Guermantes aprueba esta relación, pero él sigue. Sant–Loup lee a Proudhon y critica a sus familiares aristocráticos, sin embargo, tiene una necesidad por el reconocimiento y las convenciones sociales. El narrador de la novela quiere a Robert (páginas 380 y 381), pero descubre que su manera de vivir la amistad está condicionada por el amor propio, la necesidad de sentirse importante para el otro. Según el narrador, la presencia de un amigo al que admiramos puede convertirse en una exigencia que nos impide disfrutar de su compañía. En cambio, cuando el narrador está solo puede dejar que sus pensamientos sigan su curso sin preocuparse para agradar. Más adelante (páginas 388 y 389) nuestro protagonista llega a la conclusión de que cuando justificamos los defectos de un amigo lo hacemos solo para seguir apreciándolo. Si repetimos con este vicio corremos el riesgo de no ver cómo es realmente el amigo. Sin embargo, hay más, el narrador recibe un critica dura hacia su persona de Bloch, un amigo bastante cabroncete durante toda la obra, y esto le hace reflexionar que duele descubrir que una persona no te aprecie tanto como creíamos, por otra parte, lo que más hiere es comprender que no somos para los demás el tío guay que creíamos ser. El narrador no niega la amistad, pero duda de nuestros sentimientos, de lo que sienten los demás y de la imagen que proyectamos.

El protagonista regresa a hablar del amor cuando ve a unas muchachas misteriosas haciendo gamberradas por Balbec. Él queda fascinado por todas ellas, en su magín el deseo es fuerte y reflexiona que este sentimiento insaciable no es por las chicas en sí mismas, sino de su propia imaginación, es más, el deseo puede morir una vez las conozca, aunque reconoce que no siempre es así. En las páginas 455 y 456 leemos la preciosa metáfora de las flores, en la que el narrador dice que las muchachas son como unas flores que aparecen en la naturaleza; algo bello, raro, espontáneo y difícil de alcanzar. Creo que el título de este volumen tiene algo que ver con este fragmento. Estas reflexiones las encontramos a lo largo de la lectura, un poco más adelante (página 477) se dice a sí mismo que el amor no es falso, sino una verdad de la experiencia subjetiva.

En un restaurante conoce a un gran pintor, Elstir, que más adelante, casualmente, es amigo de las muchachas. Cuando el narrador está en la galería de Elstir conoce a una de las muchachas, Albertine, y luego está le presenta a Andrée, Rosemonde y Gisèle. Nuestro amigo es un nuevo miembro del grupo y se van juntos de excursión. El narrador se siente atraído físicamente por todas ellas, aunque este interés está mezclado con una curiosidad por saber cómo son y el proceso de conocerlas es una placer, es el placer proustiano. Observar a las muchachas le provoca un placer estético, contrario a sus rutinas que le provocan placer intelectual. Aquí el narrador reflexiona con sinceridad y expone sus contradicciones. Poco a poco descubre que las relaciones personales satisfacen distintas necesidades y que, en ocasiones, admira la conversación inteligente con su amigo Robert, y, otras, prefiere la compañía con un marcado carácter superficial, pero placentero a un nivel sensible. Y, como tercera opción, el narrador defiende la soledad creadora del escritor para conocerse a sí mismo, sin embargo, necesita la aprobación de un amigo. El narrador está descubriendo, aunque, todavía, no lo formule de manera explícita, que la vida intelectual, la amistad y el deseo obedecen a lógicas diferentes; y que el ser humano no consigue armonizarlas fácilmente. Poco a poco se irá centrando en Albertine hasta que cree que se enamora de ella, pero no inician ninguna relación amorosa. En invierno las muchachas se van de Balbec, en cambio, nuestro protagonista aguanta un poco más.

Proust escribe una obra maestra. Es impresionante la forma que tiene de mostrarnos las contradicciones del narrador y sus inseguridades. ¿Qué escritor no se ha preguntado, en muchas ocasiones, si vale la pena todo el esfuerzo de escribir y leer? ¿Qué persona no ha tenido dudas de amar igual que las del narrador? El miedo a descubrirse, de decepcionar a los demás, del orgullo propio, etc. Y el tiempo como telón de fondo durante este libro y toda la obra. El tiempo es el canal en el que cambia nuestra conciencia de los recuerdos.

Quedan muchos detalles que analizar, pero la mejor manera de hacerlo es leyendo a Proust.